El Padrino CAPÍTULO 16
50%

CAPÍTULO 16

Pros y contras

«Los primeros días de casados me desperté tres veces al día pensando: "¿qué hice?". Veinte años después sigo preguntándomelo, pero ya con cariño».

—Brindis de Rosario, bodas de plata, Monterrey

Me despierto a las seis y cuarto con la certeza de haber cometido un error profesional.

No es una sospecha. Es una certeza física, como una piedra en el estómago, y llega antes de que abra los ojos, antes incluso de acordarme de por qué.

Me quedo mirando el techo de mi cuarto, con la luz de la lámpara del pasillo colándose por la rendija de la puerta, y reconstruyo la noche en orden cronológico, como el informe de un accidente: estudio, tormenta, cacahuates, cláusula ocho, beso.

Beso. Dos.

Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. El techo sigue ahí.

Me levanto, voy al baño y me miro en el espejo.

La mancha azul sigue en mi mejilla, un poco desdibujada, del tamaño de un pulgar.

Me lavo la cara con jabón, con agua caliente, con una toalla áspera, con una frotación de culpable.

La mancha, obstinada, se queda. Se hace más tenue, pero se queda.

Una huella de tinta no se quita con voluntad.

—Qué bonito —le digo a mi reflejo—. Hace treinta y dos años que sé redactar y no sé lavarme la cara.

*   *   *

Preparo café con una concentración exagerada. Me siento a la mesa del comedor. Saco el cuaderno, escribo arriba PROS Y CONTRAS y subrayo dos veces, porque cuando algo me asusta, lo formalizo.

En la columna de la izquierda, la de los contras, escribo:

1. Es el padrino.

2. Es el amigo del cliente.

3. El cliente está en plena crisis y yo soy parte del problema.

4. Pacto, cláusula uno: nada a espaldas de Rodrigo. Esto es, literalmente, de costado.

5. Es doblador. ¿Cuántas voces tiene? ¿Cuál es la real?

6. Tiene veintidós cartas sin abrir de su madre y una desconfianza profesional hacia lo que yo hago.

7. Regla dos. Regla tres. Regla cuatro, con asterisco.

Me detengo. La columna de la derecha está en blanco. Miro la hoja un minuto. Dos. Escribo, con el bolígrafo temblándome un poco:

1. Cacahuates japoneses.

Lo tacho. Lo vuelvo a escribir.

Esa es mi lista de pros: un solo renglón, y es una broma.

Pero no es lo que me asusta. Lo que me asusta de verdad lo descubro en el tercer sorbo de café, mirando la lámpara del pasillo, que sigue prendida desde hace tres noches:

Hace dos años que no me río, y en una semana me he reído más que en todo ese tiempo.

Eso me da más miedo que el beso.

Porque el beso es una cosa de dos personas.

Pero la risa es una traición. Es decirle a Chela, que lleva dos años en un cementerio de Iztapalapa con una lápida que no me atrevo a visitar, que el mundo sigue, que hay un hombre con una mancha de tinta en el pulgar que se quita la voz de pirata para no hacerme llorar, y que yo, la nieta que se quedó callada en el velorio, estoy contenta.

La taza me tiembla en la mano. La pongo en el platito, despacio, para que no suene.

*   *   *

Pepa llega a las ocho y diez. Entra con dos conchas y su carpeta de facturas, me mira desde la puerta, y se queda con el pie levantado a medio paso.

—¿Qué tienes en la cara?

—Tinta.

—Azul.

—Es mi pluma.

—Tu pluma es negra.

—Es mi otra pluma.

—Valeria Montoya. —Pepa deja las conchas con una deliberación teatral—. Llevo ocho años trabajando contigo y jamás te he visto una mancha de tinta en la cara. Escribes con una limpieza de cirujano. Esta tinta es de otra persona.

—Pepa.

—De un pulgar, concretamente.

—Cállate.

—Del derecho.

—¡Pepa!

—Lo sabía. —Se desploma en la silla, con las manos en las mejillas, y emite un sonido que no sé cómo describir: una mezcla de grito de victoria y de madre que asiste a una graduación—.

Lo sabía. Lo sabía desde que contestaste el teléfono fijo.

«Es el amigo de un cliente», dijiste. «Casi lo mismo. » ¡Casi!

—Fue un apagón.

—¿Un apagón?

—Hubo una tormenta. Se fue la luz. Estábamos solos. Fue una cláusula.

—¿Una cláusula?

—Una cláusula que inventé.

—¿Ocho?

—¿Cómo sabes que fue la ocho?

—Porque a ti siempre te gusta que las cosas tengan un número. —Pepa se limpia una lágrima—. Dime la verdad. ¿Estás bien?

Y eso es lo que me quiebra, no el interrogatorio, sino la pregunta. Porque no sé qué contestar.

—Tengo miedo —digo, en voz muy baja.

Pepa deja de reírse. Se inclina y me toma las dos manos sobre la mesa, con una firmeza que no tiene nada de broma.

—¿De qué?

