El Padrino CAPÍTULO 1
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El Padrino

El Padrino

Por Aline Ortega

© inepub.com

CAPÍTULO 1

La palabra justa

«Mis papás llevan veinticinco años peleando por el termostato. Hoy quiero agradecerles esa guerra, porque en ella aprendí que querer a alguien es aceptar que nunca van a tener la misma temperatura».

—Brindis para las bodas de plata de los señores Almazán, Coyoacán

Son las siete y cuarenta de la mañana y estoy intentando que un portero de futbol retirado llore.

No el portero, claro. El portero ya lloró solo, durante cuarenta minutos, ayer por teléfono, entre sorbidos y disculpas, mientras me explicaba que su hijo se casa el sábado y que él quiere decirle algo «bonito, pero que no suene a mamá».

Lo que el señor Ignacio Pineda necesita, y todavía no lo sabe, es un discurso con una metáfora de futbol, una broma sobre la rodilla que le operaron en el noventa y ocho y tres frases cortas al final que hagan que a los invitados se les atore algo en la garganta. Eso sí lo sé yo. Para eso me pagan.

Tengo tres borradores abiertos en la laptop y un café frío en la mesa del comedor de mi abuela, que ya no es el comedor de mi abuela sino la sede oficial de La Palabra Justa: «discursos, votos y brindis a la medida», según el letrero que mi socia mandó hacer sin consultarme y que cuelga junto a la puerta con una tipografía tan elegante que parece de funeraria de lujo.

El departamento está en un tercer piso de la Roma Sur, sin elevador, con un balcón donde las plantas de Chela siguen vivas por pura terquedad hereditaria. Mi abuela me enseñó dos cosas: regar los helechos con el agua en que se cuecen los frijoles y decir lo justo cuando importa.

Solo la de los helechos se me quedó.

Escribo discursos de boda desde hace seis años.

Antes escribía otras cosas: textos para una marca de galletas («Cada mordida, un abrazo»), guiones para videos corporativos, un poemario con tiraje de cien ejemplares del que setenta y ocho siguen en casa de mis tíos.

Hasta que una amiga me pidió ayuda con sus votos y lloró tanto al leerlos que le recomendó mis servicios a la mitad de su familia, y la otra mitad se casó o se divorció, que también requiere discursos.

Ahora tengo diez o doce bodas al mes, un puñado de aniversarios, alguna jubilación y, una vez, un divorcio con brindis que quedó precioso.

Lo que he aprendido es esto: nadie es malo con las palabras.

La gente tiene miedo. Llegan a mi sala diciendo «es que yo no sé escribir», y media hora y dos cafés después me están contando cómo su futura esposa se ríe mientras lee el instructivo de un ventilador, y yo solo tengo que anotar.

Mi trabajo no es inventar el amor. Es encontrar la frase que ya estaba ahí, debajo de las otras, esperando a que alguien dejara de hablar para poder salir.

Miro la pantalla.

Ignacio Pineda sobre su hijo: «Es como un tiro libre: lo ves venir y aun así te sorprende».

Escribo: Hijo, el día que naciste entendí lo que es una portería sin red.

Lo borro. Demasiado trágico. Escribo: Pasé veinte años deteniendo balones y nunca pude detener lo más importante: que crecieras.

Mejor. Se me nota el oficio, esa pequeña trampa dulce: primero la broma, luego el golpe bajo, luego el abrazo.

Pepa llega a las ocho en punto, como siempre, con dos cafés de la esquina y la cara de quien lleva despierta desde las cinco haciendo cuentas.

—Dime que Ignacio ya mandó la transferencia —dice, sin saludar, y deja un vaso humeante junto a mi laptop.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. ¿Ya mandó la transferencia?

—Dice que mañana.

—Dice que mañana desde el martes. —Se deja caer en la silla de enfrente y me mira como se mira a una sobrina que fue por el súper y volvió con velas aromáticas—.

Vale, te lo digo con cariño: cobras la mitad de lo que deberías.

Te lo dije en agosto, te lo dije en septiembre y te lo dije en una servilleta de Navidad.

