El pacto del deseo Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Lo miré. Estaba acostado al lado mío, en el dormitorio, con el libro abierto sobre el pecho. Tenía la cara serena de marido. Yo sabía —ya lo sabía, en alguna parte— que esa serenidad era posible porque él intuía mi respuesta. Le faltaba poco para conocerme mejor que yo.

—No, no canceles —le dije.

—Bueno, mi amor.

Me besó la frente. Apagó la luz. Yo me quedé despierta dos horas.

***

El viernes a las cuatro de la tarde me empecé a preparar.

Gregorio se había tomado el día. Me había dicho: hoy es para ti.

Yo te dejo en el hotel, te subo, te acomodas, llega Sebastián a las seis, pasamos un rato juntos, después yo me uno cuando tu quieras.

Si en algún momento quieres que pare, paras.

Si quieres que él se vaya, se va. Si en algún momento yo siento que algo no está bien, paro yo.

Esos términos los habíamos hablado tres veces en la semana. Yo necesitaba escucharlos repetidos. Gregorio los repitió cada vez sin impacientarse.

Me bañé lentamente. Me depilé entera, hasta donde me llegaba la mano —Gregorio había sugerido que sí, yo había decidido que sí—.

Me puse una crema que tenía un perfume suave.

Me sequé el pelo. Me maquillé sutil. Me puse un conjunto de lencería que había comprado especialmente, color borgoña, encaje, no demasiado obvio.

Me miré en el espejo del baño. Tenía cuarenta años.

Las marcas de los partos. El cuerpo de una mujer que se había cuidado pero que tenía la edad que tenía.

Me miré con una distancia rara, como si estuviera mirando a otra mujer.

Pensé: a esa mujer la van a coger esta noche.

Esa frase me la dije con esas palabras. Me dio un vértigo limpio.

Me puse un vestido negro, simple, con escote en V, que me llegaba a la rodilla. Tacos no muy altos. Un perfume amaderado. El pelo suelto. Cuando salí del cuarto, Gregorio me esperaba en el living. Tenía una camisa azul, un saco gris, jeans. Me miró de arriba abajo, despacio.

—Estás divina —me dijo.

—Vamos.

Manejó él. En el auto no hablamos casi nada.

Yo miraba la ciudad por la ventana. Pasamos por el barrio donde está mi escritorio, por una calle que recorría todos los días.

Era raro mirarla desde ese lugar. Era como pasar por la calle de la propia infancia con la cabeza de otra persona.

Yo era una mujer con vestido negro yendo a un hotel a coger con un desconocido. Esa era la oración nueva.

Llegamos al hotel a las cinco y media. Gregorio entró a hacer el check-in.

Yo lo esperé en la recepción, sentada en un sillón de cuero.

Una mujer pasó a mi lado con un perro chiquito y me sonrió.

Le devolví la sonrisa. Pensé, sin querer pensarlo: no sabe a lo que vine.

Esa sensación de tener un secreto adentro era nueva.

Mi vida de cuarenta años no había cargado secretos.

Ahora cargaba uno enorme, de los que pesan en el cuerpo.

Subimos. La habitación era amplia, con una sala de estar separada por una puerta corrediza del dormitorio. Cama grande. Un baño con bañera. Un mini-bar. Una ventana grande con vista a la ciudad. Gregorio dejó las cosas. Sirvió un whisky para él y un vino para mí. Me lo dio.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Tengo el corazón en la boca.

—Tomá un poco de vino.

Tomé. Me senté en el sillón de la sala. El reloj decía cinco y cuarenta. Gregorio se sentó al lado mío. Me agarró la mano.

—Luna.

—Qué.

—Lo que pase esta noche es entre tu y yo. No le debes nada a nadie. Si algo no te gusta, no lo haces.

—Lo sé.

—Te amo.

—Yo te amo.

Y era verdad. Esa frase la sigo escribiendo. Era verdad, y era enferma, y era de las dos cosas a la vez.

A las seis y dos minutos golpearon la puerta.

***

Sebastián era más alto en persona que en la foto.

Eso fue lo primero que registré. Era más alto y se movía con una calma que a mí me sorprendió, porque yo había imaginado que él también iba a estar nervioso, y no estaba.

Entró con una sola mochila, que dejó al lado de la puerta.

Tenía una camisa gris, jeans oscuros, zapatos marrones.

Miró a Gregorio. Le dio la mano. Hola, dijo.

Después me miró a mí. Me miró con una atención que no era invasiva.

Me dio dos besos, uno en cada mejilla, como se saluda a una conocida.

—Luna —dijo. Tenía una voz grave, calma.

—Hola.

—¿Vino, whisky? —ofreció Gregorio.

—Vino blanco si tienen.

Gregorio fue al mini-bar. Sebastián se sentó en el sillón frente al mío. Cruzó una pierna sobre la otra. Me miró sin decir nada durante un momento. No era una mirada de cliente. Era una mirada de hombre que está midiendo cómo entrar a la cosa con esta mujer que tiene enfrente.

