El pacto del deseo Capítulo 5 #6
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Capítulo 5 #6

Me senté en el borde de la cama. La cama de veinte años. Las sábanas que habían conocido a Sebastián y a Camila y a la noche del viernes con Pedro. Me quedé un rato sentada ahí, con la mano abierta sobre el colchón.

Después me levanté.

***

Bajé con la valija. Gregorio había salido del estudio.

Estaba en la cocina. Me miró entrar con la valija.

No dijo nada. Me preparé un té. Lo tomé de pie, contra la mesada.

Gregorio estaba en la mesa, con las manos sobre el mantel, sin café, sin libro, sin teléfono.

Era una imagen que no le había visto nunca: Gregorio sin nada entre las manos.

—¿A dónde vas? —me preguntó.

—Todavía no sé. Voy a manejar un rato y después veo.

—¿Tienes la tarjeta?

—Sí.

—¿Cargaste el auto?

—Sí.

—¿Me mandas un mensaje cuando llegues?

—Sí.

Me terminé el té. Lavé la taza. La dejé secando.

Me puse el saco. Agarré la cartera. Agarré la valija. Me di vuelta.

—Gregorio.

—Sí.

—El sauce del patio lo plantaste bien. Hay que podarlo en primavera, del lado izquierdo.

No sé por qué lo dije. Se me salió. Gregorio lo miró y algo en su cara se quebró por primera vez en veinte años de cara entera.

—Lo sé —me dijo.

Me acerqué. Me incliné. Lo besé en la frente, una vez. Después me erguí.

Salí por la puerta de la cocina al patio chico. Crucé el patio. Salí por la puerta lateral al garaje. Metí la valija en el baúl. Me senté detrás del volante.

Arranqué.

Manejé tres cuadras antes de que me temblaran las manos. Las junté sobre el volante. El temblor pasó.

No lloraba. Manejaba con la cabeza despejada y el corazón haciendo cosas difíciles pero sin derrumbarse.

A veinte cuadras de casa, paré en una estación de servicio. Cargué el tanque. Me compré un café en el vending. Me lo tomé apoyada contra el auto.

Pensé en Gregorio con las manos sobre el mantel.

Pensé en Pedro caminando hacia la esquina con la mochila.

Pensé en Camila apretándome la mano en el bar.

Pensé en Andrés con los anteojos de pasta.

Pensé en Mateo el fotógrafo mirándome desde abajo de esa cama flaca.

Los pensé a todos, juntos, como un álbum que se hojea rápido. Después los dejé ir.

Me subí al auto.

Manejé hacia el norte. El norte era la ciudad de mis padres y también era la dirección de la ruta más larga. Era de noche y no iba a ver el río. Pero iba en esa dirección igual.

Iba sola.

Iba sola por primera vez en cuarenta años, sin marido, sin hijos, sin la contadora pública que cierra los balances del mes, sin la mujer que sabía quién era. Iba sola con la valija mediana en el baúl y el café malo en la mano y el volante entre las palmas y la ruta adelante.

Lo que había dejado atrás era real. Era veinte años de real. No lo niego.

Lo que tenía adelante no lo sabía.

Lo único que sabía era que la decisión era mía.

Por primera vez desde que empezó todo esto, la decisión era enteramente mía.

No de Gregorio. No del cuerpo. No del cansancio.

Mía. Limpia. Libre. Y también, lo escribo porque hay que escribirlo, una decisión que pesaba.

Que tenía el peso de algunas cosas que había hecho yo sola en los últimos meses y que no eran limpias.

Una de ellas, la noche del viernes con Pedro, la iba a cargar conmigo durante mucho tiempo.

La libertad y el peso podían viajar juntos en el mismo auto. Lo aprendí esa noche.

Aceleré en la ruta.

A los costados, los árboles pasaban rápido en la oscuridad, uno por uno, como años.

***

Empiezo a escribir esto un martes por la mañana. Sola en un apartamento alquilado, con el café enfriándose en la mesita baja. Me llamo Luna Vargas, tengo cuarenta años, y recién empiezo a conocerme.

Es la segunda vez que escribo esa frase.

La primera la escribí en el primer capítulo de esto, en la cocina de mi casa, con Gregorio durmiendo arriba.

Entonces la escribí porque lo que se había roto me parecía una fisura chiquita en algo sólido.

Ahora la escribo desde el otro lado de todo lo que vino después, y la fisura resultó ser la línea en la que se parte el continente.

No sé si estoy bien. No sé si esto es libertad o si la libertad duele así siempre al principio. No sé si dentro de seis meses voy a leer esto y reconocerme o voy a leerlo y pensar quién era esa mujer.

Lo que sé es que el café se está enfriando y que lo voy a tomar igual.

Lo que sé es que mañana tengo que llamar a Camila —la hija, no la otra—, que lleva dos semanas sin noticias mías y que tiene derecho a que su madre la llame.

Lo que sé es que el apartamento tiene una ventana que da a un árbol y que el árbol en invierno no tiene hojas pero tiene una forma interesante.

Lo que sé es que sigo escribiendo. Y que entre las cosas que tengo que escribir, antes de que se me olviden, está una noche de viernes en la que le mentí a un muchacho por omisión y le hice cargar, sin que él lo supiera, una cosa que era mía.

Esa noche tengo que escribirla con honestidad.

La voy a escribir más adelante. Por ahora solo la dejo anotada acá, para que esté.

Fin