El pacto del deseo Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Me arrodillé en el suelo, frente a él. Lo miré desde abajo.

Le agarré el pene con la mano. La sentí.

Tenía un calor distinto, una textura distinta.

La olí, sin querer —lo había hecho con Gregorio durante años, ese gesto chiquito de oler antes de chupar—.

Olía a un hombre que se había bañado hacía poco, a piel limpia, a un perfume que ya no llevaba pero del que quedaba un rastro.

Le pasé la lengua por debajo, de la base hacia arriba.

Sebastián cerró los ojos. Se la metí en la boca despacio.

Era distinto, más ancha en la cabeza, con un sabor que no era el sabor que conocía.

La chupé despacio, sintiendo el peso, midiéndola.

Sebastián me agarró el pelo con una mano, sin tirar, solo apoyándola. Después de un rato, me dijo bajito:

—Luna, vamos.

Me levantó. Me empujó suave hacia la cama.

Me acostó boca arriba. Me sacó la tanga.

Me separó las piernas con las manos. Y entonces, durante un segundo, se quedó mirándome mi zona intima, como me había mirado los senos.

La miró. La miró sabiendo que era la primera vez que la miraba un hombre que no era mi marido en veinte años.

Yo tenía la conciencia exacta de eso. Me miraba con una atención casi reverente.

Bajó. Me chupó.

Sebastián chupaba distinto a Gregorio. Esta no es una comparación de calidades, no estoy diciendo mejor ni peor.

Estoy diciendo distinto. Gregorio chupa con una constancia que ya conocía.

Sebastián chupaba con un ir y venir. Subía al clítoris, bajaba, me hundía la lengua en la entrada, volvía a subir, paseaba por los labios, me besaba el muslo, volvía.

Tenía una técnica que me obligaba a estar atenta porque no podía adelantarme a lo que iba a hacer.

Me calentó rápido. Más rápido de lo que esperaba.

Le agarré el pelo con las dos manos. Me arqueé. Empecé a respirar fuerte.

Vi de reojo a Gregorio. Estaba parado a un costado del cuarto, todavía vestido, mirándonos. Tenía la mano apoyada en su propia entrepierna, sin masturbarse del todo todavía, solo sintiéndose. Tenía los ojos brillantes.

Me vine con la lengua de Sebastián. Me vine fuerte, con el cuerpo en arco, con un grito contenido que no contuve del todo. Sebastián no se detuvo enseguida. Me siguió chupando un poco más, suave, dejándome bajar. Después subió. Me besó la boca con mi sabor. Me dijo al oído:

— quieres ya, ¿no?

—Sí.

Se incorporó. Se puso un preservativo —yo no se lo tuve que recordar, él ya lo sabía, lo tenía a mano, fue eficiente—. Se acomodó entre mis piernas. Me agarró una pierna por la rodilla, me la levantó. Y entonces me la puso.

Me la puso despacio. Me la metió de a poco.

Yo cerré los ojos. La sentí entrar. Era distinta.

Más larga, sí, pero también con un ángulo distinto, una manera distinta de llenarme.

Me llegó a un fondo que Gregorio nunca me llegaba.

Solté un sonido que no era ni queja ni placer, era reconocimiento.

Mi cuerpo estaba reconociendo una cosa que nunca había sentido.

Sebastián paró un segundo, se aseguró de que yo estuviera bien, y después empezó a moverse.

Empezó con calma. Adentro, afuera, adentro, afuera, con un ritmo que era el suyo, que yo tenía que aprender.

Yo no dirigía nada. Esa era otra cosa nueva.

Con Gregorio el sexo siempre había sido una coreografía que los dos sabíamos.

Con Sebastián yo era pasajera. Le agarré los hombros.

Le clavé las uñas un poco. Sebastián se rió bajito contra mi cuello.

—Te gusta —me dijo. No era pregunta.

—Sí.

—Dilo.

—Me gusta.

—Dilo entera.

Tragué saliva.

—Me gusta cómo me tomas.

—Eso —me dijo.

Y me cogió más fuerte. Subió el ritmo. Me agarró las dos piernas, me las dobló contra el pecho. Empezó a metérmela con una fuerza que yo no conocía, una fuerza que no era violenta, era directa. La cama se movía. Yo gemía sin poder contenerme. Me vine otra vez, lo sentía subir.

—Me voy a venir otra vez —le dije.

—Ven—me dijo.

Me vine. Me vine fuerte. Me vine con su falo adentro, latiéndome alrededor de él. Sebastián frenó un segundo, dejó que yo terminara, después salió. Salió. Se quedó arrodillado al lado mío, respirando.

—Tu marido —dijo, mirando hacia donde estaba Gregorio.

Yo abrí los ojos. Gregorio se había sacado los pantalones, se había acercado a la cama. Tenía su sexo afuera, dura, agarrándosela con la mano. Tenía una cara que yo no le había visto nunca. No era solo deseo. Era casi un trance.

—Ven —le dije.

Gregorio vino. Me besó la boca con un hambre distinta.

Yo lo besé. Lo besé con la vagina todavía caliente de otro hombre y le metí la lengua.

Le agarré su miembro a él. Lo conduje. Me la metió enseguida, sin preliminares, sin paciencia.

Mi marido me cogió esa noche con un hambre que hacía años no le veía.

