El pacto del deseo Capítulo 4
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Capítulo 4

Pasaron dos meses entre la noche del hotel con Camila y la noche que voy a contar al final de este capítulo, la noche en que Gregorio me hizo la propuesta que cambió todo. Dos meses durante los cuales pasaron muchas cosas y, al mismo tiempo, ninguna que yo me hubiese permitido nombrar entonces.

Si tuviera que resumir esos dos meses con honestidad, escribiría: cogí mucho.

Cogí con mi marido. Cogí con Andrés, que de un cliente con el que había ido una vez a su casa se había convertido en un amante regular.

Me acoste, dos veces, con un fotógrafo de treinta años al que conocí en una inauguración.

Me masturbé en mi escritorio pensando en los tres.

Me masturbé en la ducha pensando en los tres.

Me dormí algunas noches con la intimidad pulsándome todavía de algo que había hecho a las cinco de la tarde con uno y que cubría con el sexo conyugal de las once de la noche con el otro.

Eso es lo que pasó.

Lo que no escribiría con tanta facilidad es el cambio.

El cambio no se nombra fácil. El cambio fue que en algún momento de esos dos meses dejé de sentir el llanto.

Dejé de salir del apartamento de Andrés con un nudo en la garganta.

Dejé de necesitar lavarme dos veces. Dejé de mirar a Gregorio en la cena pensando este hombre no sabe lo que hago.

Empecé a mirarlo con otra cosa, una cosa que no tenía nombre todavía, una cosa parecida al cariño viejo pero atravesada por una distancia.

Como se mira a un hermano que sigue creyendo en una versión de uno que ya no existe, y al que uno deja seguir creyendo porque romperle la versión sería una crueldad.

Esa distancia, escribiéndola ahora, me da más miedo que la culpa que ya no tenía. La culpa habría sido una prueba de que yo todavía pertenecía al mundo en el que me había criado. La distancia era prueba de que ya pertenecía a otro mundo.

***

A Andrés lo veía dos veces por semana, casi siempre los martes y los jueves, entre las cuatro y las seis de la tarde.

Los martes y los jueves yo le decía a Gregorio que tenía reuniones con clientes y Gregorio nunca preguntaba cuáles.

Los martes y los jueves Andrés salía temprano del estudio jurídico y me esperaba en su apartamento del sexto piso, con dos cafés servidos —porque siempre tomábamos un café antes, una costumbre que se había instalado en la segunda visita y que yo agradecía porque le daba al encuentro una forma civilizada—.

Andrés se había vuelto cómodo conmigo y yo con él.

La torpeza de la primera vez —los anteojos que se sacaba antes de besarme, la pregunta nerviosa de si yo estaba segura— había desaparecido al tercer encuentro.

Ahora tenía una manera propia de tratarme, una manera que no se parecía a la de Gregorio ni a la de Sebastián ni a la de los otros hombres con los que había estado ese año.

Andrés era un hombre que había aprendido a coger después de los cuarenta, después de un divorcio largo, con la honestidad del hombre que sabe que tiene tiempo y que ya no necesita demostrar nada.

Me cogía con una atención lenta, con muchas pausas, hablándome bajito al oído cosas que en boca de otro habrían sonado a guion y en su boca sonaban a una conversación que solo era nuestra.

Un martes de mayo, lluvioso, llegué a su apartamento empapada porque me había agarrado la lluvia entre el auto y el portal del edificio.

Andrés me abrió y me vio así, con el pelo pegado a la frente, con la blusa transparentándose un poco.

Me miró un segundo más de lo que correspondía. Después se rió.

—Ven.

Me sacó la blusa en la entrada misma del apartamento, antes de cerrar la puerta.

Me la sacó porque tenía la excusa real de la lluvia, pero también porque ya estábamos en ese punto de la cosa en que la geografía del apartamento se había sexualizado entera.

Yo le dejé. Quedé en sostén contra la puerta cerrada.

Andrés me besó. Me besó con esa boca delgada que ya conocía, con su lengua, con el hambre tranquila que tenía siempre.

Me bajó el cierre de la falda y cayó al piso. Quedé en tanga.

—Tenía ganas de verte —me dijo.

—¿Ganas?

—Mucha hambre.

Le agarré su sexo por encima del pantalón.

Estaba dura. Le bajé el cierre. Le bajé el bóxer ahí mismo, contra la puerta.

Me arrodillé. Se agarré con la mano —El pene de Andrés era grueso, no muy largo, de una forma que se me había vuelto familiar— y me la metí en la boca.

Le había aprendido a chupar bien en dos meses.

Sabía cómo le gustaba —despacio al principio, después con más profundidad, con la lengua trabajándole abajo—.

Me la chupé con los ojos cerrados, con la frente apoyada contra su vientre, sintiéndolo respirar fuerte.

Andrés me agarraba el pelo con una mano.

No me empujaba. Me agarraba el pelo como quien agarra algo que le importa.

