Capítulo 1 #3
Cedí cinco días después. Lo digo así, ceder, porque eso fue.
No fue una decisión informada, no fue un acuerdo entre dos personas iguales.
Fue un cansancio. Me cansé de la cara de Gregorio en el desayuno, esa cara que se le ponía cada mañana, una mezcla de paciencia y de espera.
Me cansé de sentir que mi marido me estaba pidiendo algo y que yo se lo estaba negando.
Me cansé de la pregunta que me empezó a aparecer a mí —cuál— a las tres de la tarde, frente a la computadora del trabajo.
¿Y si le doy un poco? ¿Y si juego un rato y nada más?
¿Cuánto puede pasar de un juego de palabras en la cama?
Esa es la pregunta que se hacen las mujeres como yo cuando empezamos a perder. Cuánto puede pasar. La pregunta correcta, lo entendí después, era otra: por qué tengo que jugar este juego. Pero esa pregunta yo no me la hice. Me hice la otra.
El sábado a la noche le dije a Gregorio, mientras lavábamos los platos:
—Hoy hablemos.
Me miró.
—¿Estás segura?
—Hoy hablemos.
Subimos al dormitorio temprano. Yo me serví una copa de vino en la mesa de luz.
Gregorio se desvistió como siempre. Yo me saqué el camisón pero en lugar de ponérmelo me quedé desnuda frente a él, parada al lado de la cama, dándole permiso a su mirada.
Gregorio me miró de arriba abajo, despacio. Le brillaron los ojos. Me dijo:
—Eres muy linda, Luna.
—Gracias.
Me metí en la cama. Apagamos la luz del techo. Quedó solo la lámpara del lado mío, con luz cálida.
—¿Cómo es el juego? —le pregunté.
—Es simple. Yo te digo cosas. Vos decís lo que te viene. No hay verdad, no hay mentira, no hay obligación. Lo que se diga acá no sale de acá.
—Bueno.
Empezó tocándome. Me besó la boca, los senos. La mano entre las piernas. Yo me dejé llevar. La diferencia con las otras noches fue que esta vez yo sabía lo que iba a venir y le había dado permiso. Eso, descubrí enseguida, cambia todo. No era él rompiendo una valla. Era yo dejando una valla abierta.
A los pocos minutos, Gregorio me dijo al oído:
—Piensa en alguien.
—¿En quién?
—En quien quieras. En quien se te haya cruzado por la cabeza alguna vez.
Cerré los ojos. La verdad —y esto también lo escribo porque hay que escribirlo entero— es que no se me cruzaba nadie.
En veinte años de matrimonio yo no había acumulado fantasías con otros hombres.
No es que fuera virginal de mente; es que mi vida estaba ocupada.
Tenía hijos, tenía trabajo, tenía un marido que me cogía bien.
Las fantasías eran un lujo que nunca había necesitado.
Pero la pregunta de Gregorio me obligó a buscar.
Y al buscar, aparecieron cosas que estaban guardadas.
Aparecieron sin que yo las llamara. Apareció Mariano, mi compañero del estudio, con quien hablaba todas las semanas por videollamada y a quien había visto en persona dos veces en los últimos cinco años; un hombre de mi edad, casado también, simpático, con una sonrisa que le había mirado más veces de las que admitía.
Apareció el médico al que iba una vez al año, un cardiólogo amigo de Gregorio, un hombre alto que me revisaba con las manos frías.
Apareció, sin venir a cuento, un mesero de un restaurante al que habíamos ido en un viaje a la costa hacía cuatro años, un hombre joven, latino, que me había mirado todas las noches que cenamos ahí.
—Hay un mesero —dije.
Lo dije bajito.
—¿Un mesero?
—De un restaurante. Hace años.
—Cuéntame.
Le conté. Le conté con el cuerpo de Gregorio encima, con su mano entre mis piernas siguiendo la conversación.
Le conté que él me había mirado. Que tendría veinticinco años.
Que era moreno, alto, con los antebrazos grandes.
Que una de las noches me había llevado el postre y al apoyármelo en la mesa me había rozado la mano, no estoy segura de si a propósito.
Que esa noche, en la cama del hotel, después de coger con Gregorio, me había quedado un rato pensando en él.
Una vez, dije. Una sola noche, hace cuatro años. No me había vuelto a aparecer.
—Está apareciendo ahora —dijo Gregorio.
—Sí.
—Piensa en él.
Cerré los ojos. Pensé. La cara del mesero, que casi no me acordaba, se me reconstruyó con esa precisión que tienen los recuerdos cuando una mujer los necesita.
Tenía la piel tostada del que trabaja al sol.
Tenía los ojos negros. Tenía una sonrisa que hacía hoyitos.
Tenía las manos jóvenes, sin manchas, con los dedos largos.
Gregorio empezó a chuparme. Esta vez fue distinto. Esta vez yo estaba pensando en otro hombre, con permiso, con luz cálida, con el marido lamiéndome el clítoris y diciéndome al oído cuando subía a respirar:
—¿Te gustaría? ¿Te gustaría que él te estuviera chupando ahora?
—No sé —le dije.
—Dime que sí. No es verdad. Es solo un decir.
—Sí —le dije.
Lo dije bajito. Se me escapó una cosa por dentro, una cosa que no había sentido nunca: la transgresión chiquita de decir un sí prohibido en un lugar seguro. Era un sí mentido. Era un sí jugado. Pero era un sí. Y el cuerpo lo escuchó.