—Es la primera vez —le dije, sin que él me lo preguntara.

—Sí, lo sé.

—¿Lo notás?

Se sonrió un poquito.

—Se nota un poco. No mucho. Estás manejándolo bien.

—No me siento que lo esté manejando.

—Por eso lo estás haciendo bien. Cuando una mujer se cree que lo está manejando, ahí está peor.

Me reí. Una risa nerviosa. Pero la risa rompió algo. Sebastián tenía una manera de hablar que me bajaba el corazón a la altura del pecho. Yo había imaginado a alguien que iba a entrar caliente, que iba a encararme. Sebastián entró como un visitante educado.

Gregorio le acercó la copa. Sebastián le agradeció.

Conversamos los tres durante quince o veinte minutos.

Me preguntó por mi trabajo. Le respondí.

Habló él un poco del suyo. Habló bien, con humor seco.

Me hizo preguntas que no eran preguntas de catálogo.

En algún momento me preguntó si yo había leído un libro que él estaba leyendo, una novela uruguaya, y al ver que no, me la recomendó con una frase corta.

Tenía una manera de tratarme que no era la del hombre que se prepara para coger.

Era la de un hombre conocido que se interesa por mí.

Después del segundo trago, en una pausa de la conversación, Sebastián dejó la copa en la mesa, me miró, y me dijo:

—¿ quieres que empecemos?

Lo dijo con una franqueza que me agradeció el cuerpo. No era una propuesta sucia. Era una pregunta administrativa, casi. Yo asentí. No me salió la voz.

Sebastián se levantó. Vino hacia mí. Se arrodilló delante del sillón donde yo estaba sentada. No me agarró todavía. Me miró desde abajo, desde la altura de mis rodillas.

—Si en algún momento quieres parar, decímelo. No tienes que dar explicaciones. No me ofendo.

—Bueno.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Subió. Me besó.

Y ahí, escribiéndolo ahora, paro un segundo.

Porque ese beso, el primer beso que me daba un hombre que no era Gregorio en veintidós años, tendría que poder describirlo con precisión y no puedo.

Lo intento. Su boca era distinta. Era una boca que no conocía la mía y que se tomaba un segundo para conocerla.

Tenía una temperatura distinta. Tenía un sabor distinto, no malo, distinto, un sabor de hombre nuevo.

Su lengua entró con cuidado. Me besó como se besa a alguien la primera vez, no como se besa a la mujer con la que uno coge desde hace veinte años.

Y eso, que parece obvio, fue lo que me sacudió.

La diferencia entre ser besada por alguien que ya te conoce y por alguien que te está conociendo es tan grande que el beso se vuelve otra cosa. No es el mismo gesto.

Me besó largo. Yo me dejé besar. Sentí en algún momento que Gregorio se movía en el sillón —se acomodaba, no se levantaba—.

Me acordé que estaba ahí. La conciencia de que mi marido me miraba mientras otro hombre me besaba, en lugar de incomodarme, me excitó de una manera que no esperaba.

Era una cosa nueva. Yo era el centro de los ojos de dos hombres a la vez.

Sebastián me bajó el cierre del vestido por la espalda.

Sin apuro. Me bajó las breteles del brasier hasta dejarme los senos a la vista de él.

Me las miró antes de tocarme. Las miró con la atención del que mira algo bonito por primera vez.

Después me besó un pezón. Después el otro.

Tenía la barba justa para que el roce se sintiera sin lastimar.

Yo cerré los ojos. Le agarré la nuca con la mano.

Tenía el pelo un poco más largo que Gregorio, más espeso. Otra textura.

Me incorporé un poco para que pudiera sacarme el vestido entero. Quedé en lencería. Sebastián me miró. Me dijo:

—Eres hermosa, Luna.

—Gracias.

—¿Vamos al cuarto?

—Sí.

Me levanté. Me llevó al cuarto agarrándome la mano. Gregorio se quedó en la sala unos segundos —después entró —. La cama era enorme. Sebastián me sentó en el borde. Se sacó la camisa él. Se sacó los zapatos. Me besó otra vez, parado entre mis piernas.

Tenía un cuerpo distinto al de Gregorio.

Más delgado, más torneado, con menos vello en el pecho, con un vientre liso.

Tenía un tatuaje chico en el costado izquierdo, una línea que no alcancé a leer.

Lo toqué. Le pasé la mano por el pecho, por el vientre.

Sentí, debajo del jean, que ya estaba duro.

Le bajé el cierre. Le bajé el jean. Le bajé el bóxer.

Y vi el primer miembro distinto al de mi marido en veintidós años.

No era enorme. Era un poco más grande que la de Gregorio. Más larga. Más oscura. Me la quedé mirando un segundo. Sebastián no me apuró.

—Ven —le dije.