El Padrino CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Sección catorce, fila C

«Mi abuelo no quería flores en su tumba. Quería que le contaran cómo iba el partido».

—Brindis de Rubén, boda en Tampico

El panteón de Iztapalapa está al final de una avenida ancha, llena de talleres de vulcanizadoras y puestos de flores, bajo un cielo plomizo de domingo que no termina de decidir si va a llover.

Pepa estaciona su Tsuru blanco frente a la entrada, apaga el motor y no dice nada.

Lleva un termo de café con piquete en las rodillas y el pelo sujeto con un lápiz nuevo.

—Hasta la puerta —dice.

—Hasta la puerta.

Me bajo. El aire huele a tierra, a cera y a cempasúchil marchito. Llevo en el bolso la libreta, la lista, el dedal de plata y, doblada en cuatro dentro de un sobre, una hoja que no he abierto en dos años.

Cruzo el portón de hierro.

Es un cementerio grande, de tumbas apretadas, de colores.

Todavía quedan restos del Día de Muertos: papel picado desgarrado por el viento, pétalos anaranjados pisoteados en los caminos, botellas de refresco vacías, veladoras de vidrio con la cera derretida.

Alguien ha dejado una piñata sobre una lápida, de las de siete picos.

En una tumba cercana, una familia entera almuerza sentada en el suelo, con un radio pequeño sonando una cumbia.

No tengo ni idea de dónde está Chela.

Es una de las verdades más feas que me han pasado. Saco el papel de la funeraria que guardo en la cartera: Sección 14, fila C, tumba 22. Sigo los números pintados en los muros, y me pierdo dos veces, y la tercera me detiene un viejo con gorra y un cubo de agua.

—¿Busca a alguien, señorita?

—Sección catorce. Fila C.

—Ah, la catorce. Venga, venga. —Se echa el cubo al brazo y echa a andar—. Don Chano, a sus órdenes. Trabajo aquí desde el ochenta y nueve.

Caminamos entre tumbas. Me mira de reojo, con una curiosidad cortés.

—¿A quién busca?

—Graciela Montoya. De Lozano. Mi abuela.

—¿Chela?

Me detengo.

—¿La conoció?

—No en vida. —Sonríe—. Pero a la tumba sí. Es la de las veladoras.

—¿Las veladoras?

—Todos los domingos. —Don Chano levanta una ceja—.

Viene una señora con bata y rulos, no sé cómo la dejan salir así, con una veladora nueva y unos tamales para mí.

Desde hace dos años. Y a veces viene un señor mayor, con un metro amarillo colgado del cuello, que se queda parado mucho rato.

Y una muchacha que lleva un lápiz en el pelo.

Se me traba el aire.

—Ah, y luego los chamacos. Dos veces vinieron unos chamacos con una caja de pan. —Se encoge de hombros—. Es la tumba más visitada de la fila C. Y la más cuidada. Lo digo yo, que las conozco todas.

Seguimos caminando. Yo ya no veo nada: los pétalos, los colores, las cruces. Solo veo un camino de tierra y una espalda de hombre mayor con un cubo.

—Aquí es.

*   *   *

Es una lápida de granito negro, sencilla, entre dos tumbas más grandes y más ostentosas.

Una cruz pequeña. Un jarrón de cemento a un lado.

Al pie, un montoncito de pétalos de cempasúchil, todavía frescos, y tres veladoras en vasos de vidrio, de las que se compran en la tiendita: una con la Virgen, una con un santo que no reconozco, una lisa, sin dibujo. La del centro está prendida.

En la piedra, grabadas con una tipografía sobria, hay dos líneas de letras y una frase:

GRACIELA MONTOYA DE LOZANO

1944 – 2024

Di lo justo, cuando importa.

Me quedo de pie.

Hice grabar esa frase por teléfono, hace dos años, un jueves de lluvia, desde la mesa del comedor, con una voz que no era mía. El señor de la funeraria me preguntó si quería un epitafio. Yo no había pensado en ninguno. Y de pronto, sin saber de dónde, le dije la única frase que tenía a mano.

