Capítulo 3 #4
Bajé. Le besé los senos. Me las metí en la boca, las chupé. Eran chicas, firmes, con pezones más grandes y duros que los míos. Le pasé la lengua entre los senos. Bajé al vientre. Le besé la cadera, donde tenía el tatuaje. Era una palabra en latín, no la entendí. Bajé más.
La primera vagina de mujer que vi en mi vida fue la de Camila.
La miré antes de chupar. Estaba depilada, completamente, con la piel pálida.
Los labios eran chicos, simétricos. El clítoris se veía bien.
Olía a algo limpio, a algo que no era olor de hombre.
Olía levemente, a un olor que no me dio asco. Me dio curiosidad.
Bajé. Le pasé la lengua. La probé.
El sabor de otra mujer es algo que no se puede describir si no se probó.
No es el sabor de uno mismo, aunque se parezca.
Es el sabor de una intimidad que no es la propia.
Me sorprendió que me gustara. Me calentó que me gustara.
Le pasé la lengua otra vez, esta vez más insistente. Camila gimió, bajito.
—Sí —me dijo—. Así.
La chupé. La chupé con la técnica del que improvisa pero está atento. La fui leyendo. Subí al clítoris, bajé, le metí la lengua, jugué. Camila empezó a moverse contra mi boca. Me agarró la cabeza con las dos manos. Me dijo cosas:
—Sí, así, ahí, no pares puta, así.
Me calentó que me dijera puta. Me encendió que me hablara con esa crudeza. Le aceleré. Le aceleré hasta que sentí que se le tensó el cuerpo entero. Se vino. Se vino con un gemido largo, las manos en mi pelo, las caderas levantadas de la cama. Se vino con mi boca encima.
Me incorporé. Tenía la cara mojada de ella. Me sentía orgullosa, una cosa rara.
Y entonces fue cuando Camila se incorporó también, con los ojos brillantes, y miró a Gregorio.
—ven.
Gregorio se desvistió rápido. Se había estado tocando por encima del jean durante todo el rato y tenía su miembro durísimo. Camila lo miró con un descaro profesional. Me miró a mí.
—¿Compartimos? —me preguntó.
Yo entendí.
—Sí.
Nos pusimos las dos arrodilladas en la cama, una al lado de la otra, frente a Gregorio que estaba parado al borde.
Camila le agarró su miembro con una mano.
La mía estaba en el muslo de él. Camila se inclinó primero.
Le pasó la lengua de abajo arriba, despacio.
Después subió a la cabeza y se la metió en la boca.
La chupó con un cuidado de mujer experimentada.
La chupó dos minutos. Después se separó.
Me miró. Me hizo un gesto con la cabeza.
Yo me incliné. Le chupé el pene a mi marido con otra mujer mirándome. La chupé como me gustaba a mí, con la mano en la base, con la lengua moviéndose por debajo de la cabeza. Gregorio cerró los ojos. Le agarró el pelo a las dos.
—Las dos juntas —dijo.
Camila se acercó. Y entonces hicimos algo que yo no había hecho nunca y que ahora, escribiéndolo, todavía me cuesta ponerle palabras precisas.
Se chupamos las dos a la vez, las dos lenguas trabajándole los costados, la cabeza pasando de una boca a otra, las dos chupándole los huevos por turnos.
Yo le pasaba la lengua por un lado, Camila por el otro, las lenguas se nos encontraban en la punta.
En algún momento, con el glande entre las dos bocas, Camila me besó.
Me besó a mí, con el miembro de Gregorio entre nosotras dos, con el sabor de él anticipado mezclándose en el beso.
Se rió bajito contra mi boca. Yo me reí también.
Le di un beso largo, sucio, con el miembro de Gregorio empujando contra nuestras lenguas.
—Qué hijas de su puta madre son las dos —dijo Gregorio, jadeando—. Voy a venirme.
—Acá —dijo Camila, y abrió la boca.
Yo abrí la mía también. Las dos juntas, boca abierta, las lenguas afuera, miramos a Gregorio.
Gregorio se la sacudió tres, cuatro veces, con la mano.
Y se vino. Se vino a chorros, primero en la lengua de Camila, después en la mía.
La leche cayó en mi boca, caliente, espesa.
Camila recibió la primera tirada entera.
La segunda me la dieron a mí. La tercera fue mitad y mitad, sobre las dos lenguas afuera.
Algo cayó en el mentón mío, otro poco en el pecho de Camila.
Cerramos las bocas las dos al mismo tiempo, con la leche adentro.
Y entonces Camila me agarró la cara. Me la acercó.
Me besó. Me besó con la leche de Gregorio en la boca, las dos compartiéndola, empujándola con la lengua de una boca a la otra, mezclándola.
La tragué a mitades con ella. Lo que me caía por la comisura me lo limpió Camila con el pulgar y se lo chupó.
Gregorio nos miraba con una cara que parecía a punto de quebrarse. Tuvo que sentarse en el borde de la cama. Su sexo le seguía duro, todavía goteando.
—Me cago en todo —dijo.
Camila se rió. Me besó la frente.
—Bueno —dijo—. Ahora vamos en serio.
Lo que vino después no lo planeamos.
