El pacto del deseo Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Le bajé el cinturón. El cierre del jean.

Pedro se sentó en el borde de la cama para sacarse las alpargatas.

Lo dejé hacer eso solo. Cuando terminó, le bajé el jean, le bajé el bóxer.

Quedó desnudo en el borde de la cama. El pene estaba duro, recto, latiendo.

Era un miembro joven, grueso para un cuerpo delgado.

Me arrodillé en el piso entre sus piernas. Le agarré el miembro con la mano. Me la quedé mirando un segundo. Después me incliné. La olí —ese gesto que ya era mío, conocer al hombre por la nariz antes que por la boca—. Olía a un hombre recién bañado, a un perfume joven, a piel limpia.

Le pasé la lengua por debajo, de la base a la punta.

Pedro emitió un sonido grave, anterior al gemido.

Me la metí en la boca. Se la chupé con la atención que ponía ahora en los cuerpos, una atención ganada en un año.

Pedro tenía las dos manos apoyadas en la cama detrás de él.

No me ponía las manos en el pelo. Eso lo registré con una sonrisa interna. Era un chico respetuoso. Lo dejé estar.

Después de unos minutos lo dejé. Subí. Le dije:

—Pará.

—¿Pasa algo?

—No. Me toca a mí.

Me paré frente a él. Empecé a desvestirme.

Lo hice despacio. Sin coreografía aparente.

Me desabroché la blusa borgoña botón por botón.

La dejé caer al piso, no la colgué en ninguna silla.

Me bajé el cierre del pantalón. El pantalón cayó al piso.

Quedé en brasier negro y tanga. Pedro me miraba con los ojos abiertos, con la boca apenas entreabierta.

Tenía esa reverencia que tienen los hombres a veces y que no saben que tienen.

—Eres hermosa, Luna.

—Gracias.

Me bajé el brasier con las manos detrás. Cayó. Me quedé en tanga. Me bajé la baje. La tire y quedé desnuda.

—Mi tío…

—Pedro. No lo nombres más esta noche.

—Bueno.

Lo empujé suave para que se acostara entero en la cama.

Se acostó. Me subí encima. Sentí su cuerpo tenso bajo mis muslos, la calidez de su piel joven a través del roce de mis piernas desnudas contra sus costados.

La luz de la lámpara trazaba sombras sobre su torso, y yo me permití mirarlo un instante: el pecho aún agitado por la respiración, la piel clara salpicada de vello oscuro, la cicatriz diminuta en el costado que mis dedos ya querían recorrer.

Lo monté primero sentándome en sus muslos, no en su pene.

Me incliné sobre él. Quiero verlo todo, pensé, quiero tomarlo entero.

Le agarré las muñecas y se las llevé a mis senos.

Le hice apretar suave, guiando sus dedos sobre la piel sensible.

Pedro entendió. Las apretó como yo le mostré, con una mezcla de timidez y deseo que me gusto más que cualquier técnica aprendida.

—Así.

Le solté las muñecas. Pedro siguió solo.

Sus manos aprendieron con una rapidez que solo tienen los jóvenes: acariciaron, pellizcaron suave, rodearon la curva de mis pechos como si estuviera memorizando cada centímetro.

Me chupó un pezón con yo encima, la boca húmeda y caliente cerrándose alrededor de la punta, la lengua trazando círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.

Después pasó al otro. La barba corta me rascaba la piel con cada movimiento, una fricción áspera que me mantenía anclada al presente.

Yo cerré los ojos un momento —un momento, no más— y registré, en algún rincón de la cabeza, que estaba siendo escuchada.

La conciencia de Gregorio al otro lado de la puerta me atravesó como un relámpago.

No importa, me ordené. Esta noche es mía.

La cabeza la aparté. Me importaba menos de lo que yo misma hubiese pensado.

Bajé. Me arrastré por su cuerpo, deslizando mis pezones sobre su piel, sintiendo el vello de su pecho rozarme, la calidez de su vientre contra mi estómago.

Llegué hasta tener la cara a la altura de su miembro otra vez.

El olor a hombre limpio, a jabón y a piel joven, me golpeó con una intensidad que no esperaba.

Huele tan bien, pensé, sorprendida. Tan distinto a Gregorio, tan fresco.

Volví a chupársela. Esta vez con menos paciencia.

Esta vez con una urgencia que no podía disimular.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, lamiendo cada centímetro de su piel, saboreando la sal leve que se acumulaba.

Bajé hasta los testículos, los tuve en mi boca uno a uno, sintiendo el peso de ellos contra mi lengua, escuchando el jadeo que se le escapaba a Pedro.

Está bien armado, pensé mientras mis dedos rodeaban la base, más grueso de lo que imaginé, con un ángulo que promete llenarme de una manera distinta.

Me lo metí entero en la boca, sintiendo cómo su cabeza topaba con el fondo de mi garganta.

La mano libre se movía en su pelvis, acariciando, apretando.

Pedro me agarró el pelo con una mano, ahora sí, pero no para empujar.

