CAPÍTULO 12
Una nota muy bonita
«A veces la mejor manera de decir "no me voy" es quedarse, aunque no se tenga nada que decir».
—Brindis de Elisa para su madre, boda en Toluca
Joaquín llega a las nueve y veinte, como prometió.
Lo veo entrar por la ventana del café Edén, con la chamarra grande y el pelo todavía húmedo, y no puedo evitar sonreír antes de que cruce la puerta. Cumple una promesa absurda con una seriedad conmovedora. Se sienta frente a mí, mira el reloj de la pared y asiente, satisfecho.
—Nueve veinte.
—Nueve veintidós.
—Fue el semáforo.
—Qué semáforo.
—El de la vida, Valeria.
Don Chuy aparece con dos tazas, una concha de vainilla y un vaso grande de agua de limón que nadie pidió.
—Cortesía de la casa —dice, sin mirar a nadie—. Los llantos piden agua de limón.
—Nadie va a llorar —dice Joaquín.
—Claro, claro. —Don Chuy se aleja con la dignidad de un sacerdote—. Aquí nunca lloran, pero siempre piden limón.
Esperamos a que se vaya. Joaquín gira la taza media vuelta entre las manos. Yo no abro el cuaderno. Ni siquiera lo saco de la bolsa. Es la primera vez en seis años que me siento a escuchar a alguien sin tener las manos ocupadas.
—No sé por dónde empezar —dice.
—Por donde quieras.
—Siempre empiezo por el final, porque es la parte que tengo mejor ensayada.
—Entonces empieza por el principio.
Sonríe un poco, sin gracia.
* * *
—Tenía doce años —dice—. Era un martes de agosto, a mitad de las vacaciones.
Mi mamá era profesora de literatura en una preparatoria de Coyoacán.
Escribía… escribía como los ángeles. Es una frase fea, pero es la verdad.
Corregía exámenes con una pluma verde y los márgenes quedaban mejor que los textos.
—Suena a alguien que te habría gustado.
—Me encantaba. —Hace una pausa—. Esa noche me desperté a las tres de la madrugada con sed. Fui a la cocina por agua, y el pasillo estaba iluminado. Mi mamá tenía una lámpara chica, de pared, de esas de pantalla amarilla, que nunca prendía. Decía que gastaba luz. Esa noche estaba prendida.
Siento un nudo muy preciso debajo de las costillas.
—Pensé que se le había olvidado apagarla. Qué tonto, ¿no? Pensé: «Se le olvidó». Llegué a la cocina y no había nadie. Sobre la mesa había una nota.
—¿Qué decía?
Joaquín cierra los ojos.
—Me la sé de memoria. Veintidós años. —Respira—.
«Mi niño: hay noches en que el corazón se sabe más largo que la casa que lo guarda.
Perdóname por no tener una forma pequeña de decirte esto.
Te dejo la luz prendida. Te dejo mis palabras favoritas.
Todo lo que no sé decirte lo dejo escrito en el aire.
Sé valiente, que yo ya lo fui por los dos».
El café suena detrás de nosotros: una cuchara, una risa, el silbido de la cafetera. Dentro de mi mesa hay un silencio que no se parece a ninguno.
—Era hermosísima —dice—. La releí tantas veces que se me deshizo el papel.
Y no decía nada. ¿Entiendes? No decía adónde se iba.
No decía por qué. No decía si volvía. Tenía doce años y una nota con las frases más lindas que había leído en mi vida, y no sabía si mi mamá estaba muerta, perdida o en el cuarto de al lado.
—¿Volvió?
—No. —Se pasa una mano por la cara—. Vive en Valencia desde hace mucho. Me escribe cartas preciosas dos veces al año. Las guardo en una caja de zapatos. Cerradas.
—¿Cerradas?
—Desde 2015. No las abro. —Sonríe con algo que es casi vergüenza—. Es ridículo. Sé que es ridículo.
—No lo es.
—Sé que si las abro va a haber otra frase bonita. «El corazón es un barco» o «las palabras son puentes». Y me va a dar tanta rabia que no voy a poder dejar de leerla.
El agua de limón suda un círculo en la mesa. Yo tengo las manos juntas, apretadas, una dentro de la otra, como si fueran un animal asustado.
—Por eso me preguntaste cuánto cobro por inventar lo que siente la gente —digo.
—Sí.
—Y yo por eso te contesté con rabia.
—Sí. —Asiente—. Y me pareció muy bien. Era la respuesta correcta.
Se queda mirando la mesa un momento, y de pronto, sin avisar, su cara empieza a hacer algo familiar: se le afloja la mandíbula, se le tuerce la boca, y sé exactamente lo que va a pasar.
—Joaquín.
—Lo sé —dice, y la voz le sale por fin, a medias, con algo de acento pirata—. Arrr…
—Prohibidas las voces.
—…perdón. —Se tapa la cara con las dos manos y se ríe una risa seca, asustada, de las que se escapan cuando uno no quiere llorar—. Reflejo. Es un reflejo.
—Lo sé.
—No me dejes hacerlo.
