El Padrino CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Entorno controlado

«Hoy mi hermano me pidió que no llorara. Prometo cumplir, pero no garantizo que no se me escurra algo por la nariz».

—Brindis de Nacho para su hermano, boda en Tepoztlán

Rodrigo llega al estudio Voz Alta a las siete menos tres minutos, con una copia impresa del borrador, un termo de té negro y un paraguas cerrado, perfectamente enrollado, que deja apoyado junto a la puerta como quien deja un arma reglamentaria.

—El del paraguas —murmura Meche al verlo, sin levantar la vista de la consola, y es la frase más larga que le he oído.

Joaquín, a mi lado, se pasa las dos manos por el pelo. Está más tenso de lo que quiere aparentar. Tiene la mandíbula apretada y los ojos fijos en el ventanal de la cabina, donde el micrófono cuelga en el centro como una flor metálica. Pensé que él iba a bromear. No dice nada.

—¿Todo listo? —pregunta Rodrigo.

—Todo listo —dice Meche—. Siéntate, ponte los audífonos y lee. Yo grabo todo. Si quieres parar, levantas la mano. Si quieres repetir, igual.

—Prefiero leerlo sin ensayar.

—Entonces ya eres el único.

Rodrigo entra a la cabina. Se sienta en la silla alta con una postura de acta notarial: la espalda recta, las hojas sobre el atril, la barbilla un poco levantada.

Se ajusta los audífonos. Mira a través del vidrio y por un segundo, solo por uno, sus ojos se detienen en mí. No sonríe. Asiente, apenas.

—En tres, dos…

Meche baja la mano.

*   *   *

Rodrigo lee como lee Rodrigo.

No pone énfasis. No sube ni baja el tono. No busca emocionar. Cada palabra sale con el mismo peso, como si fueran cifras que se suman. Pero es justamente esa neutralidad la que da al texto un filo que yo no le había visto escrito en la pantalla.

— Buenas noches. Voy a darles tres datos.

Mi corazón da un golpecito seco, como un puño en una puerta.

— Uno. Camila se levanta a las seis y cuarenta y dos todos los días, sin alarma.

Es exactamente como lo imaginé. Y no lo es. Porque cuando Rodrigo lo dice, sin querer, hay algo en el «sin alarma» que se abre un poco, una grieta del ancho de un cabello.

— Dos. Se cepilla los dientes dos minutos exactos con una canción infantil. Cree que nadie la oye. La oigo desde el pasillo.

Veo a Joaquín cerrar los ojos.

— Tres. Cuando llego tarde, deja prendida una lámpara de cuatro vatios para que no tropiece.

Una pausa breve, de las que en Rodrigo duran un compás.

— Yo la apago.

Dos palabras, y no sé por qué se me llena el pecho de agua.

— Llevo dos años y cuatro meses apagándola. Ella lleva dos años y cuatro meses volviendo a prenderla. Eso son, calculo, setecientas noches de desacuerdo.

Se detiene. Está mirando la hoja, pero no la lee. Meche levanta una ceja, sin mover la cabeza.

— Y ninguna discusión.

Es la última línea del texto. Debería terminar ahí. Hay un silencio, grabado, de cuatro segundos.

Y entonces Rodrigo, con la misma voz exacta, sin ningún cambio, lee la siguiente línea del papel. La línea que escribí yo, entre corchetes, como una nota para mí misma.

— El final no está escrito. No es mío.

Se queda quieto.

Dentro de la cabina, nadie respira. Meche no se mueve. Joaquín ha dejado de existir como persona y es una pura postura. Yo me aferro con las dos manos al borde de la mesa.

Rodrigo sigue mirando la hoja. Pasan cinco, diez, veinte segundos. El piloto rojo de grabación parpadea. Y por fin, con la voz de siempre, un hilo más baja, dice:

— Es cierto.

Meche aprieta un botón. La luz roja se apaga.

*   *   *

—¿Puedo escuchar la grabación? —pregunta Rodrigo, saliendo de la cabina.

—Claro —responde Meche, y con un par de movimientos rápidos reproduce el audio por los altavoces del control.

Escuchamos los cuatro. De pie, en el cuarto oscuro, con las luces tenues de la consola reflejadas en las gafas de Rodrigo.

Su voz llena el espacio: «Voy a darles tres datos», «sin alarma», «yo la apago».

Cuando llega a «setecientas noches de desacuerdo», Rodrigo cierra los ojos.

En «y ninguna discusión», los abre. En «el final no está escrito», baja la vista a sus zapatos.

El audio termina. Queda un siseo.

—Suena —dice Rodrigo, despacio— como alguien que cuenta cosas ciertas.

—¿Y? —pregunto, en un hilo.

—Y como alguien que no ha terminado de contarlas.

Se quita las gafas. Las limpia con el borde de la camisa. Es su gesto de cuando está pensando algo que no quiere decir.

—Gracias, Valeria. Es el mejor texto que me han escrito en la vida. Es verdad desde la primera línea. Lo que no sé —y aquí duda, apenas— es si lo que falta es cosa tuya o mía.

—Es tuya —digo, y las palabras me salen antes de que pueda decidirlo.

Me mira. No parece sorprendido. Asiente, una vez, como quien confirma un resultado.

—Necesito pensar. —Recoge su termo, sus hojas, su paraguas. Se pone el saco. En la puerta se vuelve hacia Joaquín, que no ha movido un músculo—. Va a llover fuerte. Lleva paraguas.