Me cogió fuerte, rápido, con los ojos cerrados.

Yo lo dejé hacer. Por primera vez en veinte años no le respondí en el ritmo, no le acompañé.

Me dejé coger. Era la primera vez que él me cogía conmigo siendo otra cosa que su mujer.

Era otra cosa: era una mujer recién cogida por otro, todavía mojada de eso, prestada de vuelta a él. Eso lo calentó como nunca.

Cuando estaba por venirse, Sebastián, que había estado mirando, se acercó.

—Salí, no te vengas todavía —le dijo a Gregorio.

Gregorio salió, jadeando, esforzándose por no venirse. Sebastián me agarró a mí. Me dio vuelta. Me puso boca abajo, con la cadera levantada y el pecho contra la cama. Le hizo una seña a Gregorio. Gregorio entendió.

Y entonces vino la cosa que no había hecho nunca.

Sebastián se puso detrás de mí. Me la metió otra vez en la vulva, así, en cuatro patas.

Empezó a moverse, esta vez más lento, una cadencia distinta.

Gregorio se acercó al costado de la cama, frente a mi cara.

Me agarró el pelo con una mano y me acercó a su miembro.

Se la chupé. Mi marido en la boca y un desconocido penetrándome desde atrás.

Era la combinación que él había fantaseado durante meses.

Ahora estaba pasando. Yo se chupaba a Gregorio con la concentración exacta que necesitaba, con la mano de Sebastián agarrándome la cintura, con su falo moviéndose adentro mío con una constancia que me iba a hacer venir otra vez.

Después de unos minutos así, Sebastián salió. Habló él, no yo, no Gregorio.

—¿ quieres probar las dos cosas? —me preguntó. Lo preguntó suave, sin presionar.

Yo entendí enseguida lo que decía. Lo habíamos hablado con Gregorio. Yo había dicho que sí, posiblemente, si me sentía cómoda. Levanté la cabeza. Lo miré por encima del hombro. Sebastián me miraba con una calma de profesional.

—Sí —le dije.

—¿Yo de qué lado?

—Adelante.

Era lo que habíamos pensado. Yo no quería, esa primera vez, que un desconocido me cogiera por el culo. Quería a mi marido ahí, en ese lugar nuevo. Quería que el experimento más raro fuera con el cuerpo conocido.

Sebastián se acostó boca arriba en la cama. Yo me subí encima de él, lo monté. Me la metió otra vez, pero ahora desde abajo, conmigo controlando un poco el ritmo. Empecé a moverme despacio. Sebastián me agarró los senos con las dos manos.

Gregorio se acomodó atrás. Sentí su mano en el culo.

Sentí lubricante frío —él había pensado en todo, había llevado todo—.

Sentí su dedo entrando despacio. Después dos.

Sebastián paró un poco, se quedó adentro mío sin moverse, dejando que Gregorio me preparara.

Yo me apoyé con las manos en el pecho de Sebastián.

Sebastián me miraba a los ojos. Tenía una calma que me ayudaba.

—Tranquila —me dijo Sebastián—. Anda despacio.

Asentí. Gregorio me empezó a meter su pene.

Despacio. Con un cuidado que no había tenido nunca con otra parte mía.

Me la metió de a poco, hasta que estuvo entera adentro.

Yo cerré los ojos. Estaba abierta de los dos lados.

Estaba abierta como nunca había estado abierta.

Era una sensación que no se parecía a nada.

No era dolor —Gregorio me había preparado bien— pero era una intensidad que casi no podía procesar.

Era estar llena de una manera literal, con dos cuerpos al mismo tiempo, en dos lugares al mismo tiempo.

Empezaron a moverse, alternando. Cuando Sebastián entraba, Gregorio salía un poco.

Cuando Sebastián salía, Gregorio entraba.

Era una coreografía rara, que iban encontrando entre los dos sin hablar, comunicándose por las manos en mis caderas.

Yo no decía nada. Yo no podía decir nada.

Yo era pura sensación. Mi zona intima latiéndome alrededor de Sebastián, el culo apretándole alrededor de Gregorio, las dos cosas corriendo por adentro mío hacia un lugar que no había conocido nunca.

Me vine. Me vine con un grito que no se parecía a ningún grito de mis cuarenta años. Un grito largo, ronco, que me salió del pecho. Se me convulsionó el cuerpo entero. Sebastián me agarró fuerte para que no me cayera. Gregorio, atrás, gimió como quien aguantaba algo que ya no podía aguantar.

—Me voy —dijo Gregorio.

—Vente adentro —le dije.

Se vino. Se vino adentro mío. Se vino con un quejido largo, agarrándome las caderas, con el cuerpo apoyado contra mi espalda. Se quedó adentro un segundo. Después salió. Sebastián, que había estado controlándose, me hizo bajar. Me sacó. Se sacó él el preservativo. Se acostó boca arriba.

—¿Acá? —me preguntó, señalándose el pecho.

—Sí.

Le chupé hasta hacerlo venir. Se vino fuerte, sobre el pecho propio, gimiendo bajito.

Yo lo miré venirse. Era la primera vez que veía a otro hombre venirse en veinte años.

Tenía algo en común con Gregorio —los hombres, en eso, se parecen— y algo distinto.

Se le tensó la cara distinto. Hizo otra clase de ruido.