El Padrino CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Lo que sé hacer

«Un buen matrimonio empieza con una mala noticia dicha a tiempo».

—Brindis del juez Anselmo Ruiz, boda de su sobrina, Guadalajara

Rodrigo me llama a las cinco y media.

No me escribe. Me llama , con una voz de teléfono que nunca le había oído, y la primera frase que dice es: «Valeria, ¿tienes una hora?».

—Tengo una hora.

—Quisiera hablar contigo. Solo tú. Después, si te parece, con Joaquín. Él llegará a las siete en punto; sé que va a llegar a tiempo.

—¿Dónde?

—Parque México. La banca junto a la fuente de los patos. —Hace una pausa—. Disculpa lo teatral. Caminé diecisiete kilómetros y es donde terminé.

Cuelgo con el corazón en la garganta. Pepa, que ha escuchado todo desde su escritorio, levanta la cabeza con los ojos muy abiertos.

—¿Es lo que creo que es?

—No sé qué es.

—Vale…

—Dame las llaves del coche de tu hermano.

—No tengo el coche de mi hermano.

—Entonces dame un abrazo.

Me lo da. Corto, fuerte, con olor a café. Después me empuja hacia la puerta.

*   *   *

El parque está en esa hora en que la luz se pone del color de la miel y todo el mundo parece más guapo.

Hay perros con sus dueños, un viejo que da de comer a las palomas, niños que pasan en bicicleta con la sirena de una cometa.

Junto a la fuente de los patos, bajo un fresno enorme, encuentro la banca.

Y en la banca, con las rodillas juntas, el portafolio sobre las piernas y el paraguas cerrado apoyado contra el respaldo, está Rodrigo.

Tiene los zapatos cubiertos de polvo. El saco, arrugado, doblado sobre el brazo. La corbata, que no lleva, no existe, y en su lugar hay dos botones desabrochados en el cuello de la camisa, lo que en él equivale a una revolución.

—Gracias por venir.

—Gracias por llamar.

Me siento a su lado. Por un rato nadie habla. Un pato se acerca a la orilla, nos mira, y se va con una dignidad ofendida.

—Caminé desde la sastrería —dice, al fin—. Medí con el podómetro. Diecisiete kilómetros doscientos metros. Llegué a Coyoacán a las cinco menos veinte. Al consultorio de Camila.

—¿Hablaste con ella?

—No. —Se quita los lentes, los limpia—. Me quedé en la acera de enfrente.

Veinte minutos. Desde ahí se ve por la ventana.

Estaba con un niño de unos seis años, un paciente.

Le estaba mostrando cómo cepillarse, con un modelo de dientes de plástico.

El niño no quería abrir la boca. Ella se puso un cepillo de juguete en la suya y le hizo una cara…

—Se detiene—. Se rieron los dos. El niño abrió la boca.

—Qué lindo.

—Sí. Lo fue. —Se pone los lentes—. Y lo que sentí al verla, Valeria, lo conté. Anoté los datos en mi libreta, de pie, en la banqueta. Respeto. Gratitud. Ternura. Tranquilidad. Una especie de admiración muy exacta. Cuatro cosas. Todas reales. Todas buenas.

—¿Y?

—Y luego recordé lo que vi entre ustedes dos, en la sastrería.

—Se vuelve hacia mí, con esos ojos grandes, claros, de quien no ha aprendido a mentir—.

Nerviosismo. Torpeza. Risa involuntaria.

Un alfiler que se pasa antes de que lo pidan.

Una mancha de tinta. Eso, que no tiene nada de «correcto».

Que no es una escala, no es una cifra. Es otra cosa.

Se me pone la piel de gallina.

—No es que lo mío sea menos —continúa—. Es que no son lo mismo. Y yo creía que sí. Creí durante seis años que lo que sentía por Camila era eso , solo que más ordenado.

Un perro ladra a lo lejos. La fuente hace su ruido de agua.

