CAPÍTULO 20
Sabor a mí
«Hoy no vengo a hablar del novio. Vengo a hablar de su novia, que es más interesante».
—Brindis de la dama de honor, boda en Zacatecas
Camila llega a las ocho y media de la mañana, media hora antes que Joaquín, con dos cafés en la mano y una bolsa de pan que huele a mantequilla.
Abro la puerta en pijama, con el pelo hecho un desastre y la mancha de la almohada en la mejilla, y por un segundo no sé si estoy soñando.
Está ahí, en el rellano, con un suéter verde y los ojos hinchados, la trenza deshecha, el sombrero ridículo de Xochimilco colgándole de una muñeca, y una sonrisa que no he visto nunca en ella: cansada, ligera, como la de quien acaba de dejar una maleta muy pesada en la banqueta.
—Perdón por caer así —dice—. No sabía a quién más ir a ver.
—Pasa.
Entra. Mira el departamento con curiosidad, el sillón, la mesa, la foto de Chela junto a la lámpara del pasillo. Se queda un momento frente a ella, sin tocarla.
—¿Es tu abuela?
—Sí.
—Tiene cara de saber lo que hace.
—Eso dicen.
Dejamos los cafés sobre la mesa. Nos sentamos. Hay un silencio de dos mujeres que se han visto una sola vez en la vida y que de golpe tienen que hablar de lo más importante.
—Hablamos cuatro horas y doce minutos —dice Camila.
—Rodrigo me lo escribió.
—Lo midió con el celular. Se puso a cronometrar, a la mitad, sin darse cuenta. —Se ríe, y esa risa le sale temblando—. Lloró cuarenta segundos. Yo lloré más. Mucho más.
—¿Estás bien?
—No sé. —Se seca los ojos con la manga—. Estoy cansada. Estoy… ligera, creo. Es muy raro. Es como cuando se te cae una muela y la lengua sigue buscando el hueco.
Tomo mi café. Me quedo callada. Es lo único que sé hacer.
—Le dije que lo sabía —continúa—. Desde hace un año.
Cuando me pidió matrimonio. Él me dijo «no hay ningún dato en contra», y yo pensé: qué tonta soy, ¿cómo voy a querer que un hombre se me ponga de rodillas por eso?
—Respira—. Pero se lo dije que sí. Porque lo quiero tanto, Valeria.
Es la mejor persona que conozco. Y creí que querer era suficiente.
—No es un error.
—No. No lo fue. Pero tampoco era eso .
Se queda mirando la lámpara del pasillo a lo lejos, prendida a plena mañana.
—Anoche me dijo: «No sé por qué me caso contigo». Así, sin adornos. Con la cara más seria del mundo. Y yo le dije: «Yo tampoco, Rodri». Y los dos nos quedamos mirándonos. Y de pronto nos echamos a reír. Como idiotas. Durante diez minutos. Hasta que nos dolió la panza.
—Qué bueno.
—Fue lo más bonito que hemos hecho juntos en seis años —dice, con los ojos brillando—. Reírnos de eso.
* * *
Camila bebe su café a sorbos pequeños. Yo me doy cuenta de que tengo las manos apretadas alrededor de la taza, como si fuera lo único firme del mundo.
—No sé qué va a pasar —dice—. No hemos decidido nada. Pero vine a pedirte una cosa.
—Dime.
—Quiero que termines el brindis.
La miro.
—Sé que no hay boda, o no sé si la hay. —Sonríe—. Pero hay una fecha. Hay setenta invitados. Hay un salón reservado en Coyoacán, mi mamá que ya compró el mole, mi papá con tres discursos preparados. Y hay un brindis que está a medio escribir, que dice cosas ciertas. Quiero que exista.
—Camila, no sé qué…
—Yo tampoco. Pero no quiero que se quede en blanco. Rodrigo me dijo que el final no está escrito. —Hace una pausa—. Me dijo que tiene tres líneas. No me las quiso decir. Dijo que me las diría cuando fuera el momento.
—Eso me dijo a mí.
—¿Y tú no quisiste saberlas?
