El pacto del deseo Capítulo 3 #7
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Capítulo 3 #7

Me sacó la blusa color crudo despacio, de a un botón.

La colgó en la silla. Eso me conmovió. Era un detalle que un hombre apurado no hace.

Después me sacó la falda, también con calma, conmigo ayudándole.

La puso al lado de la blusa. Quedé en sosten y tanga, color natural, ropa interior de mañana, no la lencería que se hubiese puesto una mujer que sabía que iba a venir. Me miró así.

—Eres hermosa, Luna.

—Andrés.

—Sí.

—No me hables. Tócame nada más.

Era una frase que no me había planeado. Salió. Andrés la entendió. No volvió a hablar.

Se sacó la camisa. La dobló en la silla.

Se sacó el pantalón. Quedó en bóxer. Tenía el cuerpo de un hombre de cuarenta y cinco delgado, sin trabajar, con un abdomen moderada, con vello en el pecho.

No era el cuerpo deportivo de Sebastián.

No era el cuerpo joven que yo había imaginado en alguna fantasía.

Era un cuerpo real, un cuerpo de hombre adulto, uno que mostraba la edad que tenía sin disimulo.

Me gusto ver eso. Me calentó porque era honesto.

Vino. Me besó otra vez. Me bajó la tiras del sostén por los hombros.

Me lo desabrochó por atrás, con los dedos un poco torpes —no le salió a la primera—.

Me la dejé, sin ayudarlo, porque me gustó la torpeza.

Cuando el sostén cayó, se quedó mirándome un segundo entero.

Después bajó la cabeza y me besó un pezón, con una boca despacio que no había aprendido en cuatro años de fantasía sino que la estaba inventando en el momento.

Pasó al otro. Subió. Me besó el cuello, la clavícula.

Me agarró los dos senos con las manos abiertas, sin apretar. Las pesaba.

—Ven —le dije.

Lo llevé a la cama. Me acosté de espaldas. Él se acostó al lado mío, apoyado en un codo, mirándome desde arriba. Me pasó la mano por el vientre, despacio. Me bajó la tanga con un gesto único, sin teatro. Quedé desnuda en la luz ámbar.

Andrés me miró. Me miró sin prisa. La forma en que un hombre te mira un cuerpo desnudo te dice todo. Andrés me lo miró con la atención que pocas veces se ve. No era hambre. Era reverencia.

—¿Puedo? —me preguntó, con la cabeza inclinada hacia abajo.

—Sí.

Bajó. Me besó el vientre. Me besó la cara interna del muslo derecho. Después la del izquierdo. Después subió. Me chupó.

Andrés no chupaba con técnica de profesional.

No era Sebastián. No era Camila. Era un hombre que llevaba un año y medio sin tener una mujer entre las manos y al que la mujer que tenía entre las manos esa noche le importaba más de lo que la cabeza le permitía decir.

Se notaba en el ritmo. Se notaba en cómo paraba de pronto para mirarme la cara desde abajo.

Se notaba en cómo me ponía una mano sobre el vientre, como sosteniéndome.

Me encanto. Me gusto con una intensidad que no esperaba.

No porque la técnica fuera la mejor. Porque la atención era la mejor.

Le agarré el pelo —el poco que tenía a los costados— y me arqueé un poco.

Me vine antes de lo que pensaba. Me vine con un sonido bajo, sin grito, con la boca apretada.

Andrés me siguió chupando suave hasta que yo bajé. Después subió.

—Luna —me dijo, con la cara mojada.

Lo silencié con dos dedos en la boca. No quería palabras todavía.

Le bajé el bóxer. La pene era largo, fino, con menos grosor que la de Gregorio pero con una dureza pareja. Era de un hombre que no había cogido en mucho tiempo y para el que esto era importante.

—Tengo —dijo Andrés, y se inclinó hacia la mesita de noche. Sacó un preservativo. Se lo puso despacio, sin teatro. Lo agradecí.

Vino. Se acomodó entre mis piernas. Me miró a los ojos. Me la metió.

La sentí entrar despacio. La sentí entera. Andrés se quedó adentro un momento, sin moverse, mirándome a la cara. Me puso una mano en la mejilla. Me apoyó la frente contra la frente.

—Gracias —me dijo en voz baja.

—Sshh.

Empezó a moverse. Despacio al principio.

Después con un ritmo que era el suyo, pausado, profundo.

No era el sexo del hotel con Sebastián. No era el sexo de la novedad con Camila.

Era un sexo más tranquilo, más conversado.

Andrés me miraba a la cara. Yo lo miraba.

No nos hablábamos pero los ojos hablaban —el suyo decía no puedo creer que estás acá; el mío, sin que yo se lo dijera, decía yo tampoco puedo creerlo, y no es por lo que tú piensas—.

Me vine una segunda vez con él adentro. No me lo esperaba. Esta vez fue más larga, más profunda. Me agarró las caderas. Me cogió un poco más fuerte. Yo cerré los ojos.

Cuando Andrés sintió que estaba por venirse, paró un segundo. Casi se sale.

—Estás bien —le dije.

Volvió. Me cogió treinta segundos más y se vino, con el cuerpo apretado, con la frente apoyada en mi cuello, con un quejido que apenas le salió. Se quedó quieto adentro un momento. Después salió.