Josefa Quintanilla, Pepa para todo el mundo, es mi socia, mi administradora, mi contadora improvisada y la persona que, hace dos años, me sacó de este departamento durante tres semanas para que dejara de mirar una pared.

Tiene treinta y cinco años, el pelo siempre sujeto con un lápiz y una teoría sobre cada persona que cruza esa puerta.

«Este paga en efectivo.» «Esa va a llorar antes de tiempo. » «Esos dos no se casan.»

Casi siempre acierta. Eso último es lo que me da escalofríos.

Sobre el refrigerador, con un imán de Oaxaca, está pegada la hoja que escribí hace tres años, cuando los clientes empezaron a pedirme más de lo que podía darles:

LAS REGLAS DE LA PALAbrA JUSTA

1. No invento nada. Solo escribo con lo que me cuentan.

2. No opino sobre el amor ajeno. Solo lo traduzco.

3. No voy a la boda.

—La tres —dice Pepa, señalándola con el vaso como si fuera un proyector— sigue siendo mi favorita.

—Tiene sentido comercial. Entrego el texto, cobro, desaparezco. Así nadie me ve la cara.

—Escribes quince discursos al mes y no has ido a una boda en dos años. Ni a las de tus amigas.

—Tengo mucho trabajo.

—Valeria.

—Pepa.

Nos miramos. Ella sabe por qué. Yo sé que ella sabe. Es un acuerdo que firmamos hace dos años en los escalones de una funeraria de la Narvarte, y que ninguna de las dos se ha atrevido a leer en voz alta.

Pepa es la primera en apartar la vista. Saca de su bolsa una carpeta con facturas y empieza a hablar de IVA y de un cliente que quiere pagarnos con una caja de mezcal.

Yo regreso al portero y a su hijo, que se casa el sábado con una chica que, según el señor Pineda, «le endereza el carácter», y por un rato nos hundimos las dos en el trabajo, que es una manera muy eficaz de no hablar de lo demás.

A las diez y doce suena el teléfono fijo.

Nadie llama al fijo. Lo tengo porque Chela lo tenía y porque a cierta clase de cliente le inspira confianza una agencia con teléfono de disco. Pepa está en la impresora, peleándose con un atasco de papel, así que contesto yo.

—La Palabra Justa, buenos días.

—Buenos días. —La voz es de hombre, tranquila, medida, de las que dicen «le informo» y «a la brevedad»—. Me recomendó su servicio una colega, Daniela Ortiz. Necesito un discurso de boda.

—Qué bueno que nos llama. Dígame, ¿para cuándo?

—Para el sábado 28 de noviembre.

Desde la impresora, Pepa levanta seis dedos y articula con la boca: seis semanas . Yo asiento.

—Perfecto, hay tiempo de sobra. Dígame su nombre.

—Rodrigo Salcedo.

—Mucho gusto, Rodrigo. Yo soy Valeria. Voy a hacerle unas preguntas para ir entendiendo qué necesita; si le parece bien, nos tuteamos, es más fácil para estas cosas. Empecemos por lo básico: ¿cómo se llama su novia?

—Camila.

—Camila. —Lo anoto, porque anotar me ayuda a respirar—. Y cuénteme, ¿cómo se conocieron?

Silencio.

Los silencios, en mi oficio, tienen sabores.

Está el silencio con nudo en la garganta, el de los hombres que no han llorado desde 1999 y de repente tienen los ojos llenos de cosas.

Está el silencio con sonrisa, el de quien recuerda un detalle tonto y lo guarda un segundo antes de regalármelo.

Y está el silencio de pura timidez, que se cura solo con paciencia y un café.

Este no es ninguno de esos. Es un silencio sin sabor, ordenado, como el de alguien que revisa un archivo y no encuentra la carpeta.

—En una cena —dice por fin—. De la facultad. En 2017.

—¿Y qué fue lo que le llamó la atención de ella esa noche?

—Pidió el pozole sin cebolla.

Espero. No hay más.

—Qué buen detalle —digo, y lo anoto, aunque no sé con qué intención lo anoto—. ¿Y cómo es Camila? Si tuviera que describírmela a mí, que no la conozco.

—Es… buena persona.

—Eso se lo creo. ¿Qué más?

—Muy puntual.

