CAPÍTULO 6
De costado
«Hoy mi mejor amigo se casa, y yo vengo con tres hojas de papel y ni un solo chiste que se pueda repetir delante de su abuela».
—Brindis del padrino, boda en Mérida
Hay un protocolo para abrir la puerta a deshoras en la Ciudad de México, y yo lo sigo completo: mirilla, cadena, voz de «no estoy sola».
—¿Quién es?
—Joaquín. —Su voz llega amortiguada por la madera—. Beltrán. El de la media torta.
—Son las nueve y cuarto.
—Lo sé. Perdón. Pasaba por aquí.
—Nadie pasa por aquí. Es un tercer piso sin elevador.
Pausa. Se oye el crujido de una chamarra al encogerse de hombros.
—Está bien. No pasaba por aquí. Vine a propósito. Pero la parte de que lo siento es cierta.
Quito la cadena. No sé por qué. Es el tipo de decisión que se toma con las manos antes de que la cabeza opine.
Abro apenas, y justo en ese momento la puerta de enfrente se entreabre y asoma doña Lupe, con bata de flores, rulos y el celular en la mano, como si el timbre hubiera sonado dentro de su sala.
—¿Todo bien, Valeria?
—Todo bien, doña Lupe. Es un colega.
—¿Colega de qué?
—De… palabras.
—Ah. —Mira a Joaquín de arriba abajo, con la minuciosidad de una aduana—. Pues que pase, no vaya a ser que lo vean.
La puerta de doña Lupe se cierra, pero no del todo. Siempre queda una rendija. Siempre.
—Pasa —digo, y es la primera vez en mucho tiempo que lo digo en esta casa con la puerta abierta.
* * *
Joaquín entra despacio, con las manos todavía en los bolsillos, y se queda quieto en medio de la sala.
Lo veo mirar las cosas como las miró Rodrigo ayer, pero con otra clase de atención: no la de un perito, sino la de alguien que escucha.
El sillón de cuadros. La máquina de coser Singer en la esquina, cubierta con un mantel.
El letrero de «La Palabra Justa» con su tipografía de funeraria de lujo.
—Qué letrero tan serio —dice.
—Fue idea de mi socia.
—Parece que vienes a contratar un ataúd.
—Eso mismo dije yo.
Se ríe, una risa corta, y luego se detiene frente a la foto enmarcada que cuelga junto a la ventana: Chela a los cincuenta, con un velo de novia echado sobre la cabeza como si fuera un chal, riéndose de algo que ocurrió fuera de cuadro.
—¿Tu abuela?
—Sí.
—Tiene cara de saber lo que hace.
—Sabía.
El pasado se me escapa sin avisar. Él no dice nada. No se vuelve, no baja la voz, no hace esa cara que hace la gente cuando oye un verbo en pretérito donde esperaba uno en presente. Solo asiente, una vez, mirando todavía la foto, y se aparta.
Sobre la mesa del comedor sigue la hoja de Chela, abierta, con sus tres renglones escritos. La volteo boca abajo con la rapidez de una tahúr.
—¿Interrumpí algo?
—Una lista.
—¿De compras?
—De… sí. De compras.
Me mira. No dice «mentirosa», aunque lo dice con toda la cara.
—¿Quieres café?
—Agua, si hay. A esta hora el café me mata y yo tengo una grabación a las ocho.
Le sirvo un vaso. Se sienta en la silla que usó Rodrigo ayer, la que da al balcón, y se bebe la mitad de golpe, como quien lleva horas con la boca seca de tanto ensayar algo.
—Voy a empezar por lo que ya sabes —dice—. Lo del jueves fue una grosería. Preguntarte cuánto cobras por inventar lo que siente la gente. Fui un patán.
—Sí.
—Gracias por no decir «no pasa nada».
—Es que sí pasó.
—Eso me pareció. —Hace girar el vaso entre las manos—. Pero no vine a disculparme. O sea, sí, vine a disculparme. Pero vine más a pedirte algo. Las dos cosas.
—Joaquín.
—Rodrigo no sabe que estoy aquí.
Lo dice rápido, como se arranca una curita.
—Le pedí tu dirección ayer, por si había que recoger papeles. Me la dio sin preguntar. Es la clase de hombre que no pregunta.
—¿Y qué quieres?
Tarda en responder. En el balcón se oye el motor de un coche que no termina de arrancar. Dos pisos más abajo, alguien le grita a alguien que apague la luz.
—Rodrigo es mi mejor amigo desde que tengo nueve años —empieza—.
Cuando tenía doce pasó algo en mi casa. —Se detiene un segundo, como quien pisa una tabla suelta—.
No importa qué. El caso es que Rodrigo fue el único que no preguntó nada.
Me llevó su lonchera durante un mes, todos los días, sin explicar por qué, y yo se la comí sin preguntar tampoco. Un mes. Con su jugo de manzana y todo.
—Qué niño tan decente.
