El Padrino CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Lo que se queda

«Quien dijo que el mole no se enfría nunca jamás ha estado en una boda cancelada».

Llegamos al salón Las Palmas, en Coyoacán, a las cuatro menos diez, con tres paraguas.

Fue idea de Pepa. «Rodrigo dijo paraguas», declaró en la banqueta, sacando de su bolso un paraguas rosa para ella, uno de rayas para mí y, para Joaquín, uno negro idéntico al de Rodrigo que compró en la esquina por si acaso.

El cielo está de un azul recién lavado. No hay una nube.

Caminamos hacia la entrada con los paraguas cerrados, como tres personas que llevan un secreto muy mal escondido.

—Esto es ridículo —murmura Joaquín.

—Es obediencia —dice Pepa.

—Es teatro.

—Es contabilidad. Si llueve, tenemos paraguas. Si no llueve, tenemos razón.

El salón es un jardín techado, con arcos de cantera y farolitos colgados, mesas redondas apiladas contra una pared y un escenario pequeño con una cortina de terciopelo.

Los meseros pasan trapos por los manteles, acomodan sillas, discuten sobre una caja de copas.

Huele a pasto cortado y a cera. En una mesa del fondo, solos, bajo una pérgola cubierta de buganvilias, están Rodrigo y Camila.

Sentados lado a lado, sin tocarse. No como una pareja que va a terminar, ni como una que va a casarse. Como dos hermanos mayores esperando a que llegue el resto de la familia.

Rodrigo se pone de pie al vernos. Lleva un saco gris, sin corbata, y se ve más joven. Muchos años más joven.

—Gracias por venir. Y por los paraguas.

—Te traje el tuyo —dice Joaquín, extendiéndole el negro que lleva bajo el brazo, el que Rodrigo olvidó en el parque.

Rodrigo lo mira. Sonríe.

—Quédatelo.

—Es tuyo.

—Tengo otro —dice, y es la primera vez que lo oigo decir algo así con una sonrisa que dice no, de verdad, es un regalo .

*   *   *

Nos sentamos. Pepa saca su libreta. Camila sirve agua en cuatro vasos, con una mano que no tiembla. Rodrigo apoya las manos sobre la mesa, entrelazadas, y se aclara la garganta con el gesto de quien va a leer un informe.

—Tenemos tres datos —dice.

Camila se ríe, con la cara escondida detrás de su vaso.

—¿Tienes que decirlo así?

—Es mi forma.

—Es tu forma —repite ella, con ternura, y me mira a mí—. Es la forma que él me enseñó. Voy a usarla yo también.

—Dato uno —empieza Rodrigo—. No nos vamos a casar.

Dice las palabras sin ningún adorno. Cayendo despacio sobre la mesa, como monedas. Pepa suelta una exhalación larga. Yo siento que algo se me desata en el pecho, y no es tristeza.

—Dato dos —dice Camila, con la voz firme—. Seguimos siendo lo que somos: lo más parecido a una familia que cada uno ha elegido. Eso no se cancela.

—Dato tres. —Rodrigo la mira, y ella asiente—. La fecha, el salón y el mole se quedan.

Silencio.

Pepa levanta la mano, como en la escuela.

—¿El mole?

—Mi mamá lo compró hace dos meses —explica Camila—. Nueve horas de cocción. Lo tienen listo en el congelador de mi tía Rosa. No se va a desperdiciar.

—¿Y los invitados? —pregunto.

—Los invitados vienen. —Camila sonríe—. Va a ser una fiesta.

—¿Una fiesta de qué?

—Todavía no sé. —Se encoge de hombros—. Una fiesta de lo que fuimos. De lo que somos. De lo que no. No tiene nombre.

— La boda que no fue —dice Joaquín.

Todos lo miramos. Se pone rojo.

—Perdón. Se me escapó.

—Es un título excelente —dice Rodrigo, anotándolo mentalmente.

*   *   *

Nos cuentan cómo lo dijeron.

La noche anterior, en casa de los Villaseñor, a las nueve, con toda la familia en la sala.

Rodrigo pidió permiso para hablar. Don Raúl, que esperaba una noticia de último minuto sobre el DJ, se quedó mudo con el vaso de mezcal a medio camino de la boca.

Doña Marta dejó caer una cuchara. Paulina y su marido intercambiaron una mirada que decía lo sabía .

El tío Beto se puso a llorar sin saber por qué.

Camila dijo la frase, la que habían ensayado en el coche, con la voz entera.

—¿Y qué contestó tu papá?

—Se levantó. —Camila se ríe y se limpia una lágrima—. Caminó hasta Rodrigo, le puso las dos manos en los hombros y le dijo: «Hijo, es la decisión más seria que he visto tomar en esta familia desde que mi suegra decidió dejar de hablarme». Luego lloró cuarenta segundos.

—Lo medí —aclara Rodrigo.

—Y mi mamá —continúa Camila— preguntó: «¿Y el mole?».

—Y le dijimos que se quedaba.

—Y ella dijo: «Bueno». Y se fue a la cocina a hacer un arroz.

—¿Y la abuelita Concha? —pregunta Pepa.

Camila se tapa la cara con las manos.

—Le gritamos que no nos casábamos. Tres veces. Y dijo, a todo volumen: «¡QUÉ BIEN!».

—¿Entendió?

