CAPÍTULO 5
El dedal de Chela
«Mi abuelo nunca dijo "te quiero". Decía "¿ya comiste?", y era lo mismo».
—Brindis de nieto, boda en Tlaxcala
A las tres y doce de la madrugada me despierto en el sillón con una hoja pegada a la mejilla.
Es la hoja de las diez cosas de Chela. Tiene un renglón escrito y nueve en blanco, y además la marca de mi baba, lo cual no figura en ningún manual de escritura creativa.
La casa de noche suena distinto. El refrigerador parece más grande.
El grifo del baño gotea cada cuatro segundos, a un ritmo que me sé de memoria y que mi abuela llamaba «el metrónomo del pobre».
La puerta de su cuarto, al fondo del pasillo, sigue cerrada.
No con llave: solo cerrada, con ese cerrar de las puertas en las que uno prefiere no pensar.
Me levanto, voy a la cocina sin prender la luz y encuentro sobre la barra la bolsa de papel de Joaquín. Saco un pedazo de pan de muerto. Huele a azahar. Me lo como de pie, en silencio, de espaldas al pasillo, como se roban las cosas en una casa donde hay un fantasma que nunca se enoja.
Está buenísimo. Eso es lo peor.
Mi abuela, Graciela Montoya, Chela para el mundo, fue costurera de novias durante cuarenta y dos años.
Vistió a medio barrio: a las hijas de las vecinas, a las nietas de las hijas, a una actriz de telenovela que le pagó con un autógrafo que todavía debe de andar en algún cajón.
Trabajaba en esta mesa, la misma donde yo escribo ahora, con el alfiletero atado a la muñeca y la boca llena de alfileres, hablando sin que se le cayera ninguno, que era su truco de feria preferido.
Cuando yo tenía doce años y ya vivía con ella, hacía mi tarea en la otra punta de la mesa mientras ella bordaba un velo. Una tarde me quejé de que no sabía cómo terminar una composición sobre mi mejor amiga.
—Mija —dijo, sin sacarse los alfileres—, una palabra bien puesta vale más que un metro de encaje. Pero hay que ponerla cuando importa. Di lo justo, cuando importa.
—¿Y cómo sé cuándo importa?
—Cuando te dan ganas de callarte.
Es la única definición de «importar» que conozco. Cuando fundé la agencia no hubo debate sobre el nombre.
Hay una parte de esa memoria, la que viene después, que no abro. Tiene fecha, tiene lugar, tiene una hoja de papel con tres renglones escritos a mano. La conozco como se conoce un escalón roto en una escalera: sin mirarlo, para no pisarlo.
Termino el pan. Me limpio las migas de la sudadera. Vuelvo al sillón con el renglón y los nueve espacios en blanco, y no duermo más.
* * *
Pepa llega a las siete y media, que es la hora en que llegan los repartidores y las malas noticias. Me encuentra en la mesa del comedor, ya bañada pero con la sudadera de ayer, frente a las cuatro hojas de anécdotas en pretérito.
—Dime que dormiste.
—Dormí.
—Dime la verdad.
—Dormí… un poco. En el sillón.
—Con baba. —Señala mi mejilla, donde todavía se ve la marca del papel, y deja sobre la mesa una bolsa de tamales de rajas—. Desayuna.
Comemos. A las ocho me suelta, con la boca llena:
—Hijo de Ignacio. Mensaje de esta mañana. Textual: «Mi papá lloró, yo lloré, el padrino lloró y hasta el DJ lloró». Quiere recomendarte con su suegra, que tiene tres hijas solteras y una calculadora.
—Qué bien.
—Qué bien, dices, como si dijeras «qué horror». —Se limpia los dedos—. Vale. Suéltalo.
—¿Qué cosa?
—Lo que te traes desde ayer.
Podría decirle que nada. Es lo que le digo siempre. Pero el cuaderno está abierto sobre las cuatro hojas y sobre la hoja de Chela, que sin darme cuenta cubrí con la palma.
—Rodrigo me preguntó cómo sé cuándo un discurso es verdad.
—Cuando alguien en el fondo se suena la nariz.