—Todavía lo es. Ese es el problema. —Me mira—. Se va a casar con Camila, que es una mujer excelente, y no sé si es feliz.
—Eso no es…
—Lo sé. No es de tu incumbencia. Escúchame hasta el final y luego me echas.
Me callo.
—Se lo he preguntado siete veces. Siete.
Con tacto, sin tacto, borracho, sobrio, en el coche, en un Oxxo, en un velorio.
Y las siete veces me dijo «todo bien». ¿Sabes qué me dio la última vez?
—Se aclara la garganta—. Una tabla. De Excel.
Con doce razones para casarse con Camila.
Todas son verdad. Todas están bien redactadas. Con colores.
—Tiene tablas con colores.
—Tiene la mejor tabla del mundo. Y entre las doce razones no está «porque la amo».
El refrigerador zumba. Yo siento que algo me aprieta la nuca, la misma sensación de ayer en el café, cuando Rodrigo dijo «tranquilidad» y yo subrayé la palabra sin saber por qué.
—No es tu trabajo —continúo, despacio—, pero yo me dedico a hacerle preguntas a la gente.
Y eso es justo lo que a mí se me da fatal.
—Sonríe sin gracia—. Yo hago voces. Soy muy bueno en eso.
Cada vez que intento preguntarle algo en serio, me sale un chiste.
Es un reflejo. Si me da miedo la respuesta, hago una voz de pirata.
—¿Una voz de pirata?
—Tengo varias.
—Joaquín…
—Tú sabes sacar palabras de adentro de la gente. Yo solo sé ponerlas en la boca de otros. —Baja la vista—. Ayúdame a ayudarlo. A que escriba lo que siente, sea lo que sea. Si lo que siente es amor, que se case con el mejor discurso del mundo. Y si no…
—¿Y si no?
—Que lo sepa antes de que estén todos parados con una copa en la mano.
Hay un silencio largo. Es un silencio con sabor, de los que ya sé identificar: sabe a vaso de agua y a madera vieja y a confesión hecha de prisa.
Lo que digo es:
—No.
—Valeria…
—Rodrigo es mi cliente. Me contrató para escribir un brindis, no para investigar su matrimonio con el padrino.
—Me levanto, porque necesito hacer algo con el cuerpo—.
Hay una regla, Joaquín. Dos, en realidad.
No opino sobre el amor ajeno y no invento nada.
Si ahora voy y arrastro a un hombre a un diagnóstico que no pidió, a sus espaldas…
—No es a sus espaldas. Es… de costado.
—Eso es peor.
—Quizá.
—Mi trabajo es escribir el brindis, no cancelar la boda.
—Y el mío es ser su padrino, y no sé qué hacer. —Se pone de pie también—. No te pido que lo cancelen. Te pido que preguntes mejor. Y que cuando escribas el brindis, si no hay nada de verdad ahí dentro, no lo escribas bonito.
—Eso es pedirme que arruine mi trabajo.
—Es pedirte que lo hagas de verdad.
—Mi trabajo es de verdad.
—Tu trabajo —dice, y lo dice con suavidad, sin la menor intención de herir—, es la verdad más bonita. Tú misma lo dijiste.
Se me quedan las palabras trabadas en la boca. Es mi frase. Me la devuelve limpia, como quien regresa un paraguas prestado.
—Es tarde —alcanzo a decir.
—Sí.
—Déjame pensarlo.
—Es lo único que pido.
Se encamina a la puerta. Yo lo acompaño hasta el rellano, con la mano en el marco, porque de pronto siento que la casa es demasiado grande y demasiado silenciosa para quedarme sola con todo lo que me dijo. Antes de bajar, se detiene un segundo.
—Perdón por lo del mueble.
—¿Qué mueble?
—«Tú vendes el mueble como si fuera la casa.» Fue cruel.
—Fue exacto.
—También.
Sonríe, y esta vez es una sonrisa sin ninguna trampa dentro. Después baja las escaleras.
* * *
Cierro la puerta. Pongo la cadena. Miro por la mirilla, que es lo que se hace.
Joaquín baja un escalón, otro, y en el descanso del segundo piso se detiene con una mano en el pasamanos, igual que ayer, como si cada piso le pesara el doble de lo que pesa. Cuenta hasta no sé cuánto. Luego sigue.
Vuelvo al comedor. La hoja de Chela sigue boca abajo. La volteo. Tres renglones llenos y siete en blanco.
Tomo el celular, que descansa en la mesa, y escribo: No. Lo borro. Escribo: Lo pensé. Lo borro. Escribo, con una letra más rápida que mi decisión:
Mañana a las 9, café Edén. Sin Rodrigo.
Lo envío antes de pensarlo.
La respuesta llega en tres segundos.
Llevo el pan.
Dejo el celular sobre la mesa, boca arriba, y me quedo mirando la hoja del refrigerador desde aquí, con sus tres reglas y su cuarta, con asterisco y todo.
Es por motivos de trabajo, me digo.
Regla cuatro, asterisco.