El Padrino CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Con cariño y con intereses

«Compadre: hoy te debo un abrazo y tú me debes cuarenta mil pesos. Yo prefiero cobrarte el abrazo».

—Brindis de cobranza para Chucho, boda en Texcoco

Doña Lupe toca a la puerta a las siete y cuarenta con una bandeja de tamales y una sonrisa de inspectora.

—Para el desayuno —dice, sin que nadie se lo haya preguntado, entrando como quien reconoce su territorio—. Verdes, de rajas y uno de dulce, por si te sientes sentimental.

—No me siento sentimental.

—El de dulce es para el colega. El de las palabras. Ese que vino a las nueve y cuarto de la noche con cara de haber visto un fantasma.

—Doña Lupe…

—No digo nada. —Deja la bandeja en la barra y se acomoda los rulos con una mano—. Yo solo digo que en esta escalera se oye todo. Y que el muchacho bajó con el paso de quien llevaba un piano.

—Era un cliente.

—Claro, claro. Todos los clientes bajan así. —Me mira de reojo, con un rápido cálculo en los ojos—. Valeria, mija. Ya casi es primero de noviembre.

El tamal de rajas se me detiene a medio camino de la boca.

—Ya sé.

—Tu abuela siempre ponía el arco de cempasúchil el treinta y uno, con el pan y la foto de tu abuelo. Yo le traía los tamales. Todos los años. ¿Este año…?

—No sé, doña Lupe.

—No te estoy pidiendo que sepas. —Alza las manos, rendida—. Solo te estoy diciendo que Chela se enojaba cuando no había ofrenda. Pero se enojaba más cuando había una con cara de funeral.

Se va, dejando una estela de perfume a lavanda y dos tamales de más. Me quedo mirando la puerta cerrada del fondo del pasillo. Hace dos años que no pongo ofrenda. Dos años de decir «este año no» con la misma frase, como un trámite.

Tomo el tamal de dulce, lo envuelvo con cuidado en una servilleta y lo meto en el refrigerador. Por si acaso.

*   *   *

El cliente de las diez es el licenciado Teófilo Arriaga.

Llega con traje café, una carpeta bajo el brazo y una expresión que mezcla cordialidad y rencor en proporciones exactas. Se sienta frente a mí, cruza las piernas y suelta una frase que nunca había oído en seis años de oficio:

—Necesito un brindis de cobranza.

—¿Perdón?

—Un brindis. En la boda de mi compadre Chucho, el sábado. —Abre la carpeta, saca una hoja con una cifra subrayada tres veces—. Me debe cuarenta mil pesos desde hace once meses. No quiero hacer una escena. Pero tampoco quiero que se le olvide.

—¿Quiere que escriba un brindis que le recuerde la deuda?

—Con cariño. —El licenciado levanta un dedo—. Pero con intereses.

Me trago la risa con un esfuerzo físico. Pepa, desde su escritorio, hace como si buscara algo muy importante en una carpeta que está al revés.

—Licenciado, ¿le ha dicho usted a su compadre directamente que le debe dinero?

—Siete veces.

—¿Y qué contestó?

—Que «ya casi». Once meses de «ya casi».

—¿Y usted qué quiere? ¿El dinero o que su compadre sienta vergüenza?

Lo piensa un buen rato. Es un hombre de unos cincuenta, de cejas pobladas y ojos de perro que ha sido muy fiel a alguien que no se lo merecía.

—Quiero que me vea —dice al fin—. Quiero que, aunque sea por un minuto, mi compadre se acuerde de que existo.

El aire cambia en el comedor. Es una frase demasiado verdadera para un brindis de cobranza.

—Eso sí se puede escribir —digo.

Le hago las preguntas de siempre. Cómo se conocieron (en la secundaria, en un equipo de futbol, Chucho era el portero y se tiraba al piso por todo).

Qué cosas hacían juntos (todo: viajes, quinceañeras, un negocio de hielo que quebró).

Cuándo le prestó el dinero (cuando a Chucho se le murió la mamá y no tenía cómo pagar el entierro).

Esa última frase me la dice con voz casi inaudible, mirando la carpeta.

—No me lo cobra por el dinero, ¿verdad?

—No —admite—. Por la mamá.

Escribo toda la tarde. Sin trampas: sin inventar nada. Cuando lo termino, a las cinco, tengo una página y media que empieza con una broma sobre un portero que se tiraba al piso y termina con una frase que le dejo al licenciado Arriaga firmada en tinta:

«Compadre: hoy te debo un abrazo y tú me debes cuarenta mil pesos. Yo prefiero cobrarte el abrazo. Pero si algún día quieres devolverme algo, que sea la memoria de que cuando se murió tu mamá, yo estuve.»

Se lo leo en voz alta. El licenciado Arriaga se queda con las manos sobre las rodillas, mirando por la ventana. Luego dice «gracias» con una voz que no le había oído. Paga en efectivo y se va sin despedirse, sin cerrar del todo la puerta.

