El Padrino CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La caja de zapatos

«Mi madre me escribía una carta al mes. Yo le contestaba una vez al año. Hoy le contesto en persona».

—Brindis de Pablo para su madre, boda en Aguascalientes

El Día de Muertos llega y se va sin que la casa se caiga.

Es una cosa muy rara. Durante dos años lo vi venir como se ve venir un tren por una vía recta: con el estómago apretado, con la certeza de un impacto.

Y pasa. El treinta y uno por la noche, la ofrenda; el primero, los angelitos y los dulces; el dos, los difuntos grandes, con la radio de bulbos puesta en la estación de boleros, el vaso de mezcal que se vacía solo (o que doña Lupe jura que se vacía solo, y que yo sospecho de ella) y el pan que se va quedando duro junto al cempasúchil.

Lloro un poco el dos, a las once de la noche, sola, delante de la foto, durante cuarenta segundos exactos.

Los cuento. Es una broma que no le cuento a nadie.

El tres por la mañana, las flores empiezan a perder pétalos sobre el mantel blanco, y yo no quiero que se las lleven.

*   *   *

Joaquín me invita a su casa por primera vez el miércoles cinco.

—No es nada especial —advierte, en la puerta de un edificio de ladrillo rojo de la colonia Narvarte, con las llaves en la mano—. Hay un cactus muerto. Y una cabina.

—¿Una cabina?

—Ya verás.

Vive en un cuarto piso sin balcón, en un departamento largo y angosto, con piso de madera crujiente, techos altos y estantes hasta el techo, llenos de guiones encuadernados en espiral, de cajas de cintas, de latas de película que probablemente ya no sirven.

Hay una sola planta: un cactus de unos veinte centímetros, completamente seco, que se mantiene en pie con la dignidad de un monumento.

—Se murió en marzo —me dice—. No me atrevo a tirarlo.

—Los cactus no se mueren.

—Ya sé. Por eso lo respeto.

En la sala hay un sillón de cuero gastado, una mesa con tres tazas con residuos distintos de café, y un cuaderno con papeles arrugados. Ahí es donde descubro el trabajo de las últimas dos semanas.

Hay doce bolitas de papel en la mesa. Hay otras tantas en el suelo, y una más en la maceta del cactus, que por lo visto tiene ahora un propósito. Tomo una. La desdoblo.

Rodri: eres mi mejor amigo. Fin.

Tomo otra.

Hola. Soy Joaquín. Hace veinticinco años que conozco a Rodrigo. Fin.

Otra.

Camila, Rodrigo, gracias por invitarme. Fin.

Otra.

Hola.

—No juzgues —dice Joaquín, desde la cocina, con una taza en cada mano.

—No juzgo nada.

—Lo estás haciendo con la ceja.

—Es la única que tengo.

Se ríe. Me pasa una taza. Mira las bolitas de papel con la expresión de quien contempla un campo de batalla.

—No sé qué decir —admite—. Cada vez que empiezo, escribo una frase, y la leo, y me suena a otra persona.

—¿A quién?

—A cualquiera. Al doctor. A mi tío Rubén. Al narrador de un documental de la naturaleza. —Se deja caer en el sillón—. Nunca a mí.

*   *   *

La cabina está en el fondo del pasillo.

Es, en realidad, un clóset. Un clóset de metro y medio de ancho, forrado por dentro con cobijas, almohadas y cartones de huevo, con un micrófono de pie en el centro, una silla alta, un atril y una lámpara pequeña.

Huele a lana y a polvo y a algo tibio, como el interior de un abrigo.

Entro detrás de él, y por un momento no cabemos los dos, y tenemos que acomodarnos con una torpeza que nos hace reír.

—Aquí ensayo —explica—. Cuando no puedo ir al estudio. Es mi lugar para fallar sin testigos.

—¿Y para ganar?

—Eso es en el estudio.

Se sienta en la silla alta. Se pone los audífonos, se ajusta el micrófono, y me hace una seña con la mano: quédate, no hables . Saco el celular, lo apago por reflejo. Me apoyo en una pared de cobijas.

—Lo voy a intentar —dice—. Aquí, contigo. Sin papel. Solo decir una frase. Una nada más. Con mi voz.

—Dila.

Cierra los ojos. Respira hondo. Abre la boca.

— Rodrigo es mi mejor amigo.

La voz es suya. Es la voz de verdad, la de la sala de mi casa, la de la noche del apagón. Pero algo se desliza, un hilo, al final de la frase, un acento que no es del todo suyo, un volumen que sube sin que él lo mande.

—Otra vez —dice—. Perdón. Rodrigo es mi mejor amigo.

Ahora es grave, más ancho, con un fondo de arena. La voz del doctor.

—No —murmura, y se pasa una mano por la cara—. Otra. Rodrigo es…

Es la voz de su tío Rubén. Un ladrido militar.

— Rodrigo es mi…

El gallo.

Se queda callado. Con los ojos cerrados, con las manos sobre las rodillas, con los audífonos torcidos. Cuando los abre, tienen el brillo de alguien al que se le acaba de caer algo de las manos.

—No sé cuál es la mía —dice.

—¿Qué?

—La voz. No sé cuál es. Tengo treinta y siete. Las conozco todas. Sé qué hace cada una, cómo se respira, dónde está el apoyo. Pero cuando intento hablar como yo… —Se encoge de hombros, con una risa seca—. Se me escapan. Se me van por los costados. Son como perros.

—¿Desde cuándo?