Se acostó al lado mío. No me abrazó enseguida. Se quedó boca arriba, jadeando, mirando el techo. Yo también. Estuvimos así un rato.

Después él se giró. Me pasó el brazo por debajo del cuello. Me atrajo hacia su pecho. Me besó el pelo.

—Quedate un rato —me dijo.

—Un rato.

Me quedé. No sé cuánto. Veinte minutos. Media hora.

Andrés me hizo cuentas en la espalda con la punta del dedo —números, palabras, cosas que no leí, una caligrafía privada que no era para entender, era para hacer—.

Yo me dejé. Sentí el corazón de él lento al lado del oído, el latido despacio que tienen los hombres después.

Y entonces —y eso es lo difícil, escribirlo ahora— empecé a llorar.

No fue un llanto urgente. No fue el llanto que tendría que haberme correspondido, el llanto del qué hice.

Fue otro llanto. Un llanto suave, lateral, casi tranquilo.

Me caían las lágrimas por la cara hacia el pecho de Andrés sin hipo, sin temblor, sin escándalo.

Andrés sintió la humedad. Movió la cabeza un poco.

No me preguntó nada. Me apretó un poco más fuerte. Me besó la coronilla.

Lloré bajito durante unos minutos. Lloré por una cosa que no había sabido nombrar hasta esa noche.

Lloré porque acababa de descubrir que un hombre podía mirarme cuatro años en silencio y, al final, hablarme con vergüenza.

Lloré porque acababa de descubrir que eso —esa atención— era una cosa que mi cuerpo extrañaba sin saberlo.

Lloré porque eso era más peligroso, mucho más peligroso, que cualquier propuesta administrada de Gregorio.

Lloré porque las propuestas de Gregorio tenían el cinismo de ser un juego, y esto que acababa de pasar con Andrés no era un juego, y por eso no había manera buena de meterlo de vuelta en el matrimonio.

Cuando paré, Andrés me secó la cara con el dorso de la mano. No me preguntó por qué. Eso también lo agradecí.

—Tengo que irme —le dije.

—Bueno.

Me levanté. Me vestí en silencio. Andrés se puso un bóxer y una camiseta. Me miró vestir desde la cama, sin levantarse, con esa cara serena de hombre que no quería romper algo entendiendo más de la cuenta.

En la puerta, me besó. No me besó como una despedida ardiente. Me besó suave, una sola vez, una vez larga.

—Si quieres que no exista esto, no existe —me dijo—. Te lo prometo.

—Andrés.

—Sí.

—No prometas nada todavía. Ni tu ni yo. ¿Bueno?

—Bueno.

Me dio un último beso en la mejilla. Salí.

Bajé al ascensor. El ascensor estaba vacío.

Me miré en el espejo. La mujer que se miraba era la misma de las cinco de la tarde, con la blusa color crudo y el pantalón negro y los zapatos sin taco, pero los ojos eran otros.

Los ojos eran los ojos de una mujer que acababa de descubrir algo que no había sabido durante cuatro décadas.

Salí del edificio. Caminé las dos cuadras hasta el auto que había dejado cerca del café Roma. Eran cerca de las doce. La calle estaba más vacía que cuando habíamos caminado juntos. Llegué al auto. Me senté detrás del volante. Cerré la puerta.

Y entonces, con la puerta cerrada, sola en el habitáculo a oscuras, el llanto vino otra vez. Pero distinto. Esta vez fue un llanto más fuerte, sí, pero no por culpa. Era un llanto que reconocía algo. Lloré bastante. Lloré durante diez minutos seguidos sin poder manejar.

No lloraba por lo que había pasado en la cama.

Lo que había pasado en la cama había sido bonito —era la palabra honesta, bonito, aunque me costara escribirla—.

Lloraba porque entendía algo que no había entendido con Sebastián ni con Camila.

Lloraba porque entendía que esto último, lo de Andrés, no había sido administrado por Gregorio.

Yo había aceptado un café por el galpón, yo había aceptado el otro café cuando él me lo ofreció, yo había aceptado un trago de ginebra, yo había aceptado la última bebida, yo había subido al departamento sabiendo y no sabiendo lo que iba a pasar, yo lo había besado primero. Era todo mío.

Pero no era frío. Esa fue la diferencia más grande.

No era una decisión calculada. Era una entrega.

Era el cuerpo cediendo a una atención que llevaba mucho tiempo sin recibir.

Era una mujer dejándose querer por un hombre durante tres horas.

Esa palabra —entrega— era una palabra que yo me había prohibido durante todo el año.

La entrega, en mi cabeza vieja, era cosa de adolescentes.

Las mujeres de cuarenta no se entregaban; las mujeres de cuarenta administraban.

Lo que acababa de hacer con Andrés era una entrega.

Y esa entrega era más infiel a Gregorio que cualquier cosa que hubiese hecho en el hotel o en mi propia cama con Camila.

Porque las otras infidelidades habían sido cuerpo, y esta había sido otra cosa.

Lloré por entender eso. Lloré por entenderlo a las doce y diez de la noche, sentada en mi auto, sola, frente al café Roma cerrado.