Capítulo 3
Pasó un mes entre la noche del hotel y el día en que Gregorio me habló de su idea distinta.
Un mes raro. No era un mes de duelo ni de excitación ni de nada en particular.
Era un mes de espera no nombrada. La frase de Gregorio en el desayuno —te tengo una idea distinta, Luna, te la cuento cuando estés lista— se nos había quedado adentro de la casa como un mueble que nadie usa pero que no se anima a tirar.
A veces yo lo miraba de costado. Gregorio no insistía. Esa era su técnica.
Volvimos a coger como cogíamos antes, en apariencia.
Mejor que antes, debería escribir. Después de la noche del hotel, el sexo entre nosotros tuvo durante varias semanas una intensidad que no había tenido.
Yo le contestaba el cuerpo a Gregorio con una calidad nueva.
Me venía más fuerte. Le hablaba sucio en el oído cosas que no le hablaba antes.
Me dejaba dar vuelta en la cama sin pedir permiso, me dejaba poner las manos en lugares en los que antes me ponía un poco rara.
Una mujer que ya cogió con dos hombres a la vez no se va a poner formal con su propio marido. Esa lógica funcionó durante un tiempo.
Pero a las cuatro semanas la lógica se gastó.
Una noche, viernes, Gregorio me la metió y me embistió fuerte, como me hace siempre, y yo me vine, y después me quedé acostada al lado mirando el techo y entendí, sin querer entender, que el cuerpo me había vuelto a pedir.
La mujer que se había sentado a las tres de la mañana del hotel mirando el techo, la que había escuchado al cuerpo decir quiero más, no se había muerto durante el mes.
Había estado escondida. Cuando una sale del fondo del placer, la mujer normal vuelve a mandar un rato.
Pero el fondo se queda. El fondo es un nivel del agua que no se baja con tres semanas de vida ordenada.
Yo me había olvidado, durante el mes, de que el cuerpo tiene memoria.
Esa noche, después de coger, le pregunté a Gregorio:
—¿Qué era la idea distinta?
Lo dije bajito. No me había planeado decirlo. Me salió como salió la frase del orgasmo, hacía dos meses. El cuerpo arrastrando a la cabeza.
Gregorio me miró en la oscuridad. Le brillaron los ojos.
—¿ quieres saber?
—Sí.
—Te lo cuento mañana en el desayuno.
—Dímelo ahora.
—Mañana, Luna. No es para decírtelo en la cama.
Me besó la frente. Se durmió.
Yo me quedé despierta dos horas, otra vez.
Pensando. Calculando. Imaginándome qué cosa podía ser la idea distinta.
Imaginándome lo más obvio —dos hombres juntos, otro tipo de configuración con hombres, un grupo más grande— y descartándolo.
Gregorio se hubiese animado a decirme eso en la cama.
La idea era otra. Tardé toda la noche en darme cuenta.
Cuando me dormí, a las cuatro, ya lo sabía.
—Una mujer.
Lo dijo Gregorio en el desayuno, con la calma con la que dice las cosas importantes. Tenía la taza de café en la mano. La luz le pegaba en la cara.
Yo había servido el mío. Había puesto el café en la mesa. Estábamos sentados uno frente al otro como todos los días.
—No —le dije.
—Piénsalo.
—No, Gregorio. No.
—No te enojes.
—No estoy enojada. Te digo que no. Eso es distinto.
—Bueno.
Tomó café. No insistió. No me miró con cara de pena. Me miró normal. Como si me hubiese pedido pollo para la cena y yo hubiese dicho que prefería pescado.
Yo tomé el café. Me lo tomé entero antes de hablar. La cabeza me iba más rápido que las manos. Pensaba dos cosas a la vez. La primera: con razón no me lo dijo en la cama. La segunda: tengo que ser firme acá, porque si en esto cedo no cedo más en nada.
—Gregorio. Te lo voy a explicar una sola vez.
A mí, en la vida, no me gustó nunca una mujer.
Ni a los catorce, ni a los veinte, ni a los treinta.
Nunca. Cero. He mirado culos de mujeres con admiración profesional, como mira una mujer a otra que se cuida.
Pero no me prendieron. No tengo la fantasía.
No la tuve dormida esperando que me la despertara nadie.
Eso te lo digo de cara a cara para que no perdamos tiempo con esto.
—Te entiendo.
—¿Me entiendes?
—Sí.
—Bueno.
—Igual te pido una cosa, Luna.
—Qué.
—No te cierres del todo. Piénsalo unos días, no como decisión, como pregunta. ¿Por qué nunca? ¿Por qué cero? Es raro. La mayoría de las mujeres tiene al menos una curiosidad chica, aunque no la cumpla. Tu no la tuviste. ¿Será que no la tuviste o será que no te dejaste tenerla?
Lo miré. Me lo había dicho con una calma de psicólogo. Me sacaba de quicio cuando me hablaba así. Me sacaba de quicio porque en esa calma había una pregunta que tenía algo de verdadero, y yo lo registraba aunque no lo aceptara.
—No me hables como un terapeuta, Gregorio.
—Perdón.
—No.
—Bueno.