Pongo la pluma sobre la mesa. Llevo seis años escuchando a hombres que tienen demasiado amor y ninguna palabra para él.

Se les nota en el temblor de la voz, en cómo se interrumpen a sí mismos, en esas frases que empiezan en «es que» y terminan en suspiro.

Siempre es lo mismo: el amor sobra y el lenguaje falta.

Esto es otra cosa.

—Mire, Valeria. —Su voz cambia por primera vez, baja un poco, como si hablara con alguien que acaba de entrar al cuarto—. La neta, no sé qué decir de ella. Y no es que no la quiera. Es que cada vez que me siento a escribir no me sale nada. Lo intenté durante tres semanas.

—Eso es más común de lo que cree.

—No creo que sea común.

Lo dice sin amargura, con la serenidad de quien corrige un dato en una hoja de cálculo. Y por alguna razón, en lugar de tranquilizarme, me deja con un cosquilleo en la nuca.

—Entonces hagamos esto —digo, y recupero la voz de oficio, la que uso cuando no sé hacia dónde va la conversación—. Nos vemos en persona. Un café, sin prisa, y me cuenta lo que pueda. Mi método no es que usted escriba; es que usted hable y yo escuche. ¿Le parece el jueves?

—El jueves está bien. —Una pausa corta—. Si no le molesta, voy a llevar a mi mejor amigo. Habla por mí desde que teníamos nueve años. Si alguien sabe qué decir de Camila, es él.

—Claro —respondo. En mi experiencia, los mejores amigos son excelentes fuentes y pésimos testigos: lo cuentan todo, pero lo cuentan mejor de lo que fue—. Jueves a las cinco, café Edén, en la calle de Durango. Pregunte por la mesa de Valeria; es la que tiene cuaderno.

—Ahí estaremos.

Cuelga con una cortesía de manual. Me quedo con el auricular en la mano un segundo más de lo necesario. Pepa ya dejó la impresora y está recargada en el marco de la puerta, con una hoja arrugada en cada mano.

—Seis semanas —dice—. Qué carga.

—Se va a casar el 28 de noviembre.

—¿Quién?

—Rodrigo Salcedo. No sabe qué decir de su novia.

Pepa levanta una ceja. Es una ceja que ha predicho más divorcios que un despacho de abogados.

—Esa no se casa —dice.

—No nos toca opinar —respondo, y señalo el refrigerador con la barbilla—. Regla dos.

—Regla dos —repite, con la misma sonrisa con que se repite una condena—. Entonces apunta: jueves, cinco de la tarde. Y Vale…

—¿Qué?

—Si te pide que vayas a la boda, no empieces con tus cosas.

Le aviento el cuaderno. Lo esquiva, riéndose, y regresa a su mezcal y a sus facturas.

El resto del día se me va en el discurso del portero, que termina con la frase del tiro libre y una referencia, discreta, a la rodilla de 1998.

Lo mando a las siete, y a las siete y diez Ignacio Pineda me contesta con un audio de cuarenta y siete segundos del que solo se entiende la palabra carajo y un sonido que podría ser un hombre grande sonándose la nariz.

Cuando por fin me quedo sola, salgo al balcón con el vaso de agua de frijol que dejé enfriando.

Riego los helechos de Chela, uno por uno, como ella me enseñó, sin tirar ni una gota fuera de la maceta.

Abajo, en la calle, un vendedor de camotes pasa soplando su silbato de vapor, y el sonido sube hasta el tercer piso con ese lamento largo de locomotora que me ha acompañado toda la vida.

No sé por qué, pero pienso en una sola palabra de la llamada: intenté .

Rodrigo Salcedo no dijo «no puedo», ni «no sé cómo», ni «me da vergüenza». Dijo lo intenté durante tres semanas , con esa voz de archivo ordenado.

Y yo sé algo de esto, aunque no me guste: nadie intenta escribir sobre alguien a quien ama. Se les cae solo, mal escrito, torcido, con faltas de ortografía y demasiados adjetivos.

Guardo el vaso vacío. Apago la luz del balcón.

Faltan seis semanas, y por primera vez en mucho tiempo, no me da pereza saber cómo termina un discurso.