—No te voy a dejar.
Respira hondo. Una vez. Dos. Baja las manos.
* * *
—Rodrigo vino a mi casa al día siguiente —sigue, ya más sereno—. Con su lonchera. Su mamá le había dicho que fuera a ver cómo estaba yo. Nadie le explicó nada. Tenía doce años y no sabía nada, y lo primero que hizo al entrar al pasillo fue apagar la lámpara.
Levanto la cabeza.
—Por ahorrar. Es algo que hacía ya entonces.
Y yo… —Joaquín se aclara la garganta—. Yo le grité.
Nunca había gritado así. Le dije cosas horribles.
Que no la tocara, que no se atreviera, que era mía.
Rodrigo se quedó parado, con la mano en el interruptor, sin entender nada.
Y luego, sin una palabra, la volvió a prender.
—Y no preguntó.
—Nunca. —Hay algo en su voz que se quiebra y se reacomoda—. Esa lámpara estuvo prendida tres años. Hasta que se fundió el foco. Rodrigo fue a la ferretería a comprar otro sin que yo se lo pidiera. Lo cambió él mismo, parado en una silla. Y lo dejó prendido.
—Joaquín…
—Por eso me tiembla la voz con las lámparas. —Sonríe, y es una sonrisa pequeña, rota—. Por eso casi me da algo cuando leí el brindis. Camila la deja prendida y él la apaga. Y yo no puedo dejar de pensar que Rodrigo, justo él, sabe lo que significa una luz prendida. Es lo que mejor sabe en el mundo.
—Y aun así la apaga.
—Y aun así la apaga.
Me quedo muy quieta. Hay una idea que me sube por la nuca, hecha de cifras y paraguas y noches, y que no es mía, y por lo tanto no tengo derecho a decirla en voz alta: quizá no la apaga porque no entienda.
Quizá la apaga porque entiende demasiado bien.
Quizá una luz prendida es una promesa, y hay hombres que prefieren no aceptar una promesa si no están seguros de poder cumplirla.
Saco el cuaderno por fin. Escribo una sola línea, en el margen, con letra diminuta:
Rodrigo sabe lo que es una luz prendida.
No añado nada más. Regla dos. Linterna, no juez.
* * *
—¿Te puedo hacer una pregunta? —digo.
—Es la única forma de que te hable.
—¿Qué habrías querido que dijera?
Joaquín se queda mirándome. Parece no haber esperado la pregunta, ni las palabras que la forman. Piensa. Veo cómo piensa, de verdad, con el ceño ligeramente fruncido, con esa seriedad que le sale cuando se olvida de ser gracioso.
—Algo feo —dice, al fin—. Algo como: «Me voy porque no puedo más, y no es por ti, y es una porquería, y no sé cuándo voy a volver, y lo siento». Algo que no cupiera en una nota bonita. Algo que no se pudiera aprender de memoria.
—Algo verdadero.
—Algo verdadero que no fuera lindo.
Escribo en mi cuaderno, sin pensarlo, debajo de la línea de Rodrigo: La verdad más bonita no siempre es la verdad. Lo tacho. Lo reescribo. Lo dejo.
Joaquín me ve escribir y no dice nada. Pero mueve la cabeza, una vez, con una lentitud de quien está reconociendo una cosa que lleva años buscando.
* * *
El café ha ido llenándose de gente y de ruido. Don Chuy pasa a rellenarnos las tazas sin que nadie lo pida, sin una sola mirada, con la compasión silenciosa de los meseros. Bebo un sorbo de agua de limón, que sabe a algo entre limpio y amargo.
Entonces hago algo que no pensaba hacer.
Saco de la bolsa una hoja doblada en cuatro. La despliego sobre la mesa. La alisé con la palma. Es la lista de Chela, con sus diez renglones. Tres escritos. Siete en blanco.
Joaquín la mira. No me pregunta. Se inclina un poco y lee en voz baja, con una voz que no usa para nada más que para esto:
— Regaba los helechos con el agua de los frijoles.
Se detiene en el siguiente.
— Hablaba con la boca llena de alfileres y nunca se le cayó ninguno.
El último.
— Cada vez que alguien se probaba un vestido decía «uy, qué mujer» antes de decir cualquier otra cosa.
Levanta la cabeza. Tiene los ojos brillantes.
—Mi abuela regaba con agua de arroz —dice.
Es lo único que dice. No añade nada más. Y por eso, precisamente por eso, siento que algo que llevaba dos años apretado por dentro se afloja un milímetro.
—Faltan siete —digo.
—Faltan siete.
—No sé si voy a poder.
—No te estoy pidiendo que puedas.
—Lo sé.
—Cuando quieras, te ayudo a llenarlos.
—No —contesto. Y luego, más bajo—: Pero gracias.
—Está bien.
Doblo la hoja. La guardo. Joaquín toma su concha, parte un pedazo y me lo pasa sin decir nada. Lo como. Sabe a vainilla y a algo que no sé nombrar y que quizá tenga que ver con que hoy, por primera vez, nadie ha tenido que ser valiente por dos.