Capítulo 5 #2
Me bañé sola, sin la preparación ceremonial que había hecho otras veces.
Me lavé el pelo, me sequé, me pasé crema en los brazos.
Me puse una blusa color borgoña con botones al frente, un pantalón negro suave, las alpargatas que uso en casa los viernes.
Sin tacos. Sin lencería distinta. Ropa cotidiana.
Esa era la segunda regla del engaño: aparecer como cualquier viernes.
A las ocho de la tarde, Gregorio se preparó como si saliera. Se puso una camisa, un saco. Se despidió en el living, delante de Pedro.
—Vuelvo tarde. No me esperen. Si tienen hambre, comen ustedes.
—Bueno —dijo Pedro.
Gregorio salió. Cerró la puerta de adelante con ruido.
Esperé tres minutos. Después subí. Gregorio había rodeado la manzana caminando, había vuelto por la puerta del jardín de atrás —que daba al patio chico, donde estaba el sauce— y había subido por las escaleras de servicio sin que Pedro lo viera ni lo oyera.
Lo encontré en el dormitorio, todavía con el saco puesto, parado al pie de la cama. Lo miré.
—Adentro —le dije.
Se metió al baño. Le pasé un vaso de agua que había dejado en el lavabo, una banqueta baja que había puesto la tarde, una manta liviana porque la noche era fresca y el baño no tenía calefacción.
Cerré la puerta dejándola con el ángulo justo.
Verifiqué desde la cama. Desde el ángulo de la cama no se veía ranura, se veía oscuridad uniforme. Bien.
Bajé. Pedro estaba en la cocina, sirviéndose un vaso de agua.
—¿Comemos? —le pregunté.
—¿Qué hiciste?
—Pasta.
—Bueno.
***
Cenamos en la cocina, no en el comedor. Esa fue otra decisión. La cocina era el escenario doméstico, el de las charlas livianas. El comedor era el escenario formal, el que ponía a la cena en otra clave. Yo necesitaba el escenario doméstico.
Comimos hablando de cosas comunes. La pasantía de Pedro, una compañera nueva de su oficina, un partido del fin de semana.
Yo serví el vino. Una copa, otra. La tercera no se la serví entera —le serví hasta la mitad—.
No quería que Pedro se sintiera empujado al alcohol.
Quería un grado justo, suficiente para que el aire fuera más blando, no para que él perdiera juicio.
Levanté los platos a las diez menos cuarto. Pedro se ofreció a lavar.
—Te ayudo.
—Bueno.
Lavamos los dos. Yo enjuagaba, él secaba.
Era un gesto que él había hecho otras veces en los dos meses que llevaba viviendo en casa.
No tenía nada de raro. Estábamos parados al lado de la piscina, los dos casi de cara a la pared, yo a su izquierda.
Pedro no me miraba mientras secaba. Estaba en lo suyo. Yo lo miraba a él de reojo.
Le pasé un plato. Cuando lo agarró, dejé los dedos sobre el plato un instante más de lo necesario.
Mis dedos rozaron los suyos. Pedro registró el roce —se le tensó un milímetro la mano— pero no lo levantó como un gesto.
Lo dejó pasar. Eso me dijo algo. Me dijo que él no estaba preparado para nada, que él estaba en la cocina del viernes ayudando a la mujer del tío, y que el roce había sido un dato que había llegado a su cuerpo pero que su cabeza no había procesado.
Le pasé otro plato. Esta vez le agarré los dedos al pasarlo. Brevemente. Una décima de segundo de mano sobre mano. Pedro miró por primera vez en mi dirección. Yo seguía de cara a la piscina. No lo miré. Le solté la mano como si nada hubiera pasado.
—Pedro.
—Sí.
—Te acuerdas cuando llegaste, hace dos meses, y me dijiste que ibas a tratar de no estorbar.
Lo dije con un tono casual, sin levantar la vista del plato que estaba enjuagando.
—Sí.
—No estorbaste.
—Bueno. Gracias.
—Es más. Te voy a decir una cosa. —La casa estuvo mejor contigo en ella. — ¿Te parece?
—Sí.
Cerré la llave. Me sequé las manos en el repasador. Me apoyé contra la mesa, de costado, con los brazos cruzados, mirándolo. Pedro estaba terminando de secar la última taza. La dejó sobre la mesa. Se dio vuelta hacia mí.
Le sostuve la mirada. Esta vez sí. La sostuve sin parpadear, como había aprendido a sostenerla en el bar de Camila, en el café de Mateo el fotógrafo, en el departamento de Andrés.
La sostuve hasta que Pedro registró que estaba siendo mirado de una manera distinta.
Le vi llegar el registro a la cara —un parpadeo, una pequeña confusión, un acomodo de hombros—.
Tenía veintitrés años pero no era tonto.
Entendió que algo en la cocina había cambiado de temperatura.
—Luna —dijo, con la voz más baja que antes.
—Dime.
—¿Pasa algo?
—No sé. Dime tú.
Lo miré seguir. Pedro tenía la inteligencia de no hablar todavía. Tenía las manos apoyadas contra la mesada del otro lado, exactamente la misma postura que la mía. Estábamos los dos apoyados contra cocina y mesada, mirándonos, con un metro entre los cuerpos.
—Te miro hace dos meses, Pedro —le dije.
Lo dije bajito. No lo había planeado decir así. Salió.
—Yo a ti también —dijo él.
—Lo sé.
