Capítulo 5 #4
Me pidió que me diera vuelta. Boca abajo, dijo, y yo obedecí sin cuestionar, con una docilidad que no era sumisión sino entrega.
Me puse en cuatro, la cadera levantada, el pecho contra la cama.
Sentí sus manos en mis caderas, posicionándome.
Y entonces Pedro entró desde atrás. Fue distinto.
Más profundo. Más animal. Sí, pensé cuando sentí su miembro llegar hasta el fondo, así, exactamente así.
Empezó a moverse con un ritmo implacable, sus caderas golpeando contra las mías, la piel chocando contra la piel en un sonido húmedo y constante que llenaba el cuarto.
—Más —gemí, la voz quebrada—. Más duro, Pedro. Dame más duro.
Él obedeció. Aumentó el ritmo, sus manos apretándome las caderas con una fuerza que iba a dejar marcas, su respiración entrecortada contra mi espalda.
Sí, pensaba mientras cada embestida me empujaba hacia adelante, mientras el placer se acumulaba en mi centro como una ola a punto de romper. Destrózame, destrózame entera.
—Así —jadeé—. Así, así, así. No pares. Por favor, no pares.
Y él no paró. Me la metió fuerte un rato largo, cada golpe más profundo que el anterior, hasta que sentí que el orgasmo se acercaba otra vez, trepando por mi espalda, cerrando mi garganta.
Le clavé las uñas en las sábanas. Le mordí la almohada.
Cuando me vine la segunda vez, fue distinto a todos los orgasmos del año.
Fue limpio. Sin la culpa de Sebastián, sin el descubrimiento de Camila, sin el secreto de Andrés, sin la rabia oculta del fotógrafo.
Fue un orgasmo simple, animal, mío, en mi cama, con un hombre que estaba encima de mí porque yo lo había llevado escalera arriba.
Grité su nombre contra el colchón, sintiendo cómo mi cuerpo se apretaba alrededor de él, cómo mi interior latía contra su miembro.
—Me voy a venir —dijo Pedro, su voz apenas un ronquido—. Me voy a venir, Luna.
—Vente —le ordené, la voz todavía temblorosa por el orgasmo—. Vente adentro. Quiero sentirlo.
Pedro se vino. Lo sentí, su cuerpo entero tensándose contra mí, sus dedos clavándose en mis caderas mientras un gemido grave, casi un rugido, se le escapó de la garganta.
Sintió cómo su miembro pulsaba dentro de mí, cómo el calor de su corrida llenaba el preservativo, cómo su peso caía sobre mi espalda un instante antes de que se apartara.
Salió. Se dejó caer a mi lado. Jadeaba. Los dos jadeábamos, los cuerpos brillando de sudor, la cama deshecha, el aire espeso con el olor del sexo.
—Luna —dijo, y su voz era un susurro.
Yo no respondí. Solo me giré hacia él y lo besé, sintiendo en su boca el sabor de lo que acabábamos de hacer, sintiendo en mi cuerpo la marca de sus manos, la memoria de su miembro dentro de mí.
Ahora soy otra, pensé. Y no hay vuelta atrás.
La cosa que la cabeza guardaba —que en ese cuarto había un tercer hombre escuchando— la cabeza la apartaba. El cuerpo no la registraba. El cuerpo estaba en una cama con un muchacho.
Pedro paró. Salió. Tenía la cara roja, el pelo pegado a la frente.
—¿Cómo te termino, Luna?
Le sostuve la cara con las dos manos.
—Como tú quieras.
—Quiero adentro.
—Pedro, hay condón.
—Sí. Adentro tuyo, con el condón.
Me reí, una risa corta, adulta. Cuántas cosas quieren los muchachos que los hombres ya no quieren, pensé. Adentro tuyo es una de esas cosas. Para los hombres maduros acabar adentro es una cosa que se administra. Para un muchacho acabar adentro de una mujer es todavía una conquista. Le dejé.
—Ven.
Volvió a entrar. Esta vez con una urgencia que no había tenido al principio.
Me la metió fuerte, con un ritmo que me hizo sostenerle los hombros con las dos manos.
Me cogió treinta segundos así y se vino, adentro mío, con el preservativo pero adentro, con un quejido grave, los ojos cerrados, la cabeza enterrada en mi cuello.
Sentí cómo el cuerpo entero se le tensó y se le relajó.
Sentí la pulsación contra mí. Lo abracé. Le pasé la mano por la nuca.
Quedó así, encima mío, jadeando, durante un minuto largo. Después salió. Se acostó al lado. Se sacó el preservativo. Lo anudó. Lo dejó en la mesita.
—Luna —dijo bajito.
—Qué.
—No me vas a creer pero no me lo esperaba esta noche.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sé que no te lo esperabas.
Pedro se quedó callado. Yo le pasé la mano por el pecho.
No le contesté nada más. Me quedé un momento mirando el techo.
Después, una sola vez —con los ojos solamente, sin girar la cabeza—, miré hacia la ranura de la puerta del baño.
La luz del baño nunca se había encendido.
La ranura estaba oscura. No sé si Gregorio estaba o no estaba.
No sé si había salido en algún momento, si se había mantenido sentado todo el rato, si había hecho algo con su propia mano, si había llorado, si había rezado.
No lo sé. Esa era la otra parte del pacto: él decidía qué hacer adentro, yo no preguntaba.
La ranura me devolvió oscuridad. Aparté los ojos. Me giré hacia Pedro.
—Pedro.
