El Padrino CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Don Aurelio

«El mejor consejo que me dieron antes de casarme fue: no te acuestes enojado. El segundo mejor: tampoco te levantes».

—Brindis del tío Marcos, boda en San Miguel de Allende

Joaquín llega al café Edén a las ocho y cincuenta y cinco y me encuentra ya sentada, con un americano frío y el cuaderno cerrado.

—Llegaste primero —dice, deteniéndose junto a la mesa.

—Sí.

—Eso es un récord.

—Es nervios.

—También cuenta.

Se sienta. Don Chuy aparece con el café, la concha y una expresión que hace un esfuerzo heroico por no decir nada. Deja las tazas, pone entre los dos un plato con dos conchas de vainilla («una por cada uno, no hay que pelear») y se retira con los hombros temblando.

Nos quedamos mirándonos. Es una escena ridícula. Dos adultos con trabajo, con cuentas, con un cliente en común, sentados frente a frente, sin saber dónde poner las manos.

—Leí tu nota —dice él.

—Yo leí la tuya.

—La tuya era peor.

—La tuya era más fea.

—Gracias.

—De nada.

Sonríe. Yo también. Y luego, de golpe, los dos dejamos de sonreír, como quien suelta una cuerda.

—Tenemos que hablar de Rodrigo —digo.

—Lo sé.

—Cláusula uno. Nada a espaldas. Y esto, aunque no sea a espaldas, tampoco es de frente.

—Es de costado.

—Eso dijiste. Y dijiste que era peor.

—Dije «quizá». —Se pasa una mano por el pelo—. Valeria. Yo no quiero esconderlo. Pero tampoco quiero soltarlo en la mesa de un hombre que está a tres semanas de una boda y no puede escribir una línea sobre su novia.

—Yo tampoco.

—Entonces ni lo escondemos ni lo exhibimos.

—Eso suena a político.

—Suena a pacto. —Saca una servilleta del dispensador y me la pasa, y después me pasa una pluma—. Escribe.

Escribo, con mi peor letra:

9. No lo escondemos. No lo exhibimos.

10. Si Rodrigo pregunta, decimos la verdad.

11. Si Rodrigo no pregunta, esperamos a que termine esto.

Joaquín lee. Asiente. Añade con la pluma, debajo, una línea más:

12. Nadie hace voces.

—Esa es la mía.

—Esa es la más importante —digo, y me río.

Firmamos la servilleta. Los dos. Es un documento absurdo, sin validez jurídica, con una mancha de café en una esquina. Lo doblo y lo guardo en el cuaderno, entre las hojas del pacto.

Nuestras manos se rozan un segundo sobre la mesa. Ninguno de los dos se aparta. Don Chuy, desde la barra, hace un gesto con la mano: puedo ver todo y no digo nada.

*   *   *

Rodrigo no nos escribe en dos días.

El silencio es raro. Es como un instrumento que ha dejado de sonar en una orquesta y cuya falta se nota por la forma en que todos los demás tocan un poco más bajo.

Pepa me prohíbe enviar mensajes («Déjalo respirar, Vale»).

Joaquín me manda fotos de cosas sin explicación: un perro dormido, un letrero de «Se compran rizos», una nota de supermercado que dice huevos, pan, valor .

Yo respondo con otras fotos: mi helecho Gerardo, la lámpara prendida, el plato con la concha que no me atrevo a terminar.

El jueves, a las cuatro, llega por fin el mensaje.

Buenas tardes. Mañana necesito probarme el traje para la boda. Camila tiene guardia. Me gustaría que me acompañaran Joaquín y Valeria. Sastrería Aurelio, calle de Amsterdam, Condesa, 11 a.m. Gracias.

Leo el mensaje. Lo leo otra vez. Lo reenvío a Pepa sin comentario.

La respuesta llega en cuatro segundos:

Te dije que no iba a ser fácil fingir.

*   *   *

La sastrería Aurelio es un cuarto largo, con techo de madera y una máquina de coser antigua junto al ventanal, que huele a gis, a vapor de plancha y a tela nueva.

Cuelgan trajes de muestra en los muros. Sobre una mesa hay rollos de paño ordenados por color, como una paleta de pintor.

Y detrás de la mesa, con un metro amarillo alrededor del cuello y la boca llena de alfileres, hay un señor de unos setenta años, de bigote blanco, que nos saluda sin mover los labios.

— Buenos días, buenos días.

No se le cae ni un alfiler.

Me quedo parada en la puerta. Se me corta el aire.

