El pacto del deseo Capítulo 1 #2
8%

Capítulo 1 #2

Me lamió. Gregorio chupa bien. Esa también es una verdad de mi vida que escribo sin vueltas: mi marido siempre me chupó bien, desde el primer año, con una atención de hombre que aprende.

Me separó las piernas con las manos, me besó el interior del muslo izquierdo, después el derecho, y después fue derecho a la vagina.

Me pasó la lengua entera de abajo arriba, despacio.

La paseó por los labios. Me hundió la lengua en la entrada.

Me la sacó. Volvió a subir hasta el clítoris y se quedó ahí, chupándomelo con una constancia que me conozco, que me funciona, que me funciona casi siempre.

Me vine en cinco minutos. Me vine con esa intensidad ya conocida, esa intensidad cómoda, esa intensidad de marido que sabe el camino. Le agarré el pelo con las dos manos. Le dije sí. Me arqueé.

Cuando bajé, todavía con los ojos cerrados, Gregorio se subió encima de mí.

Me besó la boca y me hizo sentir mi propio sabor —esa cosa íntima de saberse en la boca del otro, de probarse a una misma en él, que después de veinte años todavía me prende—.

Me agarró las dos manos y me las puso por encima de la cabeza, una de sus cosas, esa manera de inmovilizarme un poco que me gusta. Y después se la metió.

El pene de Gregorio es de un tamaño normal —no enorme, no pequeño, hermosa para mí porque es la única que conozco—.

Esa noche estaba más dura que de costumbre.

Me la metió de a poco, mirándome a los ojos, con esa cara que tiene cuando empieza a coger, una cara que se le pone seria, casi solemne.

Empezó a moverse. Despacio al principio, después con más insistencia, después con esa cadencia firme que él imprime cuando ya está concentrado en lo suyo.

Me penetró bien esa noche. Me la metió durante quince o veinte minutos, cambiando el ritmo, deteniéndose, volviendo a empezar.

Me dio vuelta en algún momento, me puso boca abajo, me agarró las caderas y me la metió desde atrás, una posición que él pide cada tanto y a mí me gusta porque me hace sentir el peso de él contra el culo, contra los muslos.

Me hizo venir otra vez con su miembro adentro, una cosa que no me pasa siempre, los dos dedos suyos buscándome el clítoris desde abajo mientras me la metía con esa paciencia firme.

Y después se vino él, otra vez encima de mí, con la frente apoyada en mi cuello, gimiendo despacio, con el cuerpo entero estremeciéndose contra el mío, viniéndose adentro mío como se vino siempre.

Salió. Se acostó al lado. Me agarró la mano. Estuvimos un rato sin hablar.

—Te amo —me dijo Gregorio.

—Yo también —le dije.

Y era verdad. Esa noche era verdad. Lo escribo porque importa.

Lo escribo porque lo que vino después no canceló esa noche.

Esa noche existió. El amor de esa noche existió.

Esto no es la historia de una mujer que descubre que su marido es un monstruo.

Es algo peor. Es la historia de una mujer que descubre que el hombre al que ama y un hombre que la lastima pueden ser el mismo hombre, en el mismo cuerpo, en la misma cama.

***

La fisura no apareció esa noche. Apareció dos semanas después, en septiembre, en una noche que tampoco tenía nada de especial.

Estábamos en la cama, igual. Habíamos cenado afuera —un cumpleaños de un amigo de Gregorio, gente que conozco hace años, una cena larga con vino y café—.

Habíamos vuelto a las dos de la mañana. Gregorio había manejado, yo había hablado bastante con la mujer de uno de los amigos.

Subimos al dormitorio con esa modorra del vino bueno, y nos acostamos pensando en dormir, creo. Yo me acosté pensando en dormir.

Gregorio me agarró la cintura desde atrás y me besó la nuca.

—¿Quieres? —me preguntó.

Lo pensé un segundo. Le dije sí. Me di vuelta hacia él.

Empezamos como empezábamos siempre. Beso largo, manos.

Yo le agarré el pene por encima del calzoncillo, ya estaba dura, le pasé la mano de arriba abajo.

Él me bajó el camisón. Me chupó los senos.

Lo de siempre, decía. Hasta que en algún punto, mientras me besaba el cuello, Gregorio me dijo al oído algo nuevo:

—Esa amiga tuya, la de la cena, la mujer de Carlos. ¿Cómo se llamaba?

—Soledad —le dije.

—Soledad —repitió—. Es linda Soledad.

No le dije nada. Pensé que era un comentario al pasar. Soledad es una mujer linda, en efecto. Cuarenta y tantos, alta, una cara interesante, no de modelo. Me pareció raro que Gregorio la nombrara en ese momento, pero no le di importancia.

Me chupó los senos otra vez. Me bajó la mano entre las piernas. Yo ya estaba mojándome. Y entonces Gregorio me dijo, contra el oído, despacito:

—¿Tú te imaginas cómo cogerá Soledad?

Me quedé quieta. Una décima de segundo, no más. Pero me quedé quieta.

—¿Qué? —le dije.

—Nada. Una pregunta.

—No, Gregorio.

—Bueno.

Se calló. Siguió tocándome. La pregunta quedó flotando entre los dos como un olor.

Yo estaba mojada todavía, mi cuerpo no había registrado el desconcierto que sí había registrado mi cabeza, y Gregorio aprovechó eso.

