Capítulo 4 #2
Conversamos en la galería durante una hora, mientras la inauguración seguía detrás de nosotros, mientras pasaban camareros con copas.
Me contó del trabajo. Me hizo preguntas que no eran preguntas de seductor.
Me hizo preguntas que eran preguntas de fotógrafo —cómo me había acercado a esa foto en particular, qué había mirado primero, qué se había quedado conmigo—.
Yo le contesté con honestidad. Mateo escuchaba con todo el cuerpo, igual que Camila pero distinto.
Camila había escuchado con la atención de una mujer adulta.
Mateo escuchaba con la intensidad de un muchacho que está descubriendo que a los treinta años ya hay mujeres que se le abren y que él no las pasa por alto.
A las once y media me dijo:
—¿Vivís acá cerca?
—No mucho. ¿Por?
—Tengo el estudio acá a tres cuadras. Si quisieras ver alguna foto que no salió en la muestra, podríamos pasar.
Lo miré. Sin disimulo. Le miré la boca, le miré las manos, le miré los antebrazos.
—¿Es una invitación, Mateo?
—Es una invitación, Luna.
—Soy casada.
—Lo sé. Inés me dijo.
—¿Y aun así?
—Aun así. Tú decides.
Me lo dijo con una calma que no era de cazador. Era una calma de hombre que estaba pidiendo lo que quería pedir, sin rodeos, dejándome a mí la pelota entera.
—Bueno —le dije.
***
El estudio de Mateo era un loft chiquito sobre una calle tranquila.
Una sola habitación grande con la cocina a un lado, el baño detrás de una mampara, una cama doble en el rincón del fondo, paredes blancas con fotos colgadas.
Olía a fijador y a café. Una lámpara de pie iluminaba el centro.
Era un apartamento de hombre joven que no tenía dinero pero tenía gusto.
Mateo cerró la puerta. Me sirvió un vino tinto.
Se sirvió uno. Me llevó hasta la pared del fondo donde había una serie de fotos sin enmarcar, pegadas con cinta.
Eran fotos de cuerpos —no caras, cuerpos enteros o partes de cuerpos—.
Una mano de mujer apoyada en un vidrio. Una espalda con la columna marcada.
Un cuello con un lunar. Manos viejas sosteniendo una taza.
—Esto es lo que estoy haciendo ahora —me dijo—. Cuerpos sin caras. Personas reducidas a una parte.
—Es duro.
—Es real.
—¿Qué cuerpos?
—Cuerpos que me interesan. Mujeres, sobre todo.
Me miró cuando dijo mujeres. Yo le miré la cara.
Tenía treinta años. Tenía el cuerpo flaco apoyado contra la pared, con el vino en la mano.
Tenía una boca grande, hermosa, con un labio inferior un poco más grueso que el de arriba.
Tenía esa cosa fea-hermosa que tienen algunos hombres jóvenes, una belleza que no se les explica del todo.
—¿Te puedo besar? —me preguntó.
—Sí.
Me besó. Me besó con un hambre joven, una hambre distinta a la de Gregorio (paciente), a la de Sebastián (profesional), a la de Andrés (tranquila).
El beso de Mateo tenía una urgencia que no se controlaba.
Era el beso de un muchacho de treinta años que estaba besando a una mujer de cuarenta, una mujer casada, una mujer que su clienta de inauguración le había descrito de alguna manera que lo había prendido de antemano.
Se notaba que llevaba toda la noche pensando en hacerlo.
Me agarró por la cintura. Me llevó hasta la cama del rincón. Me sentó. Se arrodilló entre mis piernas. Me sacó los zapatos uno por uno —un gesto extraño, casi tierno—. Después me miró desde abajo.
—Eres hermosa —me dijo.
—Tú también.
Me bajó la falda. Después la tanga. Me las dejó en el piso. Se acercó. Me besó el muslo derecho. Después el izquierdo. Después subió. Me chupó.
Mateo chupaba con un hambre que era distinta a las hambres anteriores.
Era el hambre del que está descubriendo.
Cada hombre que me había chupado en el último año había tenido su modo.
El de Mateo era buscador, ávido, casi torpe en los primeros segundos y después afinándose con una rapidez que solo tienen los hombres jovenes.
Me chupó como quien come algo bueno por primera vez.
Me agarró las piernas con las dos manos.
Me las apretó. Me la chupó hasta que yo me empecé a venir, y entonces, igual que Camila había hecho, no se separó.
Me siguió chupando hasta que el orgasmo me bajó del todo.
Cuando subió, se sacó la camisa. Tenía un cuerpo flaco, casi sin pelo, con costillas marcadas. No era el cuerpo de un hombre adulto. Era el cuerpo de un muchacho que todavía no había engrosado. Le pasé las manos por el pecho. Era un cuerpo nuevo en mi inventario.
—Ven —le dije.
Se desvistió. Le vi su hombría, por primera vez. Era larga, no muy gruesa, dura como solo se le pone dura a los hombres antes de los treinta y cinco. Un miembro joven, sin historia. Me la quedé mirando.
—Te la chupo —le dije.
Lo hice acostarse en la cama. Me arrodillé a su lado.
Se lo agarré. La olí. Me la metí en la boca.