—Cuando me pidió matrimonio, el año pasado, pensé: no hay ningún dato en contra. Es la mejor persona que conozco. Es puntual, es honesta, es cariñosa. Le dije que sí porque no encontré una razón para decir que no. —Respira—. Eso, Valeria, no es una razón para decir que sí.

*   *   *

Me quedo callada. Sé que ahora no me toca hablar. Es la parte del oficio que más me cuesta y la que mejor aprendí: dejar que el silencio haga su trabajo.

—La luz del pasillo —dice Rodrigo.

Tengo la boca seca.

—Todos creen que la apago por ahorrar. Es lo que digo. «Es un gasto innecesario.» Cuatro vatios. Setenta y seis pesos al año, calculé. —Mira sus manos—. Pero hay otra razón, y la descubrí hoy, caminando, a la altura de Insurgentes.

—¿Cuál?

—Una luz prendida es una deuda.

Se me aprieta el pecho.

—Cuando alguien deja una luz prendida para ti —explica, con una voz muy suave, como quien lee una frase que acaba de escribir—, te está diciendo: «Me importa que llegues bien».

Y yo no sé cómo devolver eso. No sé cómo pagarlo.

Si la dejo prendida, acepto algo que no sé si puedo sostener. Si la apago, no debo nada.

—Rodrigo…

—Lo supe a los doce años. —Sonríe, muy pequeño—.

Cuando apagué la lámpara en casa de Joaquín y me gritó.

Entendí, sin entenderlo, que una luz prendida es lo más frágil que puede tener una persona.

Me prometí no volver a tocar la suya. Y sin embargo, en mi casa, cada noche…

—Calla un momento—. Es muy raro. Con él lo sabía. Con ella lo hago.

—Porque con ella pesa.

—Porque con ella pesa. —Asiente—. Y porque ella la deja prendida esperando que yo me olvide de apagarla.

Camila me lo dijo una vez, en broma. «Un día se te va a olvidar.

» Y yo pensé: eso no lo hace alguien que está tranquila.

Eso lo hace alguien que quiere que algo en mí se desordene. Que algo se me escape de las manos.

—Y tú no sabes cómo.

—No sé. —Sonríe otra vez, con una amargura tan limpia que me duele—. Es lo único que no sé hacer.

*   *   *

—No sé por qué me caso —dice, por fin.

Lo dice despacio, como quien coloca la última pieza de un rompecabezas. No hay drama. Hay una constatación, firme y serena.

—Sé por qué no me opuse. Sé que la quiero. Muchísimo. Quiero que sea feliz. Y no creo, Valeria… —La voz se le rompe por primera vez, un milímetro—. No creo que lo sea conmigo.

Me quedo muy quieta. Pasa una paloma con un ruido de trapo. La luz ha empezado a ponerse más anaranjada.

—Gracias por decírmelo —alcanzo a decir.

—Es el primer dato real que doy en un mes.

—Es el mejor.

Respira hondo. Mira el cielo a través del fresno.

—Voy a hablar con ella esta noche. No para cancelar. No sé todavía qué voy a decirle. Pero quiero decírselo con datos. Con los míos.

—¿Quieres que te ayude a escribirlo?

Saco la pluma por reflejo. Rodrigo me mira, y por primera vez en cinco semanas lo veo sonreír de verdad, sin ensayo.

—No —responde—. No lo anotes.

La pluma se queda quieta en mi mano.

—Creo que ya tengo el final —dice—. Es de tres líneas. No te las voy a decir.

—No me las digas. —Se me llenan los ojos, absurdamente—. Díselas a ella.

—Eso pensaba hacer.

Guardo la pluma. Es la primera vez, en seis años de oficio, que escucho a un cliente sin tomar notas. Y es también la primera vez que siento que no hace falta.

*   *   *

Joaquín llega a las siete en punto.

