El Padrino CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Una cosa verdadera por noche

«Mi mamá decía que hay que dormir con la conciencia limpia y las ventanas cerradas. Yo hago lo primero con dificultad y lo segundo con pereza».

—Brindis de Tere, boda en Cuautla

Me duelen las rodillas de tanta tierra.

La digo en voz alta, en el pasillo, delante de la foto de Chela, con la lámpara prendida y los pies descalzos sobre el mosaico frío. Es una frase tonta. Es una de esas que antes habría considerado indignas de un cuaderno, y que ahora, dichas así, sin adornos, me parecen casi un lujo.

Me quedo un segundo esperando. No pasa nada. Ni un trueno, ni un cambio de luz, ni una señal.

Me voy a dormir. Duermo nueve horas seguidas, por primera vez en dos años.

*   *   *

Noche 2

Extraño su voz.

La digo con la cara hundida en la almohada. No digo de quién. Lo sé yo. La almohada también.

*   *   *

Noche 3

Me da vergüenza lo que hice.

La digo mirándome en el espejo del baño, con la cara llena de crema y el cepillo en la mano. Mi reflejo me mira con una mezcla de reproche y compasión. Es la mirada exacta de Pepa.

—Y lo haría otra vez —añado, y me callo.

No. No lo haría. Sé que no. Es una frase de las que se dicen para parecer valiente. La retiro.

—Lo haría de otra manera.

Eso sí es verdad.

*   *   *

Noche 5

La fiesta, mientras tanto, se vuelve un monstruo con vida propia.

Pepa ha convertido el comedor de mi casa en una oficina de crisis, con tres carpetas, cuatro tablas de colores (Rodrigo le prestó su plantilla) y un mapa del salón Las Palmas con post-its de seis colores sobre cada mesa.

Camila viene a las cinco, con el sombrero ridículo y una caja de galletas de su tía Rosa.

Doña Lupe, sentada en el sillón, supervisa la lista de invitados con un lápiz y una autoridad papal.

—La abuelita Concha va en la mesa uno —declara Pepa.

—Va en la tres —corrige Camila.

—¿Por qué en la tres?

—Porque si va en la uno, se sienta junto al DJ y le grita sus peticiones.

—¿Qué pide?

—«Sabor a mí».

Me quedo con el lápiz en el aire. Pepa y Camila me miran. Doña Lupe también.

—La pone —dice Camila, con una suavidad de hermana—. Si quieres.

—Pónganla —digo, y es todo lo que consigo decir.

Esa noche, antes de dormir, en el pasillo:

Quiero que suene.

*   *   *

Noche 6

Llega un paquete por mensajería a las ocho de la mañana. Pequeño, cuadrado, envuelto en papel de estraza, con mi nombre escrito a mano con una letra apretada, desigual, que conozco con los ojos cerrados.

Lo abro sobre la mesa del comedor, con las manos un poco torpes.

Dentro hay una maceta de barro del tamaño de un huevo, rellena de tierra negra.

Y en el centro, plantada con una delicadeza casi absurda, un trocito de cactus: un tallito verde, regordete, de cinco centímetros, con una espina minúscula en la punta.

Encima de la maceta, pegado con cinta adhesiva, hay un papelito amarillo.

No sé qué decir. Pero aquí está.

Nada más. Sin firma. Sin una sola metáfora. Sin una sola frase en la que quepa un barco.

Me siento. Miro el cactusito durante un buen rato. Tiene un aire de ridiculez heroica, como un soldado muy pequeño que ha atravesado un desierto.

Lo pongo en el balcón, junto a Gerardo, el helecho flaco. Los dos se quedan mirando hacia la calle, uno inclinado, el otro erguido, con una dignidad idéntica.

Esa noche, en el pasillo:

Me alegra que exista.

No digo de quién, ni de qué. Lo dejo así.

*   *   *

Noche 8

Ensayo.

Es una idea de Pepa: «Ensaya delante de Chela, que no se ríe». Me planto en el pasillo con las manos vacías, sin papel, frente a la foto, bajo la luz de miel, y me aclaro la garganta.

—Buenas noches —digo.

Silencio.

—Mi nombre es Valeria. Soy la…

Se me acaba el aire. No sé quién soy. ¿La escritora? ¿La nieta? ¿La que dejó una nota en un bolsillo?

—Yo… —empiezo otra vez—. Mi abuela…

Nada. Abro la boca y la lengua se me llena de frases bonitas, perfectamente peinadas, listas para salir: mi abuela fue costurera de novias, vistió a media ciudad … Las veo pasar delante de mí como una procesión elegante. Y ninguna dice nada.

Me siento en el suelo, con la espalda contra la pared.

—No sé qué decir, Chela.

La foto me mira. Con su velo prestado y su secreto muy bueno.

—Eso ya es algo —me parece oír, con una voz que no existe—. «No sé qué decir.» Eso, mija, ya es algo verdadero.

Me río. Me río sola, en el pasillo, con la espalda contra la pared.

No sé qué decir.

La noche ocho la digo cuatro veces. Cada vez suena mejor.

*   *   *

Noche 10

Rodrigo me llama desde una oficina, a las seis de la tarde, con una voz de teléfono ligeramente más grave de lo habitual.

—Valeria. ¿Tienes un minuto?