—Sí.
—Ahora anda a tu cuarto.
—¿Por?
—Porque tu tío puede llegar en cualquier momento. Y porque mañana vamos a desayunar como si esta noche no hubiese pasado. Y porque eso lo manejo mejor si tú te despiertas en tu cuarto y yo en el mío.
Pedro asintió. Despacio. Era un muchacho Estaba aprendiendo.
En tiempo real, lo que era una cama de adulto.
Se levantó. Se vistió en el silencio del cuarto.
Yo me quedé desnuda en la cama, sin taparme, mirándolo vestirse.
Pedro lo registró. No comentó. Cuando estuvo vestido, vino, se inclinó, me besó la frente una sola vez.
Salió. Cerró la puerta detrás de él, despacio, para no hacer ruido en la casa.
Me quedé sola en la cama.
Esperé.
A los dos minutos la puerta del baño se abrió. Gregorio salió. Yo no lo había visto entero en una hora. Tenía los ojos rojos y la cara descompuesta de una manera que no le había visto en veintidós años. Caminó hasta el borde de la cama. Se quedó parado.
—Luna.
—No, Gregorio.
—Yo—
—Mañana. Esta noche no.
Asintió. Se sentó al borde de la cama, no encima.
Se quedó un rato así, dándome la espalda.
Después se levantó. Se metió otra vez al baño.
Esta vez sí encendió la luz. Lo escuché abrir el agua de la ducha.
La ducha funcionó durante mucho rato. Yo no lo esperé.
Me tapé con la sábana, me di vuelta hacia el lado mío, y me dormí.
Esto fue lo que pensé antes de dormirme: nunca le fui más infiel a mi marido que esta noche. Y lo más sucio de la noche no fue la cogida con el muchacho. Fue lo que el muchacho no supo. Eso lo elegí yo.
***
A la mañana siguiente, Gregorio bajó al desayuno con cara de hombre que no durmió.
Pedro bajó normal, con su libro, con su café, con un pequeño exceso de cortesía que era la única señal externa de la noche y que solo yo sabía leer.
La cena de la noche había sucedido para los tres como tres cosas distintas: para Pedro, como una primera vez con una mujer mayor que él no había anticipado, una primera vez que iba a recordar toda la vida con una cierta confusión cariñosa; para mí, como una decisión propia ejecutada con frialdad; para Gregorio, como algo que todavía no podía nombrar pero que lo había sentado en una banqueta baja durante una hora a oír cosas que no podía gobernar.
Pedro se fue temprano, esa mañana, a un partido de la pasantía. Cuando se cerró la puerta detrás de él, Gregorio me miró desde la mesa.
—Luna.
—Dime.
—¿Qué pasó anoche?
—Lo que tú pediste, Gregorio. La diferencia es que esta vez quien lo manejó fui yo. Cumplí entero. Lo que escuchaste, lo escuchaste.
—No fue eso.
—¿Qué fue, entonces?
Me miró. Se quedó callado. La pregunta que tenía adentro no le salía a la boca todavía.
—Luna —dijo al final—. ¿Tú te das cuenta de que esto cambió algo?
—Sí. Hace meses que cambia algo. Anoche se te terminó de notar.
—No es lo mismo.
—No es lo mismo, no.
Tomé café. Le sostuve la mirada. Estaba esperando que Gregorio dijera la cosa que tenía adentro. La dijo a los dos minutos.
—Te perdí.
Gregorio bajó la vista. No respondió enseguida.
Por primera vez en mucho tiempo no parecía estar buscando el argumento correcto. No parecía estar armando una explicación ni una defensa. Estaba simplemente sentado frente a mí, con las manos alrededor de la taza de café ya fría, como un hombre que había llegado tarde a entender algo.
—Yo pensé que esto nos iba a acercar —dijo al fin.
No sonó como una justificación. Sonó como una confesión.
Lo miré en silencio.
—¿Cuándo? —le pregunté.
—Desde el principio.
Esperé.
—Pensé que el problema era la rutina. Que nos habíamos convertido en dos personas que repetían los mismos días. Creí que si rompíamos algo de eso... si aparecía el deseo otra vez... si te veía viva de una manera distinta... entonces nosotros también íbamos a volver a estar vivos.
Tomó aire.
—Y durante un tiempo creí que estaba funcionando.
—Porque yo sonreía más.
—Sí.
—Porque me veía distinta.
—Sí.
Asentí despacio.
No estaba equivocado. Durante algunos meses yo había estado más despierta que en años. Más presente. Más curiosa. Más atenta a mi propio cuerpo y a mi propia vida.
Lo que Gregorio no había entendido era que una vez que una persona despierta, no siempre despierta para quedarse donde estaba.
—¿Sabes cuál fue tu error? —le pregunté.
Levantó los ojos.
—Pensaste que todo lo que yo iba descubriendo terminaba en ti.
Gregorio no dijo nada.
—Cada vez que me empujabas a una puerta nueva, creías que después iba a volver y te iba a contar lo que había del otro lado. Como una exploradora que vuelve al campamento.
Tragué saliva.
—Pero llegó un momento en que empecé a querer quedarme del otro lado.
El silencio cayó entre nosotros.
Gregorio cerró los ojos un instante.
No para evitarme.
Para soportarlo.
—Todavía no, Gregorio. Pero estás cerca.
Asintió. Despacio, con ese asentimiento de hombre al que se le escapó algo y que todavía no terminó de procesar que se le escapó.
—¿Te vas?