Capítulo 2 #4
Después nos quedamos los tres en silencio en la cama, durante un buen rato. Yo entre ellos dos. Respirando. Volviendo.
***
Sebastián se levantó a los veinte minutos. Se metió a la ducha él. Cuando salió, ya estaba vestido otra vez. Tenía la misma camisa gris, el mismo jean, los mismos zapatos. Era el mismo hombre de hacía dos horas. Pero yo no era la misma mujer.
Vino al cuarto. Me besó la frente, una sola vez. Me dijo:
—Cuídate, Luna.
—Tú también.
A Gregorio le dio la mano. Le dijo gracias, hermano. Se dieron un abrazo corto, de hombres. Sebastián levantó la mochila. Salió del cuarto. La puerta se cerró atrás de él.
Me quedé tirada en la cama. Gregorio se me acercó.
Me abrazó por atrás. Me besó la nuca. No me dijo nada.
Lloré un poco contra la almohada. Lloré despacio, sin grito, sin queja.
Lloré como se llora cuando uno entiende algo grande, no cuando uno sufre.
Gregorio me dejó llorar. No me preguntó nada. Me apretó contra su pecho.
Después me levanté. Me metí a la ducha del baño, con el agua bien caliente.
Me lavé entera. Me lavé despacio. Me quedé un rato larga debajo del agua, con la frente contra los azulejos, dejando que me corriera por la espalda.
Me lavé entre las piernas con la mano, sintiendo mi sexo todavía latiendo, todavía hinchada, todavía caliente.
Me lavé el culo con cuidado. Me lavé los senos.
Me lavé la cara. No estaba lavando suciedad. Estaba lavando un día.
Cuando salí, me miré en el espejo del baño, todavía húmeda.
La mujer que se había mirado a las cuatro de la tarde, con el conjunto borgoña y el vestido negro, era otra.
Esta tenía el pelo mojado, los ojos rojos de llorar un poco, el cuerpo marcado en lugares donde unas horas antes nadie la había marcado.
Me la quedé mirando. Me sonreí. Me sonreí con una sonrisa rara.
Le dije a la mujer del espejo, en voz baja:
—Hola.
Era la primera vez que la veía.
***
Manejó Gregorio de vuelta. Eran las once de la noche.
La ciudad estaba viva, los bares con gente, la gente común haciendo su vida común.
Yo iba en el asiento del acompañante con la cabeza apoyada contra la ventanilla.
Gregorio me agarró la mano sobre la palanca de cambios.
Manejaba con una mano, agarrándome con la otra.
—¿Estás bien? —me preguntó después de un rato.
—No sé. Sí.
—¿Te arrepientes?
Lo pensé. Lo pensé mientras pasábamos por una avenida grande, con los semáforos cambiando. Me hice la pregunta con honestidad. ¿Me arrepentía?
—No —le dije al final—. No me arrepiento.
—¿Pero?
—Pero no soy la misma.
Gregorio asintió. Apretó mi mano más fuerte.
—Eso pasa. Es normal.
—¿Es normal?
—Sí.
No le pregunté cómo sabía. Tampoco me importaba en ese momento.
Llegamos a la casa cerca de medianoche. Gregorio metió el auto en la cochera.
Subimos. La casa estaba como la habíamos dejado.
Las luces apagadas, los muebles en su lugar, las cosas mías en mi escritorio, las cosas de Gregorio en el estudio del fondo.
Era nuestra casa. Era exactamente como hacía siete horas, cuando había salido.
Y ahora me parecía un lugar que conocía pero al que no terminaba de pertenecer del todo.
Algo había cambiado en la geometría de la casa por el solo hecho de que yo había cambiado.
Subimos al dormitorio. Me saqué el vestido. Me lavé la cara otra vez. Me puse el camisón viejo, el de algodón, el de las noches comunes. Me metí en la cama. Gregorio se acostó al lado mío. Me agarró por atrás. Me besó la nuca.
—Te amo, Luna —me dijo.
—Yo también.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por confiar.
No le respondí. No supe qué decir. La palabra confiar me pareció en ese momento un sustantivo extraño, una palabra hecha de otra materia que la del mundo en el que estábamos viviendo. Gregorio se durmió en cinco minutos, como duerme él.
Yo me quedé despierta hasta las tres de la mañana, mirando el techo. No estaba pensando en Sebastián, exactamente. No estaba pensando en lo que había pasado, exactamente. Estaba haciendo una cosa más difícil: estaba dejando que el cuerpo me dijera cosas que la cabeza todavía no podía traducir.
El cuerpo me decía: no estoy roto.
El cuerpo me decía: estoy más vivo que esta mañana.
El cuerpo me decía, y eso fue lo más difícil: quiero más.
No me lo dije con esas palabras esa noche.
Esa noche me lo dije con eufemismos. Me dije fue interesante.
Me dije fue una experiencia. Me dije ahora ya está, lo cerramos, volvemos a lo nuestro.
Las mismas frases que me había dicho la primera noche, después de la primera vez que se me había escapado el sí en el orgasmo.
Las mismas frases que ya no me funcionaban como entonces, porque la mujer que las decía ya no era una mujer que pudiera decirse esas frases con honestidad.
***
Tres días después, Gregorio me preguntó en el desayuno:
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Te noto bien.
—Estoy bien.
—Una pregunta.
—Dime.
Me miró con esa cara suya de mañana, con el café en la mano, con la luz del sol cruzándole los ojos grises.
—¿Te quedaste con ganas de algo?
Lo miré. Pensé varias respuestas. Pensé en mentirle. Pensé en negarlo. Pensé en cambiar de tema. Después pensé en que la noche del hotel había sido lo que había sido, y que después de algo así una mentira de desayuno sonaba pequeña.
—Sí —le dije.
—¿De qué?
—De cosas que no probamos.
Gregorio sonrió. Me agarró la mano.
—Lo pensé. Lo estuve pensando.
—¿Qué?
—Te tengo una idea distinta, Luna. Para más adelante. Te la cuento cuando estés lista.
—¿Qué idea?
—Más adelante.
Me besó la mano. Se levantó. Se fue al trabajo.
Yo me quedé sola en la cocina, mirando el café, mirando la luz del sol que entraba por la ventana.
La idea de Gregorio yo no la conocía todavía.
Pero me acuerdo de ese momento, escribiendo ahora, con una claridad rara.
Me acuerdo de que pensé, sentada en la silla de la cocina: lo que viene es otra cosa.
Me lo dije sin saber qué era. El cuerpo me lo decía. El cuerpo, que ahora me hablaba, sabía.
Lo que me decía el cuerpo, traducido recién ahora, mientras escribo, era esto:
No volvió a salir de la trampa una mujer que entró en la trampa una vez.