Nos quedamos los tres en la cama. Yo en el medio, Gregorio a un lado, Camila al otro.
Camila me acariciaba el brazo sin decir nada.
Gregorio me besaba el cuello. La habitación tenía esa temperatura de los cuartos usados, ese calor de cuerpos que habían estado juntos.
Nadie habló. Nadie propuso nada. La noche estaba quieta afuera.
Me dormí sin darme cuenta.
Eso fue lo que más me sorprendió después, escribiéndolo: que me dormí.
Que no tuve insomnio, que no me quedé contando daños en el techo.
Me dormí con una naturalidad que no esperaba, con Camila a mi espalda y Gregorio apretado contra mi costado, y dormí de un tirón hasta que el sol de las once me entró por la cortina que siempre dejamos mal cerrada.
Me desperté con la sensación de no saber dónde estaba.
Me costó dos segundos ordenar el cuarto, la cama, los cuerpos.
Camila dormía de costado con el brazo sobre mi vientre.
Gregorio estaba boca arriba, la boca ligeramente abierta, dormido en serio.
Yo me quedé quieta un rato sin moverme, escuchando la respiración de los dos, mirando la luz que cortaba el cuarto en diagonal.
Era mediodía.
Era mediodía y estaba en mi propia cama con mi marido y con una mujer que hacía unas horas no conocía, y lo único que sentía era una quietud extraña. No culpa, no urgencia. Quietud.
Camila se despertó antes que Gregorio. Abrió los ojos despacio, me miró, y sonrió. No fue una sonrisa de triunfo ni de evaluación. Fue la sonrisa de alguien que también se sorprende de estar donde está.
—Mediodía —le dije, bajito.
—Mediodía —repitió.
Gregorio siguió durmiendo. Camila me miró un momento más.
Después se inclinó y me besó, despacio, sin urgencia, con la boca de alguien que no tiene apuro porque lo que va a hacer lo va a hacer igual.
Me besó en el cuello, en el hombro, en la clavícula.
Sus manos me recorrieron el cuerpo con esa atención suya, esa manera de tocar que no pedía permiso pero tampoco imponía nada. Yo cerré los ojos.
Lo que pasó en esos minutos fue distinto a la noche anterior.
Era de día. La luz entraba. Camila se tomó el tiempo que quiso y yo me dejé.
No voy a narrar los detalles porque esa vez fue más íntima que lo anterior, más callada, más de las dos solas aunque Gregorio abriera los ojos a la mitad y nos mirara desde su lado de la cama sin moverse y sin decir nada.
Lo que sé es que me vine con la cara vuelta hacia la ventana y los ojos abiertos, mirando la luz de las doce del mediodía como si fuera la primera vez que la veía.
Después Camila me apretó fuerte, una sola vez, y se levantó.
—¿Hacemos el desayuno? —dijo, en voz normal, como si hubiera amanecido en su propia casa.
Desayunamos en la cocina los tres. Gregorio hizo el café.
Camila encontró sola dónde estaba el pan, como si supiera las casas de las personas por instinto.
Comimos con una conversación que fue liviana y fácil, de esas que aparecen solas cuando nadie está forzando nada.
Hablamos de una película que Camila había visto.
De un libro. De una cosa sin importancia.
Yo tomé mi café mirándola moverse por la cocina y pensé, sin querer pensarlo demasiado, que era una mujer que estaba cómoda en el mundo.
Que no necesitaba que el mundo le aclarara nada.
A las tres Camila se preparó para irse. Se puso la camisa, el pantalón, los zapatos en el borde de la silla. Tomó la cartera. Gregorio la despidió con un abrazo en la entrada. Después Camila vino a mí.
Me besó en la mejilla. Después en la boca, suave, una vez.
—Estuvo muy bien, Luna —me dijo.
—Sí —le dije. Era la respuesta honesta.
—¿Nos volvemos a ver?
Miré a Gregorio. Después la miré a ella.
—Sí —dije.
—Me avisas cuando quieras. Sin apuro.
—Sin apuro —repetí.
Camila asintió. Nos miró a los dos una vez, con esa calma suya que lo registraba todo sin comentarlo. Después se fue. Escuché la puerta de la calle cerrarse.
Gregorio y yo nos quedamos en la entrada un momento. Él me pasó el brazo por los hombros.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —le dije. Y era verdad.
Subí al cuarto. Hice la cama. Abrí la cortina del todo para dejar entrar el mediodía completo.
. Me metí en la cama desnuda, todavía. Gregorio me agarró por atrás.
—Estás bien —me dijo. No era pregunta.
—Estoy más que bien.
—Te diste cuenta.
—De qué.
—De que te gustó. De que te gustó, no porque yo te lo pedí.
—Sí.
Me quedé callada un rato. Gregorio se durmió.
Yo me quedé despierta hasta las cuatro, otra vez.
Pero esta vez no estaba llorando ni estaba haciendo el inventario de daños.
Esta vez estaba en otro lugar. Esta vez el cuerpo me estaba diciendo, con una claridad nueva, una cosa que iba a tardar dos días más en convertirse en acción.
El cuerpo me estaba diciendo: ahora ya está.
Ya eres otra. No vas a volver atrás. Acéptalo.
Acepté.
***
Eso fue el sábado. El lunes apareció Andrés.