El pacto del deseo Capítulo 2
20%

Capítulo 2

Pasaron tres semanas entre la noche en que le dije a Gregorio que sí y la noche del hotel. Tres semanas que ahora, mirándolas, se me parecen a un noviazgo extraño, un noviazgo invertido, donde mi marido no me cortejaba a mí sino a la mujer en la que me iba a convertir.

Quiero detenerme en esas tres semanas porque importan.

La gente que cuenta este tipo de historias tiende a saltarse el medio.

Cuenta la propuesta y cuenta el acto, y se ahorra lo del medio porque parece relleno.

No es relleno. Lo del medio es donde una se transforma.

Cuando llega la noche, ya no es la misma mujer que dijo que sí veintiún días atrás.

Es otra. Y esa otra es la que está dispuesta a hacer lo que va a hacer.

Empezaron al día siguiente de que le dije que sí. Esa mañana, en el desayuno, Gregorio me dijo:

—¿Cómo te imaginas al hombre?

Lo dijo pausado, como me hablaba ahora, como si manejara material delicado. Yo no me lo había imaginado. No me había permitido imaginármelo. El sí lo había dicho como una mujer firma un contrato sin leer todas las cláusulas, esperando que el otro sea honesto y que el papelerío luego se acomode.

—No sé —le dije—. Que sea profesional. Que sea limpio. Que no esté cerca nuestro.

—¿Edad?

—Que sea mayor que treinta. Menor que cincuenta. No me importa.

—¿Físico?

Me quedé pensando. La verdad es que la pregunta me sorprendió a mí misma. No tenía idea de qué cuerpo de hombre quería, fuera del cuerpo de mi marido. Veinte años atrás, cuando elegí a Gregorio, lo había elegido entero. Había aceptado lo que vino con él. No había vuelto a comparar con nada.

—Lo más distinto a ti posible —le dije.

A Gregorio le brillaron los ojos. La respuesta le había gustado.

Le había gustado, pensé, porque le confirmaba algo: que lo que yo iba a buscar no era reemplazarlo, sino vivir algo que no fuera él.

Para Gregorio eso era seguro. Era, incluso, halagador.

Nada amenaza menos a un marido que el contraste evidente.

—Yo me ocupo —me dijo.

No le pregunté cómo. No quería saber. La distancia entre la decisión y la logística era el último espacio de inocencia que me quedaba, y en esos primeros días lo cuidé como una mujer cuida una flor que sabe que se va a morir.

Gregorio empezó esa misma noche. Lo escuché, en el cuarto del fondo donde tiene la computadora, hasta tarde. No le pregunté qué hacía. Cuando subió al dormitorio a la una, me besó en la frente y me dijo: estoy en eso. Le dije bueno. Me di vuelta. Me dormí del lado mío de la cama.

***

La primera foto me la mostró el sábado siguiente.

Habíamos almorzado los dos solos, una pasta sencilla, vino blanco. Después de levantar la mesa, Gregorio me dijo: ¿quieres ver algo? Yo entendí enseguida de qué hablaba. Me senté en el sillón del living. Él trajo el celular. Se sentó al lado mío. Me lo pasó.

Era la foto de un hombre. Le calculé treinta y cinco años. Estaba en una playa, con un short de baño y una camiseta blanca. Pelo castaño, ojos claros, el tipo de cuerpo que tienen los hombres que entrenan tres veces por semana sin obsesionarse. Sonreía de costado. La foto estaba bien tomada.

—¿Quién es? —le pregunté.

—Se llama Martín. Tiene treinta y seis. Es ingeniero. Soltero. Hace esto desde hace tres años. Vive a mil kilómetros de acá, viene una vez por mes a esta ciudad por trabajo. Es educado. Discreto. Pasó las verificaciones.

—¿Qué verificaciones?

—Estudios médicos al día. Foto de DNI. Conversación previa. No pone su cara en redes.

—¿tu hablaste con él?

—Por mensaje. Lo encontré en un foro.

Lo miré a Gregorio. Mi marido tenía una calma profesional que no le había visto en otros temas. Era como cuando hablaba de un proyecto del trabajo que ya había estudiado seis meses. Me dio una sensación que prefiero no nombrar.

Volví a mirar la foto. El hombre era atractivo, eso era objetivamente cierto. Tenía algo que me gustaba —una expresión inteligente, una boca bien dibujada—. Pero algo me molestó, sin que pudiera definir qué. Le devolví el celular.

—No —le dije.

—¿Por qué?

—No sé. No.

—Está bien. Hay otros.

No me preguntó más. No insistió. En eso, durante esas tres semanas, Gregorio fue impecable.

Me mostraba las fotos, me dejaba decir que no, no me presionaba, me decía hay otros.

Esa manera de no presionarme era, descubro ahora, su forma más eficiente de presionarme.

Si Gregorio se hubiese enojado, si me hubiese reprochado, yo habría tenido un motivo para frenar todo.

La perfecta paciencia de Gregorio me dejó sin esa puerta.

Esa misma noche, en la cama, le dije:

—¿Por qué no Martín?

—No sé. No me cerraba.

—¿Qué te molestó?

—Era demasiado parecido a ti.

Gregorio se rió un poco.

—¿En qué?