—Tengo todos.

—Quería decirte algo. No sé si debía.

—Dime.

—Joaquín abrió la caja.

Me quedo sin respiración. Estoy sentada en el balcón, con Gerardo y el cactusito, mirando la calle.

—¿Qué caja?

—La de los zapatos. —Rodrigo tose, con delicadeza—. Fui el jueves a dejarle un termo. Lo encontré en la sala, sentado en el suelo, rodeado de sobres. Veintidós. Abiertos. Todos.

—¿Todos?

—Todos. —Una pausa breve—. Estaba leyéndolos en voz alta. No sé a quién. A nadie. A la lámpara.

El corazón me late fuerte.

—¿Qué decían?

—No me lo contó. Pero dijo una cosa. —Rodrigo hace una pausa más larga—. Dijo: «Son feas».

—¿Feas?

—Dijo: «Son bonitas y son feas. Las dos cosas. Y no me había dado cuenta de que se podía».

Se me llenan los ojos.

—Después se echó a llorar —continúa Rodrigo, con su voz de acta—. Y después se echó a reír. Y después se comió tus cacahuates.

—Los cacahuates son suyos.

—Eso le dije. Contestó que eran tuyos en espíritu.

Cuelgo. Me quedo mucho tiempo mirando el cielo, que ha empezado a ponerse de color de durazno. No sé qué sentir. Sé que es algo grande y tibio, que no cabe en una frase, y que ha empezado a abrirse paso en mi pecho como una raíz.

Esa noche, en el pasillo:

Estoy orgullosa de él.

Nada más. Me basta.

*   *   *

Noche 11

Es una hora peligrosa, la de las once de la noche. La hora en que uno cree que puede cualquier cosa.

Me siento en la cama con el celular en la mano. Abro el chat. Escribo, con los pulgares torpes:

Perdón por la nota. Por lo que hice. Por no quedarme sin palabras antes. Por todo lo que dije en la calle. No era mi derecho. Fue peor que mi nota, aunque no la escribí.

Lo leo. Lo borro, entero.

Escribo:

Perdón. No espero respuesta.

Lo miro. Son cuatro palabras. Es lo más feo que he escrito en el último mes.

Es verdad.

Lo envío.

Y dejo el celular boca arriba, con toda la dignidad que me queda, sobre la almohada. Me quedo dormida con la luz del pasillo prendida y el corazón en un puño.

*   *   *

Noche 12

Suena el celular a las siete de la mañana.

Es un audio. Cuatro segundos. De Joaquín.

Me quedo parada en el pasillo, descalza, con el pelo revuelto, con el pulgar temblándome sobre la pantalla. Pepa, que ha llegado temprano, con su carpeta y su termo, me mira desde la puerta con los ojos muy abiertos.

—¿Lo pongo en altavoz?

—No.

—Lo escucho yo —dice Pepa— y te lo cuento.

—No.

Me pongo los audífonos. Cierro los ojos. Aprieto.

«Recibí tu mensaje. Gracias. Nos vemos el veintiocho.»

Una pausa de un latido.

«Lleva paraguas.»

Lo escucho otra vez. Y otra. Es la voz de verdad, la de siempre: no tiene nada de doctor ni de sargento ni de gallo. Es una voz sin truco, con un poco de ronquera, de quien lleva dos semanas hablando solo.

Es la suya. La que no sabía cómo se llamaba.

Abro los ojos. Pepa está parada frente a mí, con los brazos cruzados y una sonrisa gigantesca.

—Tres veces —dice.

—Cuatro.

—Cuatro. Lo dejo anotado.

—Pepa.

—Con colores.

Me río. Me río y me limpio los ojos con la manga del pijama, y siento una cosa muy clara: que no sé qué va a pasar el veintiocho. Que quizá me mire. Que quizá no. Que quizá todo termine con un abrazo o con una mesa de mole y dos personas muy civilizadas.

Y que, pase lo que pase, ya no es lo único que importa.

*   *   *

Noche 13

Veintisiete de noviembre.

La casa está en silencio. Pepa se ha ido hace una hora, con la carpeta y las llaves del salón. Doña Lupe, hace dos, con una bandeja de tamales para mañana. En el balcón, Gerardo y el cactusito duermen, uno al lado del otro.

Me paro en el pasillo, delante de la foto. La lámpara está prendida. En una repisa, al lado de Chela, hay una hoja con diez renglones. Nueve escritos. Uno en blanco.

Me lavo la cara. Me pongo el pijama. Me paro frente a ella, con las manos vacías, sin papel.

Pienso en las cosas que podría decir. Que tengo miedo. Que estoy cansada. Que extraño a un hombre con la cicatriz fea. Que me da pánico ponerme delante de setenta personas con la boca vacía. Que no sé cómo termina. Que no sé quién soy cuando no escribo.

Todas son verdad.

Todas pueden esperar.

Respiro.

Y digo la única que, a esta hora, me parece necesaria:

—Mañana.

Se me llena el pecho de una cosa distinta, ancha, que reconozco con un sobresalto: es una palabra que durante dos años me dio miedo.

—Mañana —repito, con la voz entera—. Esta vez sí.

La foto de Chela sonríe. O quizá es la luz.

Me voy a dormir sin apagar la lámpara.