Capítulo 3 #2
Y entonces empezó otra vez la cosa de las fotos, pero distinta.
Las fotos de mujeres me las miraba yo con un ojo nuevo.
Yo no sabía mirar mujeres con ojo de cliente, esa era la verdad, no había desarrollado nunca el músculo.
Las primeras dos o tres me las mostró Gregorio y a mí me costó tener una opinión.
Una era rubia, treinta y cinco, linda, demasiado fitness para mi gusto.
Otra era castaña, cuarenta y dos, una cara fría que me incomodó.
Otra era morena, treinta, con los senos grandes que parecían operadas —ahí Gregorio se rió y dijo tú me dijiste—.
Las fui descartando. Pero las miraba con atención. Esa era la cosa. Yo, una mujer de cuarenta años que decía no tener ningún interés en otras mujeres, estaba mirando fotos de mujeres con el cuidado de un comprador. Me daba un poco de risa. Me daba más vergüenza que risa.
La cuarta foto fue Camila.
Fue un viernes de noche, después de cenar. Gregorio bajó con el celular y me lo pasó.
—Mira esta.
La miré.
Camila estaba en una foto en blanco y negro, una foto que parecía sacada por una amiga buena, no una foto de catálogo.
Estaba sentada en lo que parecía una escalera de madera, con un vestido oscuro que le dejaba los hombros al aire.
Tenía el pelo negro hasta los hombros, una raya al medio, una cara larga con un mentón fuerte.
Los ojos eran claros —después supe que eran verdes—.
La nariz era un poco grande para los cánones, hermosa por eso.
La boca era ancha, sin pintar, con labios llenos.
No estaba sonriendo. Miraba la cámara de costado, como midiéndola.
Me la quedé mirando un segundo más de lo que quería.
—¿Quién es?
—Camila. Treinta y cinco. Divorciada hace dos años. Profesora de literatura en la universidad. Hace esto desde el divorcio. Le gustan más las parejas que los hombres solos. Discreta. Pasó las verificaciones.
—¿Es alta?
—Uno setenta y cinco.
—Es muy linda, Gregorio.
—Sí.
—Pero no es una mujer linda. Es otra cosa.
Gregorio se sentó al lado mío.
—Ese es el punto, Luna. No te elegí una mujer linda. Te elegí una mujer interesante.
—¿Te das cuenta de la diferencia?
—Sí. Es la diferencia entre una mujer que se va a usar y una mujer con la que se va a estar.
Lo miré. La frase me había dado un escalofrío chiquito.
Mi marido había aprendido a hablar de mujeres como si fueran objetos curables y eso tendría que haberme alarmado.
Tendría que haberlo dicho. No lo dije. La foto de Camila me estaba haciendo otra cosa que las fotos anteriores. Me estaba haciendo querer.
—Quiero conocerla antes —le dije.
—¿Antes de qué?
—Antes de decirte que sí. Tomar algo con ella. Hablar. Si me cierra, te digo que sí. Si no me cierra, te digo que no.
—Eso es perfecto. A ella le va a parecer bien.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque ya me dijo que prefería conocerte así.
Lo miré. La conversación, una vez más, ya estaba más adelante de mí.
***
La encontramos un jueves a las ocho de la noche, en un bar de un barrio que no era el mío.
Un bar bonito, con mesas pequeñas, con luz tenue.
Gregorio había reservado una mesa al fondo.
Llegamos diez minutos antes. Yo me había puesto un vestido azul oscuro, no demasiado pensado, los aros que me había regalado mi madre, un perfume suave.
Tenía cuarenta años y estaba nerviosa como una chica joven en una primera cita.
Camila llegó a las ocho en punto. Yo la vi entrar al bar antes de que ella nos viera.
Era más alta de lo que la foto sugería. Caminaba con una espalda derecha, sin esfuerzo, como caminan las mujeres que tienen un cuerpo amigable con ellas.
Llevaba un pantalón negro ancho y una camisa color crema con los primeros dos botones desabrochados.
Pelo suelto. Cero maquillaje, o muy poco.
Cuando vio a Gregorio levantó la mano y vino. Se movía despacio, sin prisa.
Yo la vi caminar los diez metros desde la puerta hasta nuestra mesa y registré, con un escalofrío que no esperaba, que tenía las palmas mojadas de transpiración apoyadas contra el borde de la mesa.
Eso, en una mujer que no se ponía nerviosa con casi nada, era un dato.
Mi cuerpo había empezado a contestar antes de que la mujer llegara a la mesa, antes de cualquier palabra, antes de que ella supiera siquiera quién era yo.
La frase que me había repetido seis veces en el trayecto en auto desde casa hasta el bar —esto va a confirmar que no me gustan las mujeres, esto va a ser un trámite— se me había caído de la boca antes de pisar el bar.
La caminata de Camila la había barrido. Le miré la manera de moverse y entendí, en ese segundo, que Camila no era una mujer que iba a confirmarme nada.
Era una mujer que me iba a desarmar la frase entera.
Llegó a la mesa. Saludó a Gregorio con dos besos. Después me miró a mí. Me dio dos besos, también. Su cara estuvo cerca de la mía dos segundos. Olía a algo limpio, una colonia que no reconocí, casi a perfume de hombre.