Para sostenerlo. Para anclarse a algo mientras yo lo deshacía desde abajo.

Lo trabajé con una atención que había perfeccionado en los últimos meses, moviendo la lengua alrededor de la cabeza, chupando con la intensidad justa, alternando ritmos. Pedro jadeaba sin control, sus caderas se levantaban ligeramente, buscando más profundidad.

—Luna —dijo, la voz quebrada.

—Qué.

—Si sigues me vengo.

Lo solté. Subí. Lo besé en la boca con su sabor, dejando que probara su propia intimidad mezclada con mi saliva.

Pedro me lo aceptó. Otra cosa nueva en él —los muchachos a veces no saben aceptar el sabor propio, lo rechazan con un movimiento involuntario, y Pedro no lo rechazó, lo recibió como recibía todo de mí esa noche, con una calma adulta que no se correspondía con su edad—.

Le hice una seña con los ojos hacia la mesita. Pedro miró. No tenía idea de qué le señalaba.

—¿Tienes? —le pregunté.

—Eh… en el bolsillo del jean. Sí. Tengo uno.

Eso lo registré también. Pedro tenía un preservativo en el bolsillo.

Pedro había venido a la casa el viernes con un preservativo en el bolsillo del jean.

¿Por las dudas? ¿Esperando? No le pregunté.

No era el momento. La información me iba a servir después, cuando estuviera sola pensando en todo esto, no entonces.

—Tráelo.

Se estiró, alcanzó el jean del piso, sacó el preservativo del bolsillo. Volvió a la cama. Se lo puse yo, con la mano, despacio, mirándolo a la cara mientras se lo enrollaba. Sentí su respiración acelerarse bajo mis dedos.

Después me senté encima.

Bajé despacio sobre él. Mierda, pensé cuando la cabeza entró, es más grueso de lo que parecía.

La sensación de ser abierta, llenada, estirada por un cuerpo nuevo, por una forma que no conocía, me hizo soltar un gemido que no quise contener.

La sentí entrar entera. Cuando lo tuve adentro, me quedé quieta un instante, dejando que mi cuerpo se adaptara a su medida, sintiendo cada pulsación de él contra mis paredes.

Pedro me miraba desde abajo con los ojos verdes muy abiertos.

—Dios mío, Luna.

—Sshh —le dije, y comencé a moverme.

Despacio al principio. Subiendo y bajando con una calma propia, encontrando el ángulo exacto, dejando que la fricción me trabajara desde adentro.

Pedro me agarró las caderas con las dos manos, suave, no para dirigirme sino para acompañar.

Le dejé. Así, pensé mientras sentía su miembro rozarme el punto que conocía bien, exactamente así.

Me moví más rápido. Me incliné un poco hacia adelante, con las manos en su pecho, con el pelo cayéndome sobre la cara, sintiendo cómo sus dedos se clavaban suavemente en mi piel.

Y entonces, sin pensarlo, dije una cosa en voz alta. Más alto de lo que correspondía. La dije clara, articulada, con una voz que era la mía y que era nueva.

—Pedro. Cógeme bien.

Pedro me miró desde abajo. Sonrió, una sonrisa torcida.

—¿Así?

—Más fuerte.

Me agarró las caderas con más decisión. Empezó a subir desde abajo, sus caderas impulsándose contra mí, clavándose en mí una y otra vez.

Cada empuje me sacaba un sonido, un jadeo, un gemido que se me escapaba sin permiso.

Yo no me callaba. Hacía un año que me callaba en mi propia cama.

Hacía un año que me venía con la boca contra una almohada.

Esa noche no. Esa noche me dejé hacer ruido. Me dejé sonar. Me dejé escuchar.

Me vine la primera vez encima de él, montada, con un grito largo que no me molesté en contener, agarrándome el pelo con una mano y su pecho con la otra. Mi cuerpo se convulsionó alrededor de él, apretándolo, succionándolo. Pedro paró un momento, sin sacarme, dejándome bajar de la cima.

Me bajé. Lo puse a él arriba. Me acosté boca arriba.

Le abrí las piernas yo misma con las dos manos, una en cada rodilla, ofreciéndome sin pudor.

Tómame, pensé mientras lo veía acomodarse entre mis muslos.

Destrózame. Pedro se acomodó, me miró un segundo, y me la metió.

Esta vez con la cara cerca de la mía, con los brazos a los lados de mi cabeza.

Empezó con un ritmo nuevo, distinto al de abajo, un ritmo de hombre encima que tiene control, que decide la velocidad, que lleva el timón. Yo cerré los ojos. Me dejé coger.

—Luna —me dijo Pedro al oído, mientras me cogía, su respiración caliente contra mi piel—. Me prendiste hace dos meses.

—Sshh —le respondí, pero no podía fingir indiferencia mientras él se movía dentro de mí, saliendo casi entero y volviendo a entrar con una fuerza que me hacía morder el labio.

—Te lo digo.

—Lo sé.

—Te lo digo igual.