El Padrino CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Tres datos

«Mis padres se conocieron en una trajinera y llevan treinta años intentando bajarse. Hoy, afortunadamente para todos, siguen sin lograrlo».

—Brindis para los señores Rangel, bodas de perla

Lo propongo un martes, por mensaje, con la naturalidad de quien lleva diez años ensayándolo:

Para el brindis necesito verlos juntos fuera de una casa. En movimiento. ¿Domingo, Xochimilco?

La respuesta de Rodrigo llega en cuatro segundos: Me parece razonable. Reservo una trajinera para cuatro personas, cinco horas, con opción a extensión. Hay un 30 % de probabilidad de lluvia después de las cuatro; llevaré paraguas.

La de Camila llega dos minutos después, sola, en un mensaje privado: ¡¡¡SÍ!!! Llevo mi sombrero ridículo.

Joaquín, en el grupo, escribe una sola palabra: Michelada.

Pepa, a quien se lo cuento a las ocho de la mañana mientras me sirve café, levanta la ceja derecha.

—¿Vas en barco con un novio indeciso, una novia encantadora y un doblador de cara bonita?

—No tiene cara bonita.

—Tiene una cicatriz.

—Tiene una cicatriz fea .

—Claro, claro. —Me alcanza una servilleta, aunque no necesito ninguna—. Lleva bloqueador, Vale. El sol de Xochimilco no perdona a los que se hacen los desentendidos.

*   *   *

La trajinera se llama Lupita Mía y está pintada de amarillo, rosa y azul, con un arco de flores de papel donde alguien escribió el nombre en letras gordas de feria.

El remero, don Rafa, tiene unos sesenta años, una vara larga como una lanza y el semblante de quien ya lo vio todo.

Nos recibe con una inclinación de cabeza.

—¿Cuántas horas?

—Cinco —dice Rodrigo—. Con opción a extensión.

—¿Opción a extensión? —repite don Rafa, mirándolo con una mezcla de ternura y alarma—. Joven, aquí la opción a extensión la pide el que se enamora del paisaje.

—Es una cláusula estándar.

—Claro, claro.

Rodrigo se sienta en el banco con el portafolio sobre las rodillas, y yo contengo la risa. Camila, sentada a su lado, con un sombrero de paja enorme adornado con un girasol de plástico, le da un golpecito en el hombro.

—Relájate, amor. Es un domingo.

—Estoy relajado.

—Tienes la espalda como una regla.

—Es mi postura natural.

Joaquín, frente a mí, se acomoda con una michelada en una mano y la otra metida en un bolsillo, y mueve los labios sin sonido: Postura natural. Le tiro una servilleta arrugada. Me la devuelve con una sonrisa.

El agua es verde oscuro. Las trajineras pasan a nuestro lado como un desfile lento de nombres de mujer: Lupita Mía, Soledad, Mariana, Reyna del Sur , cada una con su grupo de gente comiendo, cantando, discutiendo sobre quién debía haber traído las servilletas.

Un bote de elotes se acerca, luego uno de micheladas, luego uno con una señora que vende flores.

El cielo es de un azul de postal. A lo lejos, un mariachi en una canoa afina trompetas.

Es perfecto, y eso me inquieta. En seis años de oficio he aprendido a desconfiar de los días demasiado hermosos: se parecen a las promesas.

*   *   *

Cuando llevamos una hora de recorrido, saco de mi bolsa cuatro tarjetas blancas y cuatro plumas.

—Voy a pedirles un ejercicio.

—Un ejercicio —repite Rodrigo, con interés técnico.

—Muy simple. Cada uno escribe, en tres minutos, tres datos sobre la persona que tiene enfrente. Datos, no opiniones. En presente. Sin adjetivos.

—¿Qué quiere decir «sin adjetivos»? —pregunta Camila.

—Que no vale «es generoso». Vale «le deja la mitad de su torta a quien se la pide».

—Ah.

—Rodrigo escribe de Camila. Camila escribe de Rodrigo. Joaquín…

—¿Yo también?

—Tú escribes de quien quieras. Pero escribes.

—Qué bien —dice, y se bebe medio vaso de michelada de golpe, nervioso.

Se hace el silencio. Se oye el chapoteo de la vara de don Rafa, un trombón lejano, el rumor de las otras trajineras.

Rodrigo escribe con una letra pequeña y muy recta, sin tachaduras, con la frente un poco fruncida.

Camila escribe más despacio, mordiéndose el labio, con la mirada puesta en el agua.

Joaquín garabatea algo en su tarjeta, lo tacha, lo vuelve a escribir.

Yo los miro. Y por primera vez en cinco semanas no tengo ganas de anotar nada. Solo de mirar.