—No. Son suyas.
Camila me mira con una expresión muy fija. Luego sonríe, con el costado de la boca, como quien ve algo conocido.
—¿Estás con Joaquín?
Se me cae la cuchara.
—¿Qué?
—Se te nota. —Se encoge de hombros—. Los vi en la cena. Joaquín mira a una persona de una manera que nunca le había visto. Y tú te pones roja cuando dice «amable».
—Camila…
—Qué alivio —suspira—. Por fin alguien en esta historia que sí .
Me tapo la cara con las dos manos. Ella se ríe, con una risa de amiga, de esas que no necesitan años.
—Anoche —dice, ya más baja—, cuando Rodrigo se fue, me quedé sola en la sala. La lámpara estaba prendida. La que dejé. Él no la apagó, ¿sabes? Pasó por el pasillo, la miró, y la dejó. Y yo me quedé un rato ahí, esperando que me diera algo. No sé qué. Alegría, o pena.
—¿Y qué te dio?
—Descanso —responde—. Porque ya no tenía que esperar a que se le olvidara.
Se pone de pie. Recoge el sombrero. En la puerta, con la mano en el picaporte, se vuelve hacia mí.
—No sé qué va a pasar con el 28. Pero quiero que sea una fiesta. Con ustedes dos. Con el brindis. Con todo.
—Camila, yo no voy a las bodas.
—Lo sé. Rodrigo me contó de tus reglas. —Sonríe—. Eso no es una boda.
* * *
Joaquín llega a las nueve. En punto. Con el paraguas de Rodrigo, que se niega a devolver, una bolsa de papel y una expresión que se queda en suspenso al ver las dos tazas sobre la mesa.
—¿Vino alguien?
—Camila.
—¿Camila?
—Quiere que termine el brindis.
—¿Hay brindis?
—Hay fiesta.
Joaquín se sienta despacio. Se queda pensando un buen rato.
—Dime que no tengo que hacer una voz.
—No tienes que hacer una voz.
—Entonces me parece muy bien.
* * *
Pasan quince días.
Quince días de trabajo, de conchas, de mensajes cortos de Rodrigo («Seguimos hablando.
Estamos bien. Gracias»), de domingos con Camila en una banca del parque y de cenas con Joaquín en un restaurante pequeño de la Narvarte donde el dueño se llama Chente y nos sirve siempre lo mismo, sin preguntar.
Quince días de mañanas a las nueve en punto, de besos que ya no piden permiso, de una servilleta firmada en el cuaderno que dice 12.
Nadie hace voces. y que Joaquín rompe, discretamente, tres veces por semana, porque la voz del gallo, dice, es una emergencia constante.
Llega el treinta y uno de octubre.
* * *
La mesa del recibidor está cubierta con un mantel de lino blanco que encontré en el cuarto de Chela.
Hay tres niveles: una caja, un banquito, una repisa.
Encima, flores de cempasúchil, un montón, anaranjadas, desbordadas, que Pepa y doña Lupe trajeron del mercado de Jamaica sin discutir el precio, porque doña Lupe regateó hasta que el vendedor se rindió y les regaló un ramo extra por pena.
Hay velas. Papel picado de colores. Un plato con pan de muerto.
Un vaso de agua. Un cuenco con sal. Un vasito de mezcal, el que a ella le gustaba solo una vez al año.
Y en el centro, la foto de Chela, bajo el arco de flores, con su velo prestado y su secreto muy bueno.
Alrededor de ella pongo sus cosas. El dedal de plata. Las tijeras de sastre, grandes, pesadas, con las puntas gastadas. Un carrete de hilo blanco. Sus lentes de lectura. La radio de bulbos, con el dial puesto en la estación de siempre.
A un costado, en una hoja doblada que he sacado del cuaderno, está la lista.
Ya no tiene tres renglones. Tiene ocho.