—De que sea un error. De que Rodrigo se entere. De que me enamore de alguien que le gusta mi trabajo menos de lo que le gusto yo. —Respiro—. De que me ría. De que me guste reírme.

—Vale…

—Hace dos años que no… —Se me traba la garganta—. Y me da miedo que la cosa se vaya, ¿entiendes? Que me acostumbre a que alguien llegue a tiempo y después no llegue.

Pepa no dice nada. Me aprieta las manos. Es una mujer que sabe callarse, y ese es su mejor talento.

—Escucha —dice por fin—. No tienes que decidir hoy. No tienes que saber si es un error. Solo tienes que decidir si vas a abrir la puerta cuando toquen.

—Eso es muy bonito.

—Lo leí en una taza.

Nos reímos las dos, con los ojos mojados. Y entonces, justo entonces, suena el timbre.

*   *   *

No es Joaquín. Es doña Lupe, de bata de flores y rulos, con una bolsa de papel en una mano y un vaso de café en la otra.

—Un muchacho dejó esto abajo —dice, sin saludar, entregándome la bolsa con la solemnidad de una notaria—. Alto, con una chamarra que parecía de otro. Llegó a las nueve menos cuatro.

—Doña Lupe…

—Dijo que si no bajabas, lo subiera yo. Y que no tenías que abrirlo si no querías. —Me mira, con un ojo entrecerrado—. Yo no lo abrí. Casi.

—¿Casi?

—Me asomé. —Se encoge de hombros—. Es mi derecho de vecina.

Se va, con la dignidad de quien ha cumplido un servicio público. Pepa me mira desde la mesa, sin atreverse a respirar.

Dentro de la bolsa hay un vaso de café, tibio todavía, y una concha de vainilla envuelta en una servilleta.

Y un papel doblado en cuatro. No es una carta.

No tiene sobre. Es una hoja arrancada de una libreta, con una letra desigual, apretada, de alguien que escribe rápido para que no le dé tiempo a arrepentirse.

Lo desdoblo.

Me da miedo. No sé qué estoy haciendo. Vine igual. No hace falta que contestes.

Eso es todo.

Sin metáforas. Sin una sola frase hermosa. Sin una sola palabra en la que quepa un barco. Es el papel más feo que me han dado en la vida, y lo leo tres veces.

Algo feo, había dicho él, en el café. Algo verdadero que no fuera lindo.

—¿Qué dice? —pregunta Pepa, con una voz que sé que le cuesta.

Le paso la hoja. Ella la lee. Se queda mirándola un largo rato. Luego levanta la vista, con los ojos húmedos, y dice, muy despacio:

—Vale. Eso no es un cuento.

—No.

—Eso es un hombre que no sabe cómo hacerlo y lo hace.

—Sí.

—Lo más raro de la historia es que sea precisamente un doblador el que escriba así.

—Lo sé.

—Contéstale.

—No sé qué decirle.

—Lo que sea. Pero que no sea bonito.

*   *   *

Mientras me pienso la respuesta, llega el mensaje de Rodrigo, en el hilo del grupo, con la puntualidad de siempre.

Buenos días. Dormí poco. He decidido hablar con Camila antes de continuar con el brindis. Necesito aplazar la tercera sesión. ¿Hay algún problema?

Me quedo mirando el mensaje. Se me aprieta el estómago, otra vez, con la misma piedra de la mañana. Cláusula uno: todo lo que se haga, Rodrigo lo sabe. Y lo que pasó anoche, en el estudio de su padrino, bajo una luz de emergencia, no está en ninguna cláusula, ni en la uno ni en la ocho.

Escribo: Ninguno. Tómate el tiempo que necesites.

Lo envío. Es verdad. Es la parte de verdad que puedo darle hoy.

Dejo el celular boca arriba sobre la mesa. Pepa lo mira. Yo la miro. Ella finge que no lo ha visto.

Tomo la hoja de Joaquín y, en la parte de atrás, con la pluma negra, la de siempre, escribo despacio, con la peor letra que tengo:

Yo también tengo miedo. No he dejado de pensar en eso. Rodrigo no puede enterarse así.

Lo leo. Lo corrijo. Lo tacho.

Lo vuelvo a escribir, más corto:

Yo también tengo miedo. No he dejado de pensar en eso.

Y debajo, entre paréntesis, con letra más pequeña:

(No es bonito. Es verdad.)

Doblo la hoja en cuatro. La meto en un sobre sin dirección. Le pido a Pepa que baje a entregársela a don Chuy, que seguro lo ve antes de las diez, y que se la dé a «un señor con una chamarra de otro».

—¿Estás segura?

—No.

—Perfecto —dice Pepa, y se la lleva con la reverencia de quien carga una reliquia—. La gente segura es insoportable.

Se va. Me quedo en el comedor, con una concha de vainilla, un café tibio, una mancha azul que ya no me molesta y un cuaderno con una columna de pros y otra de contras.

Tomo la pluma. Debajo del renglón de los cacahuates, escribo una segunda línea.

2. Escribe como quien se quita una espina.

La miro.

No la tacho.