CAPÍTULO 2
El que habla por él
«Dicen que a los hermanos no se les elige. Pero a ti te elegí a los nueve años, en un recreo, a cambio de la mitad de un sándwich de frijol. Fue el mejor trato de mi vida y todavía me debes el pan».
—Brindis para Gerardo, de su mejor amigo, boda en Querétaro
Llego al café Edén veinte minutos antes porque llegar antes es la única forma que conozco de controlar algo.
Ocupa la planta baja de una casona de la Roma Norte, con techos altos, azulejos que no combinan y un olor permanente a pan recién horneado y madera vieja.
Mi mesa es la de la esquina, junto a la ventana, la que recibe la luz de la tarde.
La luz de la tarde le favorece a todo el mundo, incluidos los que van a llorar.
Lo descubrí con el tercer cliente: la gente se abre más cuando sabe que se ve bien mientras habla.
Pido un americano y una concha, abro mi cuaderno de tapa de tela y escribo en la primera página la fecha y el nombre del cliente, como siempre.
Luego juego a lo de siempre: adivinar quién de los que entran va a ser mío.
La pareja de veinteañeros que se pelean con la mirada: no, esos van a cortar antes de diciembre.
El señor con el ramo de flores: no, ese ya pidió perdón.
La muchacha que revisa el celular cada diez segundos: esa espera a alguien que no va a llegar.
A las cinco en punto, cuando el reloj de la pared marca la hora y ni un minuto después, entra Rodrigo Salcedo.
Lo sé por la puntualidad y lo sé por todo lo demás.
Treinta y tantos años, traje gris sin corbata, camisa tan bien planchada que parece haberse rendido ante la plancha.
Zapatos limpios. Reloj discreto. Se detiene en la puerta, recorre el salón con la mirada como quien cuenta mesas y viene derecho a la mía, sin dudar, como si hubiera calculado el trayecto.
—¿Valeria?
—Rodrigo. —Me levanto y nos damos la mano. La suya es firme y seca—. ¿Cómo supiste que era yo?
—Es la única mesa con cuaderno.
—Te dije que sería fácil.
Sonríe un poco. Una sonrisa agradable, cuidadosa, de las que se ensayan sin querer.
Se sienta, pide un té negro sin leche y me avisa de que su amigo viene en camino. «Siempre llega tarde», dice, con la resignación de quien describe el clima.
—Antes de empezar —le digo, abriendo el cuaderno—, cuéntame de ti. ¿A qué te dedicas?
—Soy actuario. En una aseguradora.
—¿Y eso qué es, exactamente?
—Calculo la probabilidad de que las cosas salgan mal.
—Qué oficio tan romántico.
—No lo es —responde, en serio, y yo tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Las primeras preguntas son siempre un calentamiento. Me gusta empezar por lo que no duele. Le pregunto por Camila: a qué se dedica, cómo es su casa, qué desayuna. Responde con la economía de quien rellena un formulario. Camila es odontopediatra. Trabaja con niños. Desayuna avena.
—Dice que los niños son los únicos pacientes que no mienten sobre si se lavan los dientes —añade.
Levanto la vista.
—Eso sirve.
—¿Sirve?
—Todo sirve. Eso es lo que no ves, Rodrigo: las cosas pequeñas. Dime algo que ella haga y que nadie más haga.
Piensa. Veo que de verdad piensa, con las manos cruzadas sobre la mesa, como si buscara una cifra en la memoria.
—Deja las llaves en el frutero.
—¿En el frutero?
—Siempre. Aunque no haya fruta.
Lo anoto: llaves/frutero . Es un buen detalle, de esos que en el brindis hacen que alguien al fondo diga «ay» en voz baja.
—¿Y qué sientes cuando la ves llegar a casa?
Otra vez piensa. Esta vez tarda más.
—Tranquilidad.
Escribo la palabra. La subrayo. Frunzo un poco el ceño, aunque no sé por qué, porque tranquilidad es una palabra perfectamente respetable. Mi abuela decía que el amor verdadero era una casa con la luz prendida. Pero Chela también decía que había casas que se prenden por costumbre.
Lo que pasa a continuación pasa sin aviso.
Detrás de mí, en la barra, alguien dice:
—Perdón, perdón, perdón. Sé que cerró la cocina, pero ¿no habrá por ahí un sándwich huérfano que necesite hogar?
Mi pluma se detiene.
Es una voz de las que se oyen con el cuerpo: grave, cálida, con un fondo de arena, como un chocolate caliente que hubiera aprendido a hablar. Y yo la conozco. La conozco muy bien.
Durante los últimos dos años de su vida, Chela y yo vimos juntas una serie los jueves por la noche, con una cobija sobre las rodillas y el plato de arroz con leche que ella insistía en servir aunque yo ya no tenía edad.
Era una serie sobre un doctor insoportable que le gritaba a todo el mundo y que, al final de cada capítulo, hacía algo bondadoso a escondidas.
Mi abuela lo insultaba sin descanso («¡Qué hombre tan grosero, Dios mío!
») y no se perdía un solo episodio. Aprendió a imitarlo.
Se sabía de memoria sus frases más crueles y las decía antes que él, con esa voz.
