CAPÍTULO 8
La luz del pasillo
«A mi suegra le prometo no volver a decirle que su mole necesita sal. Le prometo, en cambio, comérmelo todo, que es peor».
—Brindis del yerno, boda en Oaxaca
Pepa llega el sábado a las siete con tres vestidos colgados del brazo como si fueran rehenes.
—Este —dice, levantando uno verde botella, de manga corta y falda con vuelo—. Tiene bolsillos.
—Eso lo pedí yo.
—Y lo conseguí yo, que es lo difícil. —Lo pone frente a mí, me lo acerca al cuello y entrecierra los ojos con la gravedad de una sastra de la corte—. Te hace parecer una mujer que cree en las bodas.
—No creo en las bodas.
—Por eso dije «parecer».
Me lo pongo. Me queda bien, lo cual me molesta un poco. Pepa me peina con las manos, me pellizca las mejillas sin pedir permiso y se retira un paso para evaluar el resultado.
—Vale. Escúchame. Hoy no vas a trabajar. Vas a mirar.
—Siempre miro.
—No. Siempre escuchas. Hoy mira a quién se le apagan los ojos cuando el otro habla. —Me da un empujoncito hacia la puerta—. Y come. Los que no comen en las cenas de familia terminan opinando de más.
* * *
La casa de los Villaseñor está en una calle empedrada de Coyoacán, detrás de un portón de madera cubierto de bugambilias que a esta hora son manchas moradas contra el cielo oscuro.
Hay faroles encendidos, un perro dormido en la banqueta y un olor a mole que sale por las ventanas y te encuentra tres casas antes.
Joaquín me espera frente al portón, con las manos en los bolsillos de un saco que, por primera vez, le queda de su talla. Se peinó. O lo intentó, que no es lo mismo.
—Llegas a tiempo —le digo.
—Una vez al mes me da por intentarlo. —Me mira de la cabeza a los zapatos con una rapidez que quiere ser discreta y no lo es—. Bolsillos.
—Para guardar las ganas de irse.
—Buena inversión.
Toca el timbre. Se abre el portón y nos inunda el ruido: voces, platos, una música de fondo que parece bolero, y alguien que grita desde la cocina: «¡Que alguien me traiga limones!».
—Prepárate —murmura Joaquín.
—¿Para qué?
—Para el cariño.
Tenía razón. En los siguientes cuarenta minutos me abrazan once personas.
Doña Marta, la madre de Camila, una mujer bajita y mandona con delantal de flores, me toma de las manos y me examina como si fuera una res: «¿Tú eres la amiga de Rodrigo que escribe?
». Don Raúl, el padre, juez jubilado con un bigote que ocupa media cara, me ofrece mezcal antes de saludarme.
Hay una hermana, Paulina, con un marido callado; un tío Beto que me pregunta si escribo novelas porque «su hija también quiere»; una tía que quiere saber si estoy casada; y, sentada en el sillón principal con un chal sobre las rodillas, la abuelita Concha, de noventa y un años, sorda como una tapia, que me aprieta la mano con una fuerza inesperada y grita:
—¡¿ESTA ES LA NOVIA?!
—No, abuela —grita Paulina—. ¡Es una amiga!
—¡QUÉ BIEN!
Rodrigo aparece detrás de mí con un saco gris y una copa de agua. Me saluda con la misma cortesía que usaría con un auditor.
—Valeria. Qué bueno que viniste.
—Gracias por invitarme.
—Voy a presentarte a Camila.
Y la presenta.
Camila Villaseñor es alta, de pelo oscuro recogido en una trenza floja y ojos que parecen estar riéndose de algo desde antes de que llegues.
Tiene una pequeña calcomanía de dinosaurio pegada en el hombro del vestido, evidencia de que salió corriendo de su consultorio, y me abraza con un cariño tan inmediato que me toma desprevenida.
—Tú eres la que hace llorar a los hombres —dice—. Me hablaron muchísimo de ti.
