Capítulo 1 #4
Gregorio había estado esperando esa frase durante meses.
Tal vez durante años. La había estado fabricando, paso a paso, con paciencia.
Las preguntas en la cama, los nombres que tiraba al pasar, la conversación del desayuno, el juego propuesto con una formalidad de marido moderno.
Todo había sido un camino. Yo había caminado el camino sin saber.
Y al final del camino había una puerta. La puerta tenía un nombre.
La frase que se me había escapado era ese nombre.
***
Una semana después, Gregorio me lo planteó formalmente.
Lo hizo en la mesa de la cocina, con un café, una mañana de domingo.
Me dijo que había pensado mucho. Que respetaba que yo le hubiese dicho que no esa noche.
Pero que le pedía que considerara una cosa.
Una sola vez. Un hombre. Las dos condiciones que yo pusiera.
Sin que nadie supiera. Sin que afectara nada.
—No —le dije.
—Piénsalo, Luna.
—No.
—Te pido tres días para pensarlo. Después no te molesto más. Si me dices que no, queda en nada. Te lo prometo.
Le di los tres días. Pensé tres días enteros.
En el escritorio, en la ducha, manejando, en la cama mientras él dormía.
Pensé en los pros y en los contras, como una contadora.
Hice una lista mental. La lista, lo acepto ahora, estaba viciada de origen, porque la mujer que la hacía ya no era la misma que se había sentado a la mesa el domingo de la propuesta.
La mujer que hacía la lista era una mujer que había dicho una frase en un orgasmo y que ya tenía esa frase metida adentro, latiéndole.
El primer día pensé en lo obvio. En que estaba mal. En que mi madre se moriría dos veces si lo supiera. En que mi mejor amiga, Estela, me miraría con esa mirada suya de "yo te avisé". En que era una traición a veinte años de matrimonio. En que era una grosería contra mí misma.
El segundo día pensé en otra cosa. Pensé en que Gregorio me había dicho una verdad incómoda en el desayuno —que había todo un territorio de cosas que dos adultos casados podían explorar sin que el matrimonio se rompiera—.
Pensé que tal vez era cierto. Pensé en parejas que conocía, gente respetable, gente normal, que en algún momento habían contado por encima cosas que sugerían experiencias así, y que seguían juntas, y que parecían estar bien.
Pensé en que tal vez yo era ingenua, no inocente, ingenua, una mujer de cuarenta que había vivido en una burbuja conservadora sin darse cuenta.
Pensé en que tal vez una sola vez no rompía nada, sino que abría una compuerta y dejaba salir algo que de otro modo se iba a podrir adentro.
El tercer día pensé en el cuerpo. Pensé en la palabra que se me había escapado.
Pensé en cómo me había venido esa noche, con un alarido que hacía años no salía de mí.
Pensé en que ese orgasmo, que era el más fuerte que me había venido en mucho tiempo, lo había producido la imagen de un hombre de veinticinco años al que no conocía.
Pensé que mi cuerpo, durante veinte años, se había administrado en torno a un solo hombre, y que tal vez le había pasado factura sin yo saberlo.
Pensé que tal vez tenía derecho. Esa palabra, derecho, se me apareció el tercer día.
La pensé bajito. Derecho a qué, Luna, te volviste loca. Pero la palabra no se fue.
El miércoles a la noche le dije a Gregorio que sí.
Con condiciones de hierro: protección absoluta —condon, todo el tiempo, sin discusión—, un total desconocido —no Mariano, no Carlos, no ningún amigo, ninguno de su círculo, nadie a quien yo fuera a tener que volver a ver—, una sola vez, y nunca más se hablaba del tema.
Que él lo elegiría, porque yo no sabría cómo, pero que yo lo aprobaría antes con una foto.
Que sería en un hotel, no en mi casa. Que si yo a último momento decía no, era no, sin reproches.
Gregorio me agarró la cara con las dos manos. Me besó. Me dijo gracias, mi amor.
Esa noche me cogió como me había cogido siempre.
No sacó el tema. No me puso a pensar en otro.
Me cogió a mí, su mujer, con una atención agradecida.
Me hizo venir dos veces. Me dijo que me amaba.
Yo le dije que lo amaba también. Y era verdad.
Sigo escribiendo era verdad porque necesito que el lector futuro de esto —que probablemente sea yo misma, dentro de unos años— no se confunda.
Yo amaba a mi marido en todas las etapas de esta historia.
Si esto fuera más simple, sería menos doloroso.
Me dormí tranquila esa noche. Dormí mejor que en semanas. Me dormí pensando: ya está. Una vez. Le doy esto, lo cerramos, volvemos a lo nuestro.
Me sonreí en la oscuridad antes de cerrar los ojos, sintiéndolo a Gregorio respirar tranquilo al lado mío.
Me sonreí pensando que el control era mío.
No puedo escribir esto sin reírme un poco, ahora, seis meses después. Me da una risa amarga. Me da la risa que les da a todos los que se acuerdan de la última cosa que pensaron antes de equivocarse en serio.