Capítulo 3 #3
Me la quedé mirando. Tomé del trago para tener un segundo más.
Tenía adentro una pelea que se había vuelto desigual: por un lado, la mujer de cuarenta años que en el desayuno había dicho que no con firmeza, esa mujer que yo creía conocer, que tenía argumentos, que tenía cuarenta años de evidencia a su favor; por el otro, una mujer nueva, aparecida hacía cuarenta y cinco minutos en este bar, que no había leído nunca el contrato y que estaba mirando a Camila con un hambre que ni se molestaba en disimular.
La mujer vieja, en ese momento, se dio cuenta de que la pelea ya estaba perdida.
La perdió no por argumento. La perdió porque la otra mujer, la nueva, era más joven, era más curiosa, era más honesta.
Y porque la mujer vieja, finalmente, en ese bar, frente a esa mujer, entendió una cosa fea: la firmeza de su no en el desayuno había sido una firmeza barata.
Era firme porque nunca había sido puesta a prueba en serio.
Como un argumento de quien defiende una posición sin haberla discutido.
La discusión recién había empezado, y la posición se le caía sola.
Ahí, en ese bar, en esa mesa del fondo, tomando un vino tinto que había pedido ella, mirándole la cara seria con los ojos verdes y la boca grande sin pintar, le miré la garganta cuando habló.
Le miré las clavículas que se le marcaban arriba de la camisa abierta.
Le miré las manos largas, sin uñas pintadas, con un anillo de plata en el dedo medio derecho.
Y entendí, sin que se me cruzara una palabra explícita por la cabeza, que esa mujer me excitaba.
Me prendía no como me prendían los hombres, no era esa hambre.
Era un hambre rara, nueva, un hambre por el cuerpo de ella en abstracto, por saber qué se sentía estar cerca de ese cuerpo, por meterle la mano debajo de la camisa, por verla desnuda.
Era un hambre más curiosa que urgente, pero era hambre.
Y entendí, también, que no era Camila la que me había hecho esto.
Camila no había hecho nada. Camila se había sentado, había cruzado las piernas, había pedido un trago, había hablado con una voz grave, se había tocado la base del cuello sin querer.
Eso era todo. La que había hecho la cosa era yo.
Era yo dándome cuenta, en presencia de una mujer concreta, de algo que no había sabido ver en la abstracción de mis cuarenta años.
Camila era el espejo. Yo era la que se estaba viendo, finalmente, en el espejo.
—Sí —le dije.
Me miró.
—¿Sí?
—Sí, quiero.
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
Camila me sostuvo la mirada un par de segundos. No cambió la cara. Pero noté, en algún lugar atrás de los ojos, que se le aflojó algo. Se inclinó. Me agarró la mano sobre la mesa. Una sola vez. Me la apretó.
—Bueno —me dijo—. Vamos a hacer las cosas bien.
Quedó para el sábado siguiente. En casa, esta vez, no en hotel.
Camila vendría a las ocho. Gregorio estaría.
Cenaríamos los tres primero, una cena tranquila, y después veríamos.
Yo había aceptado que fuera en casa porque Camila me había dado, en el bar, una sensación de seguridad que el desconocido del hotel no me había dado.
Con Sebastián, todo había sido un mecanismo de cuidados —el hotel, el preservativo, los desconocidos pactados—.
Con Camila, la cosa era más íntima. Me daba menos miedo.
Eso lo escribo ahora y me da una risa amarga, porque la intimidad fue precisamente lo que terminó haciendo más daño después. Pero esa noche yo no lo sabía.
Esa semana, hasta el sábado, me masturbé tres veces pensando en ella.
Tres veces, con tres días de diferencia.
La primera fue el viernes a la noche, en la ducha, después de que Gregorio se durmiera.
Me apoyé contra el azulejo y me toqué pensando en su boca, en su voz grave, en cómo me había agarrado la mano sobre la mesa.
Me vine corto, contenido. La segunda fue el lunes a la tarde, en mi escritorio del entrepiso, con la puerta de la casa cerrada.
Me bajé el pantalón, me senté en la silla, me toqué con dos dedos.
Esa vez me imaginé chupándole los pezones.
No le había visto los pezones, los inventé.
Me los imaginé chicos, oscuros. Me vine pensando en eso.
La tercera fue la madrugada del sábado, antes del día.
A las cinco de la mañana me desperté con la vagina latiéndome y me toqué al lado de Gregorio, que dormía.
Me vine bajito, con los dientes apretados.
Esa última vez me imaginé las dos cosas a la vez —Camila chupándola Gregorio mientras me miraba a mí—.
La imagen me calentó de una manera que me asustó.
Le dije a Gregorio, esa mañana, después del desayuno:
—Tengo ganas.
—Yo también, Luna.
—Te dije que no me iba a prender una mujer y mira.
—Luna, te calentó una mujer. No todas.
—Sabes a lo que me refiero.
—Sí, lo sé.
Se rió. Me besó.
El sábado a las ocho, Camila golpeó la puerta.
Cenamos en el comedor. Yo había hecho una pasta simple, un vino blanco, una ensalada.
