El Padrino CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Una nota muy bien escrita

«Lo más difícil de un brindis no son las palabras. Es el segundo antes de empezar».

—Brindis de Memo, boda en Colima

Rodrigo llega al estudio a las once y cuarenta, con su portafolio, su termo y la ración habitual de puntualidad.

Nos sentamos en la sala de espera, entre sillones de cuero agrietado y la máquina de café que no hace café, con el programa de la fiesta extendido sobre la mesa baja: la recepción a las seis, el brindis de los datos a las ocho y media, la cena de mole a las nueve, las palabras de Joaquín entre el postre y el baile.

Rodrigo ha hecho una tabla. Con colores.

Camila le ha prohibido a la tabla tener más de cuatro.

—¿Estás de acuerdo con los horarios? —pregunta.

—Perfecto.

—¿Con el orden de los discursos?

—Perfecto.

—¿Con la lista de tarjetas?

—Perfecto.

Rodrigo levanta la vista del papel. Se acomoda los lentes. Me mira, con esa mirada suya que mide ángulos, peso y probabilidades.

—Dato uno —dice, despacio—. Has dicho «perfecto» tres veces seguidas, con exactamente la misma entonación.

—Es que está bien.

—Dato dos. Miras la chamarra de Joaquín cada cuarenta segundos. Llevo contándolo desde que llegué.

Se me va el color de la cara.

Detrás del vidrio de la cabina, Joaquín sigue grabando, de espaldas, con los audífonos puestos. La chamarra cuelga del respaldo del sillón de al lado. Es una chamarra normal. Verde olivo, grande, con las mangas gastadas. Una chamarra en la que no hay nada.

—Rodrigo…

—No te estoy preguntando nada. —Levanta una mano, con suavidad—. Solo digo que lo noté. Y que si necesitas contar algo, cuentas conmigo. Es lo único que sé hacer.

—Fijarte.

—Fijarme. —Sonríe—. Y callarme cuando toca.

Dejo salir el aire. No digo nada. Rodrigo vuelve al papel con un tacto infinito, y yo me quedo mirando mis propias manos, que se aferran a una taza vacía.

*   *   *

Joaquín sale de la cabina a las doce y diez.

Lo oímos antes de verlo: la puerta pesada, los pasos, el golpe de los audífonos contra la consola. Entra a la sala de espera con el pelo revuelto y los ojos cansados, saluda a Rodrigo con un abrazo breve, me da un beso en la sien, rápido, ligero, de quien lleva la cabeza en otra parte.

—¿Almorzamos? —pregunta.

—Tengo una reunión —dice Rodrigo, que de pronto recuerda una reunión inexistente con una convicción casi teatral—. Disfruten.

Se va. Es el hombre más discreto del mundo y la mentira más mala que le he oído.

Joaquín y yo bajamos la escalera. En la puerta de la calle se detiene a ponerse la chamarra. Mete un brazo, luego el otro. Se acomoda el cuello. Y entonces, como hace siempre, como quien busca un talismán, mete la mano en el bolsillo derecho, a por los cacahuates.

Su mano encuentra otra cosa.

La saca despacio. Una hoja doblada en cuatro. La mira. La desdobla.

Yo me quedo inmóvil, con la mano en el pasamanos, a medio escalón.

No dice nada. Lee. Se le mueven los ojos de izquierda a derecha, línea por línea, con una atención de quien lee una carta. Lo veo llegar a Soy Joaquín. Lo veo detenerse en Llevo treinta y siete voces. Lo veo pasar por paraguas , y por aquí estoy , y llegar al final.

Lleven paraguas.

Levanta la cabeza.

—Vámonos —dice.

*   *   *

No vamos lejos. Caminamos media cuadra, hasta un banco de cemento delante del taller de bicicletas, con una bicicleta rota apoyada en la pared y un perro dormido bajo el sol.

Joaquín no se sienta. Se queda de pie, con la hoja en la mano, y yo me detengo a un metro, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, como si hubiera frío.

