CAPÍTULO 4
Diez cosas
—Brindis de aniversario para Héctor y Marisol, Puebla
Redacto el «plan de trabajo» a las seis de la mañana y lo reescribo once veces.
La primera versión empieza con «Estimados».
La segunda, con «Hola, Rodrigo». La tercera tiene tres párrafos y un chiste sobre el pozole que borro enseguida.
Para la undécima he quedado en esto: dos sesiones por semana durante tres semanas, una entrevista con él y, si es posible, otra con la novia, un borrador a los veintiún días, ajustes en la cuarta semana. Y una tarea.
Siempre dejo una tarea. Es mi truco más viejo: la gente que no sabe qué decir se pone nerviosa cuando le piden que hable, pero se relaja cuando le piden que escriba una lista. Las listas no se sienten como confesiones. Parecen formularios.
Tarea para el martes: diez cosas que Camila hace y nadie más hace. No tienen que ser bonitas. Tienen que ser ciertas.
Le doy enviar a las siete y cuarto y la respuesta llega en cuatro segundos.
Recibido. Confirmo sesión del martes a las 18:00 en su domicilio profesional. Adjunto mi disponibilidad de las próximas tres semanas en formato de tabla.
Hay una tabla. Tiene colores.
Un minuto después, en el mismo hilo, aparece un tercer participante: Rodrigo añadió a Joaquín Beltrán. Y debajo, sin que nadie lo pida, un audio de once segundos.
No lo abro. Dejo el celular boca abajo sobre la mesa del comedor con la dignidad de quien deja una tarántula bajo un vaso.
A las ocho llega Pepa y lo primero que hace es mirarme, luego al celular, luego otra vez a mí.
—Tienes cara de que alguien te mandó un audio.
—No sé de qué hablas.
—Valeria, el celular está boca abajo. Tú nunca pones el celular boca abajo. Lo pones boca arriba por si algún cliente nuevo tiene una emergencia sentimental.
Antes de que pueda detenerla, lo voltea, pulsa el audio y lo pone en altavoz.
— Buenas, Valeria —dice la voz del doctor, llenando mi comedor como el humo de un incienso—. Confirmo asistencia. Prometo no hacer preguntas incómodas. Bueno: prometo hacer menos.
Silencio. Pepa deja el celular sobre la mesa muy despacio.
—Ay —dice.
—Ni una palabra.
—Es esa voz.
—Dije ni una palabra.
—Es la voz de los jueves. —Ahora habla bajito, sin burla. Pepa llegó una vez, un jueves de aquellos, con pan de elote, y se quedó a la mitad de un capítulo mientras mi abuela insultaba al doctor, y fue la única de mis amigas a la que Chela le pidió que volviera—. Vale…
—Es una coincidencia.
—¿Quieres que cancele?
—Es mi trabajo. —Tomo mi café, que se enfrió hace media hora—. Es un cliente. O el amigo de un cliente, que es casi lo mismo.
Pepa me mira un segundo más, de esa manera suya que me desarma, y luego asiente y abre su carpeta de facturas.
—Casi —repite—. Bueno.
* * *
El martes amanece nublado y me pasa lo que me pasa con todos los clientes nuevos: ordeno la casa como si me visitara el Papa.
Quito el polvo de los libros, acomodo los cojines, abro el balcón para que entre el olor a tierra mojada.
Saco el juego de café bueno, el de las tazas de talavera que Chela solo usaba para el cura y para el notario.
Rodrigo llega a las seis en punto, con portafolio.
—Buenas tardes. —Observa el departamento con interés técnico, como un perito de seguros—. Es un lugar muy cálido.
—Era de mi abuela.
—Se nota.
No sé qué quiere decir exactamente con eso, pero me gusta cómo lo dice.
Joaquín llega a las seis y veinte, sin portafolio, con el pelo todavía más rebelde que el jueves y una bolsa de papel manchada de grasa.
—Perdón. Me atoré en un tráfico que no existe.
—Dices lo mismo cada vez.
—Porque es verdad cada vez. —Me tiende la bolsa—. Pan de muerto. Ya lo sacaron.
—Es 13 de octubre.
—Es temporada.
Tomo la bolsa y su olor me golpea por sorpresa: azahar, mantequilla, azúcar.
Es el olor de los últimos días de octubre en esta casa, de la cocina de Chela con las ventanas empañadas, de la ofrenda que armábamos cada año sobre la mesa del recibidor con la foto de mi abuelo y las flores de cempasúchil.
Hace dos años que no armo ofrenda. Dejo el pan en la cocina, sobre la barra, lejos del comedor, y regreso con la sonrisa impecable de una anfitriona.
