Capítulo 4 #3
Una mañana, a fines de mayo, bajé temprano a la cocina y Pedro estaba ya, en pantalón de pijama y una camiseta blanca, descalzo. El pelo recién levantado, sin peinar. Tenía una cara de sueño que lo volvía más joven todavía. Me miró cuando entré. Me sonrió.
—Buen día, Luna.
—Buen día.
Me serví el café. Me senté frente a él. Pedro tenía una taza en la mano y un libro abierto al lado.
—¿Qué leés?
Giró el libro. Una novela latinoamericana, una autora que yo no conocía pero que sonaba.
—¿Bueno?
—Lo estoy probando.
Tomamos café. Conversamos de cualquier cosa durante diez minutos.
Después Pedro se levantó para ducharse. Pasó al lado mío.
Cuando pasó, su antebrazo me rozó el hombro.
Fue un roce mínimo. Una caricia que no estaba programada como caricia.
Yo levanté la cabeza. Le miré la cara. Pedro no me miraba a mí.
Pedro miraba el camino al baño. Pero el roce había durado un cuarto de segundo más de lo que dura un roce de pasillo.
Yo me quedé sola en la cocina, con el café, durante unos minutos.
Sentí en la garganta una cosa que ya conocía.
La conocía de la primera mañana del azucarero —no, ese azucarero era de otra novela que se me cruzó en la cabeza, una novela que había leído alguna vez—.
La conocía en general. La conocía como reconozco un olor que tengo guardado.
Estaba pasando otra vez. Pero esta vez con Pedro, y esta vez sin Gregorio organizándolo.
***
Gregorio empezó a darse cuenta a la sexta semana.
Lo digo así —se dio cuenta— pero no es exacto. Gregorio era un hombre que se daba cuenta de las cosas mucho antes de lo que yo pensaba. Probablemente se había dado cuenta antes que yo. Lo que cambió a la sexta semana fue que empezó a actuar sobre lo que se daba cuenta.
La primera señal fue una pavada. Una cena, los tres, en el comedor. Yo había hecho un pollo. Pedro había traído una botella de vino. Estábamos comiendo cuando Gregorio le dijo a Pedro, sin preámbulo:
—Pedro, contale a Luna lo que me contaste anoche. De la chica del trabajo.
Pedro me miró, incómodo. Yo le sonreí.
—No, Gregorio, dejá, no se cuenta.
—De acuerdo, Pedro. Es una historia graciosa.
Pedro se sirvió un poco más de vino. Después contó.
Era una historia simple: una pasante de su edad, en su empresa, le había puesto onda durante toda la semana.
Pedro no le había dado mucho juego. Su tío le preguntaba si era linda.
Pedro decía que sí. Su tío le preguntaba si le gustaba.
Pedro decía no sé, no es mi tipo. Yo escuchaba.
Gregorio escuchaba con una sonrisa. Después, en una pausa, Gregorio le dijo a Pedro:
—¿Cuál es tu tipo, Pedro?
Pedro se tomó un segundo. Me miró —un segundo—. Después miró el plato.
—No tengo un tipo —dijo.
—Algo te tiene que gustar.
—Las mujeres con personalidad. No me importa mucho lo físico.
—Ah —dijo Gregorio, y se sirvió más vino.
Yo seguí comiendo. La conversación pasó a otra cosa.
Pero algo en mí había registrado la pregunta de Gregorio y la mirada de Pedro.
Yo conocía a Gregorio hace veintidós años.
Esa pregunta —¿cuál es tu tipo?— hecha en la mesa, con yo enfrente, después de una historia de una pasante que no le interesaba a Pedro, no era una pregunta inocente.
Era una sondeo. Era Gregorio empujando algo a ver qué saltaba.
Esa noche, en la cama, le dije a Gregorio:
—¿Por qué le preguntaste eso?
—¿Qué cosa?
—Cuál era su tipo.
—Por curiosidad. Es un muchacho. ¿Te molestó?
—No me molestó. Pero por qué lo preguntaste así.
Gregorio se incorporó un poco en la cama. Me miró. Tenía la sonrisa rara, la que no era una sonrisa.
—Luna.
—Qué.
—Ese muchacho te mira.
Lo dijo despacio. Lo dijo como se dice una verdad que a uno le sirve.
—¿Cómo me mira?
—Te mira, Luna. Tú sabes.
—No.
—Sí.
—Gregorio.
—¿Te molesta que me dé cuenta?
Lo miré. La luz de la lámpara le daba en la cara. Tenía los ojos brillantes. Tenía la cara que yo había aprendido a reconocer en los últimos meses, esa cara de marido que está mirando algo que le interesa y que está midiendo si conviene decirlo en voz alta o no. La cara de cazador.
—No me molesta. Pero no me vengas con eso, Gregorio. Es tu sobrino.
—Es mi sobrino al que vi tres veces en la vida. No lo crié yo. No le debo nada. No sé ni qué muchacho es.
—Aun así.
—Aun así nada, Luna. Es un hombre adulto. Tu eres una mujer adulta.
—Gregorio, no.
—Bueno.
Me besó la frente. Apagó la luz.
—Pensálo —me dijo, en la oscuridad.
—No tengo que pensar nada.
—Bueno.
