CAPÍTULO 23
Por si acaso
«Prometo no escribir tus votos por ti, aunque podría, aunque lo harías mejor tú, aunque tardaría menos. Prometo sentarme a tu lado mientras los escribes mal».
—Votos de Inés para Daniel, boda en Cholula
Las tarjetas empiezan a llegar el lunes nueve de noviembre, y a las diez de la mañana La Palabra Justa parece una oficina de correos en Navidad.
Las diseñamos Pepa y yo en una sola tarde, con una guillotina prestada y un rollo de cartulina color durazno: tarjetas del tamaño de una postal, con un encabezado impreso y tres renglones numerados.
TRES DATOS DE ALGUIEN QUE QUIERO.
En presente. Sin adjetivos. De una persona que estará en la sala.
Las mandó Camila con la invitación, en sobres de papel kraft, a los setenta invitados.
Y los setenta, sorprendentemente, las están devolviendo.
Algunos por correo. Otros con un mensajero.
Un primo de Camila las dejó en la puerta de mi casa, junto a una bolsa de tamales, y doña Lupe las recibió con una solemnidad de notaria y las ordenó en una charola alfabéticamente.
—Quince en la mañana —anuncia Pepa, apilándolas en la mesa del comedor—. Y una de la abuelita Concha, que la dictó por teléfono. A gritos.
—¿A gritos?
—Su nieta la transcribió con un megáfono, creo.
Tomo una al azar y la leo.
Tres datos de mi nieta Camila:
1. Nació con los ojos abiertos y mirando todo.
2. Se come las uñas cuando miente, y nunca ha mentido bien.
3. Me llama cada domingo a las 7. Aunque sea para decir que no tiene nada que contar.
—Ay —digo.
—Esa es la de Concha —dice Pepa—. Léete la siguiente.
Tres datos de mi cuñado Rodrigo:
1. Llega primero a todas las fiestas y se va último, aunque nadie lo note.
2. Se acuerda de todos los cumpleaños, incluido el del perro.
3. Cuando mi hermana lloró en su cumpleaños, él fue por el pastel sin que nadie se lo pidiera.
— Paulina.
—Y esta —dice Pepa, muy bajito, y me pasa una tarjeta con una letra de niño.
Tres datos de mi tío Beto:
1. Huele a pan.
2. Me dejó ganar a las canicas.
3. Llora en las bodas aunque no conozca a los novios.
— Mateo, 8 años.
Dejamos de hablar. Pepa se suena la nariz. Yo me quedo mirando la tarjeta del niño, con una cosa grande y tibia dentro del pecho.
—Esto es mejor que cualquier brindis que haya escrito en mi vida —murmuro.
—Porque no lo escribiste tú —dice Pepa.
La frase me atraviesa, sin que ella lo note.
* * *
Joaquín, en cambio, no manda la suya.
Es un detalle pequeño y lo noto con una precisión que me avergüenza.
Entre las cincuenta y ocho tarjetas que han llegado, falta la del padrino.
Rodrigo la mandó, con una letra de perito: Tres datos de Joaquín Beltrán.
1. Llama a su madre en el cumpleaños de ella, pero cuelga antes de que conteste.
2. Lleva siempre un paraguas ajeno. 3. Ríe con todo el cuerpo.
Camila, la suya, de Rodrigo, con tres datos que me niego a repetir porque son demasiado hermosos.
Hasta Pepa escribió una, de mí, que no me deja leer.
La de Joaquín, no.
Y no es lo único. Desde hace una semana, algo en él se retrae, como un animal que mide la distancia de una puerta.
Cancela una cena («grabación, perdona»).
Cancela otra («se me alargó el estudio»).
Llega a las nueve con café, sí, a tiempo, pero con una sonrisa que se queda en la boca.
Hace chistes que no necesitan chistes. Y el jueves, por teléfono, a las once de la noche, contesta mi «¿cómo estás?
» con una voz que reconozco después de tres segundos:
Bien, bien, mi querida Valeria. Todo en orden.
La voz del sargento. La de su tío Rubén. Una puerta cerrándose con rencor.
—Joaquín.
—¿Sí?
—Cláusula doce.
Silencio. Largo.
—Perdón —dice, con su voz de verdad, y sé que está sentado en el borde de la cama con la mano en la frente—. Fue sin querer.
—Lo sé.
—Estoy bien. De verdad.
—No tienes que estar bien.
—Estoy bien —repite, como una frase que se aprende para un examen—. Solo estoy… cansado. Es el estudio. Es la fiesta. Es que… no me sale.
—No tienes que…
—Ya sé. —Se ríe un poco, sin gracia—. No me ayudes. Por favor.
—No lo hago.
—Gracias.
Cuelga primero. Me quedo con el celular pegado a la oreja, escuchando el tono de línea, y siento que la promesa que le hice, tan clara en la escalera, se ha vuelto una cosa con aristas, un objeto que pesa.
* * *
—Me pidió que no lo ayude —le cuento a Pepa el viernes por la mañana, entre sobres y engrapadora—. Con el discurso. Me hizo prometerlo. Dos veces.
Pepa deja el engrapadora sobre la mesa.
—¿Y qué le contestaste?
—Que sí.
—¿Y vas a cumplir?
—Claro.
Me mira. Es una mirada larga, de las suyas, de las que parecen una auditoría. Se acomoda en la silla, se cruza de brazos.