Hubo un silencio largo. La nevera zumbaba, ese ruido bajo que tienen las neveras viejas. La luz de la cocina era amarilla, no blanca, una de las cosas que yo prefería de esa cocina. Era una luz que hacía que las personas en la cocina se vieran más blandas.
—Pedro.
—Sí.
—Acércate.
Se acercó. Despacio. Quedó parado frente a mí, con sus alpargatas casi tocando las mías. Tenía una camiseta blanca y un jean. El pelo despeinado. La barba de tres días. Era un hombre joven y era hermoso de una manera que él todavía no sabía que era.
Le agarré la cara con las dos manos. Tenía los ojos verdes muy abiertos, sorprendidos, sin defensa. Pedro no estaba esperando nada. Pedro estaba en una cocina ayudando a su tía no oficial a lavar los platos.
—¿Puedo? —le pregunté.
—Luna. ¿Y mi tío?
La pregunta me partió un milímetro adentro. Pero la había anticipado. La tenía la respuesta lista. Y por eso —porque la tenía lista— era inmoral lo que le iba a contestar. La tenía lista de la noche del miércoles, ensayándola en la ducha.
—Está en un cumpleaños. Vuelve tarde. ¿Eso es lo único que te importa, Pedro?
—No. No es lo único.
—¿Qué más?
— tú.
Se quedó callado. Tenía la cara de un chiquillo enfrentado a una pregunta que había escondido durante dos meses y que de pronto se le hacía en voz alta.
Era una pregunta que él había tenido en la cabeza muchas veces sin atreverse.
Y ahora la mujer le agarraba la cara, le preguntaba si podía, y le dejaba toda la responsabilidad moral a él.
Hizo lo que un hombre de veintitrés años con la mujer de la casa agarrándole la cara hace.
Se inclinó. Me besó.
***
El primer beso fue corto. Se separó casi enseguida, como espantándose de su propio movimiento. Me miró. Yo no me moví. Le sostuve la cara.
—¿En serio quieres, Luna?
—Sí.
—¿Y mi tío de verdad no—
—Pedro. No volvemos a hablar de él esta noche. Si tú quieres, esto no pasó nunca y mañana es como si no. Si tú no quieres, lo dejamos acá, terminamos los platos y subís a tu cuarto. ¿Qué quieres?
Lo miré. Me miraba. Yo conocía esa cara. Era la cara del hombre que está por decidir una cosa que no debería decidir y que la va a decidir igual porque el cuerpo ya la decidió antes que la cabeza.
—Quiero —dijo.
Lo besé yo esta vez. Más largo. Le metí la lengua despacio.
Le agarré la nuca con una mano. La otra la apoyé contra su pecho, en el centro, sintiéndole el corazón, que iba rápido.
Pedro me agarró la cintura con las dos manos.
Se aflojó contra mí. La tensión de los dos meses se le derritió en treinta segundos en mi cocina.
Cuando me separé un instante para respirar, Pedro tenía los ojos cerrados. Los abrió.
—Subí conmigo —le dije.
—Luna. Acá no.
—Acá no, no. Arriba.
—¿A tu cuarto?
—A mi cuarto.
—Pero—
—Mi cuarto es mío, Pedro. Y esta noche es mi noche.
Lo agarré de la mano. Apagué la luz de la cocina con la otra.
Lo llevé por el pasillo a oscuras hasta el pie de la escalera.
Pedro venía detrás, con una mano en la mía, con la otra rozándome la cintura por atrás.
Subí los escalones primero. Pedro detrás.
Cuando llegamos al rellano de arriba, le hice una seña hacia la puerta del dormitorio.
Antes de entrar, me detuve un instante en el umbral.
Lo miré. Pedro tenía la cara de un hombre que estaba por hacer la cosa más excitante y la más peligrosa de su vida en ese momento.
Las dos cosas a la vez. Me agarró la cintura.
Me besó otra vez, en el umbral, contra el marco de la puerta.
Me apretó contra la madera. Yo sentí, contra el vientre, que ya estaba duro a través del jean.
Lo separé.
—Adentro.
Entramos. Cerré la puerta. Eché llave —el ruido de la llave en la cerradura sonó en el cuarto como un clic más fuerte del que era—. Pedro lo registró. Me miró.
—¿Por qué?
—Porque acá vamos a estar nosotros dos.
Era una verdad y era una mentira. Pedro creyó la verdad.
La mentira la sabíamos, en ese cuarto, dos personas: yo y el hombre que estaba sentado del otro lado de una puerta entornada con un ángulo de doce grados, con una manta liviana sobre las piernas, en el silencio total que le había exigido.
Yo no miré hacia el baño. No le di a Pedro una sola pista que pudiera hacerle girar la cabeza en esa dirección.
Me quedé entre la cama y él, con todo el cuerpo, cubriéndole la línea de visión que a él no se le había ocurrido buscar.
Lo guié hasta los pies de la cama. Le agarré la camiseta blanca y se la fui levantando, despacio.
La sacó él, con las dos manos, por la cabeza.
El pelo le quedó más despeinado todavía.
Quedó con el torso desnudo. Tenía un cuerpo de hombre joven, anchos los hombros, vello oscuro en el pecho, la piel clara, una cicatriz pequeña en el costado izquierdo.
Le pasé la palma por el pecho. Despacio. Reconociéndolo.
—Pedro —dije.
—Sí.
—Esta noche no eres el que va a hacer cosas. Voy a hacer yo. ¿Te molesta?
—No.
—Si en algún momento quieres parar, me decís. ¿Bueno?
—Bueno.