—Seis años —murmura Pepa— y todavía me sorprendes con esos.

—No inventé nada.

—Eso es lo que me sorprende.

*   *   *

Me doy cuenta a las seis menos veinte.

Estoy corrigiendo el brindis de cobranza, con un lápiz entre los dientes, y me detengo en una frase: «Un portero que se tiraba al piso por todo» . Y la leo en mi cabeza con una voz grave, cálida, con fondo de arena.

Me quito el lápiz de la boca.

Releo otra: «Hoy te debo un abrazo». Mismo timbre. Mismos matices. Hasta la pausa antes de «abrazo».

Llevo cuarenta minutos escribiendo con una voz dentro de la cabeza, y no es la mía.

—Estás moviendo los labios —dice Pepa, desde la otra punta de la sala, sin apartar la vista de la factura.

—Sincronía labial.

—Aja.

—Es una técnica profesional.

—Valeria. Ayer dijiste «voy a revisar cómo suena» y revisaste el mismo párrafo dieciocho veces. Eso no es sincronía. Eso es obsesión.

—Es cuidado.

—Es cuidado con una voz.

—Cállate, Pepa.

—Llevo la contabilidad —contesta con dulzura— y se me acaba el papel de tanto anotar.

Para peor, mi celular vibra sobre la mesa. Lo volteo antes de pensarlo, que es exactamente el tipo de gesto que Pepa lleva anotando en un cuaderno invisible.

Es una nota de voz. Catorce segundos. De Joaquín.

Me pongo los audífonos, dándole la espalda a Pepa, con la dignidad de quien se esconde en un armario.

«Buenos días. Estoy en un set de doblaje con un niño de ocho años que se niega a llorar en una escena donde le matan al perro. Si fuera tú, le diría que se le murió el suyo. Pero no soy tú. Un abrazo. Ah, y hoy llegué a las diez en punto. Que conste en el expediente.»

Lo escucho. Lo escucho otra vez. Lo escucho una tercera, con los ojos cerrados, y cuando abro los ojos Pepa está de pie frente a mí, con los brazos cruzados y una cara en la que podría caber una orquesta.

—Tres veces —dice.

—Fue para verificar el sonido.

—Tres veces —repite— y la tercera con los ojos cerrados.

—Pepa.

—Estoy contando, Vale. Tengo ya hasta una tabla.

—¿Una tabla?

—Con colores. Como la de Rodrigo.

Me cubro la cara con las dos manos. Y, qué horror, me estoy riendo.

*   *   *

A las siete llega el mensaje de Rodrigo. Un solo párrafo, escrito en su estilo de acta notarial.

Buenas tardes, Valeria. He leído el borrador.

Leído. Es correcto. Todo lo que dice es verdad.

Te agradezco el trabajo. Propongo lo siguiente: leerlo en voz alta en un entorno controlado, para oír cómo suena.

Joaquín me ofreció su estudio. Jueves, 7 p.m. Cabina con grabación, para poder revisarlo después. ¿Te parece?

Lo leo en silencio, con una punzada en el pecho.

Correcto.

Ocho letras que, en el vocabulario de Rodrigo, podrían significar «magnífico» o «meritorio» o «lo mínimo aceptable». Pienso en cómo me dijo «tranquilidad» y yo subrayé la palabra, y en cómo me dijo «correcto» y estoy a punto de volver a subrayarla.

Mi celular vibra de nuevo. Es Joaquín, en un mensaje de texto esta vez, con la discreción de quien sabe que a esta hora yo estoy leyendo lo mismo que él.

No te preocupes. «Correcto», en el idioma de Rodrigo, es una ovación de pie.

Lo sé , escribo, y pienso que puede ser verdad.

Entonces no pongas esa cara.

¿Cómo sabes qué cara pongo?

Es la que pones cuando subrayas una palabra.

Dejo el celular sobre la mesa. Boca arriba. Con toda la dignidad que me queda.

*   *   *

Esa noche, después de que Pepa se va y de que los vecinos ponen su telenovela, hago algo que llevo dos años sin hacer.

Voy al fondo del pasillo, a un lado de la puerta cerrada, donde cuelga una lámpara de pared con una pantalla de tela amarilla.

Es chica. Nunca la usamos. Chela decía que gastaba luz.

Tiene el cable enrollado detrás, el interruptor de cadena de siempre, un foco de bajo consumo que debe de tener la misma edad que yo.

Tiro de la cadena.

Se prende.

Una luz tenue, cálida, color miel, se extiende por las paredes del pasillo y por el suelo y llega hasta mis pies. No es mucha luz. No ilumina nada importante. Es solo la luz que se deja encendida para que alguien no tropiece.

Me quedo un momento ahí, con la mano en la cadena.

Luego voy a mi cuarto y me acuesto sin apagarla.

Cuatro vatios, calculo en la oscuridad, con los ojos abiertos. Cuatro vatios por noche. Sesenta pesos al año, quizá.

Un día se me va a olvidar apagarla.