Capítulo 5
Hay una diferencia entre ceder y decidir. La aprendí tarde, pero la aprendí.
Cuando le dije que sí a Gregorio ese sábado de junio, no cedí.
No cedí como había cedido la primera noche del juego, cuando me había cansado de su cara en el desayuno y le había abierto la puerta por agotamiento.
No cedí como había cedido con Camila, empujada por la pregunta que él me había plantado adentro como una semilla.
Esa tarde en la cocina, frente al café, mirando a mi marido con la cara serena y la pregunta suspendida en el aire entre nosotros, yo dije que sí desde un lugar que no era el cansancio ni la semilla.
Era un lugar nuevo. Era un lugar que se parecía a la indiferencia pero no lo era: era la distancia.
Lo que le dije a Gregorio ese sábado fue sí. Lo que le dije sin palabras era: me importa cada vez menos lo que pienses de mí.
Pero le agregué tres condiciones, y la última de las tres me costó pensarla más que las otras dos juntas.
***
Lo hablamos esa misma noche, en la cama, después de que él se durmió y yo lo desperté.
—Gregorio.
—¿Qué?
—Lo de Pedro.
—Sí.
—Hay tres cosas que no van a ser como tú las pensaste.
Se incorporó. Prendió la luz de la lámpara. Me miró. Era un hombre que llevaba veintidós años acostumbrado a que las condiciones las pusiera él. Cuando yo decía «hay tres cosas», para Gregorio era una novedad cuyo manejo todavía no tenía aprendido.
—Dime.
—Uno. Tú no estás en el cuarto. No me organizas la noche, no me servís vino, no me decís dónde sentarme. Yo lo manejo.
—Pero—
—Dos. Tú no le hablas a Pedro. Ni esta semana ni la que viene. No le propones nada. No tienen ustedes una conversación. No hay arreglo entre los dos hombres por encima de mí, como hubo con Sebastián, con Camila, con todo.
—¿Y cómo se va a hacer entonces?
—Tres. Lo voy a hacer yo. A solas. Pedro no va a saber nada.
Hubo un silencio largo. Gregorio me miraba con una cara nueva en la galería. La cara del hombre al que están sacando del rol y que todavía no encontró cuál va a ser el rol nuevo.
—¿Cómo que no va a saber nada?
—Pedro no va a saber que tú me lo propusiste. No va a saber que tú sabes. No va a saber que yo dije que sí. Pedro va a creer que pasó porque pasó. Como pasan las cosas entre dos personas. Como hubiese podido pasar cualquier viernes en esta casa si yo me hubiese animado.
—Luna.
—Es lo que decidí.
—Eso es… es engañarlo.
Lo dijo despacio, midiendo. Era una observación moral. Era la primera observación moral de Gregorio en seis meses. Me sorprendió escuchársela —al hombre que me había convencido de meterme en la cama con su sobrino, le aparecía ahora un escrúpulo—.
—Sí, Gregorio. Es engañarlo. Engañarlo por omisión. Lo sé.
—¿Y eso te lo aguantas?
Lo miré largo. La pregunta era buena. La pregunta era la que yo me venía haciendo en silencio durante las dos semanas anteriores. Le contesté con honestidad.
—Lo tolero a medias. La parte que no lo tolero es que después no voy a poder mirarlo igual.
La parte que sí lo tolero es que, si le contamos, lo que pase entre nosotros va a ser otra cosa, una cosa armada por ti, otra cosa más de las tuyas.
Y yo de las tuyas ya no quiero más. Si esto pasa, va a pasar como una cosa mía.
Aunque la cosa mía sea fea. Aunque me deje a mí también un poco más fría.
Se quedó callado. Yo escuché su respiración en la oscuridad y supe, sin verlo, que estaba pensando rápido.
—¿Puedo escuchar? —dijo al rato. Lo dijo más bajito de lo que él hubiese querido decirlo. Le salió.
No le contesté enseguida. Lo pensé. Esa fue la pregunta más difícil de la noche. Me la había hecho yo misma muchas veces durante esas dos semanas. ¿Por qué le permitía escuchar? ¿No habría sido más limpio cerrarle también esa puerta?
Lo pensé entonces y lo escribo ahora con la misma respuesta.
La respuesta era esta: yo necesitaba que Gregorio escuchara su pérdida en el cuerpo.
Las palabras las habíamos gastado. Yo necesitaba que algo, esa noche, le entrara por debajo de las palabras.
Y que lo aguantara solo, sin yo a su lado para sostenerlo. La crueldad era cierta. La asumí.
—Puedes escuchar —le dije—. De atrás de la puerta del baño. Si entrás antes y te quedas callado, si dejas la puerta entornada con un ángulo que ya medí, no se ve nada desde la cama. Pedro no se va a dar cuenta.
—Bueno.
—Pero, Gregorio.
—Qué.
—No salgas. Pase lo que pase, no salgas. No tosés. No existís. Si te das cuenta de que vas a hacer ruido, te metés a la ducha y abrís el agua. Pero no salís de ese baño hasta que yo te avise por la mañana.
—Te lo juro.
—Y otra cosa.
—Qué.