Camila trajo una botella de tinto. Comimos los tres con una conversación que no fue forzada en ningún momento.
Camila tenía una cosa rara: hacía que las cosas funcionaran sin que ella trabajara para que funcionaran.
Le hizo a Gregorio dos preguntas sobre su trabajo que lo prendieron.
Me preguntó a mí vida. Habló ella un rato de su divorcio sin convertirlo en drama.
Era una mujer adulta, en el sentido pleno de la palabra.
No estaba ahí por necesidad. Estaba ahí por elección.
A las nueve y media, todavía en la mesa, con los platos del postre vacío y el vino casi terminado, Camila se levantó. Vino al lado mío. Se inclinó. Me apoyó una mano en la mejilla, suave. Me miró.
—Luna.
—Qué.
—¿ Vamos?
Yo asentí.
Me besó. Me besó parada, con yo sentada, con la mano en la mejilla.
Su boca era distinta a las de los hombres.
No era ni mejor ni peor. Era distinta. Era más blanda.
Era más chica. Tenía un sabor a vino tinto y a algo más, una cosa subterránea, la saliva de mujer.
Me besó con una calma rara, sin abrirme la boca al principio, dejándome adaptarme.
Después sí. Después su lengua entró despacio, encontró la mía, jugó.
Yo me di cuenta de dos cosas en ese beso. La primera: que no me sorprendía estar besando a una mujer. Mi cuerpo no protestó. La segunda: que me prendía. Me excitaba rápido, me prendía con un calor distinto al que me prendían los hombres, un calor más blando, menos urgente, pero igual de claro.
Le agarré la nuca. Le acerqué la cara. La besé yo a ella.
Detrás de la mesa, Gregorio nos miraba.
Subimos al dormitorio los tres. La cama era nuestra, la de siempre, la de veinte años.
Era raro estar entrando a esa cama con Camila.
Yo no me había permitido pensar en eso antes.
Una cama de matrimonio tiene un olor, una memoria.
Camila se subió a la mía con una elegancia natural, sin forzar nada.
Se sacó los zapatos en el borde. Se sentó. Me miró.
Yo me empecé a desvestir. Lo hice yo, sin que ella ni Gregorio lo pidieran. Me bajé el cierre del vestido y lo dejé caer al piso. Me saqué el brasier. Me quedé en tanga. Camila me miró los senos. Me las miró mucho rato, sin disimular.
—Qué hermosa eres —me dijo.
—Gracias.
—Ven.
Me acerqué. Me senté en la cama frente a ella.
Camila me agarró los dos senos con las manos.
Las pesó. Las pellizcó suave en los pezones, midiendo cómo respondía.
Yo cerré los ojos. Sentí su boca bajar al pezón izquierdo.
Lo chupó. Lo tuvo en la boca un buen rato, jugando con la lengua, mordiéndomelo despacio.
Después pasó al otro. Lo hizo distinto a Gregorio.
Distinto a Sebastián. Era un chupar de mujer, más detallista, menos hambre y más estudio.
Yo le agarré la cabeza. Le pasé los dedos por el pelo negro. Me calente. Me excite con una rapidez que me sorprendió. La vulva empezó a latirme. Sentí la humedad bajándome.
Camila se incorporó. Empezó a desvestirse ella.
Se sacó la camisa, despacio, con yo mirándola.
El brasier era negro, encaje. Los senos eran pequeños, copa B, con pezones oscuros como me los había imaginado el lunes.
Se sacó los pantalones. La tanga era negra.
Las piernas eran largas, blancas. Tenía una cicatriz en la rodilla derecha, vieja.
Tenía un tatuaje pequeño en la cadera, una palabra que no leí.
—Sácate la tanga, Luna —me dijo.
Me la saqué.
Quedé desnuda en la cama frente a ella, con Gregorio mirando desde el costado del cuarto, todavía vestido, con su miembro apretado contra el jean.
Camila se acercó. Me acostó boca arriba. Me besó la boca. Bajó. Me besó el cuello, los senos, el vientre. Me siguió bajando. Llegó a mi sexo.
Y entonces me chupó.
Una mujer chupando a otra mujer es otra cosa.
Es la cosa más distinta que descubrí esa noche.
Camila sabía. Camila chupaba con una técnica que era de mujer que sabe lo que se siente del otro lado.
No me chupaba como un hombre que aplica una habilidad.
Me chupaba como alguien que se chupa a sí misma.
Sabía exactamente cuándo presionar, cuándo aliviar, cuándo cambiar de ritmo, cuándo soplar despacio, cuándo meter la lengua adentro, cuándo subir al clítoris y quedarse ahí.
Me calentó en cinco minutos. Después en diez ya estaba al borde.
—Espera —le dije, jadeando—. Me voy a venir.
—Ven.
—Espera, quiero hacerte yo.
Se separó. Me miró desde abajo, con la cara mojada. Me sonrió. Subió. Se acostó al lado mío, boca arriba.
—Bueno. Hace.
Yo tenía la vagina latiendo y las manos un poco temblorosas. Pero yo también quería. Yo quería saber cómo era el cuerpo de otra mujer. Lo había imaginado tres veces durante la semana. Era el momento.