CAPÍTULO 3
Regla número uno
«Prometo no corregirte cuando cuentes nuestra historia con los años equivocados, porque en tu versión siempre nos conocimos antes».
—Votos para Elena y Marcos, boda en Valle de Bravo
Hay preguntas que se contestan y preguntas que se reciben como una bofetada con guante de seda. La de Joaquín Beltrán pertenece a la segunda categoría.
—Perdón —digo, con la voz más serena que tengo—. ¿Cómo dices?
—Que cuánto cobras por inventarle a la gente lo que siente. —Lo repite sin elevar el tono, sin una pizca de sarcasmo, con la curiosidad educada de quien pregunta cuánto cuesta un kilo de limones—. Es una duda profesional.
—No invento nada.
—Ajá.
—Es la primera regla de mi oficio. Todo lo que escribo me lo cuentan.
—¿Y cuando no te cuentan nada?
—Entonces pregunto más.
—¿Y cuando preguntas más y la respuesta es una mentira que la persona cree verdad?
Abro la boca. La cierro. En seis años nadie me había hecho esa pregunta, y es justo la clase de pregunta que uno no se hace a sí mismo porque la respuesta no cabe en un letrero con tipografía elegante.
—Un brindis no es un testimonio ante un juez —digo por fin—. Es un regalo. Nadie va a una boda a escuchar la verdad completa. Quiere escuchar la verdad más bonita.
—Ahí está el problema.
—¿Cuál?
—La verdad más bonita. —Da otro sorbo a su café—. Siempre me ha dado desconfianza. Es esa versión de las cosas en la que todos salen bien parados y nadie dice lo que de veras pasó.
—¿Y tú qué prefieres? ¿Que el padrino se pare con la copa en alto y diga: «Camila es puntual y deja las llaves en el frutero»?
—Prefiero que diga lo que siente o que se calle.
—Eso suena muy noble para alguien que se gana la vida diciendo lo que escribieron otros.
Lo he dicho antes de pensarlo. Lo noto en cómo se aprieta algo en su mandíbula, apenas un instante. Pero no se enoja. Lo que hace es sonreír, y no es la sonrisa de hace un rato, la torcida y divertida, sino otra más pequeña, casi cansada.
—Touché —dice.
—No era un ataque.
—Claro que lo era. Y estuvo bien dado. —Deja el vaso sobre la mesa, con cuidado—. Pero hay una diferencia. Yo nunca he fingido que las palabras son mías. Cuando doblo a un actor, el que habla es él. Yo soy el mueble. Tú, en cambio…
—Yo qué.
—Tú vendes el mueble como si fuera la casa.
Me arden las orejas. No por la frase, que es injusta, sino por lo cerca que pasa de algo que no pienso mirar de frente.
—Mira —le digo, bajando la voz—. No sé qué te hicieron las palabras bonitas, pero no me corresponde pagarlo a mí.
Se queda quieto. Es lo único que lo delata: durante medio segundo, el hombre de los chistes y los sándwiches huérfanos desaparece, y en su lugar hay otro que mira por la ventana como si hubiera visto algo conocido pasar por la banqueta. Luego vuelve, igual de rápido.
—Eso no vino al caso —dice—. Perdón.
—No importa.
—Sí importa. Pero es una historia larga y Rodrigo está a punto de volver.
—Entonces dime lo importante.
—Lo importante —contesta, y por fin cualquier rastro de broma se va de su cara— es que Rodrigo es la persona más honesta que conozco.
Si le entregas un texto hermoso que no escribió él, lo va a leer perfecto, con su voz de lector de noticias, y no va a significar nada.
Y todos los invitados se van a dar cuenta.
—Por eso estoy aquí. Para que signifique.
—¿Y si no hay nada que significar?
La frase queda flotando entre los dos, con el vapor del café y el olor a pan.
Quiero decirle que no tiene derecho a decir eso.
Que un hombre no contrata a una escritora de discursos para su boda con una mujer «de principios» si no hay nada que significar.
Que no me toca opinar sobre el amor ajeno, solo traducirlo, y que esa es la regla dos y también la regla de que yo, Valeria Montoya, puedo dormir por las noches.
Lo que digo es:
—Tú sí que tienes una forma de ayudar al amigo.
—Mi gran talento.
—¿Y cuál fue la última vez que usaste tu voz, la tuya, para algo que no fuera trabajo?
Esta vez sí le pego. Lo veo en cómo parpadea.
—Esta mañana —responde después de un segundo—. Le dije a un taxista que se pasó la ruta.