La misma voz que acaba de pedir un sándwich huérfano.
—¿Estás bien? —pregunta Rodrigo.
—Sí. Perdón. Me distraje.
Trago. Cuento hasta tres. No me doy la vuelta porque sé que, si me doy la vuelta y esa cara no coincide, o peor, si coincide, voy a necesitar un minuto que no tengo. Rodrigo se levanta a medias, levanta una mano y dice, con una cordialidad nueva, casi cálida:
—Joaquín. Aquí.
Entonces me volteo.
No tiene la cara que yo le había inventado, que era una especie de escultura griega con ojeras.
Tiene treinta y cuatro años, el pelo oscuro y rizado que pide un corte desde hace meses, una cicatriz pequeña en la ceja izquierda, una camisa de lino tan arrugada que parece que durmió en el avión.
Unos audífonos enormes cuelgan de su cuello.
En la mano izquierda lleva una media torta sospechosamente completa y en la derecha, un café.
—Perdón por el retraso —dice, dejándose caer en la silla que queda libre, sin esperar a que nadie se la ofrezca—.
Un señor de Los Ángeles decidió que su villano necesitaba una risa «más conmovedora», y me tuvo cuarenta minutos riéndome dentro de una cabina.
Ya no sé reírme. Si me hacen un chiste, solo me sale la risa de un hombre malvado que perdió a su perro.
Me mira. Yo lo miro. Algo en mi cara debe de decir demasiado, porque él inclina la cabeza, apenas, como si buscara en mi gesto una pista.
—Joaquín Beltrán —dice Rodrigo—, mi mejor amigo, mi padrino de boda y mi mayor fuente de problemas de puntualidad.
—Valeria Montoya.
—Ya lo sé. Eres la de la mesa con cuaderno. —Me tiende la mano. La tiene tibia, con una mancha de tinta azul en el pulgar. No lo suelto de inmediato, y él tampoco—. ¿A qué te dedicas, además de impresionar a Rodrigo con tu logística?
—Escribo lo que la gente quiere decir y no sabe.
—Qué conveniente.
—¿Perdón?
—Nada, nada. —Sonríe, y es una sonrisa torcida, como de quien guarda una carta bajo la manga—. Yo hago doblaje. Presto la voz a gente que tiene cara pero no tiene acento. Así que digamos que los dos nos ganamos la vida diciendo cosas que otros sienten.
—Con una diferencia —digo—. Yo no uso la voz de nadie.
—Tú usas una peor. La de lo que ellos dirían si fueran más listos.
Rodrigo se aclara la garganta con la delicadeza de un árbitro.
—Pues bien. Valeria me estaba preguntando por Camila. Yo le contaba que Camila y yo…
—…se conocieron en una cena de la facultad —interrumpe Joaquín, sin quitarme los ojos de encima— y ella pidió el pozole sin cebolla y tú te pasaste la noche pensando que era una mujer de principios.
Se hace un silencio breve.
—Eso no lo había pensado —dice Rodrigo.
—Claro que lo pensaste. Me lo dijiste en 2017, a las dos de la mañana, afuera de un Oxxo.
Rodrigo se queda quieto. Luego asiente despacio, como si Joaquín le hubiera devuelto una cartera que él mismo había perdido.
Yo escribo: «una mujer de principios» . Debajo, con la letra torcida de quien anota algo importante sin querer reconocerlo: ¿Quién habla aquí? ¿Y por quién?
Durante los siguientes veinte minutos pasa tres veces lo mismo.
Le pregunto algo a Rodrigo, Rodrigo duda, Joaquín responde.
Y cada respuesta de Joaquín es mejor que cualquier cosa que Rodrigo haya dicho en toda la tarde: más precisa, más tierna, con ese oído para los detalles que yo tardé años en aprender.
Cuando Rodrigo menciona que a Camila le gustan los domingos, Joaquín añade que le gustan «porque son el único día en que nadie le pide que sea puntual con nada».
Cuando Rodrigo dice que ella cocina bien, Joaquín explica que cocina «como quien arregla relojes: despacio, con la lengua entre los dientes».
Es un retrato magnífico.
Es un retrato magnífico de una mujer que, curiosamente, no parece estar en la mesa.
A las cinco y cuarenta, el celular de Rodrigo vibra. Mira la pantalla, se disculpa («una inundación en Tabasco; mi jefe necesita una cifra») y sale a la calle con el teléfono pegado a la oreja, caminando de un lado a otro de la banqueta con la solemnidad de quien lleva una urna.
Nos quedamos solos.
Joaquín da una mordida a su media torta, mastica, traga. Yo me concentro en mi concha con la dedicación de una arqueóloga. La luz de la tarde se ha puesto dorada del lado de la ventana y por un segundo el silencio entre nosotros es casi cómodo. Casi.
—¿Puedo hacerte una pregunta antes de que vuelva? —dice.
Dejo la concha.
—Dime.
Se limpia los dedos con una servilleta, despacio. Se inclina un poco hacia adelante, apoya los antebrazos en la mesa y me mira por primera vez sin ninguna broma en la cara.
—¿Cuánto cobras tú por inventarle a la gente lo que siente?