Me siguió tocando hasta que el cuerpo le ganó a la cabeza.

Se la pedí yo, al final. Métemela, le dije.

Se subió. Me la introdujo. Me empezó a penetrar.

Y a los dos minutos, mientras me hacia el amor con la frente apoyada en la mía, me dijo:

—Piensa en Carlos.

—¿Qué? —le dije, y le frené el movimiento poniéndole las manos en el pecho.

—Piensa en Carlos penetrándote. Una sola vez. Prueba.

Me lo dijo despacio, con una voz que él nunca había usado conmigo. Una voz que tenía a la vez el cuidado del marido que conoce el cuerpo de la esposa y el filo de un hombre que está empujando algo. Lo miré. Tenía los ojos brillantes. No era el Gregorio de siempre.

—No quiero pensar en Carlos —le dije. Me salió más fuerte que lo planeado.

—Bueno. Era un juego.

—No me gusta.

—Bueno, mi amor.

Me besó la frente. Me siguió cogiendo. Lento al principio, después como antes.

Yo estaba descolocada. El placer me había bajado un escalón con la cosa de Carlos, pero el cuerpo seguía en lo suyo y a los pocos minutos volví.

Gregorio, que me conoce, me llevó otra vez al lugar de antes, sin volver a decir nada raro.

Me hizo venir. Se vino él. Salió. Se acostó al lado, como siempre.

Pero esa noche yo no me dormí.

Me quedé mirando el techo durante dos horas.

Pensaba en lo que había dicho Gregorio. Lo daba vueltas.

Una sola vez, había dicho. Era un juego, había dicho.

Yo no había aceptado el juego. Eso me tranquilizaba en una capa y me preocupaba en otra.

¿Por qué se preocupaba el cuerpo? Porque el cuerpo había escuchado la frase también.

Y aunque la cabeza la había rechazado, el cuerpo se la había guardado en alguna parte. Me lo notaba en el latido.

Lo terminé pensando, a las cuatro de la mañana, así: esto no es nada. Mi marido tomó una copa de más, se le ocurrió una pavada, la dijo, no insistió. Mañana se despierta y ni se acuerda. Lo dejé pasar.

Pasaron tres días.

El cuarto día, otra vez en la cama, después de cogerme de costado con una mano agarrándome el cuello —no fuerte, esa cosa de él de apoyarme la palma en la garganta sin apretar, una intimidad de matrimonio—, Gregorio me dijo al oído:

—Tu compañero del estudio. Mariano, ¿no? ¿Cuánto hace que no se ven en persona?

Le frené la mano. Me di vuelta hacia él.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Por nada. Pensaba.

—Gregorio.

—Mi amor, es solo hablar. Las cosas que uno fantasea. Yo te cuento las mías y tu me cuentas las tuyas. Es un juego.

—Yo no quiero ese juego.

—Bueno.

Esa noche no terminamos de coger. Me levanté, fui al baño, me lavé la cara con agua fría, volví. Gregorio estaba acostado boca arriba, mirando el techo. Le dije que estaba cansada, que sigamos otro día. Me dijo que sí. Apagamos la luz. Me dormí dándole la espalda por primera vez en años.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Gregorio se sentó frente a mí con dos cafés. Me miró con esa cara que tiene cuando va a hablar de algo serio. Me agarró la mano por encima de la mesa.

—Luna —me dijo—. Hablemos.

—Te escucho.

—No quiero que te enojes con lo de anoche.

—No estoy enojada. Estoy incómoda.

—Te entiendo.

Y entonces hizo una cosa que yo no me esperaba.

Gregorio me contó que él, desde hacía meses, fantaseaba con cosas que nunca se había animado a decirme.

Que en internet había leído cosas. Que había escuchado a unos amigos hablar de experiencias —no me dijo de quién— que lo habían dejado pensando.

Que nuestro matrimonio era lo más importante para él, que me amaba, que no me iba a empujar a nada, pero que necesitaba poder hablar conmigo sin sentir que me ofendía.

Que el sexo entre nosotros estaba bien, estaba muy bien, pero que él sentía a veces que había todo un territorio de cosas que dos adultos casados podían explorar juntos sin que el matrimonio se rompiera, que al contrario, lo fortalecía.

Lo escuché en silencio. Tomé el café.

—¿Qué cosas, Gregorio? —le pregunté al final.

—De todo. Hablar, primero. Decirnos en la cama lo que se nos viene a la cabeza. Sin censura. Ver qué pasa.

—¿Y después?

—Después ya veremos.

Lo miré largo rato. Tenía la mano todavía sobre la mía.

Me apretaba un poco, no mucho. No me presionaba con la mirada, eso tengo que decirlo.

Me miraba con la cara del marido que está pidiendo una cosa con sinceridad.

Me la había pedido así otras veces: cuando me convenció de mudarnos a esta casa, cuando me convenció de tener el segundo hijo, cuando me convenció de cambiarme el auto.

Esa cara, que yo conocía desde los veintidós años, era una herramienta también.

Lo escribo ahora. Esa mañana yo no lo sabía. O lo sabía y no me lo permitía pensar.

—Voy a pensarlo —le dije.

—Gracias, mi amor.

Me besó la mano. Se levantó. Se fue al trabajo.

Me quedé sola en la cocina, mirando el café que ya estaba frío.

***