—¿Esto es tuyo? —pregunta.

—Sí.

—¿Lo escribiste tú?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Y lo pusiste en mi chamarra?

—Esta mañana.

—Lo prometiste.

—Lo sé.

—Dos veces.

—Lo sé, Joaquín.

—Y lo hiciste igual.

Su voz es baja y limpia, sin ninguna imitación. Es la peor de todas.

—No era para que lo leyeras —digo, y sé en el mismo instante en que lo digo que es una frase terrible—. Era para que estuviera. Por si no te salía. Por si lo necesitabas. No tenías que usarlo.

—Es perfecto.

—¿Qué?

—Es perfecto. —Levanta la hoja, la agita apenas—. Tiene mi humor. Tiene mi ritmo. «Sé decir lleva paraguas .» Es lo que yo diría si fuera mejor que yo.

—Entonces…

—Es peor.

—¿Cómo puede ser peor?

—Porque suena a mí. —Se le quiebra la voz, y la recupera—. Me escribiste con mi voz. Mejor de lo que yo me hablo. ¿Sabes lo que se siente leer esto? Es como leer la nota de mi mamá. Tan bonita, tan bien puesta, que ya no hace falta que yo diga nada.

El perro del taller levanta la cabeza, nos mira, la baja otra vez.

—No es lo mismo —murmuro—. Yo estoy aquí.

—Entonces dímelo.

—¿Qué?

—Lo que sientes. Ahora. Sin papel. Sin pluma. Sin pensarlo. —Se acerca un paso—. Dime lo que piensas de mí, de todo esto, de lo que hiciste. En voz alta, sin ponerlo bonito.

Abro la boca.

Y no sale nada.

Es horrible. Es como estirar la mano hacia un estante donde siempre hay algo y encontrarlo vacío. Tengo mil frases, y todas son buenas, y todas están bien colocadas, y todas serían una trampa. Tengo la lengua llena de oficio.

—Joaquín, yo…

—¿Ves? —dice, con una risa amarga—. Eso es lo que hace tu oficio. Nunca te quedas sin palabras. Y por eso nunca sé cuáles son las tuyas.

*   *   *

Lo que hago a continuación es lo que más me avergüenza. No lo decido. Se escapa, como el gallo.

—¿Y tú? —digo.

—¿Yo qué?

—¿Cuántas cartas llevan nueve años cerradas en una caja de zapatos?

Se queda inmóvil.

—No uses eso.

—Dices que odias las palabras bonitas. Lo que odias es que te toquen. Odias que alguien te las dé y te hagan sentir algo y no sepas qué hacer con eso. Y haces voces para no decir lo tuyo. Treinta y siete. Una por cada cosa que no te atreves a decir.

—Valeria.

—Y cuando te la ofrecen, cuando alguien intenta darte una mano, dices que no. «Quiero intentarlo solo.» Como si fuera una virtud. Como si ser testarudo fuera lo mismo que ser valiente.

—No tienes derecho.

—Tú tampoco —respondo, con un temblor que me sorprende—. Tú me preguntaste en el café cuánto cobro por inventar lo que siente la gente. Y yo te contesté con rabia. Y tenías razón en parte. Pero tú, Joaquín, tú has estado inventando lo que sientes desde que tienes doce años.

Silencio. Una moto pasa por la calle, rompe el aire, se pierde.

Y entonces él dice, con una calma que me hiela:

—Y tú, ¿qué dijiste en el funeral?

El mundo se queda sin sonido.

—¿Qué?

—Tu abuela murió hace dos años. Hay una foto en tu pasillo.

Hay una puerta que no abriste hasta hace tres semanas.

Escribes discursos para todo el mundo, para cuarenta bodas, para un hombre que quiere cobrarle una deuda a su compadre.

Pero tu abuela murió y no has dicho una palabra suya en voz alta.

Ni una. —Respira—. Vendes la verdad más bonita a todo el mundo, Valeria. Menos a ti.