—Eso fue una queja, no una confesión.
—Para mí, es lo mismo.
Es una buena evasiva, pero es una evasiva, y yo he escuchado demasiadas en seis años como para no reconocerla. La anoto mentalmente en el mismo cajón donde guardo todo lo que nadie me ha contado todavía.
La puerta del café se abre y entra Rodrigo, con el celular guardado y la cara de quien ha terminado de sumar una cifra que no le gusta.
—Perdón por la demora. Ya está. —Se sienta, nos mira a uno y a otro y frunce un poco el ceño—. ¿De qué hablaban?
—Del clima —digo.
—De tarifas —dice Joaquín, en el mismo instante.
Rodrigo nos mira con la paciencia de quien ha presenciado esta clase de descoordinación otras veces.
—Parece que se llevan bien.
—No —decimos los dos, al unísono.
—Me alegro —responde, con una sinceridad tan tranquila que nos deja sin respuesta.
Pagamos. Rodrigo insiste en invitar el té, el café y mi concha, y no hay manera de convencerlo de lo contrario; es una de esas personas que prefieren perder una discusión antes que dejar una cuenta incompleta.
Quedo en escribirles por mensaje al día siguiente con «el plan de trabajo», una expresión que uso cuando todavía no tengo ninguno.
Nos damos la mano en la puerta. Rodrigo se va por Durango con paso regular, calculado. Joaquín tarda un segundo más.
—Fue un gusto, Valeria Montoya —dice.
—Lo dudo.
—Yo también. Pero se dice.
Se pone los audífonos en el cuello, mete las manos en los bolsillos y se aleja en la dirección contraria, silbando algo que reconozco y no quiero reconocer.
* * *
Camino hasta casa. Son seis cuadras y debería tardar diez minutos, pero hoy tardo veinticinco, porque me detengo en cada esquina a discutir con alguien que no está.
Llamo a Pepa antes de subir las escaleras.
—¿Y? —contesta, sin saludar.
—Insoportable.
—¿Quién? ¿El novio?
—El novio es un buen hombre, aburridísimo y con cero palabras.
El amigo. Es insoportable. Llega tarde, se come un sándwich en pleno trabajo, se cree muy listo, tiene una camisa que parece que la planchó un perro, sabe de doblaje, dice cosas con una voz que…
—Me callo. Subo un escalón—. Y una cicatriz en la ceja. Una cicatriz, Pepa. Como de película.
—Valeria.
—¿Qué?
—Me dijiste «insoportable» hace dos minutos y llevas uno y medio describiéndome una camisa.
—Es una camisa muy fea.
—Y una cicatriz.
—Es una cicatriz fea.
—Ajá. —Oigo cómo sonríe, aunque estemos en dos calles distintas—. Descansa, Vale. Mañana seguimos con el inventario de lo que te cae mal.
Cuelga.
Ya en el departamento, sin encender más luz que la de la cocina, me quedo de pie frente al refrigerador, con la hoja de las reglas delante. No invento nada. No opino sobre el amor ajeno. No voy a la boda.
Abro la laptop. Escribo su nombre en el buscador. No sé por qué. Sí sé por qué.
Aparece una entrevista de una revista, un par de fotos de eventos en los que nunca sale de frente y un video de un minuto, «Los mejores momentos del doctor». Le doy clic antes de pensarlo.
Ocho segundos. No resisto más de ocho.
— Si quieres que te mienta, busca un político. Yo solo sé curar.
La misma voz, la de siempre. Y detrás, como una película proyectada contra un muro, aparece el sillón de Chela, la cobija a cuadros, el arroz con leche en el plato de cerámica con flores azules, y mi abuela moviendo los labios un segundo antes que el actor, con los ojos cerrados de puro placer, la frase entera, la voz entera, el gruñido entero.
Qué hombre tan grosero, Dios mío.
Cierro la laptop con la palma abierta, como quien apaga una vela.
No lloro. No lloro desde hace dos años, y no voy a empezar porque a un desconocido con camisa arrugada se le haya ocurrido pedir un sándwich.
Me sirvo un vaso de agua. Me lo tomo de pie. Regreso a la hoja del refrigerador, tomo la pluma que cuelga de un cordón y, en el margen, debajo de la tercera regla, con una letra pequeña y firme, escribo:
4. No volver a pensar en cómo suena.
La miro un momento.
Después le pongo un asterisco, porque conozco mis límites, y al lado, en letra todavía más chica:
(Salvo por motivos de trabajo.)