—Desde los doce.

Se me aprieta el pecho. Cláusula cinco. No pregunto más.

—Es esta —digo.

—¿Cuál?

—La de ahora. La que acabas de usar para decirme que no sabes cuál es la tuya.

Joaquín me mira. Parpadea. Sonríe, con una mueca triste.

—Eso es muy bonito.

—Joaquín.

—Perdón. —Levanta una mano—. Perdón. Es un reflejo.

—Lo sé.

—No me lo tomes a mal. Es solo que cuando alguien dice algo así, tan bien dicho, tan en su lugar, me da…

—Sospecha.

—Sospecha. —Asiente—. No de ti. De la frase.

*   *   *

Salimos de la cabina. Me siento en el sillón con las rodillas recogidas, y él se queda de pie, junto a la ventana, mirando la calle. Detrás de él, sobre el refrigerador de la cocina, que se ve por la puerta abierta, hay una caja de zapatos.

Es una caja de zapatos normal, de cartón verde, con un letrero de «Flexi» en la tapa. Parece sacada de cualquier clóset de cualquier abuela. Hay algo atado alrededor, una liga ancha de oficina, y encima de la liga, apoyado con cuidado, hay un sobre.

Un sobre nuevo, blanco, con un timbre de Correos de España.

—Llegó el lunes —dice Joaquín, sin volverse. Ha visto que lo he visto.

—¿Del otro lado del charco?

—De Valencia. —Se pasa una mano por el pelo—. Cada seis meses, más o menos. Esta llegó antes. No sé por qué.

—¿No la has abierto?

—No.

—¿Piensas abrirla?

—No sé.

El silencio se estira. Afuera pasa una moto, un vendedor de tamales con su grabación de megáfono: «¡Tamales oaxaqueñooooos!». Joaquín mira el sobre desde la distancia, como quien mira un animal dormido.

—Es de las bonitas —dice—. Sé que lo es. Tiene letra verde.

—¿Verde?

—La pluma verde. Corregía los exámenes con ella. Todas las cartas tienen la dirección con esa letra. —Hace una pausa—. Veintidós años escribiendo la misma dirección con esa pluma. Lo mínimo que se le puede pedir a alguien que se fue es que cambie de pluma.

Me río. Sin querer. Es una risa breve, que se me escapa y se apaga.

—Perdón.

—No. Me gusta que te rías. —Sonríe—. Es lo único que se puede hacer con eso.

Se vuelve hacia mí. Los ojos le brillan un poco, y yo noto que se esfuerza por no hacer una voz.

—Valeria.

—Dime.

—Prométeme una cosa.

—Dime.

—Que no me vas a escribir el discurso.

Lo miro. No contesto de inmediato, y él lo nota.

—Ya te lo prometí.

—Lo sé. Pero lo necesito otra vez. —Baja la voz—.

Porque sé que podrías. En diez minutos. Sé que si me lo escribieras, quedaría perfecto.

Sería lo mejor que se ha dicho en esa sala.

Y yo lo leería, y todos llorarían, y yo me quedaría parado en el escenario con una frase tuya en la boca, tan bonita, tan bien puesta, que ni yo mismo podría decir si es mía.

—No es lo que…

—Y no sabría si es verdad.

—Joaquín.

—Por favor.

Es una petición tan clara, tan sin trampa, tan limpia, que no puedo decir otra cosa.

—Te lo prometo.

Asiente. Se acerca. Me besa en la frente. Luego en la sien. Luego en la boca, despacio, con una tristeza ligera que no sé de dónde viene.

—Gracias —susurra.

*   *   *

Me voy a las ocho. En la escalera, con el bolso al hombro y el celular otra vez encendido, me detengo en el descanso del segundo piso, con la mano en el pasamanos.

Me doy cuenta de que lo hago igual que él. Que me detengo, con la mano en la barandilla, como si cada piso pesara el doble de lo que pesa.

Pienso en las bolitas de papel. En el cactus. En la caja Flexi con su liga ancha. En el sobre con letra verde. En un hombre de treinta y siete voces que no sabe cuál es la suya.

Pienso: Yo podría.

Es la frase más peligrosa de mi oficio. La que se dice en voz muy baja, con una inocencia total, y que ha empedrado, estoy segura, el camino de más de un infierno bien redactado.

Yo podría escribirle algo. No para que lo lea. Solo para tenerlo. Por si acaso.

Me suelto del pasamanos.

No , me digo. Se lo prometiste.

Bajo el siguiente tramo de escaleras con una resolución casi gimnástica, con el paso de quien carga una charola llena de vasos. En la calle me envuelve el olor a tamales, a gasolina, a noviembre. Me meto las manos en los bolsillos del abrigo.

En el izquierdo, entre un pañuelo y un chicle, hay una hoja doblada en cuatro.

No sé cómo llegó ahí. Estoy segura de no haberla puesto yo.

La desdoblo bajo un farol. Es una de las bolitas de papel de Joaquín, rescatada de la mesa, alisada con el canto de la mano, con una sola frase escrita con su letra apretada:

Hola. Soy Joaquín.

Y debajo, en otra tinta, otra letra, la mía, que no recuerdo haber escrito, una línea que alguien con mi mano y sin mi permiso añadió mientras yo hablaba, quizá, sin darme cuenta:

Y estoy aquí.

Me quedo mirándola un rato largo.

Luego la vuelvo a doblar, con mucho cuidado, y la guardo en el cuaderno, entre las hojas del pacto.