Yo me quedé despierta dos horas. Otra vez. Como me había quedado despierta en cada bisagra. Esta era la bisagra más grande. Esta era la bisagra que yo había tratado de no ver durante semanas.
Pensé en Pedro durmiendo abajo. Pensé en el roce del antebrazo en la cocina.
Pensé en las preguntas suyas en los desayunos.
Pensé en cómo me miraba —porque tenía razón Gregorio, me miraba—.
Pensé en los cinco meses anteriores, en Sebastián, en Camila, en Andrés, en Mateo, en la cantidad de cosas que yo había hecho en esos cinco meses con cuerpos que no eran el de mi marido.
Pensé en que mi cuerpo, que ya había cogido con cuatro personas distintas en cinco meses sin que el matrimonio se rompiera, podía coger con una quinta sin que se rompiera tampoco.
Esa era la lógica nueva. La lógica vieja —él es de la familia — se me había gastado en la frase de Gregorio: un sobrino al que vi tres veces en la vida.
No me dormí hasta las cuatro.
***
Una semana después, Gregorio me lo planteó formalmente.
Lo hizo en la mesa de la cocina, un sábado a la mañana, igual que me había planteado lo de Sebastián seis meses atrás, igual que me había planteado lo de Camila tres meses atrás.
Tenía un café enfrente. Yo tenía el mío.
Pedro había salido temprano a un partido de fútbol con compañeros de la pasantía. Estábamos solos.
—Luna.
—Dime.
—Pedro.
—Gregorio, ya te dije.
—Escuchame.
—No.
—Cinco minutos, Luna. Si después decís que no, queda en nada.
Lo miré. Tenía la cara serena de marido que pide una cosa razonable. La cara que era una herramienta. Ya no me confundía como antes. Ahora la reconocía. Pero conocer la herramienta no era inmunidad. La herramienta seguía funcionando aunque yo le supiera el nombre.
Le di los cinco minutos.
Gregorio me dijo, despacio, midiendo cada palabra: que él había estado mirando la situación.
Que no le molestaba. Que al contrario. Que entendía que entre Pedro y yo había algo que iba a pasar tarde o temprano si no hacíamos nada, porque la tensión estaba acumulándose y porque la tensión que se acumula sin salida termina mal —se sale por algún lado, se sale tarde, se sale en una ocasión inadecuada—.
Que él prefería que pasara con su permiso, en un marco controlado, una sola vez, como con Sebastián.
Que después de esa noche Pedro iba a buscarse un apartamento, lo iba a ayudar Gregorio mismo, y nuestras vidas iban a seguir sin esa cuerda tensa que había en la casa todas las noches.
—Una sola vez, Luna. La misma fórmula que la otra vez. Tú pones las condiciones.
—Es tu sobrino, Gregorio.
—Es un desconocido con apellido. Tú te dejas llevar por el apellido. Eso es una superstición.
—No es una superstición.
—Sí, Luna. Lo es. Tu a Pedro lo conoces hace dos meses.
Yo lo veo dos veces cada cinco años. ¿Tú sabes qué cosa es la familia, en serio?
La familia es una historia compartida. Pedro y yo no compartimos historia.
Es un muchacho que entró a esta casa hace dos meses por casualidad.
Tiene veintitrés años. No es nada mío, Luna. Es nada.
Lo escuché. Tenía argumentos. Los argumentos tenían huecos pero también tenían algo. Yo, que dos meses atrás habría rechazado esto en el primer minuto, esa mañana lo escuché entero, con calma, con la cabeza fría.
Y eso, escribiéndolo ahora, es lo que me da más miedo de toda la historia.
No que Gregorio me lo propusiera. Eso era previsible.
Lo que me da miedo es que yo lo escuchara con calma, con la cabeza fría, midiendo si los argumentos cerraban.
Es que la mujer que escuchaba, sentada frente a su marido un sábado a la mañana, ya no era una mujer escandalizada por una propuesta así.
Era una mujer que estaba haciendo una evaluación.
—Lo voy a pensar —le dije.
Gregorio asintió. No festejó. Esa contención era profesional.
Yo me levanté. Subí al escritorio. Cerré la puerta. Me senté en la silla. Y durante una hora, mientras supuestamente trabajaba, en realidad no hacía nada. Tenía adentro el debate. El debate estaba menos furioso de lo que hubiese estado dos meses atrás. El debate ya tenía la forma de una conclusión.
Esa misma tarde —no en tres días como con Sebastián, no en una semana como con Camila, sino esa misma tarde— bajé a la cocina, donde Gregorio leía el diario.
—Bueno —le dije.
—¿Bueno qué?
—Lo de Pedro. Bueno.
Gregorio levantó la vista del diario. Me miró un rato. Después se levantó, se acercó, me agarró la cara con las dos manos. Me besó la frente.
—Gracias, Luna.
—No me agradezcas.
—Lo vamos a hacer bien.
—Bueno.
Volví al escritorio. Volví a no trabajar.
Esta vez por una razón distinta: no estaba debatiendo.
Estaba esperando. Estaba esperando lo que faltaba para que pasara la cosa.
Era un sábado a las cinco de la tarde. Pedro iba a volver a las siete del fútbol.
Había dos horas. La cosa no iba a pasar esa noche, no se podía improvisar así. Pero ya estaba decidida.
Y la mujer que la había decidido era yo. No Gregorio. Yo.