CAPÍTULO 15
Cláusula ocho
«Me dijeron que el amor llega como un rayo. A mí me llegó como un apagón: de pronto, sin avisar, y con toda la gente buscando una vela».
—Brindis de Silvia, boda en Veracruz
—Ahorro batería —dice Joaquín, y apaga la linterna del celular.
La oscuridad regresa, pero ya no es la misma.
Ahora tiene un centro: el círculo amarillento de la lámpara de emergencia, que cuelga sobre la puerta como una luna chiquita y sostiene, a duras penas, la forma de las cosas.
Alcanzo a ver el perfil de la consola, el brillo de los micrófonos, las rodillas de Joaquín dobladas frente a él.
Afuera la lluvia sigue cayendo con un ritmo parejo, ya sin furia, como quien repite una frase que sabe de memoria.
—Tengo cacahuates —anuncia, rebuscando en los bolsillos de la chamarra—. Japoneses. De los que tienen una cosa crujiente por fuera.
—¿Por qué llevas cacahuates japoneses en la chamarra?
—Para emergencias.
—¿Y la concha?
—La concha es para cuando hay gente. Los cacahuates son para cuando estoy solo.
—Hoy no estás solo.
—Por eso los comparto.
Me pasa la bolsa. Comemos en silencio, con un crujido que parece desproporcionado en la quietud del estudio. Es una cena absurda: cacahuates, la lluvia, una grabación de Rodrigo que ya terminó y sigue sonando en mi cabeza.
—Juguemos —dice Joaquín.
—¿A qué?
—Al de los tres datos. Pero de verdad. Tú me das tres de ti que no sean de trabajo, y yo te doy tres míos.
—Nunca me has preguntado nada de mí.
—Por la cláusula cinco.
—Esto no cae en la cláusula cinco.
—Eso estoy diciendo.
Lo pienso. Es raro pensar en la oscuridad, sin papel, sin pluma, con alguien que espera. Trago un cacahuate.
—Uno —empiezo—. Odio el cilantro. Mi abuela me lo escondía en la sopa para ver si lo notaba. Siempre lo notaba. Ella se reía como si hubiera ganado una guerra.
—Anotado.
—Dos. Tengo un helecho que se llama Gerardo.
—¿Por qué Gerardo?
—Porque se parece. Es flaco, está siempre inclinado hacia la ventana y nunca se queja.
Se ríe, bajito, en la oscuridad.
—Tres —digo, y es la que me cuesta—. Hace dos años que no voy a una boda. Ni a las de mis amigas.
—Eso ya lo sabía.
—Lo sé. Pero no te lo había dicho yo.
—Es verdad. —Se queda callado un momento—. Gracias por decírmelo.
—Tu turno.
Se acomoda. Su hombro roza el mío, y esta vez ninguno de los dos se aparta.
—Uno. Sé hacer treinta y siete voces. La mejor es la de mi tío Rubén, que fue sargento y tiene la voz de una puerta que se cierra con rencor.
—Ya quiero oírla.
—Cuando haya una emergencia seria. Dos. Mis plantas se mueren. Todas. Tengo un cactus que se murió, y los cactus no se mueren.
—Eso es un talento.
—Es una maldición.
—Tres.
Tarda en responder. La lluvia cambia de ritmo, afloja, vuelve a apretar. Siento más que veo cómo se vuelve hacia mí.
—Tres —dice, con una voz muy baja, muy suya, sin ningún truco—. Hace una semana que me pongo el celular boca arriba. A propósito. Para fingir que no espero un mensaje.
Se me corta la respiración.
—Eso lo escribiste tú en la tarjeta —digo—. De mí.
—Sí.
—¿Entonces lo robaste?
—Lo reconocí.
* * *
No sé cuánto tiempo pasa. Quizá diez minutos, quizá una hora. La lluvia se aquieta hasta volverse un rumor, y el estudio huele a espuma húmeda y a cacahuate y a una cosa tibia que es él.
—Prendí la lámpara del pasillo —digo.
No sé por qué lo digo. Me sale de golpe, como se sale una verdad cuando uno cree que va a decir otra cosa.
—¿Cuál lámpara?
—La de mi casa. La de Chela. La que no encendía desde que… —Me detengo. Cláusula cinco. Pero esta vez la abro yo—. Hace dos noches. Tiré de la cadena y la dejé prendida.
Joaquín no se mueve.
—¿Y la apagaste?
—No. La dejé prendida toda la noche. Y la siguiente.
—¿Se te olvidó?
—No se me olvidó. La dejé.
Un silencio largo. En la pared, la luz de emergencia zumba apenas, un hilo, una mosca.
—Eso es peor —dice.
—¿Peor?
—Eso es valiente.
Lo dice sin ninguna broma, sin ninguna voz, como quien dice una verdad sin saber que es una verdad. Y me mira. La luz amarilla le cae sobre la mitad de la cara, sobre la cicatriz de la ceja, sobre los ojos que me recorren despacio, con una atención que ya no tiene nada de oficio.
—Valeria.
