El pacto del deseo Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

Andrés Beltramino era cliente mío desde hacía cuatro años.

Le llevaba la contabilidad de su empresa —una distribuidora chica, herencia del padre, doce empleados—.

Tenía cuarenta y cinco años, era alto, delgado, calvo desde joven con una calva que asumía con elegancia.

Tenía la nariz larga, los ojos marrones, la boca seria.

Era un hombre que daba la mano fuerte y miraba a los ojos cuando saludaba.

Estaba divorciado hacía un año y medio, por una infidelidad de la mujer con un compañero de trabajo de ella.

Lo sabía porque me lo había contado en una de nuestras reuniones, hacía un año, en un momento bajo, después de que firmáramos los balances.

Andrés, en los cuatro años, me había mirado siempre con respeto.

Si me había mirado de otra manera, lo hizo con una elegancia tal que yo nunca lo había registrado de manera consciente.

Es posible que el cuerpo lo hubiese registrado igual, en alguna parte, sin pasar por la cabeza.

Eso lo entendí mucho después. Esa semana, todavía, no.

El lunes a las once de la mañana me llegó un mensaje al WhatsApp.

Luna, ¿tendrías media hora esta semana para revisar conmigo lo de la venta del galpón de mi viejo? Es tema de impuestos a las ganancias, y quiero entenderlo bien antes de firmar nada. Si te queda mejor en un café, mejor que en oficina, lo veo medio personal.

Lo leí dos veces. Era un mensaje normal.

Andrés escribía siempre así, con una cortesía leve, con la misma sintaxis cuidada con la que firmaba los papeles.

La venta del galpón era un asunto real, lo conocía: un inmueble heredado del padre, que los hermanos habían acordado vender por fin.

Era un trámite con su parte fiscal compleja. La consulta tenía sentido.

Le contesté:

Sí. Mañana a las cinco, ¿café Roma, en la esquina de tu oficina?

Perfecto. Te llevo los papeles.

Cerré la conversación. Seguí trabajando. La cita la anoté en la agenda como anotaba todas: Beltramino — galpón — 17 hs. No había nada en aquella tarde que se distinguiera de otras tardes de mi profesión.

Eso lo escribo ahora con cuidado, porque en algún punto de los meses siguientes me iba a preguntar a mí misma si había sabido.

Si en algún rincón de la cabeza, sin admitirlo, había aceptado el café por algo distinto al galpón.

Me hice la pregunta entonces y la respuesta fue honesta: no.

La respuesta era no. Yo el martes no sabía nada.

Salí de mi casa con una carpeta de cuero, los papeles del cliente, los anteojos para leer letra chica, una cartera mediana, los zapatos sin taco que uso para reuniones.

Me había puesto una blusa color crudo y un pantalón negro porque eran los más cercanos al sillón cuando me cambié.

No me había mirado en el espejo más rato que el habitual.

Era una mujer yendo a tomar un café por trabajo. Eso era. Y eso, también, fue otra cosa que cambió en una sola tarde sin pedirme permiso.

Llegué al café Roma a las cinco menos cinco.

Andrés ya estaba en una mesa contra la ventana, con la carpeta abierta y dos cafés pedidos.

Se levantó cuando me vio entrar. Me dio la mano —Andrés, en cuatro años, nunca me había dado un beso, era de los que daban la mano—.

Me ofreció la silla. Esperó a que me sentara para sentarse él.

—Te pedí café. Si quieres otra cosa, lo cambiamos.

—Está perfecto.

Empezamos por el galpón. Hablamos cuarenta minutos.

Andrés tenía el legajo bien armado —era un hombre prolijo, lo había sido siempre—, así que el trabajo fue eficiente: le expliqué la diferencia entre venta como persona física y venta a través de la sociedad, le mostré los dos cálculos en una hoja, le hice las recomendaciones, le anoté qué documentos iba a necesitar de la escribanía.

Andrés tomaba nota en una libretita con bolígrafo.

Hacía preguntas inteligentes. Yo le contestaba.

Cuando terminamos, eran las seis menos veinte.

Andrés cerró la carpeta. Se la puso al costado de la silla.

Y cuando levantó la vista, había en su cara una cosa distinta.

La cosa distinta no era teatro. Era el contraste entre el hombre concentrado de la consulta y el hombre que volvía a aparecer cuando la consulta cerraba.

Yo registré el contraste, registré que existía esa diferencia, y eso —escribiéndolo ahora— fue el primer milímetro de la noche.

—Bueno —dijo Andrés—. Gracias, Luna. Como siempre.

—De nada.

—¿Te tienes que ir?

Lo miré. Él levantó las manos un poco, casi disculpándose por la pregunta.

—Te invito otro café. O lo que quieras. No me hagas terminar la tarde con el galpón. Es un tema feo.

Me reí. Una risa corta, sorprendida.

—Tienes razón, es un tema feo. Bueno, otro café.

Pidió dos cafés más. Vinieron. Empezamos a hablar de otras cosas.

Andrés me preguntó por mis hijos —se acordaba de los nombres, eso lo registré, se acordaba de Camila y de Mateo y de las edades aproximadas—.