*   *   *

—Rodrigo —digo, cuando pasan los tres minutos—. Tú primero.

Se aclara la garganta. Lee en voz alta, con la solemnidad de quien presenta un informe ante un consejo.

—Uno: Camila se levanta a las seis y cuarenta y dos todos los días, sin alarma. Dos: se cepilla los dientes durante dos minutos con una canción infantil que canta bajito y cree que nadie oye. Tres: cuando está nerviosa por un paciente, ordena el cajón de los cubiertos.

Camila lo mira con la boca entreabierta.

—¿Te das cuenta de que cantaba bajito?

—Lo oigo desde el pasillo.

—¿Y el cajón de los cubiertos?

—Lo ordenas cuando vuelves de un día difícil. Por orden de tamaño. Hay tenedores de postre en una fila, luego los de mesa. Lo hiciste el martes.

—Rodri…

—Es un dato.

—Es… —Camila se lleva una mano a la boca, y por primera vez en toda la tarde no sé si va a reírse o a llorar—. Es precioso .

—No es precioso. Es exacto.

—Es las dos cosas.

Rodrigo parpadea, desconcertado, como si le hubieran dicho que una cifra tiene sabor.

Yo escribo tan rápido que la pluma casi rasga el papel. Rodrigo observa con una atención extraordinaria. Es el hombre que oye cantar desde el pasillo. Subrayo «extraordinaria». Lo tacho. «Cero adjetivos.» Escribo: Rodrigo oye cantar a Camila desde el pasillo.

Es la primera frase de su brindis.

—Camila —digo, con la voz un poco rota—. Tu turno.

Camila baja la vista a su tarjeta. Se acomoda el sombrero. Lee.

—Uno: Rodrigo me llama todas las mañanas, cuando llego al consultorio, para decirme cómo está el tráfico de regreso. Dos: dobla los calcetines en pares, y si encuentra uno solo, lo pone en una cajita «por si el otro aparece». Tres…

Se detiene.

—¿Tres? —pregunta Rodrigo.

—Tres: sabe cantar.

—No sé cantar.

—Sí sabes. Te oí una vez, en la regadera, una canción de Juan Gabriel. Pensabas que estaba en el consultorio. Era… —Se ríe, con los ojos húmedos—. Era lo más bonito que he oído.

Nunca he visto a un hombre cambiar de color tan rápido. Rodrigo se pone rojo desde el cuello hasta el nacimiento del pelo, abre la boca para decir algo, la cierra, vuelve a abrirla y dice, con una voz que no le conocía:

—Eso no es un dato.

—Claro que es un dato.

—Es… —Busca una cifra, una probabilidad, un porcentaje—. Es privado.

Joaquín, a mi lado, está completamente inmóvil. Lo siento más que lo veo: tiene los ojos fijos en Rodrigo, con una mezcla de ternura y de algo que, si no lo conociera, llamaría esperanza.

*   *   *

—Ahora —dice Camila, enjugándose las lágrimas con el borde del sombrero— que lo hagan ellos.

—¿Quiénes?

—Joaquín y Valeria. Para que sea justo. Si nosotros nos desnudamos en una trajinera, ellos también.

—Yo soy la escritora —protesto.

—Y yo el padrino —añade Joaquín.

—Regla de toda terapia —dice Camila, solemne—: el que pregunta también responde.

—Esto no es una terapia.

—Está en un barco con un mariachi. Es la mejor terapia que existe.

No hay escapatoria. Rodrigo, que ha recuperado el color y la compostura, entrega una tarjeta nueva a Joaquín y otra a mí con una gravedad notarial. Me quedo mirando la mía. En el centro, junto a un sello con forma de flor que alguien imprimió por error, están los tres renglones en blanco.

Escribo, con una letra más pequeña de lo habitual:

1. Llega a tiempo una vez al mes y se enorgullece como si hubiera ganado una medalla.

2. Tiene una mancha de tinta azul en el pulgar derecho que no se lava, aunque se lo pasan por la cara.

3. Cuando se pone serio, hace una voz.

Doblo la tarjeta. Joaquín dobla la suya, sin mirarla. Rodrigo hace de juez.

—Valeria lee primero.

—No. Joaquín.

—Las damas primero.

—Las damas primero cuando es un incendio, no cuando es un ridículo.

—Entonces el padrino.

Joaquín suspira. Despliega su tarjeta con una lentitud sospechosa. Se aclara la garganta y lee con una voz demasiado normal, la voz de quien se esfuerza por no hacer una voz:

—Uno: subraya las palabras que le gustan con una línea doble. Dos: pone el celular boca arriba a propósito, para fingir que no espera un mensaje. Tres: dice «amable» como si dijera «sospechoso».

