CAPÍTULO 25
Para las tristezas, limón
«Pedir perdón no es una frase. Es un viaje. Yo hice el mío en autobús, con una torta en la mano».
—Brindis de Chuy, boda en Pachuca
Pepa me encuentra el sábado a las ocho de la mañana, dormida en el suelo del pasillo, envuelta en el chal de Chela, con la espalda contra la pared y la cabeza ladeada bajo la lámpara de pantalla amarilla.
No la oigo entrar. Tiene llave, claro. Lo primero que siento es el olor a café, y luego una mano que me aparta el pelo de la frente con una delicadeza que no le conocía.
—Vale.
—Mm.
—Estás en el suelo.
—Ya sé.
—¿Quieres que te levante o que me siente contigo?
—Siéntate.
Se sienta. Con la carpeta de facturas en el regazo, los zapatos todavía puestos y la mirada fija en la foto de Chela, que sigue ahí, debajo de la luz, con su velo prestado. Pasan unos minutos. Se oye el goteo del baño. Doña Lupe, al otro lado del rellano, enciende la radio.
—No te voy a preguntar nada —dice Pepa.
—Gracias.
—Voy a hacer huevos.
—No tengo hambre.
—Voy a hacer huevos igual.
Se levanta. Oigo cómo abre la alacena, cómo busca el sartén, cómo rompe los huevos con esa eficiencia suya de contadora. Me quedo mirando el techo. Me duele la espalda. Me duele otra cosa, que no tiene nombre, entre el esternón y la garganta, del tamaño de un puño.
Cuando vuelvo a la mesa, hay un plato de huevos revueltos con frijoles y una tortilla caliente. Me siento. Pepa se sienta enfrente. Comemos las dos sin hablar. Es un silencio con sabor, de los que ya sé reconocer: este sabe a sal y a mantequilla y a una mujer que ha decidido esperar.
—Me peleé con Joaquín —digo, al fin.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
—Rodrigo me llamó anoche. No me contó nada, solo dijo: «Pepa, ¿puedes ir a ver a Valeria mañana temprano?». Así. Con esa voz suya de acta.
—Qué hombre.
—Qué hombre —asiente.
Le cuento todo. Desde el principio: la promesa, la escalera, la bolita de papel, la noche de insomnio, la hoja en la chamarra.
El taller de bicicletas. La pregunta del funeral.
Le cuento cómo me quedé sin una sola palabra, y cómo, cuando por fin me salieron, fueron las peores.
Pepa escucha con las manos juntas bajo la barbilla. No me interrumpe. No se mueve.
Cuando termino, saco la hoja del cuaderno y se la doy. La lee despacio. Una vez. Dos. Levanta los ojos.
—Es buenísimo.
—Ya lo sé.
—Y es una porquería de decisión.
—Ya lo sé.
—No te voy a decir «te lo dije».
—Ya lo dijiste.
—Me lo guardé, que es distinto. —Sonríe un poco, con tristeza—. Lo que hiciste está mal. Y lo que él dijo también. Pueden ser las dos cosas.
—Me dijo la verdad.
—Te dijo una verdad. En el peor momento. Con una puntería de francotirador. —Deja la hoja sobre la mesa, con cuidado—. Vale, ¿puedo decirte lo que pienso?
—Siempre me lo dices.
—Esta vez te lo pregunto.
—Dime.
Respira hondo. Mira la foto de Chela, al fondo del pasillo.
—No fuiste a ayudarlo.
—Pepa…
—No fuiste a ayudarlo. Fuiste a salvarte de verlo sufrir.
La frase me cae encima como una cubeta de agua fría.
—Cuando alguien que quieres está mal, tú escribes —continúa, muy suave—.
Es lo que haces. Es lo que hiciste con Rodrigo, con el licenciado Arriaga, con los cuarenta mil pesos.
Es lo que hiciste con Chela. —Se detiene, y yo siento que me falta aire—.
Cuando algo duele de verdad, tú buscas la frase. Y la frase te saca de la habitación.
Tengo los ojos llenos.
—Te quedaste sin palabras delante de él, ¿verdad? —dice—. Por primera vez. Y él te quería ahí. Con la boca vacía. Sin nada.
