Capítulo 3 #6
El segundo trago lo tomamos hablando de matrimonios.
No del mío. Del suyo. Andrés volvió al tema de su mujer, con una elaboración que no había podido hacer en el café.
Me contó cómo se había enterado —un mensaje en el celular de ella, un mensaje accidentalmente cruzado—.
Me contó la conversación esa misma noche.
Me contó la separación. Lo contó sin victimismo.
Lo contó como un hombre que ya había pasado el dolor original y ahora estaba en la etapa de ver el episodio desde afuera, con cierta curiosidad incluso.
Me sorprendió la sanidad con que hablaba.
—¿Y tú no sentías rabia? —le pregunté—. ¿Hacia ella? ¿Hacia él?
—La sentí. Fuerte, los primeros meses. Después se me fue.
Me quedó una cosa más rara, que es esto: pensar que mi mujer, durante los últimos años del matrimonio, fue una mujer que yo no terminé de ver.
Que adentro de la mujer que yo conocía vivía otra mujer, que yo no supe escuchar, y que esa otra mujer, callada, terminó haciéndose lugar en otra parte.
Eso es lo que me quedó. No rabia. Una cierta vergüenza por no haberla mirado a tiempo.
Yo me lo quedé mirando. Lo dijo sin frase armada.
Lo dijo como quien lo había pensado a las tres de la mañana muchas veces.
Me había llegado adentro con una precisión que pocas frases me habían llegado en mi vida.
Porque la frase, sin que él lo supiera, también describía algo de mí.
La mujer que vivía adentro de mí, callada, también se había hecho lugar.
La diferencia era que en mi caso no había mirado a otro.
Había mirado a una mujer del bar y había mirado el techo de un hotel y había mirado a Camila y había mirado a una moza con la pulserita roja en la muñeca.
La mujer adentro mío estaba haciéndose lugar de otra manera. Pero la frase la describía también.
—Andrés —le dije.
—Sí.
—Lo que acabas de decir es muy bonito.
—Es lo que aprendí.
Tomamos del trago. Nos quedamos un rato sin hablar. El silencio no era incómodo. Era el silencio que aparece cuando dos personas adultas están en una mesa y los dos saben que se acaba de decir algo más importante que las cosas que se decían antes.
Pidió una tabla de quesos y aceitunas. Me preguntó si quería gin tonic. Le dije que sí.. Me reí.
Eran las nueve y diez. Yo no me había acordado de mirar la hora.
La miré porque algo en el cuerpo —no en la cabeza— me lo pidió.
La cabeza estaba en otro lado. La cabeza estaba en una conversación.
El cuerpo, recién, estaba registrando que era una hora a la que una mujer casada normalmente no está en un bar a media luz con un cliente bebiendo ginebra.
Andrés me miró. Se dio cuenta de que yo había mirado la hora. No me preguntó si me tenía que ir. En lugar de eso, me dijo:
—Luna.
—Dime.
—Te voy a decir una estupidez. Yo después, si quieres, salgo del bar y manejo a casa. No te molesto más.
—Dime.
Bajó un poco la mirada. La levantó otra vez. Tenía los ojos marrones del cliente prolijo de los cuatro años, pero esta vez con una cosa nueva debajo, una cosa que era valor o terror o las dos juntas.
—Vivo a tres cuadras. ¿Vendrías a tomar el ultimo a mi casa? Yo solo quiero seguir hablando contigo un rato. No quiero que esta noche se termine acá. Sé que estoy diciendo una tontería.
Lo miré.
Y ahí, en ese segundo —escribiéndolo ahora con la honestidad que se gana después—, supe lo que iba a decir y supe lo que iba a pasar después de decirlo.
No con la frialdad de las decisiones que se calculan.
Con la otra manera, la que no se calcula.
La que sucede en el medio del cuerpo, antes de pasar por la boca.
Andrés no me estaba pidiendo solo seguir hablando.
Yo no estaba aceptando solo otra copa. Las dos frases —la suya y la mía, la que él había dicho y la que yo iba a decir— iban a ser frases con una cosa adentro que ninguno de los dos tendría que nombrar para que la cosa estuviera ahí.
Pero no era una decisión fría. Era otra cosa.
Era una mujer de cuarenta años, casada con un hombre que la usaba como tablero de ajedrez, encontrada un martes a las nueve y diez en un bar pequeño por otro hombre que la había mirado en silencio durante cuatro años y que esa noche, con varios tragos encima, se animaba a invitarla a tomar la última copa con una vergüenza tímida que nadie le había mostrado en mucho tiempo.
—Bueno —dije.
Andrés me sostuvo la mirada un segundo. Después, sin sonrisa de victoria, sin gesto de cazador, asintió una vez. Como un hombre que registra algo importante. Pidió la cuenta.
Caminamos las tres cuadras hablando de estupideces.
Era una noche de mayo con frío suave. Andrés me preguntó si me daba el saco —yo lo tenía puesto— y se rió de su propia pregunta.
La calle estaba tranquila. Pasaba un perro.