—Vale.
—¿Qué?
—Si prometiste que no lo ayudas, no lo ayudes.
—Es lo que estoy diciendo.
—No, lo que estás diciendo es lo que dicen todos antes de ayudar. —Se inclina hacia adelante—. «No se lo voy a dar. Solo lo escribo para mí. Por si acaso.» Me sé la película. La vi cinco veces con mis hermanos.
—Pepa. No voy a escribirle nada.
—Bien.
—No voy a dárselo.
—Mejor.
—Y no voy…
—Valeria —me interrumpe, con una suavidad que me desarma—. Es tu oficio. Es lo único que sabes hacer. Cuando alguien que quieres está en una esquina, lo que te sale es una frase. No es culpa tuya. Es un reflejo.
—Como las voces.
—Como las voces. —Asiente—. Por eso te lo digo. Que no te des cuenta de que lo estás haciendo.
* * *
Es una noche de jueves, la del doce.
Una noche de insomnio, de las que no avisan: llego a las dos de la madrugada sin sueño, con la lámpara del pasillo prendida, el cuaderno abierto sobre la mesa y una taza de café que se enfrió sola.
La foto de Chela me mira desde la repisita.
La ofrenda ya no está, pero hay todavía un pétalo de cempasúchil en el mantel, y me parece que huele a algo.
No pensaba escribir nada. Es lo que me digo.
Tomo la pluma «para ordenar las ideas».
Escribo: Joaquín.
Lo miro. Es un nombre sin nada alrededor. Escribo debajo: treinta y siete voces. Sin querer. Sin ninguna intención. Es solo un dato.
Escribo: Rodrigo.
Escribo: paraguas.
Y de repente la frase está ahí, completa, inevitable, como cuando uno estornuda: llega sola. No hay que buscarla. Está debajo de las otras, esperando que alguien deje de hablar. Escribo despacio, para que no se me escape.
* * *
Soy Joaquín.
Llevo treinta y siete voces. Hoy uso la única que no sé cómo se llama.
Rodrigo me dijo, hace veinticinco años, que iba a llover. No le hice caso. Llovió durante veinticinco años, y él siempre llegó primero con el paraguas.
No sé decir «gracias». Sé decir «lleva paraguas».
Camila, Rodrigo: no les voy a decir que sean felices. Les voy a decir lo que sé hacer, que es mucho menos y mucho más: aquí estoy.
Lleven paraguas.
* * *
Lo leo en voz baja. Lo leo otra vez.
Es perfecto.
Es perfecto de una manera que da miedo. Corto, seco, con un humor que le cabe como un guante, con una pausa en el sitio exacto, con la palabra «paraguas» puesta donde duele.
Podría ser suyo. Podría haberlo escrito él en la mejor noche de su vida.
Tiene el ritmo de su voz, la grave y la de verdad, y esa ternura torcida que se cuela por los costados.
Es lo mejor que he escrito.
Y no es mío.
Cierro el cuaderno. Me quedo mirando la tapa de tela, con el corazón latiéndome en la garganta. Se lo prometiste , me digo. No es para dárselo. Es para saber que podías.
Arranco la hoja con cuidado. La doblo en cuatro. Camino hasta el recibidor, donde tengo colgado el abrigo, y la guardo en el bolsillo interior. «Por si acaso», murmuro, a nadie, a la lámpara, a la foto de Chela.
Chela, bajo la luz amarilla, no dice nada. Pero juraría que me mira con un poco menos de cariño que de costumbre.
* * *
El viernes por la mañana tengo una cita con Rodrigo para repasar el programa de la fiesta, en el estudio de Voz Alta, donde Joaquín tiene una sesión hasta el mediodía.
Llego quince minutos antes, subo la escalera con el abrigo al brazo, saludo a Meche con un gruñido y entro a la sala de espera, una especie de cuartito con sillones viejos y una máquina de café que no hace café.
En el respaldo de un sillón, doblada con descuido, está la chamarra de Joaquín.
Es la grande. La de los bolsillos anchos. La que se pone para todo. La he visto mil veces. La he olido, incluso, una noche.
Estoy sola. A través del vidrio de la cabina lo veo de espaldas, con los audífonos puestos, hablando frente al micrófono con una voz de mujer que no reconozco. No se vuelve.
Saco la hoja de mi abrigo.
La miro. La sostengo con las dos manos, como se sostiene un pájaro.
No lo hagas.
No es para dárselo. Es para que esté.
Es una cosa de segundos. Nadie me ve. Lo hago con una naturalidad que me horroriza: meto la mano en el bolsillo derecho de la chamarra, al fondo, junto a un paquete de cacahuates y un par de llaves, y dejo allí la hoja doblada en cuatro.
Por si acaso , pienso. Por si no le sale. Por si lo necesita. Por si algún día quiere saber cómo suena.
Y si no lo encuentra, mejor.
Salgo de la sala de espera. Respiro hondo. Me alejo por el pasillo sin hacer ruido, con el corazón golpeándome las costillas, y me detengo frente a la foto de aquel muchacho de rizos que podría ser él a los veinte, y que me mira desde el marco con la expresión de quien sabe un secreto muy malo.
No se lo di , me repito, en la escalera, bajando, con el paso de quien carga una charola llena de vasos. Solo se lo guardé.
Es la frase más bien redactada que he escrito en mi vida.
Y es mentira.