—Gracias. Qué amable.
—Dices «amable» como si dijeras «sospechoso».
—Dije lo que dije.
Rodrigo nos mira con las manos sobre el portafolio y, por primera vez, aparece en su cara algo parecido a la diversión.
—Perdón que interrumpa. ¿Empezamos?
—Empecemos. —Me siento frente a ellos—. Rodrigo, ¿trajiste la tarea?
—Sí.
Abre el portafolio con la solemnidad de quien extrae un documento notarial y desliza hacia mí una hoja tamaño carta, impresa. Arriba, en Times New Roman de catorce puntos, centrado: 10 cosas que hace Camila y que nadie más hace.
Debajo hay diez líneas numeradas.
La primera dice: 1. Deja las llaves en el frutero.
Las otras nueve están en blanco.
Silencio. Joaquín, que se había inclinado para leer, se echa hacia atrás con cuidado, como quien se aparta de una bomba sin querer despertarla.
—Faltaron nueve —dice.
—Lo intenté —responde Rodrigo.
Ahí está otra vez. Intenté.
—¿Qué pasó? —pregunto, con la voz más suave que tengo.
Rodrigo suspira. Es un suspiro corto y ordenado, de los que se pueden archivar.
—Cada cosa que se me ocurría, también la hacen otras personas. Camila canta en la regadera. Mucha gente canta en la regadera. Camila ve las películas dos veces. Mucha gente ve las películas dos veces. Y me di cuenta de que no… de que no tengo nada que sea solo de ella.
—No tiene que ser única en el mundo —le digo—. Tiene que ser única para ti.
—Eso es subjetivo.
—Todo en el amor es subjetivo.
—Por eso me cuesta.
Lo dice sin dramatismo, como quien reconoce que un puente tiene un problema de cálculo. A mi lado, el aire se vuelve raro. Joaquín ha dejado de bromear. Mira a Rodrigo con una expresión que no sé interpretar: no es lástima, no es impaciencia; es algo más callado, casi cuidadoso.
—Rodri —dice—, yo puedo hacer la lista. Tengo diez cosas de Camila antes de que sirvan el café.
—No es tu lista.
—Lo sé.
—Entonces no sirve.
Y ahí se acaba el tema, con la delicadeza con que se cierra una puerta que se podría haber dejado abierta.
Seguimos con la sesión una hora más. Hago preguntas, Rodrigo responde con datos, Joaquín completa con recuerdos.
Llenamos cuatro hojas de mi cuaderno con anécdotas muy correctas: el primer viaje a Valle de Bravo, el día de la mudanza, la vez que se descompuso el coche en Tepoztlán.
Todo bien. Todo bonito. Todo, no sé cómo explicarlo, en pretérito.
Cuando por fin se levantan, Rodrigo se detiene en la puerta con el portafolio bajo el brazo y me hace la única pregunta que no esperaba.
—Valeria. ¿Tú alguna vez has tenido que escribir un discurso para algo que no sabías si querías decir?
—Todos los días.
—¿Y cómo sabes cuándo es verdad?
Tengo una respuesta preparada, porque llevo seis años dándola en entrevistas, cenas y bodas ajenas.
—Cuando alguien en el fondo de la sala se suena la nariz.
Rodrigo asiente.
—Esa es una respuesta de tu oficio —dice—. ¿Y de ti?
No contesto. Detrás de él, en el rellano, Joaquín se detiene con una mano en el pasamanos. No dice nada. Pero me mira, y su mirada es tan clara que casi puedo oírla: te lo dije, y no me alegro.
* * *
Se van los dos y la casa recupera su ruido de siempre: el refrigerador, el goteo del grifo del baño, un coche que frena en la calle.
Recojo las tazas de talavera, el plato donde alguien dejó medio pan de muerto sin tocar, el cuaderno con sus cuatro hojas de recuerdos en pretérito.
La hoja de Rodrigo quedó sobre la mesa. La tomo.
Una línea llena. Nueve vacías.
Me siento. Saco una hoja limpia de mi cuaderno y, sin pensarlo demasiado, escribo arriba: 10 cosas que hacía Chela y que nadie más hacía.
Numero las líneas del 1 al 10.
En la primera escribo: Regaba los helechos con el agua de los frijoles.
La miro un buen rato. Es una línea hermosa, exacta. Podría ir en un brindis.
Dejo la pluma sobre la mesa.
Pasan diez minutos. Pasan veinte. La luz del balcón cambia de gris a azul y, en el piso de abajo, alguien prende la televisión.
Las otras nueve siguen en blanco.