Pasaba un autobús lejos. Yo no le hablaba pero me sentía caminada con una atención nueva: él iba un paso más lento que su paso natural para no adelantárseme, miraba al pasar por las esquinas si venía un auto antes de que yo lo viera, se ponía del lado de afuera de la vereda.
Eran cosas chicas. Eran cosas que yo no recordaba haberme dado cuenta de haber registrado nunca.
Llegamos al edificio. Subimos en el ascensor en silencio. El silencio del ascensor era distinto al del bar. Más cargado. Andrés tenía la espalda apoyada contra la pared del fondo. Yo estaba de costado. Nos miramos en el espejo del ascensor más que de frente. Eso lo recuerdo.
El departamento era ordenado, masculino, con poco decorado.
Olía a un perfume tenue —no a perfume puesto, a esa colonia que un hombre se pone cada mañana y que dejó la puerta del baño abierta—.
Una mesa baja con un libro. Un sillón gris.
Una biblioteca con discos de vinilo. Una ventana grande que daba al frente.
—¿Vino otro gin? —preguntó Andrés, sacándose la chaqueta.
—Ginebra.
Fue a la cocina. Yo me saqué el saco yo, lo dejé sobre el respaldo de una silla.
Caminé hasta la ventana. Miré la calle. Por la calle pasaba la gente común haciendo lo de siempre.
Pensé, sin querer pensarlo: nadie de los que están allá abajo sabe que estoy acá arriba.
Era la primera vez en mi vida que ese pensamiento me producía una cosa.
No era miedo. Era otro nombre para algo parecido al miedo.
Andrés volvió con dos tragos. Me pasó uno. Tomamos un sorbo. No estábamos sentados todavía. Estábamos los dos parados en el living, frente a la ventana, con las copas en la mano.
—Luna.
—Sí.
—Si en algún momento quieres irte, te vas. Sin explicar.
—Bueno.
Hubo un silencio.
—¿Te puedo decir una cosa?
—Sí.
—Me gustas.
Lo dijo despacio. No con teatro. Lo dijo como quien deja una piedra en una mesa. Yo lo miré. Andrés tenía la cara seria. Le tembló la voz un poquito en la mitad de la oración —un temblor mínimo, casi inaudible, que para mí fue lo que decidió la noche—.
—Y tú a mi —le dije.
Esto no lo planees solo salió.
—¿Lo sabes no?
—Una mujer sabe, Andrés.
Asintió. Bajó la copa a la mesa baja. Yo no bajé la mía. La dejé en mi mano por algo que reconocer ahora me cuesta. Necesitaba sostener algo.
Andrés se acercó. Se paró frente a mí. No me agarró. Solo se acercó hasta una distancia que ya no era de conversación. Me miró.
—¿Te puedo besar?
Yo no contesté. Lo besé yo. Me incliné yo. El vaso se me inclinó en la mano y un poco se me cayó en los dedos. No me importó. Le pasé la mano libre por la mejilla. Le besé despacio. La barba era de pocos días. La boca era de un hombre que había estado callado mucho tiempo.
Andrés tardó un instante en contestar el beso, como sorprendido.
Después contestó. Me agarró la cintura con una mano.
Con la otra me sacó el vaso, despacio, y lo apoyó al lado del suyo en la mesa baja, sin mirar, sin separarse.
Cuando volvió a tener las dos manos libres, una me la puso en la nuca y la otra en la cintura, y me besó con un hambre acumulada de cuatro años.
Pero no era una hambre voraz. Era una hambre cuidadosa, una hambre administrada, una hambre que sabía que esto que estaba pasando podía romperse si una manejaba mal.
Me sacó hacia atrás —despacio— hasta el sillón.
Me sentó. Se arrodilló entre mis piernas, en el piso, y me siguió besando con yo sentada y él de rodillas.
Era una postura rara. Era una postura que dos cuerpos asumen cuando uno de los dos está cediendo el peso al otro.
Yo le pasé las manos por la nuca, por la calva pulida, por los hombros.
Le abrí dos botones de la camisa. Le pasé la mano por el pecho —tenía vello, lo conocía sin haberlo conocido—.
Andrés cerró los ojos un segundo cuando le toqué la piel.
—Luna.
—Sí.
—Hace cuatro años que pienso en este momento. Te lo digo para que tu sepas, no para hacerte sentir algo.
Le pasé el pulgar por la boca. Lo dejé ahí un segundo. Después le agarré la cara con las dos manos y lo besé otra vez.
—¿Podemos ir a tu cuarto? —le pregunté en voz baja, con la frente apoyada en la suya.
—Sí.
Me llevó de la mano.
El cuarto era simple. Cama matrimonial deshecha de la mañana —Andrés se rió y la rehízo apurado, sin decirme nada, antes de soltarme la mano—.
Una mesita de noche. Una lámpara baja. Una ventana con una cortina de tela cruda.
Encendió la lámpara. Apagó la luz general.
El cuarto se quedó con esa luz que no es ni de día ni de noche, una luz ámbar.
Volvió. Se quedó parado frente a mí, con yo parada en la mitad del cuarto.
—No quiero apurarte —me dijo.
—No me estás apurando.