—Te hablaron de más.
—No, no. —Se ríe—. Lo justo.
Y sonríe. Una sonrisa de verdad, generosa, sin cálculo.
Es difícil no quererla. Eso es lo primero que pienso. Es lo segundo lo que no me esperaba: miro a Rodrigo, que está de pie a su lado, y cuando ella le pone la mano en la espalda para presentarlo ante una tía, él le dice «gracias» como se le agradece a alguien que nos acerca una silla.
Joaquín, un paso detrás de mí, no dice nada. Pero lo siento mirar lo mismo que yo.
* * *
Cenamos a las nueve y media, en una mesa tan larga que parece un pasillo.
Mole, arroz, frijoles de la olla, tortillas hechas en casa, un guiso de nopales que hace llorar a tío Beto de felicidad.
Hablan todos al mismo tiempo. Paulina discute con su marido sobre el tráfico; don Raúl cuenta una anécdota de su juzgado que dura veinte minutos y que nadie oye; doña Marta se levanta cada tres minutos a rellenar platos que nadie ha vaciado.
Yo hago lo que Pepa me pidió: miro.
Miro cómo Camila pasa la sal antes de que Rodrigo la pida, y cómo él dice «gracias» con exactitud de reloj.
Miro cómo ella se ríe con la historia de Paulina, y cómo cuando Rodrigo hace un comentario sobre una tarifa del seguro, ella asiente, amable, con la cara de quien escucha un informe muy bien redactado.
Miro a Joaquín, que se sienta a mi lado y cuenta un chiste sobre un perro que dobla películas en el que los tíos se ríen demasiado y don Raúl pide que lo repita.
Miro la mesa entera, como si fuera una película de la que todavía no sé el final.
Después del mole, doña Marta me pide que le ayude con los platos. Es una orden envuelta en cortesía. Camila se ofrece también, y las tres acabamos en una cocina enorme de azulejos azules, con el agua corriendo y una radio vieja sonando en voz baja.
Doña Marta se va a buscar el postre. Camila y yo nos quedamos solas con los platos.
—Me da pena que mi familia sea así —dice, con una risa.
—Es la mejor cena de mi mes.
—Dices eso por educación.
—Digo eso porque en mi casa solo cenan dos personas, y una soy yo.
Camila me mira un segundo, sorprendida, y no me hace la pregunta. Me pasa un plato mojado.
—Rodrigo me contó lo del brindis —dice—. Que le está costando.
—Un poco.
—No lo culpo. —Seca un vaso con cuidado—. Es el hombre más bueno que conozco. Pero hablar de sentimientos le sale como… como firmar un contrato. Todo correcto. Todo en regla.
—¿Y a ti qué te sale?
—¿A mí?
—Si tuvieras que contarme algo de Rodrigo en presente. Algo que haga hoy, esta semana.
Camila deja de secar. Veo cómo busca. Es el mismo silencio de Rodrigo en el teléfono, el mismo silencio sin sabor, ordenado, de quien revisa un archivo. Pero algo en su cara cambia antes de que hable: se le suaviza la mandíbula.
—La luz del pasillo —dice.
Se me corta la respiración.
—Yo la dejo prendida cuando él llega tarde. Una lámpara chiquita, para que no tropiece. Y él la apaga.
—¿Siempre?
—Siempre. Dice que es un gasto. —Se ríe, y es una risa clara, sin amargura—. Y al día siguiente yo la vuelvo a dejar prendida.
—¿Por qué?
—Porque un día se le va a olvidar.
Lo dice sin dramatismo, mirando el vaso. No sé si lo sabe, pero acaba de decirme en una frase todo lo que en cuatro semanas de entrevistas no me había dicho nadie.
No un día lo hará mal . No un día me querrá . Un día se le va a olvidar. Un día, por una vez, va a ser un poco descuidado. Un poco menos exacto.
Camila no está esperando que la ame. Está esperando que se le olvide algo.
—Hay que ser muy valiente para dejar la luz prendida —digo, y no sé por qué lo digo.
—O muy terca.
—Es lo mismo.
Nos sonreímos. En ese momento regresa doña Marta con una charola de flan, y las dos volvemos a ser lo que éramos: una anfitriona y una amiga de Rodrigo que escribe.
* * *
El brindis llega con el postre.
Don Raúl se levanta con una copa de mezcal y anuncia que, como es costumbre en esta casa, el que se casa dice unas palabras. Rodrigo se pone de pie con el saco abotonado. Todos se callan. Hasta la abuelita Concha deja de gritar.
—Gracias a todos por recibirme —empieza—.
Les agradezco su hospitalidad. A don Raúl, a doña Marta, a Paulina, a la familia entera.
—Una pausa breve—. Camila es una persona muy valiosa.
Muy responsable. Muy… —busca la palabra— …
constante. Estoy agradecido de poder compartir mi vida con ella. Gracias.
Aplausos corteses. Tío Beto dice «¡salud!». Alguien tintinea una copa.
Yo no miro a Rodrigo. Miro a Camila.
Y lo que veo no es tristeza ni enojo. Es algo peor: es amabilidad. Una sonrisa agradecida, perfecta, con los ojos puestos en el mantel. La cara de quien recibe un cumplido muy bien redactado en una carta de recomendación.
Nadie al fondo se suena la nariz.
Es mi prueba, la de siempre, la que llevo seis años aplicando en bodas ajenas con una precisión casi científica. Espero. Cuento hasta cinco. Hasta diez.
Entonces, desde el sillón principal, la abuelita Concha estornuda con una violencia que hace temblar las copas.
—¡SALUD! —grita toda la mesa.
La risa es general. Tío Beto se seca las lágrimas. Don Raúl golpea la mesa. Hasta Rodrigo sonríe, aliviado. Joaquín, a mi lado, se tapa la cara con la servilleta para esconder la risa.
—Eso no cuenta —le susurro.
—Eso no cuenta —responde, con la voz temblando.
* * *
Salimos a la una de la mañana. La calle huele a bugambilias y a tierra mojada, aunque no ha llovido.
Rodrigo se despide en la puerta, solemne, y se va en un taxi con Camila, que le apoya la cabeza en el hombro sin que él lo note.
Ya no hay nadie en la banqueta, salvo el perro, que sigue dormido, y nosotros.
—¿Y? —dice Joaquín.
—No sé aún.
—¿Qué viste?
—Vi que ella deja la luz prendida. Y vi que él no sabe que la deja prendida por él. —Camino hasta la esquina—. Vi que es la mejor mujer del mundo y que nadie lo sabe mejor que ella.
—¿Y eso qué significa?
—Que no es lo mismo no querer a alguien que no saber cómo.
Joaquín no responde. Camina a mi lado con las manos otra vez en los bolsillos, sin la pose de hace un rato, como quien lleva una carga que no pensaba compartir.
—Esto es una emergencia —dice al cabo de unos pasos.
—¿Una emergencia?
—Una emergencia leve. Cláusula seis.
—Joaquín, no…
Pero ya está. Se aclara la garganta, inclina la cabeza hacia atrás y suelta un cacareo de gallo, un cacareo perfecto, largo, con una nota final en falsete que despierta a un perro tres calles más allá y hace que se encienda una ventana.
No lo planeo. Me sale desde algún lugar profundo, de debajo de las costillas, de un lugar al que llevaba dos años sin asomarme.
Me río. Me río tanto que tengo que apoyarme en una pared.
Me río hasta que me duele el costado, hasta que se me escapan lágrimas, hasta que él también se ríe, con esa risa suya de cabina de doblaje, y los dos nos quedamos bajo una bugambilia a la una de la mañana, sin poder parar.
Cuando por fin se calma, me quita una hoja morada del pelo con un cuidado absurdo.
—Ya está —dice.
Y no me suelta la mirada un segundo más de lo debido.