Es un detalle tan pequeño, tan tonto, que nadie más lo nota.

Rodrigo entra, estrecha la mano del sastre con una cortesía impecable.

Joaquín se queda un segundo atrás, y siento más que veo que su mano busca la mía, a medio metro, sin tocarla, como quien comprueba que sigo ahí.

—Don Aurelio Esquivel —dice el sastre, escupiendo los alfileres con un movimiento limpio sobre un cojincito de tela—. A sus órdenes. ¿Cuál de ustedes se casa?

—Yo —dice Rodrigo.

—¿Y los otros dos?

—El padrino —dice Joaquín.

—Y la… —empieza Rodrigo, y se detiene, buscando una palabra exacta.

—La escritora —termino yo.

—Ah, qué buen oficio. —Don Aurelio me mira un segundo más de lo debido, achicando los ojos—. Disculpe, señorita. ¿Usted es de la Roma?

—Sí.

—¿De la calle de Tonalá?

—De Tonalá.

—¿Nieta de Chela? ¿La costurera de novias?

El suelo se mueve un centímetro.

—Sí.

—¡Dios mío! —Se lleva una mano al pecho, con sinceridad—.

Pero si usted es idéntica. Tiene la misma barbilla.

Chela y yo nos conocimos en el noventa y uno, en un curso de patronaje de la Merced.

Yo le cortaba los forros cuando ella no tenía tiempo.

La mejor mano de México, y se lo dije a todo el mundo.

—Su sonrisa se atenúa—. No pude ir al funeral.

Estaba en Guadalajara, con una hija enferma.

Me dolió muchísimo. Nunca me atreví a llamar.

El aire de la sastrería se vuelve espeso. Rodrigo, con tacto de notario, finge examinar un rollo de paño. Joaquín está inmóvil, a mi lado.

—Gracias —digo. Es lo único que consigo.

—Cantaba boleros —continúa don Aurelio, con la voz un poco rota, mirando por la ventana—.

Con la boca llena de alfileres, y no se le caía ninguno.

Y no desafinaba. Una vez cantó «Sabor a mí» entera, mientras cosía un velo de novia, y la novia se puso a llorar en el probador.

La mujer dijo que había sido el vals más bonito de su boda.

—No lo sabía —murmuro.

—Cómo iba a saberlo —dice, con suavidad—. Era un secreto de taller.

Se hace un silencio largo. Entonces siento un roce muy ligero en el meñique: es el de Joaquín, que no ha dicho una palabra, y que acaba de enganchar su meñique al mío por debajo del borde de una mesa de trabajo. Nadie lo ve. Aprieto un segundo, solo un segundo.

—Bueno —declara don Aurelio, recuperando su voz de oficio—. Traje gris para el novio, azul marino para el padrino. A medir.

*   *   *

Don Aurelio mide a Rodrigo con la precisión de un relojero.

Rodrigo se queda de pie sobre un banquito, rígido como un maniquí, con los brazos ligeramente extendidos, mientras el sastre le pasa la cinta por los hombros, la espalda, la cintura.

Me toca sostener las muestras de tela y pasar los alfileres, una tarea que cumplo con una eficiencia que no me conocía.

Joaquín mira. Sentado en un sillón de cuero gastado, con un pie sobre la rodilla y una expresión inocente que lo delata a quinientos metros.

—Alfiler —dice don Aurelio.

Se lo paso.

—Gis.

Se lo paso.

—Tijeras de…

Se las paso antes de que termine.

—Qué buena ayudante —comenta el sastre—. Ni siquiera tengo que pedir.

Hay un ligero ruido a mi izquierda. Joaquín tose en el puño. Es una tos de teatro, de las que se hacen para esconder una carcajada.

—Perdón —dice—. Garganta.

—Tú —le digo, entre dientes— a callar.

—No dije nada.

—Tosiste con intención.

—Fue involuntario. —Y entonces se le escapa, sin querer, un tono de voz: es grave, redondo, entre la voz del doctor y la de Rodrigo—. Fue un tosido correcto.

Me tapo la boca con la mano para no reírme. Don Aurelio levanta la vista, con un alfiler entre los dientes.

—¿Es doblador, joven?

—Sí, señor.

—Me pareció. Tiene voz de película.

—Gracias.

—Y los ojos de quien no ha dormido.

Joaquín baja la vista.

Rodrigo, sobre su banquito, no se ha movido. Pero en el espejo grande que hay frente a él, un espejo de cuerpo entero con marco dorado, veo de reojo que nos está mirando. A los dos. Con la cabeza muy quieta, con los ojos muy abiertos, con la expresión de quien cuenta algo en voz baja.

