El Padrino CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Borrador uno

«Mi marido no es un hombre de palabras. Es un hombre de hechos, y los hechos son: catorce años, tres hijos y un solo control remoto».

—Brindis de Lourdes para Chuy, aniversario de bodas

Escribo el primer borrador de pie, en la cocina, con la laptop sobre la barra y una taza de café que no pienso terminar. Es la única manera de escribir cuando algo importa de verdad: de pie, como se cocina un caldo que no se puede dejar.

Tardo tres horas. Pepa llega a las nueve y media, deja su bolso en el sillón, me mira, ve la laptop y no dice nada, que en ella es una forma de reverencia. Se sienta a mi lado con las facturas y finge ordenarlas durante veinte minutos.

A las doce y cuarto, termino. Giro la laptop hacia ella.

—Léelo.

*   *   *

BORRADOR UNO — «Tres datos»

Buenas noches. Voy a darles tres datos.

Uno. Camila se levanta a las seis y cuarenta y dos todos los días, sin alarma.

Dos. Se cepilla los dientes dos minutos exactos con una canción infantil. Cree que nadie la oye. La oigo desde el pasillo.

Tres. Cuando llego tarde, deja prendida una lámpara de cuatro vatios para que no tropiece. Yo la apago.

Llevo dos años y cuatro meses apagándola.

Ella lleva dos años y cuatro meses volviendo a prenderla.

Eso son, calculo, setecientas noches de desacuerdo.

Y ninguna discusión.

[El final no está escrito. No es mío.]

*   *   *

Pepa lee con las manos juntas bajo la barbilla, como quien reza o espera un diagnóstico. Lee una vez. Vuelve arriba. Lee otra vez, más despacio.

Se suena la nariz.

—Eso no cuenta —digo.

—Es alergia.

—Es octubre.

—Alergia de octubre. —Se seca los ojos con la palma—. Vale. Dime quién escribió esto.

—Rodrigo.

—Valeria.

—Rodrigo. Yo solo ordené los datos.

—Ordenaste los datos —repite, con una lentitud peligrosa—. Y te quedó, no sé, una cosa que te dan ganas de abrazar al novio y mandarlo directo al altar.

—Ese es el trabajo.

—¿Y el final?

Es la pregunta que no quería. Señalo la última línea con la barbilla.

—Está en blanco.

—Eso lo veo. Lo que quiero saber es por qué.

—Porque no es mío.

—¿Escribiste algo antes de dejarlo en blanco?

Podría mentirle. En seis años ha sido la única que me atrapa siempre, y aun así lo intento.

—Escribí uno. Lo taché.

—¿Qué decía?

Giro la laptop, bajo el historial de cambios y le muestro la versión tachada:

Un día se me va a olvidar apagarla.

Ese día quiero estar en esa casa.

Pepa lo lee. Se queda un momento callada.

—Es bellísimo.

—Es inventado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque nadie me lo dijo. Rodrigo no me dijo que quiera estar en esa casa. No me lo dijo nadie. Es lo que yo quiero que Rodrigo sienta. Regla uno: no invento nada.

—Ajá. —Cruza los brazos—. ¿Y si fuera verdad?

—Entonces que lo diga él.

—¿Y si no lo dice?

El grifo del baño gotea. Cuatro segundos. Cuatro más.

—Entonces el brindis termina en blanco —digo, por fin, con una voz que no reconozco del todo.

—Un brindis sin final es una amenaza, Vale.

—Es honesto.

—Es una amenaza honesta. —Me toma la mano un segundo, sin mirarme—. ¿Quieres que te diga lo que pienso?

—No.

—Lo pienso igual: esa no se casa.

—Pepa.

—Regla dos, ya sé. —Suelta mi mano y recoge sus facturas con una rapidez teatral—. Pero las reglas las pusiste tú. Las puedes mover. Ni los papas han sido tan estrictos con los suyos.

—No.

—Bueno. Entonces apunta esto: han llegado tres veces a tiempo esta semana.

—¿Quiénes?

—El amigo. El de la cicatriz fea.

—Una vez.

—Tres, contando el estudio y la cena de los Villaseñor. Llevo la contabilidad de esta agencia, hija. Cuento todo.

*   *   *

Joaquín me escribe a las cinco y diez: ¿Puedo pasar a oír el borrador? Prometo no ser un patán ni hacer voces. Bueno: prometo hacer solo una.

Contesto: Una.

Llega a las seis en punto, otra vez puntual. Pepa, que estaba juntando sus cosas junto a la puerta, se queda con el bolso colgado de un hombro y los ojos como platos.

—Cuatro —dice, solemne.

—¿Cuatro qué? —pregunta Joaquín.