***
Se levantó. Me besó la frente. Se fue al estudio del fondo a trabajar, porque era sábado y tenía un proyecto que cerrar.
Yo me quedé sola en la cocina. El café me lo fui terminando despacio.
Miraba por la ventana el patio chico, el sauce, las piedras del piso que Gregorio había puesto él mismo el primer año que vivimos acá.
Pensé en la pregunta. Será que no la tuviste o será que no te dejaste tenerla.
La pregunta tenía la forma exacta que tenían todas las preguntas de Gregorio en los últimos meses: una pregunta razonable, con apariencia de psicología bien intencionada, que llevaba adentro una semilla.
La semilla, una vez plantada, crecía sola.
Yo cerré la canilla del agua, lavé la taza, y me dije a mí misma con claridad: la respuesta es la primera. La respuesta es que no me gustaron porque no me gustan. Punto. Que Gregorio se lo guarde.
Pero la pregunta había quedado plantada.
Dos miércoles después, almorzando con Estela en un bar del centro, me quedé un segundo mirando a la mesonera.
Era una chica, veintipico, no más. Pelo castaño claro, recogido en una cola.
Bonita pero no espectacular. Estaba apoyando los platos en la mesa de al lado.
Tenía el delantal que tienen las mesoneras en los bares medios elegantes del centro.
Se le veían los brazos por debajo del delantal, sin mangas.
Eran brazos jóvenes, con un poco de pecas, con una pulserita roja en la muñeca derecha.
Estela me estaba contando algo —se acababa de pelear con su hijo mayor por una tontería— y yo la escuchaba normalmente, pero los ojos se me fueron para la mesonera.
Me los volví con conciencia un segundo después.
Le presté atención otra vez a Estela. Pero al rato me volvieron a ir.
Esta vez la moza estaba inclinada hacia la mesa, apoyando una jarra de agua, y se le veían los dos senos chicas debajo del delantal. No mucho. Lo justo.
Le miré los senos. Se las miré dos segundos. Después aparté la cara.
Se me bajó al estómago una cosa. No era atracción, exactamente.
No me levanté con ganas de acostarme con ella ahí mismo.
Pero era curiosidad. Era querer saber. Era, escribiéndolo ahora, la semilla de Gregorio creciendo.
La pregunta del desayuno me había quedado pegada y el cuerpo, dos semanas después, sin que yo se lo pidiera, había empezado a buscar respuestas.
Estela me dijo:
—Luna, te fuiste.
—Perdón. Estaba pensando una cosa.
—¿Qué?
—Nada. Cosas mías. Sigue.
***
Esa tarde, en el auto volviendo al estudio, lo pensé.
Lo pensé honestamente. Me obligué a hacerme la pregunta de Gregorio sin la defensa armada.
¿Por qué nunca? Y la respuesta honesta no fue la que le había dado en el desayuno.
La respuesta honesta era, más o menos, esto: porque me crié en una familia donde una mujer que miraba a otra mujer era una pervertida, porque me casé a los veintidós con el hombre con el que estoy casada, porque en veinte años no se me había dado la oportunidad de plantearme nada, porque la fantasía con mujeres requiere haber tenido espacio para tener fantasías y mi vida había sido un metro cuadrado que apenas alcanzaba para mi marido, mis hijos y mis números.
No era que no me gustaran. Era que nunca había mirado bien.
Eso, descubrirlo en el auto un miércoles a las tres y media de la tarde, fue otra cosa que se me cayó adentro.
Yo quería sostener mi posición de la mañana.
La quería sostener por orgullo, ahora, porque le había dicho que no a Gregorio con firmeza y no quería volverme atrás.
Pero el orgullo es un combustible flojo cuando lo está discutiendo el cuerpo.
Llegué a casa. No le dije nada a Gregorio.
Esa noche hicimos el amor. Y cuando estaba viniéndome, al final, con su pene adentro mío, me apareció la cara de la mesonera del mediodía.
Apareció sola. Yo no la llamé. Apareció.
Me la imaginé sin el delantal. Me imaginé los senos chicas que no le había llegado a ver bien.
Me imaginé chupándole un pezón. Me vine.
Me vine con esa imagen en la cabeza. Gregorio no se enteró.
Yo me enteré.
Cinco días después se la pedí yo.
Lo hice un sábado a la tarde, con Gregorio leyendo en el sillón. Me senté frente a él. Cerré la computadora donde supuestamente estaba trabajando.
—Gregorio.
Levantó la vista del libro.
—Lo de la mujer.
—Sí.
—No estoy diciendo que sí.
—Bueno.
—Estoy diciendo que hagas lo que tenías pensado y yo veo. Si te aparece alguien que valga la pena, me la muestras. Si no, no.
—Bueno.
—Pero te aviso una cosa. Si me traes una chica de veintidós años con los senos operados, te mato.
Gregorio se rió. Una risa franca, corta.
—Te entendí.
Cerró el libro. Vino. Me besó la frente.
—Gracias —me dijo.
—Por qué.
—Por confiar otra vez.
—No estoy confiando.
—Sí, estás confiando.
Le dije que no me contestara cuando yo no quería contestar. Me reí. Subió a su computadora.