No la he visto escrita hasta ahora.

—Qué frase —murmura don Chano, a mi lado.

—Era suya.

—Bonita.

—Era muy práctica —digo, y me río, y se me llenan los ojos.

Don Chano se toca la gorra, con una delicadeza de caballero, y se retira unos pasos, sin que yo se lo pida. Se queda a una distancia exacta, mirando una tumba de enfrente con gran concentración.

Me arrodillo.

Hay algo bajo uno de los vasos, sujeto con una piedrita: un papel doblado. Lo tomo con dos dedos. La letra es redonda, temblorosa, de quien sostiene la pluma como un instrumento delicado.

Chela: Perdón por la tardanza. Te traje el forro de seda que me pediste en el 98. Lo dejé en la sastrería. Aurelio.

Y debajo, en otra tinta, con una letra de tipografía de renglón escolar:

Chela, el mole sigue sin sal. Lupita.

Me tapo la boca con la mano. Me río, y me río, y la risa se me convierte en algo que se parece mucho a un hipo.

*   *   *

Me siento en el suelo, con las piernas cruzadas, frente a la lápida, con el bolso en el regazo. Respiro. Pienso que debería decir algo y no sé qué. En el panteón, a lo lejos, la familia del almuerzo cambió la cumbia por un bolero. Es una coincidencia tan absurda que casi me enfado.

Saco el sobre.

Dentro está la hoja. La desdoblo. Es una hoja de cuaderno, rayada, con una letra mía de hace dos años, más redonda, más firme, más segura de sí misma. Tres renglones.

Los leo en silencio.

Mi abuela fue costurera de novias durante cuarenta y dos años.

Vistió a media ciudad con hilos que ya nadie sabe hacer.

Hoy la ciudad está un poco más desnuda.

Los releo. Son buenos. Son muy buenos. Tienen cadencia, imagen, una cierta tristeza de buena calidad. El tipo de frases que arrancan un suspiro colectivo en una iglesia.

Y no dicen nada.

No dicen que se parecía a una pasa, de tan arrugadita.

No dicen que cantaba mal los boleros y que lo hacía con tanto gusto que nadie se atrevía a corregirla.

No dicen que el caldo de limón estaba a medio camino entre el cielo y una sopa de sobre.

No dicen cómo era su mano cuando me tomaba la cara con las dos, tan seca, tan ligera, tan segura.

Eran lo mejor que escribí en mi vida. Y no sirvieron para nada.

—Qué frase tan bonita —digo, en voz alta.

Mi voz suena rara. Ronca. Pero sale.

—Eso me habrías dicho. «Qué frase tan bonita, mija.» Y luego me habrías preguntado: «¿Y tú, qué sientes?». Con esa cara de maestra.

El viento mueve los pétalos. Una veladora parpadea.

—No lo sé —admito—. No lo sé, Chela.

*   *   *

Rompo la hoja por la mitad. Luego otra vez. Y otra. La dejo en pedacitos sobre la tierra, y los empujo con el dedo hasta que se mezclan con los pétalos.

Respiro hondo.

—Una cosa verdadera, en voz alta —digo.

Se me quiebra la voz en la primera palabra.

—Estoy enojada contigo.

Me quedo callada un segundo. Mi propia frase me deja sin aire. Pero sigue saliendo, torpe, fea, sin forma:

—Estoy enojada porque te moriste un martes, cuando yo tenía una entrega.

Estaba escribiendo un brindis. Un brindis de boda, para un señor de Satélite que quería una frase sobre un perro.

Me llamó Pepa a las ocho y no contesté. Volvió a llamar a las nueve y tampoco.

Cuando por fin vi el celular, ya… —Me limpio la cara con el dorso de la mano—. Ya habías… ya no estabas.

La familia del almuerzo se ríe de algo, a lo lejos.

—Y me pediste una canción —digo.