Gregorio bajó otra vez. Me chupó con una atención que tenía algo nuevo.
Como si me estuviese chupando él, sí, pero también como si me estuviese chupando para otro.
Esa idea ridícula me gusto. Me calentó como nunca me había calentado en años.
Empecé a moverme. Empecé a respirar fuerte.
Gregorio me sintió y subió la cadencia. Me chupaba el clítoris con una constancia que ya no era marital, era profesional, era de hombre que sabe que está consiguiendo algo más que un orgasmo.
—Piensa que es él —me dijo, sin levantar la cabeza, contra mi piel.
Pensé que era él. Pensé en el mesero del restaurante, hacía cuatro años, con la cabeza entre mis piernas.
Pensé que tenía veinticinco años. Pensé en su lengua.
Pensé en su pelo, en agarrárselo. Pensé en él subiendo, después, y metiéndomela.
Pensé en el miembro de él, que yo no había visto nunca, uno joven, duro, de un hombre que recién empezaba la vida sexual y que no la tenía gastada como Gregorio.
Pensé en que me la metiera. Pensé en que me cogiera con el hambre que tienen los hombres a los veinticinco años, cuando no han aprendido todavía a administrarse.
Me vine. Me vine con un alarido que hacía años no me salía. Me vine fuerte, durísimo, con el cuerpo en arco, con las dos manos apretándome los muslos, con todo mi sexo latiéndome contra la lengua de Gregorio. Y mientras me venía, en el segundo exacto del clímax, se me escapó una palabra:
—Sí —dije—. Quiero. Quiero coger con él.
No me lo había planeado decir. Me salió. Me salió del estómago, del fondo de la garganta, de un lugar mío que yo no controlaba. Se me salió como un grito.
Cuando bajé, con el cuerpo todavía latiendo, abrí los ojos.
Gregorio estaba apoyado en los codos entre mis piernas, con la cara mojada, mirándome.
Me miraba con una cara que yo no conocía.
Tenía algo de triunfo y algo de hambre y algo de otra cosa que no supe nombrar entonces y que ahora, escribiendo, supongo que era lo más parecido a la satisfacción de un cazador.
—Qué linda eres —me dijo.
Yo me tapé la cara con las manos.
—Perdón —le dije, con la voz quebrada—. Perdón.
Me empecé a llorar. Me lloré ahí, debajo de él, con la vagina todavía latiendo, con la palabra que se me había escapado todavía en el aire.
Lloraba de una vergüenza profunda. No era la vergüenza social de haber dicho una grosería.
Era la vergüenza de haber descubierto, en mi propia cama, a los cuarenta años, frente a mi marido de veinte años, que adentro mío vivía una mujer a la que yo no conocía.
Una mujer que había gritado quiero coger con otro hombre con la voz de mi voz.
Gregorio me agarró las dos manos. Me las sacó de la cara con cuidado.
—Mi amor.
—Perdón.
—No hay nada que perdonar.
—Perdón, Gregorio.
—Luna. Mirame.
Lo miré. Los ojos se me caían. La nariz me moqueaba. Tenía cuarenta años y estaba llorando como una nena después de una grosería en la mesa.
—Luna, esto es lo que era el juego. Esto es exactamente lo que yo te decía. Lo que se dice acá no sale de acá. Lo que sentiste no es traición, es un cuerpo. Tu cuerpo te quiso y se animó. Yo estoy orgulloso de ti.
—¿Estás orgulloso de mí? —le dije, sin entender.
—Sí. Estoy orgulloso. Soy yo el que te puso adelante de eso. Soy yo el que quería que tu te animaras a sentirlo. Y tu te animaste. Es entre tu y yo, Luna. Esto es nuestro.
Me besó la frente. Me secó la cara con la sábana. Me agarró fuerte. Yo me apreté contra su pecho, todavía hipando, todavía sin entender qué me había pasado.
Estuvimos así un rato largo. Gregorio no me la metió esa noche. Se quedó conmigo, abrazándome, hablándome al oído de cualquier cosa, hasta que me calmé. Me hizo dormir contra él. Yo me dormí con un nudo en la garganta que tardé en deshacer.
A las cuatro de la mañana me desperté. Gregorio estaba despierto. Me miraba. Me miraba en la oscuridad del cuarto, con los ojos brillantes.
—Estás despierto —le dije.
—Sí.
—¿Qué piensas?
—Pienso en ti.
Se me acercó. Me besó la boca. Me besó el cuello. Y entonces, cerca del oído, me dijo:
—Luna, ¿lo quieres?
—¿Qué cosa?
—Lo que dijiste. ¿Lo quieres en serio?
Me quedé quieta. La pregunta me cayó como una piedra adentro de la cabeza.
—Gregorio, eso fue un juego.
—Lo fue. Ahora te pregunto en serio.
—No.
—Piénsalo. No me contestes ahora.
—Te contesto ahora. No.
—Bueno, mi amor.
Me besó la frente. Se acomodó. Se durmió en cinco minutos, como duerme él.
Yo me quedé mirando el techo hasta que amaneció.
Esa fue la fisura. Esa noche, esa pregunta, esa palabra que se me había escapado en el orgasmo y que Gregorio había agarrado y guardado para preguntármela en serio cuatro horas después.
Yo no lo entendí entonces. Lo entendí mucho tiempo después, cuando ya era tarde para todo.
Pero lo escribo ahora, con la lucidez del que mira para atrás: