El Padrino CAPÍTULO 7
22%

CAPÍTULO 7

El pacto

«Prometo ser tu cómplice, tu coartada y, si hace falta, tu chofer de huida. Pero prometo sobre todo ser quien te diga que dejaste la estufa prendida».

—Votos de Ana para Paco, boda en Guanajuato

Joaquín Beltrán llega puntual.

No lo digo con orgullo ni con alivio. Lo digo con la perplejidad de quien ve un cometa en pleno día.

Son las nueve en punto, el reloj de la pared del café Edén acaba de marcar la hora, y él cruza la puerta con una bolsa de papel en una mano, una chamarra demasiado grande y la cara de quien tiene ojeras y orgullo a partes iguales.

—No me digas nada —dice, sentándose.

—Iba a decir «buenos días».

—Ibas a decir que llegué a tiempo.

—Iba a pensarlo.

—Mi excusa es que no dormí. Si hubiera dormido, habría llegado a las nueve y veinte, como cualquier persona decente.

—¿Y por qué no dormiste?

—Porque alguien me dijo «déjame pensarlo» a las nueve y cuarto y yo me pasé la noche pensando lo que ella pensaba. —Deja la bolsa sobre la mesa—. Conchas. Dos de vainilla, una de chocolate. No supe cuál preferías.

—La de vainilla.

—Anotado.

Me sorprende que lo anote en la cabeza, y que lo haga en serio. Pido un americano. Don Chuy, el mesero que me conoce desde la época en que venía a escribir mi poemario de cien ejemplares, me lo trae con una ceja alzada y una mirada que podría interpretarse en cuatro idiomas.

—¿Ya se casan? —murmura, al dejar la taza.

—Es una reunión de trabajo, don Chuy.

—Aquí todos dicen eso.

Se va silbando. Joaquín se atraganta con el café.

*   *   *

Abro el cuaderno en una página limpia, escribo en la parte de arriba PACTO DE LA PALAbrA JUSTA y subrayo dos veces, porque cuando algo me asusta, lo formalizo.

—Esto va a necesitar términos —digo.

—Los términos me dan miedo.

—Por eso los necesitas.

—Ok. Dispara.

Escribo mientras hablo.

—Uno. Rodrigo es el cliente. No hacemos nada a sus espaldas que lo perjudique. Todo lo que yo escriba, él lo lee primero.

—De acuerdo.

—Dos. Tú me cuentas historias de Camila y de Rodrigo, las que tengas, las que recuerdes, las que no te hayan pedido. Yo hago las preguntas. Y todas, absolutamente todas, tienen que ser ciertas.

—Obvio.

—Tres. Si Rodrigo pregunta directamente qué estamos haciendo, no mentimos. Le decimos que estamos reuniendo material extra para el brindis.

—Que es verdad.

—Que es verdad.

—Cuatro —digo, y levanto la pluma—. Nadie decide por Rodrigo lo que siente. Si él descubre que no la ama, lo descubre él. Si descubre que sí, lo descubre él. Nosotros somos, no sé, el espejo. No el juez.

—Una linterna —corrige Joaquín.

—¿Qué?

—Un espejo refleja lo que ya hay. Una linterna alumbra lo que está en lugares donde él no ha mirado. Preferiría ser linterna.

Me quedo con la pluma en el aire. Es una frase demasiado buena para que la haya dicho un hombre con una concha de chocolate en la mano.

—Linterna —anoto, resignada.

—Mi turno.

—¿Tú también tienes cláusulas?

—Todo buen pacto tiene cláusulas de los dos lados.

—Se limpia las manos con una servilleta, despacio, con la solemnidad de quien va a firmar con sangre—.

Una. Si en algún momento descubrimos que Rodrigo no la ama, tú no escribes el brindis bonito de todas formas.

No lo adornas, no lo salvas con una metáfora, no le haces la trampa.

—Si eso pasa, hablamos.

—Eso no es sí.

—Es lo que hay. No pienso comprometerme a sabotear mi propio trabajo por una hipótesis.

—Una hipótesis con una tabla de Excel de doce razones.

—Una hipótesis con una tabla de Excel de doce razones —admito—. Pero hablamos.

Me mira un segundo. Luego asiente.

—Hablamos.

—¿Otra?

—Otra —dice, y por primera vez titubea—. Es… no es una cláusula. Es una petición.

—Dime.

Mira la mesa. Mira la bolsa de conchas. Mira cualquier cosa menos a mí.

—Tú no me preguntas por lo que pasó cuando tenía doce años, y yo no te pregunto por tu abuela.

La frase me deja sin aire.

No dice «por lo que pasó con tu abuela».

No dice «por lo que le pasó». Dice por tu abuela , así nada más, como quien señala una puerta cerrada y la deja cerrada.

Y entonces entiendo: anoche, en mi sala, vio la foto, escuchó mi «sabía», vio cómo volteaba la hoja.

No sé cuánto habrá deducido y no quiero saberlo.

Pero me está ofreciendo algo que casi nadie me ofrece: no pedirme nada a cambio de nada.

—Trato —digo.

—¿Seguro?

—Seguro. —Escribo, con la letra más pequeña que tengo: 5. Lo que está cerrado, se queda cerrado. —. ¿Algo más?

—Una última. —Ahora sí sonríe—. Cuando la cosa se ponga seria, no hago voces.

—¿La de pirata?

—Ni la de pirata, ni la del sargento, ni la del gallo que se cree águila.

—¿Tienes una voz de gallo?

—Tengo una voz de gallo bastante convincente.

Escribo: 6. Prohibidas las voces.

—Excepto en emergencias.

—No hay emergencias.

—Siempre hay emergencias.

Cierro el cuaderno. Le tiendo la mano por encima de la mesa y él la toma.

Es la misma mano tibia del jueves, con la misma mancha azul en el pulgar.

Solo que ahora se queda un segundo de más en la mía, y yo se lo permito un segundo de más, y cuando por fin nos soltamos, los dos fingimos que no ha pasado nada.

—Trato hecho —dice.

—Trato hecho.

Don Chuy, desde el fondo del salón, levanta el pulgar con una discreción de bocina.

*   *   *

La primera sesión del pacto empieza con una dificultad que no esperaba: Joaquín no sabe contar en presente.

—Camila fue a Valle de Bravo conmigo…

—Presente.

—Camila va…

—Camila hace. ¿Qué hace Camila?

—Cocina como quien arregla relojes.

—Eso ya lo dijiste el jueves.

—Porque es verdad.

—Pero es un verbo de hace cuatro días. Dame algo de esta semana. Algo que haya hecho, o haga, hoy.

Se queda callado. Hace girar el vaso. Vuelve a mirar el techo, como si ahí estuviera escrita la respuesta.

—Rodrigo llega tarde del trabajo casi siempre —dice, al fin, despacio—. Y Camila, cuando se acuesta antes, le deja la luz del pasillo prendida. Una lámpara chiquita, de esas de pared. Para que él no tropiece.

—Eso es… —Se me llena la voz de algo antes de que pueda terminar—. Eso es hermoso.

—Y él la apaga.

—¿Qué?

—Cuando llega, lo primero que hace es apagarla. Dice que es un gasto innecesario.

Nos miramos. Escribo, con una mano que me tiembla un poco: Luz del pasillo. Ella la deja prendida. Él la apaga.

Es un brindis entero. Es un brindis entero en cuatro palabras. Y es otra cosa que no sé nombrar, y que me hace sentir, de repente, que alguien me tocó la nuca con un dedo frío.

—Ese es el problema —dice Joaquín, y lo dice casi sin voz—. Que a veces no sé si es el amor mejor escrito del mundo… o el principio de un divorcio.

—Regla cuatro —le digo—. Linterna.

—Linterna.

—Seguimos.

Seguimos. Joaquín cuenta, yo pregunto, y la mesa del café se llena de verbos: deja, apaga, canta, guarda, se ríe, olvida, corrige .

Dos horas después, el cuaderno tiene seis páginas y por primera vez desde que empecé a trabajar para Rodrigo siento que el texto respira.

No sé si lo que respira es un matrimonio o un velorio, pero respira.

*   *   *

A las once y diez vibra mi celular. Un mensaje de Rodrigo, en el hilo del grupo, al que Joaquín no responde porque está a medio metro, mirándolo con la misma cara que yo.

Camila acepta reunirse. Cena con su familia este sábado, 8:30 p.m., en casa de sus papás, en Coyoacán. Les dije que eres amiga mía que escribe. Les encantará. Confirma por favor.

—Una cena de compromiso —lee Joaquín en voz alta, con una calma que no le creo—. Con toda la familia de Camila. Y con Rodrigo. Y conmigo. Y contigo.

—Una cena de compromiso. —Cierro los ojos—. Tengo una regla.

—La tres.

—La tres: no voy a la boda.

—Técnicamente —dice Joaquín, con una solemnidad de abogado—, una cena previa no es la boda.

—Técnicamente no.

—Técnicamente podrías ir.

—Técnicamente podría.

Abro los ojos. Joaquín me mira con una expresión tan inocente que sospecho que lleva toda la mañana esperando este momento. Le quito la última concha de vainilla de la bolsa, porque es mía y porque necesito hacer algo con las manos.

—¿Qué se pone una a una cena así? —pregunto.

—Algo con bolsillos —responde—. Para guardar las ganas de irse.

Escribo en el cuaderno, debajo de las seis cláusulas del pacto, una más, esta vez sin que me la dicte nadie:

7. Comprar un vestido. (Con bolsillos.)