—Luna —me dijo. Tenía una voz grave, una voz más grave que la mayoría de las mujeres. Me gustó.
—Hola —le dije.
Se sentó. Cruzó las piernas. Se acomodó la camisa.
Pidió un vino tinto. Conversó con Gregorio dos minutos sobre cómo había llegado al bar, el tráfico, una cosa banal.
Después se giró hacia mí, en el sillón, con todo el cuerpo.
Ese gesto —girarse entera para hablarle a alguien, no solo la cabeza— fue lo primero que me sacó el aire un poco.
No me lo había anticipado. Yo había pensado, las dos veces que me había permitido pensar en esto durante la semana previa, que el peligro iba a ser su cara, su voz, alguna cosa concreta y nombrable.
No había contado con que el peligro pudiera ser un gesto.
Camila se giraba para hablarme con todo el torso, con todo el cuerpo, dejándole a Gregorio la silla de costado.
Era un gesto que tenían los hombres a veces, un gesto de atención completa, pero en una mujer hacia otra mujer adquiría otra textura.
Era una manera de decir yo estoy escuchándote a ti, no a los dos.
Yo me sentí, durante esos primeros minutos, mirada por una persona que se hacía cargo entera de la conversación.
No había sentido eso en mucho tiempo. Quizás nunca con otra mujer.
—¿Qué te dijo Gregorio de mí? —me preguntó.
—Lo básico. Edad, trabajo, divorcio.
—Te falta lo importante.
—¿Qué es lo importante?
—Que esta es la primera vez que vengo a este bar a esperar a una pareja con la que pueda llegar a no funcionar. Estoy nerviosa.
Me reí. Se me escapó. Una risa corta, sorprendida.
—¿Estás nerviosa?
—Sí.
—Yo pensé que eras tú la que estaba haciéndome el favor.
—Luna —me dijo, y se inclinó un poco hacia adelante—, las mujeres no se hacen favores entre ellas en estas cosas.
No es así. Si funciona, funcionamos las dos.
Si no funciona, no funcionamos las dos. Yo estoy acá porque me interesaste cuando Gregorio me habló de ti.
Pero si tu no Quieres, lo entiendo perfectamente.
Tomamos un trago, hablamos, nos vamos cada una para su casa. Sin escándalo.
Me la quedé mirando. Tenía los ojos verdes fijos en los míos. No me miraba con hambre. Me miraba con curiosidad. Me miraba de la manera exacta en la que un hombre nunca te mira en una primera cita. Un hombre te mira evaluándote. Camila me miraba conociéndome. Era una diferencia inmensa.
—¿Qué te dijo Gregorio de mí? —le pregunté.
—Que eres contadora. Que tienes cuarenta años.
Que estuviste con un solo hombre toda la vida.
Que el mes pasado tuvieron su primera experiencia con otro hombre y que tú lo manejaste mejor de lo que él esperaba.
Que tu cuerpo es hermoso —eso lo dijo él, no yo todavía—, que tienes un humor seco que él disfruta.
Que con mujeres no estuviste nunca y que la idea te incomoda.
—¿Y a ti eso te gusta?
—Eso no me gusta ni me disgusta. Es una información.
—Pero hay mujeres que les gusta iniciar a otra. He leído.
Camila se rió. Una risa baja, gutural.
—Hay. Yo no soy una de esas. A mí me gustan las mujeres que ya saben lo que quieren. No me calienta jugar a la maestra.
Mientras hablaba, Camila se había llevado la mano al cuello, una mano de dedos largos, y se había acariciado la base de la garganta con un movimiento mínimo que no estaba pensado para ser visto.
Era un gesto privado, de mujer que se autorregula sola, como cuando una se toca el pelo sin saber que se lo está tocando.
Yo lo vi. Yo le miré los dedos en la garganta dos segundos, tres, sin lograr apartar los ojos a tiempo.
Camila no se dio cuenta. O sí. No lo voy a saber nunca.
Lo único que supe en ese momento era que adentro mío se había encendido una luz roja que no podía apagar.
La luz roja me decía: estás mirando a una mujer tocarse el cuello como nunca te miraste mirando a un hombre tocarse nada.
Estás reconociéndote en una respuesta que no te conocías.
Bajé la vista al trago. Le di un sorbo largo.
Cuando levanté los ojos otra vez, Camila me estaba mirando directo, y por un segundo sus ojos verdes se quedaron en los míos como diciéndome, sin palabras, te vi mirándome.
No se sonrió. No me hizo un gesto. Solo me sostuvo la mirada el segundo justo.
Después, con una calma profesional, siguió hablando como si nada.
—Entonces ¿por qué viniste a verme?
—Porque a Gregorio me lo describió como un hombre que sabía lo que estaba haciendo.
Y a ti él te describió como una mujer que cuando se decide a algo lo lleva hasta el fondo.
Eso me interesó. Yo no quiero iniciarte a ti, Luna.
Yo quiero que te animes, y si te animás, ahí veremos qué pasa entre nosotras dos.
Pero la decisión es tuya. Yo no te voy a empujar.