CAPÍTULO 19
Una luz para el camino
«Mi abuela decía que los muertos no regresan; que lo que regresa es lo que dejaron hecho: un caldo, un chiste, una costumbre».
—Brindis de Beatriz, boda en Pátzcuaro
Caminamos hasta mi casa bajo el paraguas de Rodrigo, sin hablar mucho. La llovizna es fina, constante, de las que no mojan pero empapan. Joaquín sostiene el paraguas con una mano y con la otra, la mía. A veces lo inclina hacia mí sin darse cuenta y se queda con medio hombro afuera.
—Te vas a mojar.
—Ya estoy mojado.
—Entonces no lo inclines.
—No lo inclino. Lo acomodo.
Subimos los tres pisos. Pepa nos espera en el rellano, con una bolsa de papel en cada mano y la cara de quien lleva un rato escuchando pasos que no son los nuestros.
—Mezcal, quesadillas y una vela —informa, sin saludar—. No sabía qué hacía falta, así que traje de todo.
—¿Cómo supiste que…?
—Me mandaste un mensaje que decía solo «Rodrigo». Sin signos de puntuación. Eso es una emergencia nacional.
Entra detrás de nosotros, deja las bolsas sobre la mesa, nos mira a los dos. Mira nuestras manos, que se sueltan despacio, sin prisa y sin disimulo. Pepa abre la boca, y la cierra. Por primera vez en ocho años de trabajo juntas, se queda sin comentarios.
—Contabilidad —murmura, y se ocupa de destapar el mezcal.
* * *
A las nueve llega doña Lupe.
No toca. Abre una rendija de la puerta, que Pepa dejó sin cerrar, y asoma primero un rulo y luego medio rostro.
—Venía pasando.
—Doña Lupe, vive enfrente.
—Por eso. —Entra del todo, en bata, con una bandeja de tamales en las manos—. Oí pasos, oí voces, oí que se cayó una cuchara. Una vecina tiene derecho a saber.
—No se cayó nada.
—Entonces se cayó otra cosa. —Se acomoda en el sillón, deja la bandeja en la mesa y examina la escena con ojos expertos—. ¿Qué pasó?
—Un cliente tiene un problema —dice Pepa—. Está resolviéndolo con su novia. Esperamos noticias.
—Ah, un asunto del corazón.
—No exactamente.
—Todo asunto es del corazón. —Se sirve un mezcal sin que nadie se lo ofrezca—. Si no, no estaríamos todos aquí.
Nos acomodamos alrededor de la mesa como en una vigilia.
Hay quesadillas, tamales, el mezcal en vasitos de plástico, una vela chiquita encendida «por si acaso» y mi celular boca arriba en el centro, como un pequeño altar de la ansiedad.
Joaquín se sienta a mi izquierda. Pepa, a mi derecha.
Doña Lupe, frente a mí, con la mirada de un general.
Nadie dice nada. Se oye la llovizna en el balcón, la telenovela de la pared de enfrente, el goteo del baño.
—Esto parece velorio —dice doña Lupe, con toda su honestidad—. Nomás falta el muerto.
—¡Lupe! —exclama Pepa.
Me quedo muy quieta. Es una frase tonta, sin malicia. Una de esas que se dicen cuando uno quiere romper un silencio. Pero cae sobre la mesa como una taza que se rompe.
Joaquín se vuelve a mirarme, sin moverse. Pepa se lleva una mano a la boca. Doña Lupe, que no es tonta, se da cuenta con un retraso de tres segundos.
—Ay, mija. Perdóname. Yo no…
—No pasa nada.
—Es que se me fue…
—De verdad, doña Lupe.
—Es que ya casi es el día —murmura, mirándose las manos—. Y yo me acordé de Chela. Perdón.
Hay un silencio largo.
Y entonces, sin pensarlo, sin saber de dónde me sale, digo:
—Quiero ponerla.
—¿Qué? —pregunta Pepa.
—La ofrenda. —Me tiembla la voz y la dejo temblar—. Este año quiero ponerla.
Doña Lupe levanta la cabeza, con los ojos muy abiertos.
—¿Es en serio?
—Es en serio. —Respiro—. Rodrigo dijo hoy que una luz prendida es una deuda. Que cuando alguien la deja para ti, te está diciendo «me importa que llegues bien». Y yo estaba ahí, en una banca, escuchándolo, y pensé: Chela dejó mil luces prendidas. Y yo las apagué todas.
Pepa me toma la mano debajo de la mesa.
—Una ofrenda es eso —continúo, y las palabras empiezan a salir con una claridad que no me conocía—. Es una luz que se deja prendida para que los muertos no tropiecen en el camino de regreso. Es la lámpara del pasillo, solo que más grande. Con pan y flores.
Doña Lupe se lleva una servilleta a los ojos.
—Eso lo decía tu abuela —murmura—. Casi con esas palabras.
—No lo sabía.
—Claro que no. Lo decía cuando estabas en la escuela. Me lo dijo una noche, sentada aquí mismo. «Lupita, la ofrenda es una luz para el camino.» —Se suena la nariz, sin ninguna elegancia—. Me acuerdo porque yo le contesté que era muy bonito, y ella me dijo que no, que era muy práctico.
Nos reímos. Es una risa mojada, medio quebrada, de las que duelen un poquito y sirven mucho. Joaquín, a mi lado, se ha quedado muy quieto, pero siento que su pierna se pega a la mía bajo la mesa.
—Necesitas cempasúchil —dice Pepa, recuperando su voz de contadora—. Mucho. Y papel picado, y velas, y pan de muerto.
—Pan ya tengo —digo—. Mi vecino de arriba me regaló dos.
—Fue el colega —corrige doña Lupe.