—Nada, nada. Hola. Me voy. —Se cuelga la bolsa, me mira de reojo con una sonrisa que merecería un impuesto especial—. Yo me llevo las facturas. Y los ojos. Pórtense bien.

Se va. La puerta se cierra con una discreción de película.

—¿Qué fue eso?

—Contabilidad.

—Ah.

Le sirvo agua. Le pongo la laptop delante. No digo nada más, porque cuando un cliente lee un borrador mío, mi única función es respirar con el menor ruido posible.

Joaquín lee en silencio. Una vez. Se queda mirando la pantalla.

—Léelo en voz alta —le pido—. Pero como lo diría Rodrigo.

—¿Como Rodrigo?

—La sincronía labial. Quiero saber si cabe en su boca.

Me mira. Sonríe de lado. Se endereza en la silla, cruza las manos sobre la mesa como un notario y se aclara la garganta.

Y entonces, delante de mis ojos, aparece Rodrigo. No es una imitación. Es mejor: es una versión a escala del hombre. Los hombros un poco rígidos, la barbilla recta, la voz sin un solo adorno, medida en milímetros, con esa cadencia suya de lector de informes que nunca sube del segundo piso.

— Buenas noches. Voy a darles tres datos.

Me río, tapándome la boca.

— Uno. Camila se levanta a las seis y cuarenta y dos todos los días, sin alarma.

Es perfecto. Es tan perfecto que casi me duele. Veo a Rodrigo en la cocina de su casa, de pie, con su taza de té sin leche, diciendo exactamente eso, con exactamente esa pausa después de «alarma».

— Dos. Se cepilla los dientes dos minutos exactos con una canción infantil. Cree que nadie la oye. La oigo desde el pasillo.

Hay un temblor muy ligero en la frase. Es un temblor tan pequeño que podría ser una buena interpretación. Pero no lo es. Lo sé porque lo reconozco: es el temblor de quien acaba de entender algo que no esperaba.

— Tres. Cuando llego tarde, deja prendida una lámpara de cuatro vatios para que no tropiece.

Se detiene.

No es una pausa de actor. Es otra cosa. La mano que sujetaba la laptop se queda quieta. Los hombros, que estaban rígidos como los de Rodrigo, dejan de serlo. Mueve los labios. Intenta decir «Yo la apago», y no sale.

—Joaquín.

—Perdón. —La voz ya no es la de Rodrigo. Es una voz sin nada: ni la grave del doctor ni la burlona del café ni la exacta del informe. Es la suya, desnuda, apenas un hilo—. Me dio un golpe de aire.

—Estamos en un tercer piso con las ventanas cerradas.

—Sí.

Se levanta. Camina hasta el balcón, abre la puerta de vidrio y sale. Lo veo apoyar los antebrazos en la barandilla, de espaldas, con la cabeza gacha, mirando la calle. Detrás de la pared, en la casa de doña Lupe, suena la televisión de siempre, una telenovela con música de violines.

Cláusula cinco. Lo que está cerrado, se queda cerrado.

No lo sigo. Me quedo en la sala. Voy a la cocina y lleno otro vaso de agua, que no sé si él va a querer. Lo pongo sobre la mesa. Me siento. Espero.

Pasan cinco minutos. Los más largos de mi semana.

Cuando entra, trae el pelo revuelto por el viento y los ojos un poco rojos, y una sonrisa de disculpa que no le llega a la cara.

—Perdón. No quería interrumpir el brindis.

—No interrumpiste nada.

—Es bueno —dice—. Es muy bueno, Valeria. Cabe en su boca.

—Gracias.

Se sienta. Toma el vaso. Bebe despacio. Se queda mirando el líquido como si hubiera algo escrito en el fondo.

—Mañana —dice— te voy a contar algo.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. —Levanta la vista, y por primera vez en toda la semana la tiene limpia, sin chiste, sin voz de nadie—. Por eso te lo quiero contar. No es para el brindis. Es para que entiendas por qué me tiembla la voz cuando alguien dice «lámpara».

Quiero decirle que no tiene que hacerlo. Que el pacto dice lo que dice. Que lo que está cerrado puede seguir cerrado y yo seré la primera en protegerlo.

En cambio, digo:

—Está bien.

—¿A las nueve, en el Edén?

—A las nueve.

—Prometo llegar a las nueve y veinte —sonríe, y por fin le llega a los ojos—. Para que nadie sospeche.

Se va poco después, sin hacer una sola voz más, y yo me quedo en la sala con el borrador abierto y la última línea en blanco.

[El final no está escrito. No es mío.]

La miro un rato largo.

Luego, sin decírselo a nadie, la subrayo con doble raya.