A los pocos minutos me levantó. Me llevó al dormitorio. Me tiró boca arriba en la cama. Me sacó la tanga. Me separó las piernas. Pero esta vez no me chupó. Esta vez se subió encima de mí, se puso un preservativo con la velocidad del hombre que ya está caliente, y me la metió.

—Te necesitaba —me dijo, mientras me la metía despacio.

—Yo también —le dije.

Y era cierto. Eso era cierto. Yo a Andrés no lo amaba —no era esa palabra— pero lo necesitaba.

Mi cuerpo necesitaba esos martes y esos jueves.

Mi cuerpo había aprendido que dos veces por semana algo le pasaba que no le pasaba con su marido, y esa diferencia se había vuelto, en dos meses, una necesidad orgánica.

Andrés me cogió fuerte esa tarde. Más fuerte que de costumbre.

Me agarró las dos piernas, me las dobló contra el pecho, me las metió hasta el fondo.

Me cogió con un hambre acumulada de hombre que se aguantó la semana entera para esto.

Yo acabe a los diez minutos, gritando contra una almohada que él me puso bajo la cabeza para que pudiera morder.

Cuando acabe, le clavé las uñas en la espalda.

—Más —le dije, cuando bajé.

Me miró. Le brillaron los ojos.

—¿Más?

—Cógeme más.

Me dio vuelta. Me puso boca abajo. Me levantó las caderas.

Me la metió desde atrás. Me cogió con el cuerpo mío contra la cama, con la cara mía aplastada contra el colchón, con sus manos agarrándome la cintura.

Era una posición que con Gregorio yo no usaba mucho —Gregorio era un marido cariñoso, prefería verme la cara—.

Con Andrés la había descubierto. Con Andrés esta era la posición nueva, la que tenía un punto de animal puro que me había gustado desde la segunda vez.

Me cogió así durante un rato largo. Me hizo venir otra vez.

Yo le pedí —escribirlo me da risa, escribirlo me da algo más que risa— que se viniera adentro mío.

—No tengo —le dije, sin dar más explicación. Quería decirle que él podía sin protección esa tarde, pero el lenguaje me salió otra vez como me salía con él, en clave de amantes, sin precisar nada.

—¿Estás segura?

—Sí.

Andrés se sacó el preservativo. Me la metió otra vez, ahora a piel.

La diferencia, esa diferencia chiquita, me calentó enseguida.

Le sentí su falo distinto, sin nada, caliente.

Andrés me cogió tres minutos más a piel y se vino adentro mío con un quejido bajo, sosteniéndome las caderas con las dos manos, apretándomelas con una fuerza que me iba a dejar marca.

Cuando salió, se acostó al lado mío, jadeando. Yo me quedé boca abajo. Sentí cómo me chorreaba la corrida por la entrepierna, hacia el muslo. Andrés me besó la espalda.

—Quedate —me dijo—. Quedate hasta las seis.

Eran las cinco y veinte. Tenía cuarenta minutos.

Me quedé.

***

Mateo era el fotógrafo. Lo conocí una noche de fines de mayo, en una inauguración a la que fui sola porque Gregorio estaba afuera por trabajo y porque la galerista era cliente mía y me había invitado.

La inauguración era de un fotógrafo joven, treinta años.

Su trabajo eran retratos en blanco y negro, primeros planos de mujeres comunes, con una luz dura, con una atención que no era voyeurística pero que se acercaba al borde.

Me detuve frente a una de las fotos —una mujer de unos cincuenta años, con una arruga vertical entre las cejas, con un pelo gris corto, con una expresión de cansancio que tenía algo de hermosura— y me quedé mirándola un rato más de lo que se quedan los demás.

Detrás de mí escuché:

—Esa es mi madre.

Me di vuelta. Era él. Mateo tenía un metro ochenta y pico, era flaco, casi huesudo, con un pelo oscuro alborotado y unos ojos negros muy vivos.

Vestía una camisa negra con las mangas dobladas hasta los codos, jeans gastados, zapatillas blancas.

Tenía esa cosa de hombre joven que no se dio cuenta todavía de que es hermoso.

Tenía una sonrisa torcida. Tenía manos largas, con las uñas no del todo limpias —manos de hombre que trabaja con las manos—.

—Tu madre es una mujer interesante —le dije.

—Lo es.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Yo le sostuve también, porque ya había aprendido a sostener miradas durante un segundo más, cuatro meses atrás había empezado a aprender, y ahora me salía solo.

—¿Tu eres la contadora de Inés?

—Sí, Luna.

—Me dijo que iba a estar acá. Le dije que quería conocerte.

—¿Por qué?

—Porque me dijo que eres una mujer interesante. Y porque me caen bien las mujeres interesantes mayores que yo.

Lo dijo así, sin filtro. Mayores que yo. Tenía una frescura que no se entrenaba. Yo me reí. Le pregunté cuántos años tenía. Treinta, me dijo. Le dije que yo cuarenta. Me dijo que me veían treinta y cuatro. Le dije que era mentira. Se rió.