Se la chupé despacio, con la atención de mujer que está aprendiendo a este cuerpo nuevo.
Mateo gimió bajo. Me dijo cosas en el oído que no eran de catálogo, eran cosas reales —tenía una boca de muchacho, hablaba caliente sin guion—.
Qué rico chupas, Luna. Me estás matando, Luna.
No pares. Yo no paraba. Le chupé hasta que él me agarró la cabeza y me dijo si no parás me voy a venir. Lo solté. Me trepé arriba de él.
Le pedí un preservativo. Me lo dio. Se lo puse yo, con la mano, con la calma de mujer que ya sabe ponerlos.
Me la metí. Me la metí encima de él, montada, con las manos apoyadas en su pecho flaco.
Empecé a moverme. Mateo me agarró los senos.
Me las apretó con un poco más de fuerza de la que correspondía.
Yo me reí. Le dije despacio, joven. Mateo se rió.
Lo cogí. Esta es la frase que escribo bien.
Lo cogí. Esa noche en ese loft fui yo la que cogió, no la que se dejó coger.
Lo monté con un ritmo mío, con una fuerza mía, con la confianza de mujer que descubrió que el cuerpo joven de un hombre era una cosa que ella podía manejar como quería.
Mateo me miraba desde abajo con los ojos abiertos, con la cara del que no se lo cree.
Yo le agarré las muñecas y se las puse contra la cama, a los costados de la cabeza, sosteniéndoselas.
No te muevas, le dije. Mateo no se movió.
Lo cogí así, con sus manos atrapadas, hasta que acabe yo, otra vez, con un grito que se me escapó.
Después le solté las manos. Mateo me agarró las caderas.
Me la metió de abajo, cuatro o cinco veces fuerte, y se vino.
Se vino dentro del preservativo, gimiendo, mirándome a los ojos con esa cara de muchacho que no la cree.
Cuando bajé de él, me acosté al lado de él. Me reí.
—Eres un hallazgo —le dije.
—Yu eres un hallazgo —me dijo él.
Tomamos vino tirados en la cama, desnudos, hablando de fotografía. Mateo era inteligente. Tenía una cabeza interesante. Tenía treinta años y una vida por delante. Yo me acordé, escuchándolo, de que algo así había sido lo que yo había tenido a los treinta y que se me había olvidado.
A la una y media me vestí. Me besó en la puerta. Me dijo:
—¿Te puedo escribir?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando quieras.
Bajé al auto. Manejé hasta casa. Llegué a las dos. Gregorio estaba durmiendo —había vuelto del viaje el día anterior—. Me acosté al lado mío. No me bañé esa noche. Tenía la corrida del muchacho en el cuerpo y la dejé ahí, a propósito, debajo de la sábana, durmiendo al lado de mi marido.
Por primera vez en cinco meses, no sentí culpa. Sentí, en cambio, una cosa nueva: una especie de orgullo. Un orgullo sucio, oscuro, vergonzante. Pero orgullo.
Yo estaba haciéndome dueña de algo que durante toda mi vida había creído que no me pertenecía.
***
Pedro llevaba viviendo en casa cinco semanas para ese momento.
El primer mes había sido el mes de las cortesías.
Pedro era un huésped impecable. Lavaba los platos.
Compraba el pan los sábados. Saludaba con cariño.
Subía a su cuarto temprano. Se iba a la pasantía a las nueve y volvía a las siete.
Yo lo veía en los desayunos —cuando yo bajaba, él ya estaba con Gregorio en la mesa—, en las cenas tres veces por semana, en algún almuerzo de domingo.
Era cordial conmigo, llamándome Luna como yo le había pedido, sin volver a llamarme tía.
Yo lo trataba con cariño de tía aunque no le había dicho nunca tía.
Me había preocupado por él la primera semana —que se sintiera cómodo, que tuviera buenas sábanas, que supiera cómo prender la calefacción del piso de arriba—.
Esa preocupación, escribiéndola ahora, me da algo.
No fue pura. No fue solo de tía. Era una atención que yo no me reconocía a mí misma como sospechosa.
Un día compré una crema de manos buena para su baño, sin que él me la hubiese pedido.
Lo justifiqué pensando en que las manos de un muchacho que recién entraba al mundo del trabajo se le iban a resecar con el invierno.
Pero la elegí yo, en una farmacia, con un cuidado que no había puesto cuando elegía mis propios productos.
Le compré, después, una colcha más gruesa, porque escuché por la noche el ruido de él tapándose con dos sábanas porque tenía frío.
Ahí ya tendría que haberme detenido. No me detuve.
A la quinta semana las cosas habían empezado a cambiar de manera más visible.
Lo había notado yo primero. Lo había notado en pequeños gestos.
Pedro se demoraba en la cocina a la mañana cuando yo bajaba.
Antes salía corriendo cuando yo entraba.
Ahora se quedaba un rato más, conversando.
Me preguntaba por mi trabajo. Me preguntaba —con ese tipo de preguntas que se hacen los hombres cuando quieren saber algo más profundo y se lo permiten todavía no— por mí.
Cómo me había hecho contadora. Cómo había conocido a Gregorio.
Si había tenido alguna otra carrera antes. Yo le contestaba.