—Sí.
—Eso no es un castigo, Vale. Es lo más cerca que has estado en dos años de estar con alguien.
Me tapo la cara con las dos manos. No lloro. No me sale. Pero hay un temblor en el pecho, grande, lento, como una puerta que se abre.
—No sé cómo se hace —murmuro.
—¿El qué?
—Quedarme sin palabras y no huir.
—Se hace —dice Pepa— sentándose en el suelo del pasillo y dejando que una amiga te haga huevos.
Me río. Es una risa torcida, entrecortada. Ella me toma la mano por encima de la mesa y me la aprieta, un segundo, como quien firma un recibo.
* * *
Doña Lupe llega a las once con una olla.
—Caldo de pollo —declara, sin saludar, entrando con la puerta abierta de una patada de pantufla—. Con limón. Lo hice anoche, cuando oí que bajabas la escalera como si cargaras un piano.
—Doña Lupe…
—Siéntate. —Pone la olla en la estufa, enciende el fuego con una destreza de cuarenta años—. No tienes que hablar. Solo comer.
—No tengo hambre.
—Nadie tiene hambre. Pero se come igual. —Saca un plato hondo de la alacena, lo llena, le exprime medio limón encima con los dedos—. Para las tristezas, limón.
Me quedo quieta con la cuchara en el aire.
—¿Qué dijo?
—Para las tristezas, limón. —Doña Lupe se encoge de hombros—. Lo decía tu abuela. Siempre. Cuando alguien lloraba en el taller, ella corría a la cocina por un limón.
Siento una cosa en la garganta, muy precisa, que se parece a un sollozo y no lo es.
—Es el renglón ocho —murmuro.
—¿Qué renglón?
—En mi lista. La de Chela. Yo lo puse, pero… pensé que era mío. Pensé que me lo había inventado. —Me río, con la cuchara temblando—. Pensé que era un recuerdo mío. Pero era de todos.
—Los recuerdos buenos son siempre de todos. —Se sienta a mi lado, con la bata de flores y los rulos—. Mija, voy a decirte una cosa. Tu abuela tenía una regla.
—¿Cuál?
—Nunca se iba a dormir sin decir una cosa verdadera en voz alta.
La cuchara se me queda inmóvil.
—No tenía que ser importante. A veces era «qué frío».
A veces era «me duele la rodilla». A veces «te extraño, Aurelio», que era tu abuelo.
Una cosa, una sola, cada noche, que fuera verdad.
Y la decía fuerte, en la cocina, aunque no hubiera nadie.
—Me aprieta el brazo—. Decía que las palabras verdaderas, si no se dicen, se pudren.
Miro el plato de caldo. El vapor sube, con olor a pollo y a cilantro, y la mancha verde del limón se disuelve en la superficie dorada.
—No lo sabía.
—Claro que no. Eras una niña. Y después, ya grande, se la pasaba diciéndolas en voz tan baja que ni tú ni yo las oíamos. —Doña Lupe sonríe, con los ojos húmedos—. Pero las decía.
Tomo la cuchara. Pruebo el caldo. Sabe a cocina de abuela y a tristeza que se acaba.
Esa tarde, cuando se van, abro el cuaderno. Escribo en la lista, debajo del renglón ocho:
9. Nunca se iba a dormir sin decir una cosa verdadera en voz alta. (Doña Lupe)
Nueve renglones. Falta uno.
* * *
Rodrigo y Camila llegan a las seis, con una bolsa de tacos al pastor y dos sodas.
No avisan. Tocan el timbre dos veces, como piden perdón por existir.
Abro la puerta en pijama, con el pelo hecho un desastre, y los dos están ahí, uno al lado del otro, en el rellano.
Rodrigo con su portafolio. Camila con su sombrero ridículo.
Los dos con la misma expresión: tranquila, firme, sin lástima.
—No venimos a consolarte —dice Camila.
—Venimos a cenar —dice Rodrigo.
—Y a pedirte una cosa.
Pasan. Se sientan a la mesa, ponen los tacos en el centro, con las servilletas, las salsas, los limones. Comemos los tres. Hablamos de nada: del tráfico, del mole, de la tabla de colores que Rodrigo ha tenido que reducir de cuatro a tres. Nadie menciona a Joaquín. Nadie menciona la hoja.