Es una cosa tan exacta, tan limpia, tan imposible de defender, que durante un segundo no siento nada. Luego sí. Lo siento todo, de golpe, un golpe en el esternón que me deja sin aire.

—Cláusula cinco —alcanzo a decir.

—Ya está rota.

—Lo sé.

—Las dos.

—Lo sé —repito, y es lo único que puedo decir.

*   *   *

Nos miramos. Es una de esas miradas que se quedan en el aire, sin lugar adonde ir. Hay un hombre al otro lado de la calle que barre la banqueta, y un olor a grasa de bicicleta, y un sol de mediodía que cae sin ninguna piedad sobre los dos.

—Necesito espacio —dice Joaquín, por fin.

—¿Cómo?

—No para siempre. Hasta la fiesta. Dos semanas. —Se pasa una mano por el pelo, que ya no tiene arreglo—. Necesito escribir esto solo. O no escribirlo. O decir otra cosa. Y no puedo hacerlo contigo al lado, aunque no digas nada, porque tu silencio también es bonito.

—Eso no es justo.

—No. No lo es. —Baja la mirada—. Y no es porque no te quiera.

Se me corta la respiración.

—Es porque no sé si lo que siento es por ti —dice, con una voz que no reconozco— o por tus frases. Y ese es el problema. Que ya no sé distinguir una cosa de la otra.

Me quedo muy quieta. Quiero decirle algo.

Quiero decirle que son la misma cosa, que mis frases son yo, que no hay forma de separarlas.

Pero sé que no es verdad. Y sé, con una claridad terrible, que él tiene razón: que he pasado seis años escondida detrás de una frase bien puesta, y que el único momento en que me he quedado sin ninguna, sin una sola, ha sido ahora, delante de él.

—Está bien —digo.

—¿Está bien?

—Está bien.

Joaquín me extiende la hoja. La mano le tiembla un poco.

—Quédatela.

La tomo. Está tibia de su bolsillo.

—Una cosa —añade, ya de espaldas, con la voz casi inaudible—. «Hola, soy Joaquín. Y estoy aquí.» Esa sí la quise. La de mi bolita de papel. Lo que escribiste después, esa no.

Se aleja por la banqueta con las manos en los bolsillos, sin la chamarra grande, que se quedó en el estudio, sin el paraguas, que se quedó en mi casa, con una espalda que ya no reconozco. No se vuelve. Dobla en la esquina.

Me quedo frente al taller de bicicletas, con una hoja de papel en la mano y la sensación de haber tirado una taza muy cara sobre un piso muy limpio.

El perro bosteza.

*   *   *

Llego a casa a las tres. No recuerdo el camino. Subo los tres pisos, abro la puerta, dejo el bolso en el suelo. La casa huele a lavanda y a pan frío. En el pasillo, la lámpara de pantalla amarilla sigue prendida, con su luz de miel, y la foto de Chela, abajo, me mira con su secreto muy bueno.

Me siento en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, frente a ella.

—No me di cuenta —le digo.

Chela no contesta. Claro.

—Fui a ayudar, Chela. Pensé que estaba ayudando. —Me río, y es una risa fea—. «Di lo justo cuando importa», decías. Yo dije demasiado. Y a la vez no dije nada.

Tengo la hoja en la mano. La desdoblo. La leo otra vez, en el pasillo, bajo la luz de miel. Soy Joaquín. Llevo treinta y siete voces. Hoy uso la única que no sé cómo se llama.

Es lo mejor que he escrito. Es una mentira del tamaño de una casa.

Me levanto. Camino hasta la mesa del comedor, tomo el cuaderno, y debajo del pacto, debajo de la servilleta firmada, debajo de la lista de Chela con sus ocho renglones, guardo la hoja.

Esa noche, por primera vez en un mes, hago una cosa extraña.

Voy al pasillo y apago la lámpara.

Me quedo un segundo en la oscuridad, con la mano en la cadena. Después tiro de ella otra vez. Se prende. Se apaga. Se prende.

No sé cuál de las dos cosas es una traición.