—El colega me trajo uno —aclara Joaquín.
—Ya lo vi —dice doña Lupe—. Con eso se empieza.
* * *
Es Pepa la que lo pronuncia, con una delicadeza que no le conocía:
—¿Y sus cosas, Vale?
Se hace otro silencio. Esta vez no es incómodo. Es un silencio de quien espera a que alguien abra una puerta.
La puerta está al fondo del pasillo.
—Voy sola —digo.
—Estoy aquí —dice Joaquín, sin moverse.
—Lo sé.
Me levanto. Camino por el pasillo con una calma extraña. A mitad de camino, la lámpara de pantalla amarilla me baña la cara con su luz tenue. Llego a la puerta. Pongo la mano en el picaporte. No tiene llave. Nunca tuvo. La cerré yo, hace dos años, con una frase que no dije en voz alta: después .
Abro.
El cuarto huele a lavanda y a polvo y a algo muy tenue, como a canela vieja.
Está igual. La cama, perfectamente hecha, con el edredón de flores.
El buró, con sus lentes de lectura y un vaso con una flor seca.
La máquina de coser de viaje, junto al armario.
La radio de bulbos que sintonizaba siempre la misma estación de boleros.
Un chal de lana colgado de la silla. Y encima del tocador, en un marco de plata, la foto: Chela a los veintitrés, con un velo de novia que no era suyo, de pie junto a una vitrina, mirando a la cámara con una expresión de quien sabe un secreto muy bueno.
Respiro. Una vez. Dos.
No lloro.
Me cuesta, pero no lloro. Es una cosa muy extraña: tengo los ojos secos, y el pecho lleno de agua, y la sensación de estar parada en una orilla, a punto de entrar a un mar, sin saber nadar y sabiéndolo.
Tomo la foto. Es más liviana de lo que recordaba. Tomo el chal. Huele a ella. Huele a ella , a una mezcla de jabón de coco y vapor de plancha y tela nueva, y por un segundo, el cuarto entero se llena del sonido de una voz que ya no existe, cantando bajito con la boca llena de alfileres.
Siento una mano en la espalda. Es Joaquín, que no ha dicho nada. No me abraza. No me gira. Solo apoya la palma entre mis omóplatos, con el peso exacto de quien dice aquí estoy , y se queda.
—Es ella —murmuro.
—Se parece a ti.
—Tiene cara de saber lo que hace.
—Sabe —dice él.
Presente. El verbo, en presente.
Cierro los ojos un segundo, nada más. Luego salgo del cuarto con la foto y el chal en los brazos, y dejo la puerta abierta de par en par.
* * *
El celular vibra a las doce menos diez.
Estamos los cuatro sentados en el sillón, con la foto de Chela apoyada en la mesa de centro, junto a la vela.
Doña Lupe se ha quedado dormida con un tamal a medio comer.
Pepa lleva una hora haciendo una lista, en una servilleta, de lo que hay que comprar el viernes en el mercado de Jamaica.
Joaquín ha apoyado la cabeza en el respaldo y tiene los ojos cerrados, con una mano sobre la mía.
El celular se enciende. Un mensaje de Rodrigo. Leo en voz alta, con la voz más baja que puedo.
Hablamos cuatro horas y doce minutos. No hay decisión todavía. Camila dice que le gustó mi lista. Gracias por no preguntar. Les aviso mañana. Dejé la lámpara prendida.
Silencio.
Pepa levanta la cabeza. Joaquín abre los ojos. Doña Lupe, medio dormida, murmura:
—¿Qué lámpara?
—La del pasillo, doña Lupe —dice Pepa—. Es una larga historia.
—Todas las lámparas tienen una historia larga. —Se acomoda el chal que le cubre las rodillas—. Pero qué hombre tan…
Se detiene, buscando.
—¿Grosero? —pregunto, y me sale sin querer, con la voz exacta de una mujer que no está.
—Qué hombre tan grosero , Dios mío —termina doña Lupe, con un suspiro de victoria.
Estallamos los cuatro a la vez. Es una risa tan fuerte, tan inesperada, tan limpia, que doña Lupe se despierta del todo y empieza a reírse sin saber de qué, y Pepa se cae casi del sillón, y Joaquín se tapa la cara con las manos, y yo me río con una mano en el pecho, con los ojos llenos de agua, con la foto de Chela mirándome desde la mesa de centro.
Me parece que sonríe un poco más.
* * *
Se van a la una. Pepa, con un abrazo largo y una frase que no entiendo del todo («esa luz ya no se apaga»). Doña Lupe, con una bendición confusa que mezcla santos y consejos. Joaquín se queda en la puerta, con la chamarra puesta, el paraguas de Rodrigo en la mano y los ojos cansados.
—Mañana llego a las nueve.
—Ya sé.
—No tienes que…
—Ya sé que no tengo que.
Sonríe. Se acerca. Me besa en la frente, rápido, ligero, como quien firma un recibo. Después baja la escalera, y yo escucho sus pasos desaparecer piso a piso.
Cierro la puerta. Pongo la cadena.
Vuelvo a la sala. Tomo la foto de Chela con las dos manos. Camino hasta el fondo del pasillo, hasta la lámpara de pantalla amarilla, y la coloco en una repisita que hay justo debajo, donde antes estaba un florero que se rompió hace tiempo.
Chela, con su velo prestado y su secreto muy bueno, queda bajo la luz.
Dos luces, pienso. Una encendida para ella. Otra encendida para mí.
Me quedo un rato mirándola.
—No me voy a olvidar de apagarla —le digo—. Pero tampoco la voy a apagar.
La foto, claro, no contesta. Pero la lámpara parpadea una vez, apenas, y sigue prendida.