—Eso le dije. Y me contestó que esa es una respuesta de mi oficio. Que cuál era la mía.
—¿Y cuál es?
—No hay otra.
Pepa no dice nada. Me mira. Tiene una forma de esperar que ningún cliente aguanta más de nueve segundos; yo aguanto cuatro.
—No hay otra —repito—. Es un truco que funciona.
—Ya sé que funciona.
—Entonces.
—Entonces nada. —Se encoge de hombros, pero no aparta los ojos—. Solo digo que alguien que escribe para vivir lo que sienten los demás debería tener, qué sé yo, una versión para uso doméstico.
—Pepa.
—Ya, ya. Regla dos. Pero esa es para los clientes, no para ti.
Se levanta, recoge las servilletas, se instala en su escritorio improvisado de la sala, y yo me quedo con los tamales, mirando la hoja que sigue tapada por mi mano.
* * *
Paso la mañana tratando de construir el esqueleto del brindis de Rodrigo. Es mi método de siempre: una columna con las anécdotas, otra con la emoción que cada una puede cargar, una flecha de la primera a la última para trazar el arco. Normalmente, a la segunda hora ya tengo el final.
Hoy llevo cuatro horas y no tengo ni el principio.
Releo las cuatro hojas. Y entonces lo veo, como se ve una mancha en la pared cuando por fin cambia la luz: no hay un solo verbo en presente.
Fue a Valle de Bravo. Se descompuso el coche. Pidió el pozole sin cebolla. Dijo que le gustaban los domingos. Rodrigo y Joaquín me han contado diez años de Camila y Rodrigo sin una sola frase que empiece con «es» o «hace» o «está». Todo ocurrió. Nada ocurre.
Subrayo los verbos con rojo. La hoja entera queda roja, como un examen corregido por una maestra rencorosa.
Regla dos, Valeria , me digo. No opinas.
Pero tampoco hace falta opinar para saber cuándo un texto no respira.
Tomo el celular y le escribo a Rodrigo: ¿Podemos hablar con Camila? Solo para escucharla unos minutos. Puede ser informal. Lo envío, lo dejo sobre la mesa y esta vez lo dejo boca arriba, con la dignidad de quien no tiene nada que ocultar.
Contesta a las dos de la tarde: Lo consulto con ella. Gracias por la sugerencia. Siempre educado, siempre preciso, siempre «gracias por la sugerencia», como si yo le hubiera propuesto cambiar el color de las servilletas.
* * *
El departamento vuelve a quedarse sin ruido. Pepa se va a las siete y me deja una nota en el refrigerador: Cena algo que no sea pan de muerto. Debajo, un dibujo de un corazón muy feo. Se lo perdono.
A las nueve estoy sola, con la hoja de Chela delante y el cajón de la mesa abierto. No sé por qué lo abrí. O sí lo sé: porque sé que ahí está el dedal.
Es un dedal de plata, pequeño, gastado por dentro, con el borde abollado por cuarenta años de agujas. Lo pongo en la palma. Pesa muy poco. Pesa, de pronto, muchísimo.
Y de la mano a la pluma, sin pensarlo, me sale:
2. Hablaba con la boca llena de alfileres y nunca se le cayó ninguno.
Respiro. Escribo otra.
3. Cada vez que alguien se probaba un vestido, decía «uy, qué mujer» antes de decir cualquier otra cosa.
Me río. No lo esperaba. Me río sola, en voz alta, en una casa donde hace dos años casi nadie se ríe, y el sonido me asusta un poco, como cuando se enciende una luz en un cuarto que creías vacío.
Tres de diez.
Voy a escribir la cuarta cuando suena el timbre.
Nadie toca a esta hora. Pepa tiene llave, mis tíos no vienen sin avisar y los vecinos prefieren gritar por la ventana. Me quedo con la pluma en el aire, mirando la puerta.
Vuelve a sonar. Dos toques cortos, educados, de los que piden perdón por existir.
Me acerco, pongo la mano en el picaporte y miro por la mirilla.
Al otro lado, con los audífonos colgados del cuello y las manos metidas en los bolsillos de una chamarra que le queda grande, está Joaquín Beltrán.
Solo.