*   *   *

—Gracias, don Aurelio —dice Rodrigo, bajándose del banquito cuando termina la medición—. ¿Podría darnos un minuto?

—Claro, claro. Voy a buscar los forros.

El sastre se retira a la trastienda, con su cinta amarilla al cuello. Se oye cerrarse una puerta. Quedamos los tres en la sastrería, entre rollos de paño y trajes sin terminar, bajo una luz de ventana que hace flotar el polvo.

Rodrigo se baja las mangas del saco de prueba. Se endereza. Nos mira, primero a uno, después a otro.

—Se besaron.

Se me cae el alfiler que tenía en la mano.

—¿Qué? —dice Joaquín.

—Se besaron. —Rodrigo lo dice en el mismo tono con que anunciaría una tarifa—. Hace aproximadamente ocho días. Un jueves. Lo deduzco por varios datos.

—Rodri…

—Dato uno. Joaquín llegó a las nueve en punto el viernes, y también ayer, y el jueves anterior. En diez años, había llegado puntual en cuatro ocasiones. Tres de ellas esta semana.

—Rodrigo…

—Dato dos. Valeria le pasa los alfileres a Joaquín antes de que él los pida.

Hace un momento le pasó un alfiler a don Aurelio mirando a Joaquín.

—Hace una pausa, se acomoda los lentes—.

Dato tres. Joaquín tiene una mancha de tinta azul en el pulgar derecho, que no se quita nunca.

Valeria, hace unos días, la tenía en la mejilla.

Valeria se toca la mejilla, sin darse cuenta.

—Ya no la tienes —dice Rodrigo—. Pero tuviste, el sábado de la semana pasada, en la cena de los Villaseñor, una mancha de cansancio y de felicidad que no te conocía. Y hoy llegaste con ella otra vez.

Hay un silencio largo en la sastrería. La máquina de coser, en un rincón, parece contener el aliento.

—Lo siento —digo, y la voz me sale como un hilo—. Rodrigo, cláusula uno. No quise…

—No es una infracción del pacto —me interrumpe, con suavidad—. El pacto dice «nada que me perjudique». Esto no me perjudica.

—Pero…

—Me ilumina. —Lo dice mirándome a los ojos, sin que se le mueva un músculo de la cara—. Es la primera cosa que veo hacer a Joaquín en diez años sin una voz.

Joaquín abre la boca. La cierra. Se queda mirando a su amigo con una expresión que no sé describir, mezcla de asombro, de vergüenza y de algo muy antiguo, como quien ve volver a un perro que se había perdido.

—Rodri —dice, con la voz suya, la desnuda—. Yo no quería…

—Lo sé.

—No te lo dije porque…

—Lo sé. —Rodrigo sonríe. Es una sonrisa pequeña, torcida, que le cambia la cara por completo—. Me alegro.

Es la misma frase de la semana pasada, la del café, la que nos dejó sin respuesta. Pero ahora la entiendo. Es una frase sin una sola trampa.

—Ahora sé cómo se ve —dice, casi para sí mismo.

—¿Cómo se ve qué? —pregunto.

Rodrigo me mira. Luego mira a Joaquín. Luego se mira en el espejo, con el saco de prueba medio alfilerado, las mangas sin terminar, el cuello torcido, y una expresión como la de alguien que acaba de ver por primera vez su propio retrato.

—Eso —responde.

Se quita el saco con una torpeza que no le conocía. Se lo entrega a Joaquín, que lo recibe sin saber qué hacer con él. Toma su portafolio. Toma su paraguas. Se detiene frente a la puerta.

—Necesito caminar —dice—. Dile a don Aurelio que vuelvo por el traje.

Sale a la calle. Por el ventanal lo vemos alejarse con el paraguas abierto, aunque el cielo está limpio y el sol cae a plomo sobre la acera. Camina despacio, sin prisa, con un aire casi ligero. Nos damos cuenta de que lleva todavía un alfiler clavado en la manga de la camisa.

Joaquín me mira. Yo lo miro.

—Cuando Rodrigo dice «me alegro» —murmura— me da más miedo que cuando se enoja.

—No —digo yo, muy bajito—. Es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Es un hombre que acaba de descubrir qué le falta.

Don Aurelio asoma la cabeza por la puerta de la trastienda, con una pila de forros en los brazos y los alfileres otra vez en la boca.

— ¿Y el novio?

—Fue a caminar —digo.

— Qué bueno. A los novios les hace falta.