Cuando acabamos, Rodrigo limpia sus lentes con el borde de la camisa y me mira.
—Dato uno —dice—. Valeria es la mejor escritora que conozco.
—Rodrigo…
—Dato dos. Cometió un error. —Pausa—. Dato tres: yo también. Y Camila. Y Joaquín. Y todos los que estamos en esta mesa y en la otra. No es una escala de medición. No se pueden comparar.
—Es lo más bonito que me has dicho —murmuro.
—No es bonito. Es exacto.
—Es las dos cosas —dice Camila.
Rodrigo parpadea. Sonríe.
—Es las dos cosas.
Camila se inclina hacia mí.
—Vinimos a pedirte que vayas a la fiesta.
—Voy a ir.
—Aunque no sepas si él va a mirarte.
—Camila…
—Aunque no sepas qué decir. Aunque tengas la boca vacía. —Me toma la mano—. No te pedimos que hables. Te pedimos que llegues.
—Es lo único que sé hacer —añade Rodrigo—. Llegar. Y fijarme.
Se me llenan los ojos. Asiento.
—¿Cómo está? —pregunto, muy bajito.
Rodrigo no finge que no entiende.
—Está en su cabina. Lleva tres noches durmiendo ahí, con las cobijas. No me dejó pasar. —Hace una pausa—. Pero hay una cosa que vi.
—¿Qué?
—Entré a su casa el viernes en la noche, a dejar la chamarra. Estaba en la sala. —Se acomoda los lentes—. El cactus.
—¿El cactus muerto?
—El cactus muerto. —Sonríe, con una expresión de perplejidad científica—. Tiene un brote. Un puntito verde. Del tamaño de una lenteja.
Me quedo muy quieta. Me llevo una mano a la boca.
—No sé qué significa —admite Rodrigo—. Joaquín dijo que no tiene nada que ver. Que fue un accidente de riego. Pero, estadísticamente, la probabilidad de que un cactus completamente seco…
—Los cactus no se mueren —murmuro.
—Eso me dijo.
Camila me mira. Rodrigo me mira. Y yo, que llevo dos días sin una sola frase, sin una sola, empiezo a reírme y a llorar a la vez, con la cara entre las manos, en la mesa de mi comedor, entre las salsas y los limones, mientras ellos dos me esperan sin decir nada, con una paciencia de hermanos mayores.
* * *
Cuando se van, ya es de noche. Cierro la puerta. Pongo la cadena. Voy hasta el fondo del pasillo, hasta la lámpara de pantalla amarilla y la foto de Chela.
—Una cosa verdadera, en voz alta —digo.
Mi voz suena rara en el pasillo. Pequeña. Un poco ronca.
—Tengo miedo.
La lámpara no responde. La foto, tampoco. Pero el pasillo parece más ancho, y la luz, más cálida.
—Y quiero ir a verte.
Es la primera vez que lo digo.
Hace dos años que no pisó el panteón de Iztapalapa, donde está mi abuelo y donde está ella, con una lápida que mandé hacer por teléfono y que nunca he visto.
Hace dos años que me mando a mí misma un mensaje diario, el mismo: mañana .
Y ahora, en el pasillo, delante de una foto, con los ojos hinchados y el pecho vacío, siento que mañana, por fin, es una palabra que se puede cumplir.
Llamo a Pepa. Contesta al primer timbre.
—¿Qué pasó?
—¿Vienes conmigo mañana?
—¿Adónde?
—Al panteón.
Hay un silencio largo, de esos en que se oye al otro lado una respiración que se detiene.
—Llevo el termo —dice Pepa, por fin, con la voz un poco rota—. Y me quedo en la banca. Si quieres, hasta la puerta. Si quieres, hasta el final. Tú me dices.
—Hasta la puerta.
—Hasta la puerta.
Cuelgo. Me quedo con el celular en la mano. La lámpara sigue prendida.
Y por primera vez desde hace dos años, me voy a dormir diciendo, en voz alta, en la oscuridad, con la certeza de quien deposita una moneda en una fuente:
—Mañana voy.