Capítulo 5 #5
—Me quiero ir unos días.
—¿Cuándo?
—La semana que viene. Cuando se vaya Pedro.
—Bueno.
***
Pedro se fue el viernes de la semana siguiente. Gregorio lo ayudó con las cajas. Yo estaba en el escritorio cuando escuché el auto de Gregorio salir con las últimas cosas. Cuando volvió Gregorio, Pedro no volvió. Eso era lo acordado.
Lo que no era acordado era lo que pasó esa tarde.
Pedro me mandó un mensaje a las cinco. Decía:¿Puedo verte antes de irme?
Le contesté: Sí. Café de siempre.
Llegué antes. Pedí un té. Pedro llegó a los diez minutos con la mochila grande, la misma con la que había llegado a nuestra casa dos meses atrás. Se sentó. Pidió un café. Nos miramos.
—Me voy —dijo.
—Sí.
—¿Vamos a vernos?
Lo miré. Era la pregunta que yo había estado esperando, o temiendo, o las dos cosas a la vez. La pregunta directa de un joven de veintitrés años que no tiene todavía el vocabulario para no hacerla.
—No —le dije.
—¿Por qué?
—Porque lo que pasó entre nosotros fue real.
Y porque justamente por eso no puede seguir.
Tengo cuarenta años, Pedro. tú tienes veintitrés.
Tienes todo adelante. Yo tengo un matrimonio que se está cayendo y dos hijos y una vida que me quedó chica sin que me diera cuenta.
Yo no puedo ser tu siguiente capítulo. Y tú no puedes ser el mío.
Pedro me miraba. Tenía los ojos verdes quietos.
—¿Y si quiero serlo?
—No puedes quererlo todavía. Todavía no te conoces lo suficiente para saber lo que quieres.
—Y tú sí te conoces.
—Yo recién empiezo a conocerme. Por eso sé que no puedo.
Silencio. Pedro tomó el café. Lo tomó entero de un trago largo.
—Gregorio va a perder —me dijo.
—¿Qué?
—Gregorio va a perder. Lo siento desde anoche. ¿Tú lo sabes?
Lo miré durante un rato largo. Pedro no sabía nada de la noche del viernes.
Pedro creía que la noche había sido entre nosotros dos.
Pero Pedro había leído algo —en el desayuno, en la postura de Gregorio, en alguna cosa— que le había hecho intuir que había una pelea ganada y perdida que él no terminaba de entender.
—Sí —le dije—. Lo sé.
Pedro asintió. Se levantó. Levantó la mochila.
—Luna.
—Qué.
—Ojalá que lo que encontrés sea bueno.
Le tomé la mano. Se la sostuve un segundo. La solté.
Salió. Lo vi irse por la ventana del café, con la mochila al hombro, caminando hacia la esquina. Un joven de veintitrés años con toda su vida adelante. En algún punto de esa vida iba a conocer a alguien con quien pudiera quedarse. Eso lo supe mirándolo caminar. No era yo. No podía ser yo.
Y la otra cosa, la que no le dije, la que me iba a guardar para siempre: que me llevaba conmigo, a la ruta, a los próximos años, a lo que viniera, una deuda con él.
Una deuda chiquita, pero deuda. La deuda de no haberle contado nunca lo que había pasado del otro lado de la puerta entornada del baño una noche de viernes.
Esa deuda era mía. La pagaría sola, en silencio, durante mucho tiempo.
Me terminé el té. Pagué. Salí.
***
Volví a casa a las seis. Gregorio estaba en la sala leyendo. Levantó los ojos cuando entré. Me miró. Vio en mi cara lo que había.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Y?
—Nada. Se fue.
Me senté en el sillón. No en el mío. En el de Pedro, la silla donde Pedro había estado las cenas de los dos meses. Gregorio me miraba. Yo miraba la mesita baja.
—Gregorio —le dije.
—Sí.
—Me quiero ir.
—Ya me lo dijiste.
—Ahora te lo estoy diciendo en serio.
Silencio.
—¿A lo de tus padres?
—Sí. O a algún lado. Todavía no sé.
—¿Cuándo?
—Mañana.
Gregorio dejó el libro en el apoyabrazos. Se sacó los anteojos de leer. Me miró sin los anteojos, con los ojos grises de siempre, con la cara del hombre que lleva veintidós años al lado mío.
—Luna, ¿se puede hablar?
—Sí. Siempre se puede hablar.
—¿Qué necesitás que yo entienda?
Lo miré. Era la mejor pregunta que me había hecho en meses.
—Que lo que pasó este año no fue solo lo que propusiste tú. Fue también lo que yo elegí. Hay cosas que hice yo sola, que no te conté, que no eran parte del plan. Y esas cosas me dicen algo de mí que todavía no sé bien qué es. Necesito espacio para pensarlo sin que tú estés en el medio.
—¿Estoy en el medio porque te molesto?
—Estás en el medio porque me conocés demasiado de una manera y me conocés demasiado poco de otra. Esas dos cosas juntas me confunden. Necesito estar sola para saber cuál de las dos es la que importa.
Gregorio asintió. Lento.
—¿Volvés? —me preguntó.
No le mentí.
—No lo sé todavía.
Se levantó. Vino. Se arrodilló frente al sillón. Me agarró las manos. Las sostuvo entre las suyas. Las manos de Gregorio eran las manos de siempre, grandes, con las venas marcadas, con la alianza en el anular izquierdo que llevaba veinte años ahí.
—Luna —dijo—. Yo te amo.
—Lo sé.
—¿ tú me amas?
—Sí. Pero el amor no es suficiente para todo. Eso también lo aprendí este año.
No lloró. Pero algo en su cara, en la manera en que le apretó los músculos del mentón, me dijo que estaba cerca. Me apretó las manos más fuerte.
—Lo siento —me dijo.
—Yo también.
Me besó las manos. Se levantó. Fue al estudio del fondo. Cerró la puerta.
Yo me quedé sola en la sala. Subí al dormitorio. Saqué una valija del placard, la mediana. La puse en la cama. Empecé a doblar ropa, despacio. Doblar la ropa me ayudó. El gesto mecánico de doblar me ordenó algo por dentro que no habría podido ordenar de otra manera.
Doblé tres mudas de ropa interior. Tres pantalones. Cuatro blusas. Un sweater. El pijama de algodón. Mis cosméticos. El cargador del teléfono. El libro que había empezado hacía dos semanas y no había podido terminar.
Cerré la valija.