—Rodri, estamos en un edificio.

—A la salida.

—Está seco.

—Va a llover.

Joaquín abre la boca. La cierra. Asiente.

—Voy a llevar.

—Bien.

Rodrigo abre su propio paraguas, adentro, bajo el techo bajo del pasillo, con la solemnidad de quien cumple un ritual, y se va por la escalera. Oímos sus pasos regulares bajar un piso, dos, tres. La puerta de la calle se cierra.

—Diez años —dice Joaquín, bajito—. Nunca me dice cómo lo sabe.

*   *   *

Meche se va a las ocho y media. Antes de salir, deja sobre la consola dos llaves unidas con un hilo rojo.

—La de arriba y la de abajo. Cierran con las dos. No toquen nada del rack, no apaguen el aire de la cabina, no se olviden de lo de la alarma. —Se cuelga una mochila al hombro, mira por la ventana y masculla algo que no entiendo—. Va a caer el diluvio.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Joaquín.

—Nací en Tabasco.

Se va. Quedamos los dos, en un estudio vacío, con la consola en reposo y una grabación que dura cuarenta y cuatro segundos.

—¿Quieres oírla otra vez? —pregunta Joaquín.

—Sí.

La ponemos. Esta vez nos sentamos en el suelo, de espaldas a la consola, con las rodillas dobladas, uno junto al otro, mientras la voz de Rodrigo llena el cuarto.

Es una voz cuidadosa, de contador, y sin embargo en cada pausa hay algo que se asoma.

Joaquín escucha con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados.

—Cabe en su boca —dice, cuando termina.

—Pero no cierra.

—No. —Abre los ojos—. Pero ya sabe que no cierra.

Afuera suena un trueno largo, hondo, como si alguien arrastrara muebles en el piso de arriba.

*   *   *

Para cuando nos damos cuenta, la lluvia ha empezado.

No es una lluvia de octubre. Es un golpe sostenido sobre el techo, un tambor, un rugido de agua que sacude los vidrios del cuarto de control.

Joaquín se levanta, abre la puerta que da al pasillo, y el estruendo entra de golpe: la lluvia en los cristales de la escalera, el crepitar de los canalones, un olor a tierra húmeda y a polvo que sube como un suspiro.

—Esto no es lluvia —dice—. Es una amenaza.

—Tenemos que irnos.

—¿Con qué? ¿Con tu paraguas?

—No tengo paraguas.

—Con el de Rodrigo, que ya se fue.

Se acerca a la ventana del pasillo y mira hacia la calle.

Desde aquí se ve una película de agua que ha convertido la avenida en un río.

Pasan coches a vuelta de rueda, con las luces desdibujadas.

Una alcantarilla vomita agua sucia sobre la banqueta.

Un relámpago ilumina todo, blanco y azul, durante medio segundo.

—No vamos a ninguna parte —murmura.

—¿Cuánto puede durar?

—Esto es la Del Valle. Dos horas, tres. Si somos optimistas.

—Yo no soy optimista.

—Lo sé. Es una de las cosas que me gustan.

Lo dice sin pensar, como se dice un dato. Los dos fingimos no haberlo oído.

Y entonces la luz se va.

Todo a la vez: la consola, el aire de la cabina, los pilotos rojos, las pantallas, la bombilla del pasillo. Una oscuridad completa, espesa, que cae sobre el estudio como una manta empapada. El trueno retumba justo encima, y yo, que me creía serena, suelto un grito pequeño, ridículo, de niña.

—Aquí estoy —dice la voz de Joaquín, muy cerca, grave, tranquila—. No pasa nada. Es un apagón.

—Ya sé que es un apagón.

—Cláusula seis.

—No hagas una voz.

—No iba a hacerla.

—Ibas a hacer la del gallo.

—Iba a hacer la del gallo —admite, y por el sonido sé que sonríe—. Pero me contuve.

Enciende la linterna de su celular. Un cono de luz blanca recorre las paredes, pasa por las espumas grises, por los micrófonos que cuelgan como murciélagos, por mi cara. Me tapo los ojos con la mano.

—Linterna —digo, con una risa nerviosa.

—Linterna —responde.

Se acerca. Se sienta junto a mí, en el suelo del control, con la espalda contra la pared. Estamos tan cerca que su hombro roza el mío. El celular, apoyado entre los dos sobre sus rodillas, ilumina solo un círculo pequeño de piso y de manos.

Es entonces cuando la veo.

En la esquina del cuarto, por encima de la puerta, se ha encendido sola una lámpara.

Pequeña, amarillenta, de baterías, de esas que cuelgan de la pared de los edificios viejos y que nadie recuerda que existen.

Una luz de emergencia. No ilumina el cuarto.

Ilumina apenas un círculo tenue en el techo, un pedazo de pared, el contorno de nuestras sombras.

Joaquín sigue mi mirada. Se queda un segundo callado.

—Se prende sola —dice— cuando todas las demás se apagan.

—Es lo que se deja prendido para que nadie tropiece —digo yo.

No decimos nada más. Afuera sigue cayendo el agua con una furia mansa, un ruido que ya no asusta. Nuestras dos sombras, sobre la pared, se parecen cada vez más a una sola. Y ninguno de los dos se levanta a apagar la luz.