—No. Pero pidió champán.

Nos reímos los cinco, con una risa que va y viene como una ola. Rodrigo se ríe también, discretamente, con los hombros, sin sonido. Camila le pone una mano en el brazo, y él no se la aparta. Es la primera vez que los veo tocarse sin ceremonia, sin propósito, como dos que se conocen.

*   *   *

—Tengo una petición —dice Rodrigo.

Se vuelve hacia mí. Saca de su portafolio una carpeta delgada y la abre. Dentro hay un solo papel: el borrador, el de los tres datos, con la última línea en blanco.

—Quiero que el brindis siga existiendo. Pero no quiero que sea mío. Que sea de todos.

—¿De todos?

—Camila y yo lo hablamos. —Mira a Camila, que asiente—. Queremos que cada invitado escriba tres datos de alguien a quien quiere. Una persona de la sala. Sin adjetivos. En presente. Y que los lean al final, en voz alta, por turnos.

—La fiesta de los datos —dice Camila.

—Y al final —continúa Rodrigo—, yo diré tres líneas.

—¿Las del final? —pregunto.

—Las del final. —Sonríe—. Que le diré a ella, delante de todos. No antes.

Se me llena la garganta. Miro a Camila, que mira la mesa con una sonrisa pequeña, de quien ya sabe de qué trata la sorpresa y no piensa decirlo.

—Quiero que tú organices los datos —me dice Rodrigo—. Que escribas las tarjetas, que expliques el ejercicio. Tú sabes cómo se hace.

—Claro.

—Y quiero que vayas.

—Rodrigo…

—Regla tres. —Levanta un dedo—. Lo sé. «No voy a la boda.» —Hace una pausa y sonríe—. Esto no es una boda.

—Eso dijo Camila.

—Camila es una mujer inteligente.

Camila se sonroja, y a mí me da un vuelco el estómago. Me quedo mirando las dos caras, las de dos personas que acaban de soltar una cuerda y todavía no saben si eso duele o libera, y siento que lo que me atraviesa no tiene nada de profesional.

—Voy a ir —digo.

—Gracias —responde Rodrigo, con la solemnidad de quien cierra un contrato.

*   *   *

—Una cosa más —interviene Camila.

Se vuelve hacia Joaquín, que ha estado callado casi toda la reunión, con las manos entre las rodillas y la mirada baja. Ella se inclina un poco hacia él, con una dulzura de hermana.

—Joaquín, ¿dirías unas palabras?

Joaquín levanta la cabeza.

—¿Yo?

—Eres el padrino. Y el mejor amigo de Rodri. Y… —duda un segundo—. Y alguien que ha dicho muchas cosas, en muchas voces, por muchísima gente. Quizá sea hora de que digas algo con la tuya.

Hay un silencio largo. Pepa se muerde el labio. Rodrigo mira a su amigo con los ojos muy abiertos, sin pedirle nada.

—Sí —dice Joaquín.

Lo dice rápido, por reflejo, sin pensarlo, como se contesta que sí a una pregunta que no se ha terminado de escuchar. Camila sonríe.

—Gracias.

Yo lo miro. Joaquín no me mira. Tiene la mandíbula muy apretada, la espalda un poco tiesa, la sonrisa de quien acaba de aceptar una cirugía.

*   *   *

Salimos a las seis, con un cielo naranja y los paraguas sin abrir. Pepa se queda en la acera discutiendo con Camila el menú de la fiesta («¿Y si hacemos una barra de chilaquiles?»), y Joaquín y yo caminamos por la calle empedrada hacia la esquina, sin hablar.

Lo conozco ya lo suficiente como para distinguir un silencio cómodo de otro que pesa. Este pesa.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada.

—Joaquín.

—Dije que sí. —Se detiene bajo un farol, con las manos en los bolsillos—. Dije que sí a decir unas palabras. En público. Con mi voz.

—Lo sé. Lo oí.

—No sé hacer eso.

—Yo te ayudo.

—No.

La palabra cae seca. Me quedo con la boca entreabierta.

—¿No?

—Quiero… —Hace una pausa—. Quiero intentarlo solo.

—Joaquín, no tienes que…

—Sí tengo. Es mi voz. Es la primera vez que la uso para algo que no es de otro. Si tú me escribes algo, va a quedar bonito. Va a quedar perfecto. Va a quedar como esos discursos que escribes, que cabe en la boca de cualquiera y hace llorar a la sala.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé.

Nos miramos. Es una mirada larga, de las que se dan en una calle vacía, con un farol encendiéndose sobre las cabezas. Hay algo que no digo, y algo que no dice, y el espacio entre las dos cosas es del tamaño de un pasillo.

—Está bien —digo, al fin.

—¿De verdad?

—De verdad. —Intento sonreír—. No te voy a escribir nada.

—Gracias.

—Pero si lo necesitas…

—Ya sé.

—…aquí estoy.

—Ya sé.

Me toma la mano. Me la aprieta. Seguimos caminando.

Pero esa noche, ya en casa, cuando me quedo mirando la lámpara del pasillo y la foto de Chela y la lista con sus ocho renglones, me da por pensar en una cosa muy pequeña, del tamaño de un alfiler, que no sé por qué me molesta: la forma en que dijo bonito .

La dijo igual que la primera vez, en el café Edén, hace seis semanas.

Como quien dice sospechoso .