—¿Qué?
—Voy a hacerte una pregunta, y quiero que me digas que no si quieres decir que no.
—Pregunta.
—¿Puedo besarte?
La lluvia suena con una nitidez absurda.
Cada gota en la ventana, cada goteo en el canalón, cada latido que me sube por la garganta.
Pienso en la cláusula tres. Pienso en la regla dos.
Pienso en Rodrigo y en Camila y en un brindis sin final y en un pacto firmado con una servilleta, y pienso que hay una forma muy elegante de responder, con prudencia, con dignidad, con las palabras justas.
—Cláusula ocho —digo.
—No hay cláusula ocho.
—La acabo de inventar. —Me sale la voz temblorosa, entre risa y algo que no es risa—. Todo lo que pase en un apagón no cuenta.
Joaquín sonríe. Es una sonrisa pequeña, distinta de todas las otras, de las del café y las del estudio y las de la trajinera: una sonrisa sin trampa, sin chiste, casi asustada.
—No cuenta —repite.
—No cuenta.
Y se inclina.
* * *
Besa despacio. Esa es la primera cosa. Besa como quien llega a una casa que no conoce y toca el timbre y espera, con una paciencia que casi duele.
Su mano se me posa en la mandíbula, ligera, tibia, con un pulgar que me roza la mejilla, y yo cierro los ojos y sé, sin mirar, cuál es: el derecho, el de la mancha azul.
Hay un instante, apenas uno, en que dejo de pensar.
No pasa nunca. Llevo años pensando todo el tiempo, redactando, corrigiendo, buscando la palabra justa en medio de cada silencio.
Y ahora no hay palabras. Hay lluvia y cacahuates y una luz amarilla en el techo, y la mano que me sostiene la cara, y yo que le agarro la solapa de la chamarra con los dedos como si temiera que se me fuera.
Se aparta un poco. Respira. Su frente toca la mía.
—Eso —susurra— no cuenta.
—No.
—Qué lástima.
—Muchísima.
Me río. Me ríe en la boca, y eso es todavía mejor que el beso.
Nos quedamos así un momento, con las frentes pegadas, sin hablar, oyendo la lluvia que se retira.
Entonces él ladea la cabeza, y yo lo busco otra vez, y esta vez no hay pregunta, ni cláusula, ni nada.
Hay una certeza muy simple, de esas que no se anotan en el cuaderno.
* * *
La luz vuelve a las diez y cuarenta.
Vuelve de golpe, como un grito. La consola se enciende con un zumbido, las pantallas parpadean, el aire de la cabina arranca con un suspiro de máquina vieja, el foco del techo nos baña con una luz blanca, cruel, de farmacia.
Los dos nos separamos como si nos hubieran descubierto.
Yo me llevo la mano a la boca. Él se pasa los dedos por el pelo, y lo deja peor.
En la pared, sobre la puerta, la lámpara de emergencia hace clic y se apaga sola.
—Ya no hace falta —digo, mirándola.
—Eso parece.
Hay un silencio incómodo, de los que siguen a una confidencia. Afuera ya no llueve. La calle brilla bajo los faroles, negra y lustrosa como un animal recién lavado. Joaquín se acerca a la ventana, se queda mirando el asfalto con las manos en los bolsillos. Se vuelve hacia mí.
Y empieza a reírse.
—¿Qué?
—Tienes una mancha —dice, señalándome la mejilla—. Azul. Ahí.
Me toco la cara. Me miro los dedos: manchados de tinta azul, la misma que lleva él en el pulgar derecho, la que no se quita nunca.
—Es tu culpa.
—Me declaro culpable.
—Eso es un dato.
—Es un dato. —Se acerca, me pasa el pulgar por la mejilla, sin conseguir quitarla, y la mancha se hace un poco más grande—. Perdón.
—Cláusula ocho.
—No cuenta.
—No cuenta —repito, y los dos sabemos que mentimos con una perfección casi profesional.
Cerramos el estudio juntos. Bajamos la escalera sin hablar.
La calle huele a asfalto lavado, a tierra, a pan caliente de alguna panadería que no ha cerrado.
Un taxi pasa despacio con las luces encendidas.
Joaquín lo para por mí, abre la puerta, me ayuda a entrar con una formalidad que es una broma y no lo es, y antes de cerrarla se inclina un segundo hacia la ventanilla.
—Valeria.
—¿Sí?
—Mañana llego a las nueve.
—Joaquín, no tienes que…
—A las nueve exactas —dice, y sonríe con una cosa que no sé nombrar—. Para que conste.
Cierra la puerta. El taxi arranca. Por el espejo retrovisor lo veo quedarse en la banqueta, con la chamarra grande y las manos en los bolsillos, mirándome irme.
Me toco la mancha azul de la mejilla.
La tengo todavía cuando llego a casa, cuando subo los tres pisos, cuando abro la puerta, y cuando veo, al fondo del pasillo, la lámpara de pantalla amarilla que dejé prendida para nadie.
Sigue prendida.
Y por primera vez en dos años, la casa no parece vacía.