—Si en algún momento Pedro va al baño esa noche y va a abrir la puerta, tú te metes a la ducha. Si te descubre, no me lo aguanto. Eso te lo aviso ahora.
—Lo voy a manejar.
Me dormí dos minutos después. Él, lo escribo ahora aunque entonces no lo supe, no se durmió. A las cuatro me desperté para ir al baño y lo encontré boca arriba con los ojos abiertos en la oscuridad. No le dije nada. Pasé. Volví. Me dormí otra vez. La que tenía claro lo que estaba haciendo era yo.
***
Las dos semanas siguientes fueron las más extrañas del año.
Pedro siguió siendo el huésped de siempre.
Se levantaba, desayunaba, se iba a la pasantía, volvía, cenaba con nosotros, iba temprano a su cuarto.
No notó nada distinto. ¿Por qué iba a notarlo?
No había nada que notar todavía. Lo que iba a pasar todavía no era una cosa, era apenas una idea adentro de mi cabeza, y las ideas, mientras viven solo en una cabeza, no producen ondas.
Lo que sí cambió fue cómo lo miraba yo. Empecé a mirarlo distinto sin que él se diera cuenta.
Lo miraba en los desayunos cuando él tenía la cara recién levantada.
Lo miraba en el living cuando estaba leyendo en el sillón.
Lo miraba mientras lavaba un plato. Lo miraba con la atención del que está estudiando un terreno antes de decidir cómo entrar.
Era una mirada que yo no había usado nunca en mi vida —la había sufrido, en el último año, varias veces; nunca la había practicado yo—.
Me la encontré usándola con naturalidad.
Eso, escribiéndolo ahora, me da una cosa que no es exactamente vergüenza pero que tampoco es orgullo.
Una mañana, en el baño del piso de arriba, me quedé un momento parada en el medio.
Cerré la puerta. Me senté en el borde de la bañera.
Me incliné para mirar desde el piso del baño hacia el dormitorio, calculando los ángulos.
La puerta del baño se abría hacia adentro.
Si la dejaba entornada con un ángulo de unos doce grados —lo medí con una escuadra del cajón de Gregorio—, desde la cama no se veía la ranura.
Desde la ranura, en cambio, se veía la cama entera.
Era una ventaja del que estuviera adentro: ver sin ser visto.
Me quedé sentada en el borde de la bañera más rato del necesario.
Pensé en lo que estaba calculando. Pensé en que era una cosa fría —esto que estaba haciendo, medir con escuadra los ángulos para que mi marido pudiera mirar sin que el chico se diera cuenta—.
Esa noche le iba a hacer a Pedro una cosa que él no iba a saber.
Iba a llevarlo a una cama suponiendo que estábamos los dos solos cuando no lo íbamos a estar.
Iba a tomarle el cuerpo bajo una premisa falsa.
Eso es engañarlo, había dicho Gregorio. Sí. Eso era. Y yo lo iba a hacer igual.
Me hice la pregunta directa, sentada en el borde de la bañera.
¿Por qué? La respuesta me costó pensarla porque la respuesta no era halagadora.
La respuesta era esta: porque me importaba más mi propia transformación que la integridad de Pedro.
Porque después de un año de ser el material con el que se hacían las decisiones de otro, yo necesitaba ser el sujeto de una decisión grande, aunque la decisión grande implicara usar a alguien.
Pedro era el material que había a mano. Era buen material.
Era joven, era atractivo, me miraba desde hacía dos meses, era esquinable después porque se iba de la casa.
Era, escribiéndolo ahora, una elección de costo bajo para mí y una elección que a él, posiblemente, no lo iba a dañar de manera irreversible —se iba a la semana siguiente, no íbamos a vernos más, no tenía cómo darse cuenta de la operación, no íbamos a ser su trauma—.
Me dije esas cosas. Me las dije con la frialdad que ya iba siendo mía. Y entonces me dije, también, lo otro: que estaba a tiempo de no hacerlo. Que podía bajar las escaleras y decirle a Gregorio: cancelo, no va más, esto fue una idea y se queda en idea.
No lo hice.
Eso fue lo que decidí esa mañana en el borde de la bañera.
No hacerlo era todavía una opción y yo elegí lo otro.
La elegí limpia. Sin coartada. Eso, escribiéndolo ahora, es la cosa más difícil de admitir de toda esta historia.
No fue Gregorio quien me empujó a la cama de Pedro.
Fui yo, sentada en el borde de una bañera, con una escuadra en la mano.
***
La noche fue un viernes.
Gregorio había anunciado en la cena del martes anterior que el viernes a la noche tenía un cumpleaños de un compañero del trabajo. Lo había anunciado delante de Pedro. Voy a llegar tarde, no me esperen. Era una mentira. Yo lo sabía. Pedro la oyó como verdad y la archivó.
La cena la hice yo. Hice una pasta sencilla —fideos largos con manteca y parmesano, una ensalada de tomate, pan caliente—.
No quería una cena armada. Quería una cena de casa, sin coreografía.
Era importante que Pedro no sintiera nada distinto en el aire.
Él tenía que entrar a la noche pensando que era una noche cualquiera.
Esa era la primera regla del engaño que estaba montando.