Tengo que parar. Respirar. El pecho me sube y me baja como un fuelle.

—El domingo. Dos días antes. Estaba yo en tu cuarto, con los papeles del seguro, y tú, desde la cama, con esa voz tan baja que tenías, me dijiste: «Mija, ponme el bolero». El de siempre. «Sabor a mí.» Y yo dije: «Mañana, Chela. Hoy estoy cansada».

Se me escapa algo del pecho. Un ruido.

—Mañana. Dije mañana. Y no hubo.

Ya no hay manera de detenerlo. Lloro. Lloro por primera vez en dos años, delante de una lápida de granito, entre veladoras y papeles picados, con la cara hundida entre las rodillas, con un llanto feo, de los que no se pueden redactar, que se me sale por la nariz y por los ojos y por una parte del cuerpo que no conocía.

Lloro como lloran los niños pequeños: con la boca abierta, sin un solo adjetivo.

No sé cuánto dura.

Me doy cuenta, de pronto, de que alguien se ha sentado a mi lado, en la tierra, con las piernas cruzadas. No me toca. No me dice nada. Es Pepa. Ha dejado el termo en el suelo y los zapatos llenos de polvo, y respira a mi ritmo, con una constancia de metrónomo.

—No dije hasta la puerta —murmura, cuando por fin puedo oírla.

—No.

—Mentí.

—Gracias.

Seguimos así, las dos, sentadas sobre la tierra, un buen rato, sin hablar.

*   *   *

Cuando por fin se me acaban las lágrimas, me siento ligera y extraña, como cuando se baja una fiebre. Tengo la cara hinchada, la nariz tapada, las manos temblorosas. Pepa me pasa un pañuelo de papel, luego otro, luego el paquete entero.

Saco del bolso el dedal de plata. Lo pongo sobre la lápida, junto a las veladoras.

—Te lo devuelvo un rato —digo.

Pepa no pregunta.

Me aclaro la garganta. Lo digo bajito, casi en un susurro, con la voz rasgada de quien ha gritado:

—Te debía una canción.

Y empiezo a tararear.

Es una melodía torcida, sin acompañamiento, sin letra, desafinada del todo.

La que mi cuerpo sabe de memoria. La del disco de Joaquín.

La de las tardes en el taller. La de la mujer con la boca llena de alfileres.

La canto bajito, entrecortada, sin ritmo, con la voz de una persona que no sabe cantar y que lo hace con todo.

Pepa, a mi lado, se lleva una mano a la boca.

A lo lejos, en la tumba de enfrente, don Chano se quita la gorra.

Termino. Queda un silencio ancho, sin nada, con el viento moviendo los pétalos.

—Me falta uno —digo.

—¿Qué?

—El renglón. El número diez. —Me paso la mano por la cara—. Tengo nueve. Los que me dieron todos. Falta el que tengo que escribir yo.

—¿Cuál es?

—No sé.

Miro la lápida. Di lo justo, cuando importa. Los pétalos, el vaso con la Virgen, la nota de Aurelio con su letra temblorosa. Y siento algo que no sentía desde hace mucho: la certeza, tibia y tranquila, de que el renglón que falta no es una frase. Es un acto.

—Lo voy a decir el veintiocho —digo, en voz alta, a nadie, a ella.

—¿Dónde?

—En la fiesta. Delante de todos. —Respiro—. Sin papel.

Pepa me mira con los ojos enrojecidos.

—¿Estás segura?

—No.

—Perfecto —dice, y me toma la mano—. La gente segura es insoportable.

Nos quedamos un poco más. La tarde se pone de un gris violáceo. Cuando nos levantamos, tengo las rodillas llenas de tierra y las pestañas pegadas. Dejo sobre la lápida, junto a las veladoras de los demás, un pedazo de papel doblado, el único que llevé escrito.

Dice:

Estoy aquí. —V.

Nada más.

Y por primera vez en dos años, camino hacia la salida sin ningún escalón roto bajo los pies.