Lo veo venir desde lejos, por el sendero de grava, con la chamarra grande y las manos en los bolsillos, caminando con un paso que reconozco en el fondo de todos mis músculos. Cuando nos ve en la banca, titubea un segundo. Luego se acerca, despacio.

—Llegué a tiempo —dice.

—Lo sé —responde Rodrigo.

—Pensé que quizá… —Se sienta, al otro lado de su amigo—. No sé qué pensé.

—Joaquín. —Rodrigo se vuelve hacia él—. Hay una cosa que te debo desde los doce años.

Joaquín se queda inmóvil.

—Cuando apagué la lámpara en tu casa y me gritaste, no pregunté nada. Me pareció lo correcto. Pensé que era respeto. —Hace una pausa—. Creo que fue cobardía. Hoy te lo pregunto: ¿qué significaba esa luz?

Hay un silencio muy largo. Los patos se han ido. El viejo de las palomas recoge su bolsa de migas.

—Significaba —dice Joaquín, despacio, con su voz de verdad— que alguien me quiso aunque se fue.

Rodrigo asiente una vez, con los ojos húmedos.

—Gracias.

—Rodri…

—Me dijiste una vez, en la sastrería de la semana pasada, que nunca te explico cómo sé cuándo va a llover. —Sonríe—. Es muy sencillo. Me fijo. Es lo único que sé hacer por quien quiero: fijarme. Veo las nubes, el viento, el color del cielo. Y pienso en ti, que nunca llevas paraguas.

Joaquín baja la cabeza. Se pasa una mano por la cara. Cuando la levanta, tiene los ojos rojos y una sonrisa que le tiembla.

—Diez años —dice—. Nunca me dijiste eso.

—Nunca me lo preguntaste.

—Eres un idiota.

—Estadísticamente, sí.

Se ríen los dos, con esa risa torpe, entrecortada, de hombres que no saben llorar y lo hacen reírse. Yo me tapo la boca con la mano y miro la fuente, que ya está casi a oscuras.

*   *   *

Rodrigo se levanta a las siete y veinte. Se acomoda el saco sobre el brazo. Toma el portafolio. Mira el cielo, que se ha puesto de un gris violáceo.

—Voy a ver a Camila.

—¿Ahora? —pregunta Joaquín.

—Ahora.

—¿Quieres que te acompañemos?

—No. —Sonríe—. Es mi lista.

Se despide con una inclinación de cabeza. Camina por el sendero de grava, despacio, sin prisa, con los hombros un poco más sueltos que de costumbre. A mitad de camino, justo al pasar frente a la fuente, cae una gota. Después otra. Después tres, sobre la grava, con un sonido de moneda.

Rodrigo se detiene. Levanta la cara. Se queda un instante mirando el cielo, con una expresión extraña, casi de asombro.

Luego sigue andando. Sin abrir nada.

Joaquín y yo lo miramos alejarse bajo la llovizna, entre los faroles que se encienden de a uno, con el saco doblado sobre el brazo y la camisa cada vez más oscura de agua.

—Rodri —murmura Joaquín.

—¿Qué?

—Se le olvidó el paraguas.

Miro a mi lado. En el respaldo de la banca, perfectamente enrollado, brillante de gotas, sigue el paraguas negro.

—A Rodrigo no se le olvida nada —digo.

—Hoy sí.

Joaquín toma el paraguas con las dos manos, con una ternura absurda, como se toma un objeto que ha sido de alguien querido. Lo abre. Lo sostiene sobre los dos. La lluvia repica en la tela como un tamborcito de feria.

—Un día se le iba a olvidar —dice, bajito, mirando la silueta de Rodrigo que se pierde en la esquina.

—Hoy fue ese día.

Nos quedamos ahí, bajo el paraguas, con la lluvia cayendo y el parque que se vacía. Siento que la mano de Joaquín busca la mía, sin prisa, y la encuentra, y la sostiene.

Es la primera vez que nos tomamos de la mano a la luz de un farol.