Le conté brevemente. Le pregunté yo por el suyo —tenía un hijo de catorce años que vivía con la madre—.

Me contó. Hablaba de su hijo con una ternura concreta, no esa ternura que muestran los hombres en público para parecer buenos padres, una ternura más rara, una ternura de domingo solo en un departamento. Me cayó bien escucharlo.

Hablamos también de su divorcio. No se lo pregunté yo.

Salió en una pausa. Andrés me dijo, casi al pasar, que llevaba un año y medio aprendiendo a estar solo.

Que era un trabajo. Que no se lo había imaginado tan difícil.

Que las dos primeras semanas había llorado todas las noches en una almohada que era de su mujer y que no había tirado.

Lo dijo con humor. No era un humor amargo —era humor real, de hombre que ya empezó a hacerse cargo de lo que es—.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Ahora estoy en el lugar en el que uno empieza a ver mujeres en los lugares. ¿Sabes cómo te digo?

—No.

—Hay una etapa después de un divorcio en la que uno va a un café y nota cosas que un hombre casado no nota.

Que en la mesa de al lado hay alguien lindo.

Que la chica del mostrador tiene una sonrisa interesante.

Que la mujer que entró recién, la que está sentándose, mueve las manos de una manera que te hace mirarla más rato.

Esa etapa. No es romántica. Es una etapa rara.

Es como volver a tener antenas que llevabas veinticinco años con la batería baja.

Yo me reí. Pero algo en lo que dijo me había tocado.

La frase antenas con la batería baja describía algo que yo tenía adentro y que no había encontrado las palabras para nombrar.

Hacía meses que tenía antenas distintas.

Lo que pasaba, con Gregorio, era que las antenas las había prendido él, sin pedirme permiso.

Andrés había prendido las suyas solo. La diferencia me importaba.

—Y tú —me dijo entonces, con una pausa pequeña que no era torpe sino cuidadosa— ¿estás bien?

—¿Yo?

—Sí. Te veo distinta.

Lo miré. Era una pregunta de hombre que estaba mirando, no preguntando por cortesía.

La pregunta me caló más de lo que correspondía.

La pregunta me caló porque hacía mucho que nadie de afuera de mi casa me preguntaba si estaba bien.

Mi madre no me preguntaba. Estela no me preguntaba —Estela hablaba de sus cosas y yo escuchaba—.

Gregorio no me preguntaba; Gregorio gestionaba.

Andrés, el dia de hoy en un café Roma, era el primer humano en meses que me miraba a la cara y me preguntaba si yo estaba bien.

Le tardé en contestar.

—Estoy en una época rara —le dije al final—. Pero estoy bien.

—¿ quieres contarme?

—No.

—Bueno. Me quedo con eso, entonces.

No insistió. No volvió a preguntar. Pidió una botella de agua mineral.

Cambió de tema. Me contó una anécdota chiquita de una empleada nueva de su empresa que había confundido un proveedor con otro y había ordenado tres mil cajas de algo que no necesitaba.

La contó bien. Yo me reí. La risa esta vez fue más larga, más franca.

Cuando levanté el vaso para tomar agua, Andrés me miró la mano. La miró un segundo entero. Yo le miré la mirada. Andrés se dio cuenta de que lo había visto mirar. Sonrió, una sonrisa pequeña, como de quien lo descubrieron en algo menor. Me dijo:

—Tienes manos bonitas, Luna.

Yo no contesté. Bajé la mano al regazo. Sentí que me había subido un calor a la cara y traté de no mostrarlo.

Era una tonteria. Era un comentario lateral de un cliente sobre las manos.

Pero me había hecho una cosa adentro que tendría que haberme servido de aviso.

No me sirvió. Me calentó, en cambio, una curiosidad por los próximos diez minutos.

Andrés miró la hora.

—Bueno. No te quiero retener.

—Tampoco tengo apuro.

Me lo escuché decir. La frase no estaba planeada.

Salió del costado del cuerpo, no de la cabeza.

No tengo apuro. Era cierto. Gregorio estaba afuera de la ciudad por un viaje de trabajo —se había ido el lunes, volvía el miércoles—.

Mateo estaba en el campo con mi padre. Camila estaba lejos.

La casa estaba vacía. No me esperaba nadie esa noche.

Andrés me sostuvo la mirada un segundo más.

—¿Te puedo invitar un trago acá enfrente? Hay un sitio bueno.

—Bueno.

El bar estaba a media cuadra. Era uno de esos sitios pequeños, mesas chicas, cerveza y tragos bueno, luz baja. Andrés saludó al mesero. Era cliente. Nos sentaron en una mesa al fondo, contra una pared con un cuadro sin pretensión.

Pidió un gin tonic para él. Me preguntó qué tomaba. Pedí lo mismo.

El primer trago lo tomamos hablando de música.

No me acuerdo cómo apareció el tema. Andrés escuchaba un cantante Venezolano que yo había escuchado antes y nunca le había prestado atención.

Me contó dos canciones. Me dijo nombres, con la confianza de quien recomienda algo que le importa.

Le tomé el dato. Le prometí escucharlas.