—En la manera de mirar a la cámara. Tiene esa cosa de hombre que sabe que es bien parecido. Tú también la tienes

Se rió otra vez. Me besó. Me la metió esa noche con un humor de hombre contento.

Me cogió bien. Yo me prendí más que de costumbre, me prendí con un fondo de algo nuevo, una excitación que no era exactamente por él.

Era la excitación de saber que en alguna parte había hombres en la lista.

Esa lista, escribir esto me cuesta, me empezaba a prender ya.

***

La segunda foto fue dos días después. Un tipo más alto, más grande, con los hombros muy anchos.

Cuarenta y dos. Divorciado. Constructor.

Argentino, de Mendoza, en viajes habituales.

La cara dura, los ojos castaños, las manos enormes en la foto.

Esa foto la miré más rato. Me imaginé las manos. Me lo imaginé encima.

—Este podría —le dije.

—¿Sí?

—Pero no me convence del todo.

—¿Qué le falta?

—Es muy grande. Me da miedo.

Gregorio asintió. No me discutió. Borró la conversación con el constructor esa misma noche. Me lo mostró borrándola, con un gesto teatral. Listo, dijo. Fuera.

La tercera foto vino una semana después. Y entonces sí.

Era un sábado a la mañana. Yo estaba haciéndome un café. Gregorio bajó con el celular en la mano y una sonrisa rara.

—Mira este.

Me mostró la pantalla. Era un hombre apoyado contra una baranda, fotografiado de medio cuerpo.

Treinta y ocho. Pelo negro corto, una barba prolija de pocos días.

Los ojos claros —celestes o gris claro—.

Una camisa de lino color crudo, abierta en el cuello, las mangas dobladas.

Los antebrazos eran lo primero que se veía, fuertes pero no exagerados, con vello oscuro.

La cara era seria. No sonreía. Tenía una boca delgada y firme, una nariz recta, un mentón con marca.

Era un hombre guapo de una manera que no se ponía a sí mismo en venta. La foto parecía robada, no posada.

—Sebastián —dijo Gregorio—. Treinta y ocho. Arquitecto de software. Vive en otra ciudad, viene tres días por mes acá. Casado, dos hijos, su mujer sabe y le da permiso. Muy discreto. Cinco años de experiencia. Prefiere parejas a mujeres solas. Negativo en todo.

—Casado.

—Casado. Eso suele ser una garantía.

—¿Por qué?

—Porque no van a querer complicarte la vida más de lo que se complican ellos. Lo último que quiere un casado discreto es un escándalo.

Lo pensé. Tenía sentido. Pero no era eso lo que me había detenido.

Era la cara de Sebastián. La cara de Sebastián tenía algo que las otras dos fotos no habían tenido.

Tenía una seriedad. Tenía algo de hombre que está en lo suyo, no en lo de los demás.

Me lo imaginé conmigo. Me lo imaginé y se me apretó algo en el bajo vientre.

—Lo apruebo —le dije.

—¿Estás segura?

—Sí.

Gregorio me miró un segundo más de lo necesario. Después asintió. Subió a confirmar con él.

Esa noche cogimos. Cogimos mucho. Cogimos como hacía meses no cogíamos.

Gregorio me la metió tres veces, con descansos cortos.

Me hizo venir cuatro. Yo le chupé miembro durante un rato larguísimo, con un hambre rara, una hambre que era mía y no era mía, una hambre que tenía la cara de Sebastián mezclada con la cara de Gregorio.

Cuando me vine la última vez, montada encima de él, con la espalda arqueada, le grité a Gregorio una cosa que no recordaba haber dicho nunca: cógeme, hijo de puta, tómame. Gregorio se vino enseguida.

Después, en la oscuridad, me agarró la cara con las dos manos.

—No te conocía así, Luna —me dijo. La voz le temblaba un poco.

—Yo tampoco.

***

El encuentro se fijó para un viernes, doce días después de la aprobación.

Sebastián venia a la ciudad por trabajo el jueves, se iba el domingo.

Gregorio reservó una suite en un hotel del centro, una de esas suites que tienen sala de estar separada del cuarto.

Yo no la elegí. Yo no quería elegir nada del marco.

Quería, hasta donde se podía, llegar a la cosa con la cabeza vacía.

Las dos semanas previas las viví en una especie de estado mental que no había experimentado nunca.

No era ansiedad pura. No era anticipación pura.

Era una mezcla con un fondo de irrealidad.

Me levantaba, trabajaba, hacía las cuentas de mis empresas, almorzaba con Estela un martes —no le conté nada, por supuesto—, llamaba a mi madre los miércoles, hacía el amor con Gregorio dos veces más esa semana.

Y al mismo tiempo, en una capa paralela de mi cabeza, contaba los días. Quedan diez. Quedan ocho. Quedan cinco.

El cuerpo me hacía cosas raras. Una mañana, dos días antes, me masturbé en la ducha pensando en Sebastián, pensando en una cara que solo había visto en una foto.

Me vine fuerte, parada bajo el agua, con la frente contra el azulejo.

Me quedé un rato larga así, deshaciendo un nudo en la garganta que apareció después del orgasmo.

Le dije a Gregorio, esa noche:

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De ir.

—Si no quieres ir, no vas. Eso lo hablamos desde el principio.

—Lo sé.

—Yo cancelo ahora si me decís. Sin reproches.