Se hace un silencio que dura exactamente lo que dura la inhalación de don Rafa antes de cantar bajito una canción de remero.

Camila está a punto de reventar de risa. Rodrigo, imperturbable, toma nota mental con el rostro de un notario. Yo estoy completamente roja, desde la clavícula hasta las orejas, con la tarjeta arrugada en el puño.

—Eso —alcanzo a decir— son tres datos .

—Tres.

—Que me observaste.

—Es mi oficio —dice Joaquín, y por primera vez no sonríe—. Escuchar a la gente hasta que dicen la verdad.

—Tu turno —suelta Camila, con los ojos brillando.

Leo la mía con una voz que me traiciona:

—Uno: llega a tiempo una vez al mes y se enorgullece como si hubiera ganado una medalla. Dos: tiene una mancha de tinta azul en el pulgar derecho que no se lava. Tres: cuando se pone serio, hace una voz.

Joaquín se mira el pulgar. La mancha está ahí, a la luz del sol, azul como un pedazo de cielo.

—¿Lo notaste?

—Desde el primer día.

—Yo no la veo.

—Está en el derecho.

—Ya lo sé —dice él, y se queda mirándome, con una expresión que no es ni de broma ni de reto. Es una expresión que no sé nombrar.

Rodrigo se aclara la garganta.

—Muy… instructivo —declara.

Camila se desploma de risa sobre su hombro. Y en ese momento, afortunadamente, el mariachi de la canoa se nos cruza por la proa con su trompeta, su guitarrón y su vihuela, y rompe a cantar a un metro de nuestras caras.

*   *   *

La tarde se desliza. El mariachi toca tres canciones.

Camila, con el sombrero ladeado, acompaña la segunda sin saberse la letra.

Rodrigo, a su lado, se mantiene callado un rato, y cuando creo que ya no va a pasar nada, lo oigo: un tarareo muy bajito, apenas una respiración con tono, que dura cuatro compases y se apaga.

Camila lo oye. No dice nada. Le toma la mano.

Joaquín mira el agua. Yo anoto, con la letra torcida: Rodrigo canta bajito cuando cree que nadie lo oye.

*   *   *

Desembarcamos a las seis. La lluvia no llegó, aunque el cielo se ha puesto del color de la ciruela.

Camila se despide con un abrazo largo que huele a bloqueador y a mezcal.

Joaquín se queda atrás, comprando algo en un puesto de elotes.

Y cuando creo que Rodrigo ya se ha ido a buscar el coche, siento una mano muy ligera en el codo.

—Valeria. ¿Un minuto?

Nos apartamos hacia un muro cubierto de buganvilias. Rodrigo se quita las gafas, las limpia con el borde de la camisa, se las vuelve a poner. Tiene las manos un poco inquietas, lo que en él equivale a un temblor.

—Lo que escribí de Camila —dice—. ¿Sirve?

—Es lo mejor que me has dado. Cada línea.

—Gracias.

Pero no se va. Mira el suelo.

—Es todo verdad —continúa—. Cada cosa. La hora, los dientes, el cajón de los cubiertos. Podría escribir cien más. —Levanta los ojos—. Y cuando lo leí en voz alta, no sentí nada.

El rumor del embarcadero parece alejarse.

—¿Nada?

—Nada. Lo leí y lo oí y me pareció una lista muy buena. Y luego ella dijo lo del canto y… —Se detiene. Traga saliva—. Y ahí sí sentí algo. Algo raro. Que no es lo que se siente por una novia, supongo. Era como si me hubieran visto desnudo.

Quiero decirle algo. Quiero decirle un montón de cosas. Que no es raro. Que es lo más normal del mundo. Que a veces el amor no es una lista, sino la pequeña hora en que alguien nos sorprende cantando. Pero hay una regla, y la regla dos me pesa sobre la lengua como una piedra.

—No sé, Rodrigo —digo, con la voz más honesta que tengo.

Él asiente, despacio, como quien recibe un resultado que ya se esperaba.

—Olvídalo —dice, y recupera la voz de oficina—. Es el cansancio. Gracias por la tarde.

Se aleja con el portafolio bajo el brazo. A los pocos pasos, se detiene, saca un paraguas del portafolio, lo abre sin necesidad (no llueve) y se lo pone encima de la cabeza, con la solemnidad de quien cumple un deber.

Joaquín aparece a mi lado con dos elotes.

—¿Qué te dijo?

—Que no sintió nada.

—¿Y?

—Y que luego sí.

Me tiende un elote. Es de los que llevan mayonesa y queso y chile. Me lo como mirando cómo Rodrigo, bajo su paraguas abierto en un día seco, se pierde entre la gente.