Capítulo 3 #8
Me llevó cuarenta minutos calmarme. Me lavé la cara con una botella de agua. Me retoqué el rímel en el espejo retrovisor. Manejé despacio hasta casa. Llegué a la una. Gregorio no estaba —el volvía al día siguiente—.
Me bañé durante una hora. No me bañé para sacarme suciedad. Andrés no me había dejado ninguna suciedad. Me bañé porque necesitaba un ritual. Me bañé porque después de un descubrimiento, una mujer adulta a veces necesita lavarse despacio para reconocerse de nuevo en el cuerpo.
Esa noche dormí poco. No dormí mal. No estaba angustiada.
Estaba en otra cosa. Estaba pensando en Andrés —en cómo me había dicho te miro hace cuatro años, en cómo le había temblado la voz un poquito en la mitad de la oración, en cómo me había dibujado palabras en la espalda con el dedo— y al mismo tiempo estaba pensando en Gregorio, en mi marido, en el hombre que iba a volver al día siguiente y al que iba a tener que mirar a los ojos en el desayuno.
No me sentía sucia. Esa fue la cosa más rara. Me sentía descubierta. Era una sensación nueva. Era la sensación de una mujer que había descubierto, a los cuarenta años, que existía un tipo de hombre y un tipo de tarde y un tipo de copa de vino que ella no había sabido que existían.
Y eso, escribiéndolo ahora, lo entiendo: esa noche fue la noche en que terminé de irme de mi matrimonio sin todavía haberme ido.
Me fui en un sentido más profundo que el geográfico.
Las propuestas de Gregorio me habían movido el cuerpo.
Andrés me había movido otra cosa. Y la cosa que Andrés me había movido era la que decidía, en última instancia, dónde iba a vivir el resto de mí.
Al día siguiente, Gregorio volvió por la tarde. Cenamos. Lavamos los platos juntos. Subimos. Me cogió. Me cogió como me cogía siempre. Me vine. Le dije te amo.
Pero esta vez, cuando me dijo te amo, le mentí.
No fue una mentira grande. Fue una mentira chiquita, casi técnica.
Le dije te amo y era verdad pero era solo una de las cosas que sentía.
La otra cosa, la que no podía decirle, era que adentro mío había una mujer nueva que él no conocía.
Una mujer que le había mentido por primera vez en veinte años.
Una mujer que no se sentía sucia por haberse ido a la cama con Andrés sino que se sentía descubierta por la manera en que Andrés la había mirado durante tres horas.
Esas son cosas distintas. La primera la hubiese podido manejar. La segunda no.
Me dormí dándole la espalda, con la cara contra la pared.
***
Pedro llegó tres días después.
Lo escribo así, seco, porque así fue. Yo me había olvidado, en el lío de Andrés y de Camila, de que Gregorio había recibido un mail de un sobrino lejano —el hijo del único hermano de Gregorio, Eduardo, con el que Gregorio se había peleado por la herencia del padre hacía veinticinco años y al que no veía desde entonces—.
El sobrino se llamaba Pedro. Tenía veintitrés años.
Había crecido en otra ciudad, lejos de nuestra vida.
Acababa de terminar la carrera y le habían ofrecido una pasantía de seis meses en un estudio de nuestra ciudad.
No tenía dónde quedarse. Le había escrito a Gregorio porque su padre, en algún momento de borrachera reciente, le había dicho que tenía un tío en esta ciudad que tal vez podría ayudarlo.
Gregorio había contestado el mail unas semanas atrás, antes de todo el lío de Camila, ofreciéndole quedarse con nosotros la primera semana mientras encontraba algo.
Era el tipo de gesto que Gregorio hacía sin avisarme demasiado, el tipo de gesto que las parejas largas se dejan hacer entre ellas sin discutir.
Yo le había dicho, encogiendo los hombros: bueno, dale.
La casa estaba vacía con los hijos afuera. Era una semana.
El día que llegó Pedro yo estaba todavía con la marca de Andrés adentro, todavía sin haber procesado lo del martes, todavía sin haberme animado a llamar a Camila para volver a verla aunque tenía ganas.
Era un viernes a las seis de la tarde. Estaba en la cocina cuando sonó el timbre.
Gregorio bajó a abrir. Yo me asomé al hall.
Pedro entró con una mochila grande y una cara cansada.
Era alto, casi como Gregorio. Era flaco.
Tenía el pelo oscuro, más largo de lo que se usaba en los hombres de su edad, peinado para atrás.
Tenía los ojos verdes, no como los de Gregorio que son grises, ojos verdes claros.
Tenía una barba de unos días. Era bien parecido.
No era espectacular —no tenía la presencia entera de los hombres acabados— pero tenía esa cosa de hombre joven que recién se está formando, con los músculos del que hace deporte sin obsesionarse, con la piel fresca, con los pómulos altos.
—Tío —le dijo a Gregorio. Lo abrazó.
—Pedro.
Gregorio se dio vuelta y me presentó.
—Esta es Luna, mi mujer.
Pedro me miró. Vino. Me dio dos besos. Su barba me rozó la mejilla. Olía a viaje, a auto, a un perfume joven, fresco.
—Mucho gusto, Luna —me dijo. Tenía una voz más grave de lo que esperaba para un muchacho de veintitrés.
—Bienvenido —le dije.
Lo dije normal. Sonreí. Era el sobrino del marido. Era una semana. Era nada.
Pero cuando levanté los ojos, después de los dos besos, me lo encontré con los suyos todavía en mí.
Una décima de segundo más de lo que correspondía.
Me los sostuvo con una atención que no era de muchacho.
Era una mirada de adulto. Era la misma mirada con la que Andrés me había estado mirando durante cuatro años.
La aparté. Le dije: pasa, te muestro tu cuarto.
Subí la escalera con él detrás, con la mochila. Le abrí la puerta del cuarto que había sido de Mateo. Le mostré dónde estaba el baño. Le dije que la cena era a las nueve, que se acomodara tranquilo. Él me dijo gracias, Luna. Yo bajé.
Cuando llegué a la cocina me di cuenta de que tenía las manos un poco frías. Me lavé la cara en el lavaplatos sin pensar.
Esa noche, en la cena, Pedro fue impecable. Habló poco, escuchó mucho, contestó con educación, le hizo bromas a Gregorio sobre cosas viejas de la familia que yo no conocía. Era un buen muchacho. Eso era lo que era. Un buen chico educado, joven, de paso.
Me dormí esa noche al lado de Gregorio sin pensar más en él.
A las tres de la mañana me desperté. No sabía por qué. Me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad. Estuve tratando de identificar qué me había despertado. No había habido ruido. Gregorio dormía. La casa estaba en silencio.
Y entonces me di cuenta. Me había despertado pensando en los ojos verdes de Pedro mirándome dos décimas de segundo más de lo que correspondía. Me había despertado un cuerpo que ya no me preguntaba antes de hablar.
Me tapé la cara con la sábana. Me dije a mí misma, en silencio: no, Luna, no, esto no, esto no.
Me dormí a las cuatro.
Esto fue lo que pensé antes de dormirme: ya no era la mujer que decía no.