1. Regaba los helechos con el agua de los frijoles.
2. Hablaba con la boca llena de alfileres y nunca se le cayó ninguno.
3. Cada vez que alguien se probaba un vestido, decía «uy, qué mujer» antes de decir cualquier otra cosa.
4. Cantaba boleros con la boca llena de alfileres. Y no desafinaba. (Don Aurelio)
5. Se enojaba más cuando había una ofrenda con cara de funeral. (Doña Lupe)
6. Decía que no era tacaña: era precavida. (Pepa)
7. Dejaba el pan dulce al lado del teléfono para que nadie se olvidara de llamar. (Mis tíos, por teléfono, quince minutos de llanto en altavoz)
8. Cuando me ponía enferma, me hacía caldo de pollo y me decía: «Para las tristezas, limón». (Yo, a las tres de la madrugada, mientras escribía)
Faltan dos.
Las dos últimas, pienso, las tengo que escribir yo.
* * *
Joaquín llega a las ocho con una bolsa de papel manchada de grasa y una cara de misterio.
—No es pan —dice, antes de que yo pregunte.
Saca de la bolsa un cuadrado de cartón, plano, protegido por un plástico. Es un disco. Un vinilo viejo, de los de funda de cartón amarillento, con las esquinas gastadas. En la portada, una mujer de peinado alto, mirando a la cámara con una expresión de bolero.
—Lo encontré en el mercado de Cuauhtémoc. Un señor que vende discos de colección. Le pregunté por «Sabor a mí», con una voz de mujer enamorada, y me dijo que tenía este.
—¿Hiciste una voz de mujer enamorada?
—Una buena.
—¿Y te lo vendió por eso?
—Me lo vendió por la voz. Me lo regaló por la cara que puse.
Me río. Tomo el disco con las dos manos. Es más ligero de lo que parece.
—No sé si Chela lo tenía.
—Don Aurelio dijo que lo cantaba. —Se encoge de hombros—. Pensé que si no lo tenía, ya era hora.
No tengo un tocadiscos. Pero Pepa, que ha llegado detrás de él con una caja grande, abre la tapa y revela, entre papeles de periódico, un tocadiscos de maleta de los años setenta.
—Era de mi tío Rafa —explica—. Funciona. Casi.
—Pepa…
—No digas nada. Solo ponlo.
Lo enchufamos junto a la ofrenda. Joaquín desliza el disco, baja la aguja con un cuidado casi religioso. Hay un siseo largo, una tos de polvo, y luego, de pronto, una orquesta suave y una voz de mujer que llena toda la sala.
Doña Lupe, que acaba de entrar con una charola de tamales, se detiene en la puerta y se persigna.
Nos quedamos los cuatro de pie frente a la ofrenda. No decimos nada. La música se desliza por la casa como un sorbo de agua tibia. Las velas se agitan. La lámpara del pasillo, al fondo, sigue prendida. La foto de Chela, bajo las flores, sonríe un poco más, o eso me parece.
Tarareo. No me doy cuenta de cuándo empiezo.
Es una melodía que mi cuerpo conoce de memoria: la he oído en la cocina, en el taller, en las tardes en que Chela cantaba con la boca llena de alfileres y yo hacía mi tarea al otro lado de la mesa.
Bajito, desafinando un poco, con una voz que no sabía que seguía ahí.
Joaquín, a mi lado, no dice nada. Me toma la mano. La aprieta.
Termina la canción. El disco sigue girando, con su siseo, con su luz de lámpara.
Entonces suena mi celular.
* * *
Es un mensaje de Rodrigo. Lo leo en voz alta, con el corazón lleno.
Camila y yo hemos decidido algo. Se los diremos el domingo, en el salón de Coyoacán. A las 4 p.m. Les pido que vengan los tres. Y que lleven paraguas.
Pepa se tapa la boca. Doña Lupe se santigua otra vez. Joaquín me mira, y en sus ojos hay una pregunta que no necesita palabras.
Pongo el celular boca arriba sobre la mesa, junto al plato de pan. Miro la ofrenda. La lista de Chela, con sus ocho renglones. La lámpara. La foto.
—Domingo —digo.
—Domingo —repite Joaquín.
Y por primera vez en mucho tiempo, la palabra «domingo» me suena a algo que no da miedo.